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La última página

la última páginaUna de las cosas que más me gusta de las libretas, las agendas, los cuadernos y todo cuanto huela a papel para dejar anotaciones es la hoja final.

En ese pedazo de papel, a veces mutilado, suelen mezclarse las catarsis cotidianas con la sensación de perder el tiempo, los datos personales con los números de teléfono, los dotes de artistas que muchos creen tener con las cuitas amorosas, la práctica de la caligrafía con chistes o chismes… hasta conformar un cuadro tan variado, tan garabateado, exponente puro del abstraccionismo.

Puede que en la portada rece: Libreta de Matemáticas, Libreta de Español, Libreta de Filosofía, Agenda de Trabajo…El contenido de la última página, sin embargo, dista mucho del nombre oficial.

Nada más socorrido que ese folio vacío para lidiar con una reunión infértil (como suelen ser todas las reuniones), una clase aburrida… y empezar a hacer trazos, escribir un chiste para el compañero de al lado, practicar la caligrafía (repetir hasta el cansancio tu firma, básicamente), jugar a los ahorcados, a los ceritos y, si estás en plena adolescencia, con las neuronas hirviendo, dibujar el corazón atravesado con una flecha y la promesa de amor eterno de Fulanita y Menganito en el centro.

Si no quedara espacio, apretamos en la esquina el número telefónico que nos acaban de dar, la dirección de correo electrónico. Incluso, hay quienes se las dan de poetas y pintores, y comienzan a componer versos o concebir obras maestras ahí.

Tiempo después, encuentras un cajón repleto de libretas, cuyos códigos solo tú conoces, con las últimas páginas saturadas de recuerdos. Le sacudes el polvo y vas directamente al final. Empiezas a viajar en el tiempo.

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¡Aquellos maravillosos granizados!

Aquellos maravillosos granizadosLas fotos que reseñan mi niñez, adolescencia y juventud están bien protegidas en álbumes guardados en un mueble de casa. A ese amasijo de imágenes en blanco y negro, tonos sepias y otros colores imposible de identificar a estas alturas regreso de vez en cuando para mantener los recuerdos nítidos.

En ese mar de memorias gráficas navega la fotografía de este post, tomada por una cámara extranjera, de aquellas con rollito, en un pueblo desconocido, que evoca mi fascinación por los granizados: bebida por la cual caminaba cuadras enteras y formaba perreta en pleno Parque de La Fraternidad, en aquellas excursiones veraniegas a La Habana.

Por aquel entonces mi papá me acompañaba cada agosto, y siempre que nos dábamos un saltico al Barrio Chino, yo reclamaba mi granizado de cola o fresa. Nunca me fijé en la cara de los vendedores ambulantes, sino en sus manos raspando el bloque de agua congelada con un instrumento cuyo nombre aun desconozco: una herramienta con una tapa superior, donde se acumulaban los trocitos de hielo, que luego vertía en los vasos de cartón -¡ah, esos vasitos sustituidos por el plástico!-; luego se secaba las manos, te preguntaba de qué sabor querías el granizado, tomaba el sirope de una de las botellas colocadas en la parte delantera del carrito -casi siempre al lado del listado de precios, ¿se acuerdan?- , endulzaba el hielo troceado y yo me iba feliz.

Tal algoritmo minucioso, inalterable despierta cuando estoy frente a quienes venden granizado hoy día para convencerme una vez más que, para mí, ese proceso ha perdido el encanto.

Ahora casi todos los cuentapropistas tienen un artilugio para apresar el hielo y, al darle vuelta a una manivela, ya sale triturado. Otros más afortunados, con familia “afuera”, exhiben unas máquinas eléctricas, muy sofisticadas ellas, con letreros de Frozen Drink o Snow Cone, como se le llama en los Estados Unidos. Ya no hay temor a que el envase de cartón se filtre porque te lo sirven en vasos plásticos, con absorbentes y todo; ya no lo endulzan solo con sirope, sino con todo cuanto se le ocurra a quien lo vende, desde extracto “pasado por agua” hasta polvito instantáneo, casi siempre de marca Piñata; ya no existen uno o dos sabores, sino hasta cinco para escoger; ya no cuesta 80 centavos, sino dos y hasta tres pesos cubanos.

No sé si será por las nostalgias, por los recuerdos, no sé… pero ya casi no tomo granizados porque no me saben igual. Salvo dos o tres oportunidades en la capitalina calle 23 o algún establecimiento de Oriente, han sido contadas las veces en que he vuelto a disfrutar de ese refrigerio que, al menos en Cuba, nos calmó el estómago en los años duros y los veranos ardientes.

No sé si será por mis remaches a la antigua, pero al verme con el vaso plástico en la mano vienen a la mente aquellos vendedores ambulantes de mi infancia raspando el hielo, dándole sabor con aromas que nunca más he vuelto a probar. Entonces, en un ataque desmedido de melancolía, reaparece la imagen de aquellos maravillosos granizados.

A oscuras

A oscurasHace una hora, más o menos, se quedó a oscuras el reparto universitario, donde transcurren mis días de lunes a jueves. Por suerte cociné temprano porque, sinceramente, no sé qué sería de mí con el estómago vacío a esta hora -8:30 pm-, máxime si hoy es jueves, lo cual significa reserva agotada de galletas y sirope, y el fogón donde preparo la comida es -adivinen- una hornilla eléctrica.

Gracias a Dios, de los años ´90, el período más lúgubre que haya conocido Cuba si de apagones se trata, recuerdo poco, pero con los 15 días que viví a oscuras después del demoledor paso del ciclón Denis, en 2007, y las noches de mi adolescencia que me sorprendieron con una penca de guano en la mano para quitarme el calor en los días de la severa crisis energética en la isla tengo suficiente.

Mas, sería falso negar cuánto me he divertido hoy porque aun cuando ha transcurrido bastante tiempo desde el Período Especial, el apagón todavía saca de quicio, todavía sorprende…, Las frases, las manías permanecen inmutables y, ante el corte de luz, reaparecen en un santiamén.

El proceso, de estructura en espiral, consta de varias etapas. La primera de ellas es la queja. Por eso, apenas se apagaron los bombillos, se oyó a la vecina decir: “Ay, Dios mío, ahora sí está bueno esto”. No importa si se trata de una avería o un problema más serio: lo importante es desahogarse. Cada quien tiene su expresión. La de mi padre es: “Anda, qué rico, Tata”.

Después llega la segunda fase: investigar las causas. Acaban de llamar a la Planta Eléctrica e informaron que un transformador explotó y la Universidad, junto a sus barrios aledaños, está a oscuras; que están trabajando en eso, pero demora. Ahora la vecina entra en el desquicie, tercer escalón del espiral. Por eso vaticina: “¡Mi madre, esto es pa´ largo! ¡Échale guindas al pavo! Yo te digo a ti. Caballero, no escampa, ñooo, aquí no escampa”. En este momento se acuerda del avance de la novela, lo cual la enerva aún más: “Con lo bueno que estaba el capítulo de hoy. Fulana se encontraba al fin con Perencejo… ”.

Un perro ladra. Grillos y chicharras amenizan la penumbra. Los dueños de la casa de enfrente hicieron una fogata pequeña para alumbrarse -tal vez una costumbre de aquí-. Si estuviera en Trinidad, mi padre ya hubiese sacado los sillones para la acera.

Ahora la vecina entró en la cuarta etapa: la proyección, un mecanismo de defensa, según estudié en Psicología. Es necesario canalizar la molestia. Para eso está el hijo, sin bañar todavía. Por eso ella -la vecina, su madre- le repite: “Te lo dije, pero es que tienes la cabeza muy dura. Siempre es lo mismo contigo, mijito. Ah, y no has hecho las tareas. Pues, mira, déjate de boberías y abre la libreta, porque a la hora que venga la luz vas a empezar aunque no duermas”. Me parece escuchar a Galinka pronunciar casi las mismas palabras. Me río. Oigo el sonido de una mochila al abrirse y unos libros puestos a regañadientes sobre la mesa.

Es tarde. Hace calor. La vecina entró ahora en la última  etapa: la resignación, acompañada de un rápido análisis logístico para precaver ante otra «fuga imprevista de electricidad». “Mañana voy a comprar velas. Todavía quedan algunas, pero nunca sobran”, le dice al marido.

Hablando de velas, ya se terminó la primera de las mías. A la segunda le queda poco. Debo terminar de escribir antes que la luz se consuma. La llama se agita. Los trazos se deforman por el apuro. “No te vayas a apagar, me falta poco -suplico- Déjame llegar el punto final. No te vayas a apag…”.

Confesiones

ConfesionesA todos, absolutamente todos, los que me han acompañado en este año de travesía.

Galinka y Carlos Enrique casi nunca me han dado un NO por respuesta, solo advierten de la responsabilidad, el peligro… y aún así se arriesgan conmigo. Así sucedió hace casi un año cuando decidí darle vida a este blog, a un día de cumplir 23 años -ya tenía hacía dos meses uno de fotografía-. Solo me pidieron que no descuidara la carrera y que tomara la idea en serio “porque siempre sobra tiempo para hacer el ridículo.”

Resulta curioso, nunca mantuve un diario por temor a que alguien lo leyera. Por eso me sorprende ver cómo esta ventana ha devenido asidero para mis angustias, nostalgias, catarsis, que me he atrevido a compartir con amigos-conocidos o no- hace casi un año.

Yo le he hecho promesas a la Isla nuestra de cada día, no me avergüenza decirlo. El primer juramento fue que cuando llegara a las 1 000 visitas le regalaría un banner nuevo. Lo cumplí. Luego que al llegar a las 2 000 le abriría una página en Facebook. Lo cumplí… Aún sigo en busca de historias para compartir, a veces alegres, a veces no, porque así de variopinta es esta isla nuestra.

Gracias por acompañarme.

(…)

Y a propósito de confesiones, y también a las puertas de mis 24 años, escribí 24 manías, costumbres, cosas que me molestan…-desde la infancia hasta hoy-, para compartirlas este martes. Faltan muchísimas, pero estas fueron las primeras en anotar.

1-      De pequeño no cerraba el tubo de pasta de dientes (¡Y cómo me gané regaños por eso!).

2-      No me gustaba que me hicieran análisis de sangre con una mochita (o mariposa), prefería la aguja de la jeringa.

3-      La prenda de vestir que odié al extremo durante mi infancia fue un pantalón a rayas azules y blancas. Solo me lo puse en mi sexto cumpleaños, y a regañadientes.

4-      En invierno me bañaba con chancletas para no sentir frío en los pies.

5-      Me tenían que leer cuentos antes de dormir.

6-      Hasta bien entrada la adolescencia, mi padre me acostaba por las noches.

7-      He comido una sola manzana en mi vida. Me provocó indigestión y nunca más probé una.

8-      Le tengo un asco terrible a los pelos en la comida.

9-      No me gusta que se sienten en mi cama si no está tendida, mucho menos en ropa interior.

10-   Soy capaz de limpiar o baldear una mansión entera, pero detesto barrer y sacudir.

11-   No puedo leer, ni tomar mucha agua mientras viajo porque me mareo.

12-  Nunca he dejado de encender el ventilador para dormir, ni siquiera en los días del frío más crudo.

13-   Soy extremadamente majadero para tomar medicamentos.

14-  Odio trabajar en casa con chancletas, en el mejor de los casos prefiero zapatos cerrados (porque no me los puedo quitar), pero lo ideal es hacerlo descalzo.

15-   Le tengo fobia a los Bancos, entre otras cosas. Me atemoriza entrar en ellos a cualquier trámite.

16-   Duermo con los pies destapados.

17-  Me molesta muchísimo que jueguen con los cubiertos en la mesa si la comida no está servida.

18-   Soy capaz de dejar el manjar más suculento-por cierto, lo he hecho infinidad de veces- por un vaso de café con leche (da igual si es de vaca, en polvo o evaporada).

19-  No como ningún tipo de verduras, ni una. Solo aguacate, aunque hay quien dice que es una fruta.

20-   Me da miedo encender un fogón de gas con una fosforera (mechero), pero no así con fósforos (cerillas).

21-   No me gusta la comida acabadita de sacar del fogón.

22-  Soy hiperactivo en extremo.

23-  Tengo la costumbre de fechar las tarjetas, cartas, mensajes, fotos… porque quizá me sean útiles algún día para ordenar mis recuerdos.

24-   Mi primera vocación fue ser maestro.