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Carta de un padre arrepentido

Carta de un padre arrepentidoIsla nuestra de cada día, hija:

Y todavía me sigues dando alegrías, aunque casi no te atienda y me excuse en el trabajo, en el tiempo, en las vueltas de la vida, en el exceso de nostalgia. Me sorprendes con nuevos amigos que deciden quedarse los martes, con letras que otros hacen viajar Internet mediante, reclamando historias.

Yo solo te pido una nueva oportunidad. Este martes, el primero del 2016, estoy en pleno corazón del macizo montañoso Guamuhaya, como ha quedado dispuesto luego de una redistribución territorial que más me huele a asuntos de latifundistas que otra cosa, y en la rama de aquel árbol al pie de la montaña un zunzún revolotea, quizás para recordarme que es martes y no puedo permitirme una semana más de ausencia.

Ahora te abro, me regalas el informe del año anterior para que retome el hábito semanal, me muestras barras estadísticas muy alentadoras, jamás en cero, pese al abandono acumulado. Recogiendo las cosa viejas, encuentro apuntes pendientes de escritura, memorias que algún día me servirán para ordenar los recuerdos. Y me demuestras que el problema no es esterilidad frente a la cuartilla en blanco.

Nuevas puertas se abren porque han leído todo cuanto he contado aquí y les gusta. Aumentan los seguidores en el buzón electrónico. Y yo no te agradezco.

Hagamos un trato: te voy a vestir con nuevas ropas digitales, también tengo letras sin estrenar. Recompensaré el tiempo porque no puedo recuperarlo, es imposible.

En el primer martes del año me bajo de la nube, para volver a andar. Prometo un 2016 como mereces.

A estas alturas solo quiero ofrecerte mis disculpas.

Atentamente,

Tu padre.

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Barbaridades bárbaras III

Barbaridades bárbaras IIIHan pasado seis meses desde que viera la luz la segunda parte de la recopilación de disparates que ponemos a su consideración dos veces al año. Los asiduos a esta cita de martes, saben de qué se trata y cómo nació la idea. A quienes llegan por vez primera, les dejo los links de Barbaridades bárbaras I y Barbaridades bárbaras II para que sepan los antecedentes del post de hoy. No vamos a dilatar mucho la compilación porque esta tercera parte aúna 25 disparates que, después de someterse a un riguroso proceso de selección por parte de mi “equipo caza-gazapos”, quedaron finalistas para el volumen de este semestre. Desde ahora nos preparamos para la próxima entrega, en septiembre. Vayan marcando la cola para adquirir el ejemplar 😉

Barbaridades bárbaras III ©

  • “Ella se está buscando que ruede la sangre” (¿la sangre no corría?)
  • En medio de una clase de Photoshop: “Para este ejercicio es mejor usar la herramienta del cuadrado rectangular”.
  • “A mí me gusta mucho ese libro de Paulo Coelho que se llama El Pergamino” (Yo creía que Coelho había escrito un libro titulado El Peregrino… tal vez me equivoqué jeje)
  • “Deja la vagancia y haz algo reproductivo”. (¿qué actividad se hace con un fin reproductivo?… sin comentarios)
  • En la misma clase de Photoshop: “Hay que tener cuidado con el trabajo de los colores porque después la foto se puede ver muy contreñida”.
  • “Yo lo que pretendo ver son las características del Periodismo On-Lai”. (periodismo online)
  • Hablaban de la canción Color esperanza, de Diego Torres. Una muchacha intervino y dijo: “A mí me encanta esa canción, ¿cómo dice? Venga la esperanza, pase por aquí, lárguese la escarcha…” Y seguía cantando sin darse cuenta que interpretaba el tema Venga la esperanza, de Silvio Rodríguez.
  • Ese día estábamos de fiesta y un amigo, macho – varón-  masculino, dijo con mucha determinación: “¡Qué llenura! Ya tengo más de dos cervezas en la vagina”.
  • “Tengo un sueño muy sueñoso”.
  • “No todos los jóvenes son iguales: hay jóvenes y jóvenas”.
  • “La imprimición de las invitaciones quedó buenísima”. (impresión)
  • Estábamos en la inauguración de los juegos Criollos, en la Universidad, y la conductora dijo: “En estos momentos desfila la facultad que el año pasado quedó en Sexo lugar”.
  • Mirando a su sobrino le comentó: “A él le gusta que le den, él es medio mazorquista”. (masoquista)
  • Y en medio de aquel calor abrazador ella gritó: “Se me está quemando el sol con la espalda”.
  • “Cuando enbocamos el primer plano, es mejor que el fondo sea de un solo color”.
  • “¡Mira, mi vida, cómo se sabrosea el niño! (que yo sepa los niños se saborean)
  • “Toda la vida yo he oído que esa mujer es equivalente”. (vidente)
  • “A mí me han explicado muchas veces qué es la eutanasia, pero siempre se me olvida. ¿Qué enfermedad es esa?”.
  • “¿Quién te trajo el agayinaldo? “. (aguinaldo)
  • ¡Es tan rico estar en la playa panorando el contemplana! (contemplando el panorama)
  • En el menú de un restaurante decía: “Sugerencia de la casa: langosta de cerdo asada”.
  • “La excursión tiene incluido un camaratán”. (catamarán)
  • “Yo nunca he visto cómo le cortan el ombligo umbilical a un recién nacido”.
  • La última de las barbaridades me la contaron hace poco. Sucedió en la inauguración del bar Yesterday, en Trinidad, dedicado a los Beatles. Una amiga me dijo que alguien que ella conocía le preguntó si no había pasado por el Bar Los Buitres.

 A modo de petición: No se asuste si me ven cerca, no soy mala gente. Eso sí: si el error tiene pinta de barbaridad, póngale el cuño que aparecerá en el volumen IV 😉

Detalles

Detalles¿Qué escribir el último día del año?, esa pregunta me ha atormentado desde hace meses cuando descubrí que la suerte, o el destino, escogió el martes para despedir el 2013.

El año pasado, la primera jornada de enero recayó también en el tercer día de la semana. Entonces les conté que en estas fechas solo prefería despertar en casa. Soy enemigo de las reiteraciones, lo saben. “Lo escrito, escrito está”, sentenció Poncio Pilatos frente al Crucificado y reescribir sobre una historia sin tener semillas nuevas para enriquecerla resulta infértil; es mejor dejarla reposar tal cual está porque, al final, sólo terminas retocándole el maquillaje, nada más.

En octubre recibí un detalle de manos de un hermano que la vida me regaló, aunque nuestra sangre sea distinta. Celebrábamos el cumpleaños de una amiga. Desde la terraza donde estábamos se veían las majestuosas edificaciones enclavadas alrededor de la Plaza Mayor de Trinidad, un paisaje especial, casi mágico. Empezó a llover. Cuando escampó dos arcoíris nacieron de las lomas del Escambray, se alzaron por detrás de la torre del antiguo convento de San Francisco de Asís y se difuminaron con los colores del ocaso. “Miren -nos dijo él a mí y a mi amiga- les regalo un arcoíris cada uno”. Las franjas de tenues colores perduraron hasta el anochecer.

Ese día empecé a cocinar este post. Al principio pensé dedicarlo sólo a ese obsequio, pero en los últimos meses buenos amigos me han regalado nuevos detalles, justo a tiempo para levantarme e iluminarme.

Después del arcoíris de octubre aparecieron los poemas que, a modo de comentarios, me alentaron el día que publiqué sobre mi tercer naufragio, unas líneas escritas sólo para aliviar la catarsis y, a la postre, se convirtieron en una de las más comentados del año. Agradezco en especial los versos de Manuel Alberto, escritos para mí.

A principios de diciembre llegó mi primera exposición de fotografía, alegrías profesionales gracias a una criatura de isla, conocí personalmente a la bloguera-periodista que me nominó al LiebsterAward, un premio digital en la blogosfera; caminé la calle Obispo, en la Habana Vieja, con mis papis después de más de cinco años sin ir los tres juntos  la capital…. Y el equipaje de detalles creció.

Existen presencias permanentes en este recorrido. La primera de ellas es mi familia: unida -aunque a veces el mar se interpone-, sin pérdidas en 2013, gracias a la Divina Providencia; luego mis musas, mis amigos -los de verdad, pocos, pero fieles. Éste fue un año de mucha complicidad y, a pesar de todo, han permanecido-. Y están ustedes, quienes me regalan un ratico de sus martes y domingos para caminar por esta Isla nuestra de cada día y sumarse a Lente Compartido ya sea on-line, a través del correo electrónico o Facebook.

El sábado, después de almorzar con mis amigos, me encontré con uno que me dijo: “cuando el año termina bien significa que el próximo empezará mejor”. Si así fuera, y a juzgar por mi equipaje de detalles, el 2014 estará lleno de momentos especiales.

Desde esta islita que navega en los ciber-mares de las redes lleguen las felicitaciones, el agradecimiento y la invitación a continuar juntos cada semana, a invitar más amigos a nuestras citas, a buscar nuevos suscriptores, más voces para los comentarios… y, sobre todo, a seguir compartiendo historias. ¡Feliz y próspero 2014!

La furia del libro

La furia del libro

Cuando la Feria Internacional del Libro llega a los municipios del país experimento una sensación de escepticismo y, al final, ratifico mis suposiciones un año tras otro: hace mucho, pero mucho tiempo, que la directriz principal de la fiesta de la literatura yace difuminada, sin remedio aparente.

Al menos así sucede tanto en la ciudad de mis nostalgias como en otros parajes de Cuba, a juzgar por diferentes opiniones recogidas en otras bitácoras personales.

Cada vez que estoy en un costado de las infelices tiendas erigidas para proteger a ejemplares y vendedores tengo un falso dejá vú. Y es que buena parte de los títulos me resultan familiares porque estaban en la feria anterior, pero como nadie quiso llevarlos a casa los confinaron al estante de una librería el resto del año. Ahí durmieron hasta este febrero, cuando le sacudieron el polvo para volverlos a distribuir con la esperanza que corran mejor suerte.

Este año la librería, un improvisado punto de venta en el portal del Cine Romelio Cornelio, junto a dos carpas de Artex constituyeron los únicos escenarios para los lectores trinitarios. Apenas llegaron un número considerable de los ejemplares recién editados y cuando sucedió, se requirieron dotes acrobáticos para alcanzar uno porque debías enfrentar a una muchedumbre que, en la mayoría de los casos, los adquirió “porque es el libro de este año y me dijeron estaba buenísimo”, según escuché, como si se tratara de un insumo cualquiera.

Me niego a aceptar la pobreza de títulos y supongo que algo de cierto tienen los comentarios pronunciados en voz baja sobre los textos que nunca salen a la luz y transitan furtivamente en las barrigas de los bolsos, cubiertos por papel periódico, hasta llegar a las bibliotecas particulares. 

“Comprar un libro es un acto completamente espiritual. Es preciso tocarlo, hojearlo, saborearlo…”, dice mi madre, pero quedas perplejo al ver el gentío abultarse mientras alguien le exige a la vendedora “dame ese de ahí, el del muñequito blanco sobre el fondo rojo, ese mismo…”

Al menos en Santa Clara, la ciudad donde estudio, se respiran aires diferentes-aunque también con dosis de contaminación- y hablan de tal evento teórico o mas cual conversatorio como Dios manda. No así en mi Trinidad-ah, las desventajas de volcarse de a lleno al turismo y no prever cómo se extingue el desarrollo cultural que otrora tuvo la ciudad-.

Tal vez quien decretó el carácter anual-y hasta obligatorio- del evento no previó cómo estos días de plácemes para el recreo intelectual devendrían una especie de fiesta popular, donde los volúmenes se transforman en raseros para el bolsillo de los ciudadanos.

Por estos días compro pocos libros, confieso, acaso porque me resulta ridículo verme como quienes cargan bolsas repletas de ejemplares cuyas páginas, tal vez, jamás abrirán y quedarán condenados en un rincón hasta la llegada de las trazas, en el mejor de los casos, porque aun en medio de la marisma hay quien no puede resistirse al encanto de ostentar a través de la compra.  

La mejor definición del fenómeno la escuché el pasado diciembre en boca un profesor. “Cuídense, muchachos-advirtió-. Cuando la Feria comienza, las personas adquieren hábitos obsesivos compulsivos porque se desata una peligrosa enfermedad, un  virus llamado la furia del libro”.

¡Dios me libre de contraerlo!