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Volverán las oscuras golondrinas

Volverán las oscuras golondrinas“Dios mío, ten piedad y misericordia de nosotros”, intento consolarme para no caer en la desesperación.

Que si estamos a las puertas de un nuevo Período Especial; que si no sé quién nos debe petróleo; que si nosotros le debemos más a otro no sé quién; que si vuelven los apagones…

Algo se venía cocinando. Lo vaticinaron los profetas callejeros hace meses, cuando vieron desaparecer ciertos productos de las tiendas recaudadoras de divisa hasta el sol de hoy, cuando a plena madrugada se cortó el servicio eléctrico. Las recientes reuniones del parlamento cubano lo confirmaron días atrás, cuyas declaraciones oficiales han sido el tema principal de las conversaciones de acera.

Aquellos días apagados de los ´90, admito, los conozco gracias a las anécdotas de la familia, libres de hipérboles y mistificaciones populares, y también gracias a algunas estampas que conservo de la niñez, varios años más tarde. Buena memoria, le llaman.

Tampoco soy tan ingenuo para creer que ahora será un “copy and paste” de esos años. El cubano de los ´90, que vivía en una burbuja y con una ceguera casi bíblica, no es el cubano de hoy. Demasiado ha llovido desde entonces. Demasiado nos hemos despabilado.

Pero tampoco creo a pie juntillas que los recortes de combustible y otras estrategias dirigidas al sector institucional mantendrán inmunes al ciudadano de a pie. Incertidumbre, le dicen.

De nuevo los frijoles se cocinan la noche anterior “por si las moscas”; de nuevo se echa mano a cuanto se pueda para tener algo de reserva en la casa “por si las moscas”; de nuevo las velas encabezan la lista de los artículos de primera necesidad “por si las moscas”. No lo digo por decir: lo veo, lo vivo.

“Ya lo escribió Gustavo Adolfo Bécquer: volverán las oscuras golondrinas”, me dijo ayer un buen amigo de alta cultura, como si el verso describiera los días por venir. Chiste aparte, creo que poner la frase entre signos de interrogación no vendría mal, al menos para consolarnos con el beneficio de la duda.

Lo único que me pregunto, y declarando mi casi analfabetismo en asuntos económicos, es cómo ante semejante panorama el producto interno bruto de Cuba, según los líderes, crece, señores, crece.

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Los sobrevivientes

Los sobrevivientesEl martes 1ro de septiembre de 2009 llegamos al aula número 29 de la Facultad de Humanidades, en la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas, 27 jóvenes egresados de  preuniveritario, escuelas de deporte o politécnicos sin más sueños que convertirnos en periodistas. Ahí, aunque de manera inconsciente, empezó a escribirse esta historia.

Al día siguiente recibimos la primera conferencia, una clase de Periodismo Impreso a cargo de una de las profes más temidas en la carrera que, al final, no resultó ser “tan fiera como la pintaban”, pero igual no queríamos correr el riesgo. Llegaron los primeros ejercicios académicos, la primera nota informativa, después la entrevista… y cuando nos dimos cuenta nos conocíamos como si hubiésemos compartido toda la vida.

Desde que empecé a darle vueltas a este post, sabía que sintetizar cinco años de carrera en una cuartilla resultaría difícil. Siempre se escabullirán detalles, anécdotas por narrar… Por eso busqué un nombre para agruparnos a todos y hablar de todos. A la primera graduación, según me contaron, la nombraron El pelotón suicida; yo, inconsultamente, lo reconozco, he decidido nombrarnos Los sobrevivientes (perdón si hay alguien inconforme con el epíteto, se admiten quejas).

Así nos veo: como seres que hemos sorteado obstáculos, individuales y colectivos, algunas zancadillas…en este caminar de un lustro. Cada cual los ha enfrentado como ha podido, cada cual sabrá de sus talanqueras personales. Yo intenté resumir aquellos triunfos y barreras que, creo, son comunes para los 21.

Los de Cienfuegos, Sancti Spíritus, Ciego de Ávila y aquellos procedentes de los municipios de Villa Clara hemos sobrevivido a los viajes semanales, que llegan a agotar después de cinco años en la misma rutina; los de la ciudad de Santa Clara han sobrevivido a la ruta 3 -una profe dijo una vez que era para kamikazes- y a la avalancha del tren universitario. Algunos han ganado un Máster en “coger botella”. Hemos sobrevivido al frío, muy crudo en realidad, de la Universidad con su micro-clima, a turnos de clases que han parecido eternos.

Reconocimiento especial merecen las hembras becadas, un prototipo de tenacidad ante los apagones diarios de su edificio -el emblemático 900-: nadie ha desarrollado la habilidad de maquillarse a la luz de una vela o un fósforo como lo hacen ellas. Otros, sobre todo varones, son verdaderos héroes porque han resistido la comida del comedor -una prueba de balas, diría yo-y también el agua fría. Externos e internos hemos vencido los desvelos provocados por las pruebas y el finalismo para la entrega de trabajos, el cierre de los semestres, cuando todos los trabajos se nos venían encima; hemos vencido la resaca -o así lo hemos pretendido- después de una fiesta y con vestigios de aliento etílico asistimos al aula.

Pero la supervivencia más fuerte ha sido hacia nosotros mismos, aprender a lidiar los unos con los otros -una tarea casi titánica, creo yo-. Quizá no seamos, a veces, un paradigma de la unidad grupal, pero aun con nuestras diferencias y momentos de tensión hemos sorteado marejadas fuertes en este navegar y cuando ha sido  preciso remamos juntos en una misma dirección.

Nos quedaron asuntos pendientes como salir todos por Santa Clara y hacer nuestro anuario. De aquellos 27, quedamos 21. Unos partieron a otros países, hacia La Habana, cambiaron de carrera, quedaron rezagados o llegaron después.

Todo empezó con una clase de Periodismo Impreso y terminará con una conferencia de Comunicación Organizacional, justo mañana. Para no olvidar estos cinco años, les anuncio que, una vez graduados, esta bitácora tendrá una sección dedicada a revivir nuestras andanzas universitarias, en un intento de permanecer unidos por los recuerdos ante las distancias geográficas.

Parece mentira, pero ya han pasado cinco años. Al principio hablábamos de la tesis como un proyecto distante y hoy estamos enfrascados en la entrega de capítulos teóricos y metodológicos. Cuando faltan unas horas para estar juntos por última vez en el aula rompo mi camisa de fuerza de publicar solo los martes para escribir acerca de Adriana, Javier, Rosario, Marielys, Mariley,Yasmany, Anay, Luis Orlando, Roberto, Luis Yaim, José Ernesto, Jenny, Nurienar, Tania, Frank,Dannierys, Anabel, Félix, Yariel y Mairelys, casi periodistas, sobrevivientes todos.

A oscuras

A oscurasHace una hora, más o menos, se quedó a oscuras el reparto universitario, donde transcurren mis días de lunes a jueves. Por suerte cociné temprano porque, sinceramente, no sé qué sería de mí con el estómago vacío a esta hora -8:30 pm-, máxime si hoy es jueves, lo cual significa reserva agotada de galletas y sirope, y el fogón donde preparo la comida es -adivinen- una hornilla eléctrica.

Gracias a Dios, de los años ´90, el período más lúgubre que haya conocido Cuba si de apagones se trata, recuerdo poco, pero con los 15 días que viví a oscuras después del demoledor paso del ciclón Denis, en 2007, y las noches de mi adolescencia que me sorprendieron con una penca de guano en la mano para quitarme el calor en los días de la severa crisis energética en la isla tengo suficiente.

Mas, sería falso negar cuánto me he divertido hoy porque aun cuando ha transcurrido bastante tiempo desde el Período Especial, el apagón todavía saca de quicio, todavía sorprende…, Las frases, las manías permanecen inmutables y, ante el corte de luz, reaparecen en un santiamén.

El proceso, de estructura en espiral, consta de varias etapas. La primera de ellas es la queja. Por eso, apenas se apagaron los bombillos, se oyó a la vecina decir: “Ay, Dios mío, ahora sí está bueno esto”. No importa si se trata de una avería o un problema más serio: lo importante es desahogarse. Cada quien tiene su expresión. La de mi padre es: “Anda, qué rico, Tata”.

Después llega la segunda fase: investigar las causas. Acaban de llamar a la Planta Eléctrica e informaron que un transformador explotó y la Universidad, junto a sus barrios aledaños, está a oscuras; que están trabajando en eso, pero demora. Ahora la vecina entra en el desquicie, tercer escalón del espiral. Por eso vaticina: “¡Mi madre, esto es pa´ largo! ¡Échale guindas al pavo! Yo te digo a ti. Caballero, no escampa, ñooo, aquí no escampa”. En este momento se acuerda del avance de la novela, lo cual la enerva aún más: “Con lo bueno que estaba el capítulo de hoy. Fulana se encontraba al fin con Perencejo… ”.

Un perro ladra. Grillos y chicharras amenizan la penumbra. Los dueños de la casa de enfrente hicieron una fogata pequeña para alumbrarse -tal vez una costumbre de aquí-. Si estuviera en Trinidad, mi padre ya hubiese sacado los sillones para la acera.

Ahora la vecina entró en la cuarta etapa: la proyección, un mecanismo de defensa, según estudié en Psicología. Es necesario canalizar la molestia. Para eso está el hijo, sin bañar todavía. Por eso ella -la vecina, su madre- le repite: “Te lo dije, pero es que tienes la cabeza muy dura. Siempre es lo mismo contigo, mijito. Ah, y no has hecho las tareas. Pues, mira, déjate de boberías y abre la libreta, porque a la hora que venga la luz vas a empezar aunque no duermas”. Me parece escuchar a Galinka pronunciar casi las mismas palabras. Me río. Oigo el sonido de una mochila al abrirse y unos libros puestos a regañadientes sobre la mesa.

Es tarde. Hace calor. La vecina entró ahora en la última  etapa: la resignación, acompañada de un rápido análisis logístico para precaver ante otra «fuga imprevista de electricidad». “Mañana voy a comprar velas. Todavía quedan algunas, pero nunca sobran”, le dice al marido.

Hablando de velas, ya se terminó la primera de las mías. A la segunda le queda poco. Debo terminar de escribir antes que la luz se consuma. La llama se agita. Los trazos se deforman por el apuro. “No te vayas a apagar, me falta poco -suplico- Déjame llegar el punto final. No te vayas a apag…”.