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Un ajiaco con poca sal

Un ajiaco con poca salNi siquiera las voces de los trovadores Pedrito González y José Ferrer interpretando “Cerca del mar y del monte”, una composición devenida en una suerte de himno a Trinidad, logró rescatar del marasmo la tan esperada gala fundacional concebida como agasajo máximo a la villa en su 500 cumpleaños. Tres días después del acontecimiento continúa el cuchicheo entre los trinitarios de a pie, quienes saben, aunque no sean expertos en la materia, que la propuesta estuvo muy lejos de un homenaje raigal a este territorio del centro-sur de Cuba.

Bajo el título de Auténtica Trinidad: un don del cielo, el espectáculo tenía bastante tela por donde cortar. Y es que el acervo inmaterial de la ciudad es tan rico que una noche no alcanzaría para llevarlo a escena. Mas otra vez todo se redujo a los tambores folclóricos -los cuales cuecen uno de los rostros más añejos de la villa, es cierto, pero no el único- y algunas agrupaciones del patio con un repertorio nada novedoso.

Si bien era preciso contar la historia del hallazgo y fundación realizado por el conquistador español Diego Velázquez de Cuéllar en 1514, pudo romperse la manida y arcaica narración cronológica -para colmo ésta de un tempo lentísimo desde el comienzo- y sentar la gala artística desde una perspectiva más dinámica. Busqué en vano una dama sentada, con aro en mano, dando vida a una pieza de randa, costumbre raigal de estos lares; busqué un hombre paseando con una jaula de varillas de río en mano y un sinsonte cantando dentro; busqué a alguien amasando barro, tejiendo un sombrero de guano, cantando una tonada trinitaria u otra estampa de las tantas que atesora el terruño; busqué la ilación del espectáculo. Pero nada encontré.

A tal punto llegó la pobreza creativa que ni siquiera la escenografía tuvo un rostro feliz. La plataforma erigida frente a las escalinatas se vistió de un blanco monótono, como si Trinidad no tuviera artistas dispuestos a obsequiarle sus musas y regalarle un escenario lleno de colores, barroco, realista, surrealista, cubista… en fin, como a la ciudad se le antoje porque aquí hay arte para ello. Para colmo, el colofón devino una especie de clausura de un show hotelero. Así me confesó una personalidad de los medios audiovisuales cubanos, quien prefirió el anonimato para este post.

Tal vez desde los ensayos era previsible el fatídico y lamentable dev???????????????????????????????enir de la ansiada gala fundacional. Por eso el equipo de expertos que lo avasalló de críticas en los ensayos del viernes en la noche, corroboró su profecía al día siguiente frente a aquel ajiaco insípido, que a la postre terminará en el último puesto entre las siete villas.

Desde la azotea de la Iglesia Santísima Trinidad, donde estaba yo, no me explicaba cómo el pueblo no tenía credenciales para asistir al homenaje de su ciudad y los turistas ocupaban demasiados asientos en las escalinatas -¿eran invitados de honor?-; no me explicaba cómo periodistas y personalidades llegados desde la capital del país, previamente acreditados, miraban el espectáculo desde en una grada.

De todo se aprende, dicen por ahí. Ojalá esta experiencia sirva para darse cuenta, de una vez y por todas, que organizar un evento de este tipo lleva tiempo y, sobre todo, investigación, creatividad…Es preciso adentrarse en el pasado para llevarlo al presente. No se trata de conformar bloques sobre un guión retocado, sino de empezar desde cero, en busca de esquivar facilismos para ofrecer al pueblo -y a la ciudad misma- un espectáculo digno, coherente, donde Trinidad toda se vea reflejada; una propuesta para arrancar suspiros, vítores capaces de estremecer los palacetes, lágrimas y el recuerdo de los ausentes.

En medio de mi efervescencia -y la vergüenza de haber depositado tanto anhelo en la gala fundacional-, sentí pena por la villa de mis nostalgias porque ni la peor Semana de Cultura de todos los tiempos estuvo a la altura de este espectáculo. Trinidad no se merecía este momento y menos sus habitantes, quienes han dejado la piel en las últimas semanas. Mientras la noche se hacía larga, recordé un post de una musa. “Sancti Spíritus será la Cenicienta del medio milenio”, escribió ella. “Ese roll está reservado para Trinidad”, le dije. Por suerte, la triste sentencia se cumplió sólo para la gala fundacional.

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255

Logotipo de la carrera de Periodismo en la UCLV

Logotipo de la carrera de Periodismo en la UCLV

“(…) porque la gente no son más que números”. Polito Ibáñez

El 13 de febrero de 2008 llegué por primera vez a la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas con el afán de superar mi título de Técnico Medio y Bachiller en Gestión Documental y Archivos. Tenía claro mi deslumbramiento por los medios de comunicación masiva, por eso escribí en primera opción la carrera de Comunicación Social, pero jamás valoré el Periodismo como una posibilidad, no por falta de interés, sino porque pensaba que la carrera estaba destinada solo a estudiantes de preuniversitario.

Faltaba solo una casilla por completar y no podía enmendar mi elección, según me alertaron en el Departamento de Ingreso para no decidir a la ligera. Con la esperanza de encontrar una opción para sellar mi boleta sin tener que recurrir a las carreras previamente desechadas, volteé la hoja. Ahí estaba Periodismo. Entonces supe que podía optar por la profesión más bella del mundo, según lo definiera García Márquez.

“En un mes regresas para las pruebas de actitud”, me informaron. Cuatro semanas después estaba en la Facultad de Humanidades sin más pretensiones que lanzarme a la aventura, dispuesto a luchar por una plaza.

Recuerdo el mínimo detalle, el pantalón de mezclilla azul, el pulóver blanco con dos franjas verdes en las mangas, los zapatos color piel. En la agenda llevaba el resultado del método aplicado durante el tiempo de mi preparación: quien llegara a mi casa debía formularme una pregunta de cualquier tópico. Luego añadí a la sopa de interrogantes las lecciones recibidas de mi abuelo acerca de Política, el entrenamiento de Arte, a cargo de mi padre, junto a los recortes de las noticias más trascendentales publicadas en la prensa, recopilados por mi madre.

Aquel martes, 13 de marzo, quedé reducido a tres dígitos: 255. El pequeño cuadrado de papel con el cuño estampado de la Universidad y encima el número, escrito en tinta azul, se convirtió en un carnet de identidad sin el cual no podía realizar a las fases siguientes, en caso de aprobar la primera.

Antes de empezar a responder las 25 preguntas del cuestionario, me encomendé a Dios y a los espíritus de mi familia. Cometí errores, no me avergüenza decirlo: los nervios me impidieron dilucidar cuál era el humedal más grande de Cuba, la organización de masas más grande del país y a quién se le conocía como el General de los Hombres Libres. Sin embargo, tampoco niego que salí de la primera prueba confiado, no por autosuficiencia sino por lógica: solo había fallado en 3 de 25, tenía buen average.

Al anunciar los seleccionados para la segunda ronda, fui el último número en mencionar. Respiré y volví al ataque, ahora solo quedaban 6 de 30 jóvenes en el inicio. Pero la felicidad con que salí la primera vez se vino abajo al terminar la segunda fase, concerniente a redacción, interpretación y dictado, porque el resto de los aspirantes desarrolló el texto en más de una hoja. A mí me sobró espacio. “Recuerda que los periodistas deben ser concisos”, me consoló mi padre al ver mi poca fe.

Sin embargo, por segunda vez la suerte -o el destino- me sonrió y quedé entre los escogidos para la última fase. Nuevamente fui el último número anunciado.

Algún episodio perdí por el impacto. Solo recuerdo a mi padre abrazándome, a mi hermana negra felicitándome y a un amigo, por ese entonces estudiante de Psicología, estrujarme el cuerpo.

Una vez dentro del aula recuperé mi nombre. Fui el segundo en someterme al tribunal; mas la embestida devino en diálogo ameno donde diserté sobre los años en el Politécnico y cómo había llegado a convertirme en aspirante a periodista; hablé de Isabel Allende, de la sección infantil a mi cargo en Radio Trinidad cuando era pequeño y de la ausencia de un antecedente familiar dedicado al oficio de José Martí, Jorge Mañach, Enrique de la Osa, José Alejandro Rodríguez, Luis Sexto…

Al día siguiente supe que había quedado en segundo puesto. Entonces aquella aventura no me pareció descabellada y pensé en la sentencia pronunciada por mi madre en infinidad de ocasiones: “los caminos no pueden torcerse”. Nunca pensé encaminarme por los rumbos del Periodismo, pero tal vez me estaba predestinado.

Todavía conservo el papel cuadrado con el número grabado en tinta, otro de mis compañero-él fue el 280- lo atesora en su billetera. “Lo quiero plasticar para no perderlo nunca”, me dijo cuando le comenté sobre este post. Mañana el calendario marcará cinco años, pero ni el más superfluo detalle de aquel martes, cuando giré el picaporte de las puertas del Periodismo con un número de tres dígitos, logra desdibujarse.

En busca del sonido ausente

A Alfredito Zerquera

Su alma partió hacia rumbos desconocidos demasiado rápido. ¿Quién sabe cuántas melodías soñaba con interpretar todavía en la flauta, la fiel amiga que lo acompaño desde su juventud?

Nadie lo sospechaba, no estaba previsto, ninguna enfermedad lo aquejaba, apenas aparecían las canas…, pero las agujas del medidor de presión se dispararon vertiginosamente, apagaron el cerebro y, en solo día y medio, arrastró su cuerpo hacia el umbral donde no existe el regreso.

Es un hecho: Alfredo Zerquera, Alfredito o Zerquerita, como le conocían cariñosamente sus colegas músicos, amigos, familiares… ya no volverá a encantar al público con las melodías silbadas en su instrumento-al menos no en el mundo terrenal-.

Frente a acontecimientos así, es cuando la vida nos recuerda que aunque pretendamos labrar nuestro destino, esquivar los malos augurios… ella tiene la última palabra y ríe de último en nuestra cara -muchas veces con sarcasmo-. Con solo cerrar las válvulas del corazón se termina la existencia, así de simple.

¡Y es que a Alfredito le faltaba tanto por hacer! Y me atrevo a decirlo porque presencié sus ansias constantes de escalar más alto, de apostar siempre por el Arte, la Música, la Cultura, por Trinidad-solo alguien como él asumiría el liderazgo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en la ciudad, cuando la organización estuvo al borde del colapso, una misión casi suicida -.

En días como este lamento en demasía no haberlo entrevistado como el flautista excepcional que fue, fundador del cuarteto Leyenda, integrante de la Orquesta Aliamén, Las Cuevas, Estrellas del 48, entre tantas otras agrupaciones donde dejó el alma…, merecedor de infinidad de lauros por su quehacer dentro y fuera de fronteras, esposo, recientemente abuelo. Pero es que-repito-nadie avizoraba este adiós.

En mi adolescencia me encapriché en aprender guitarra. El me regaló las tardes de los lunes y miércoles e intentó enseñarme a leer el pentagrama. Me habló de la clave de Sol, la de Fa; de solfeo, negras, blancas, corcheas, fusas… pero nunca fui capaz de comprender el lenguaje musical. “Lo tuyo es el canto”, me dijo.

Ahí estuvo, haciendo arreglos de último minuto a una canción para interpretar en festivales, buscando el vals ideal para la fiesta de una quinceañera… con la gorra para proteger del Sol su cabeza afeitada, montado en su bicicleta-tan pequeña como su estatura- con el estuche de la flauta en la espalda para ir a ensayar a la Banda Municipal, a amenizar las noches en las escalinatas de la Casa de la Música con las melodías de boleros y guarachas con ese aire protocolar que siempre lo acompañó.

El próximo Viernes Santo faltará el sonido de su instrumento para acompañar a la Virgen de la Soledad en la procesión del Santo Entierro, su asiento en la tribuna el Primero de Mayo estará vació, no estará asomado en la ventana de su casa, con el saludo al vecino, no estará…

Dicen que los caracoles guardan el sonido del mar. Si colocas uno en el oído sientes al vaivén de las olas. Tal vez ese sea el reto de ahora en adelante: ir en busca del sonido ausente, escuchar con más atención los ensayos de la Banda o mirar cuidadosamente las escalinatas al atardecer, para sentir a Alfredito tocar desde otra dimensión porque, esté donde esté, estoy seguro que no ha abandonado la Música y se niega a cambiar la flauta por una lira, al ángel que ahora lo acompaña.

La otra magia del cine

Lejos, muy lejos estarían los hermanos Lumière de pensar que siglos más tarde su más grande aporte para la historia de la humanidad, el cine, adquiriría matices tan folclóricos, pintorescos, cercanos a la magia.

Alguna dosis de irrealidad deben tener quienes consagran su vida a la cinematografía. Son seres intranquilos, apasionados, en busca de un nuevo deslumbramiento; capaces de trasmutar una ciudad entera en un país distinto, de construir a base de tablones de madera, sacos y pinturas un pueblo inexistente en la faz de la Tierra para recrear disímiles historias, y luego trasformar esa misma locación en otra completamente opuesta… Eso es magia.

Pero no fueron acerca de esas artimañas las que aprendí este viernes, cuando regresaba a casa acompañado de una productora cubana. Ni la torcida ruta de Güinía de Miranda logró desprenderme de las anécdotas que ella me contaba acerca de las ceremonias realizadas detrás de cámara, antes de filmar la primera escena de la película, según las tradiciones del país al frente de la producción; de las manías y supersticiones de colegas con los que ella ha trabajado, de rituales parea embotellar la suerte en el proceso de rodaje. “Esa es la otra magia del cine”, dijo.

“En México se entierra una navaja o un cuchillo el día anterior al comienzo para garantizar la buena suerte. En España es tabú vestir de amarillo mientras se filma. Ese color asemeja al azufre. El azufre es símbolo del demonio, dueño del Infierno, donde se concentra todo lo negativo del universo. Entonces, el amarillo, es el Infierno. ¡Vaya trabalenguas!”.

“Una colega venezolana, dedicada también a la producción, no concibe sentarse otro sitio que no esté ubicado el Norte. Por eso siempre lleva a cuestas una brújula en su bolso. Cuando llega a cualquier sitio, coloca la bitácora en la palma de su mano para orientarse y donde la flecha señale el punto cardinal se acomoda. De no haber silla ahí, traslada el mueble hacia el sitio. Si no, permanece de pie, pero siempre en el Norte”.

-¿Y los cubanos?-le pregunté.

“Nosotros somos divinos, tú lo sabes, respondió. Cada cual acude a «lo suyo» para protegerse. En instantes así recordamos como nunca antes nuestros ancestros africanos. Ese va con su padrino, los santos del otro viajan con él para todas partes y los coloca en un rincón de la habitación donde se hospede. Cierto director cubano prohíbe la entrada al set sin antes romper un plato y esparcir humo de tabaco por todas partes…”

Llegamos a casa. Otra miembro del equipo de producción se sumó al diálogo y recordó que Humberto Solás guardaba un fragmento de papel gastado como recuerdo de su filme Lucía. “Él contaba que cuando visitó Trinidad en busca de locaciones para el filme-uno de los diez más importantes de América Latina- visitó el Palacio Cantero, hoy Museo Municipal de Historia. De pronto, una brisa arrastró hasta los pies del cineasta un retazo de papel viejo. Al leerlo decía: “Lucía”… y resolvió que la escena de amor de la primera historia, protagonizada por Raquel Revuelta, no podía tener otro escenario”.

¡Preparados para filmar! ¡Silencio!-dijo alguien de pronto.

Ellas debían partir hacia el set. El Sol caía a lo lejos. Los niños aprovechaban la brisa para empinar papalotes. Frente a la puerta de casa los actores corrían a sus puestos. Le seguían los extras y figurantes. Los técnicos daban los últimos retoques. El director miraba a través del monitor… Yo, todavía hipnotizado, no sabía si ante mí contemplaba un proceso de rodaje o una imagen del realismo mágico.