Archivo de la etiqueta: artes plásticas

Solución

“Dibújame una vaca”, dijo sin saber las escasas virtudes que me acompañan en materia de artes plásticas.

Mis obras más decorosas (paisajes rurales, básicamente) se erigen a golpe de figuras geométricas. Semejante exceso de minimalismo da pena.

La casita trazada con un cuadrado, un triángulo a modo de techo, dos ventanas donde no cabe ni un gato recién nacido, árboles alrededor, el sol en una esquina y montañas al fondo. De vez en cuando, un manantial moribundo en la parte inferior de la hoja. De ahí no paso.

Él, en cambio, heredó el don de su padre y su madre. Con apenas 8 años juega con los colores y las formas. Recrea campos de fútbol, ciudades con rascacielos, invasiones extraterrestres; todo con la inocencia que le atañe, pero con la destreza de quien la vida premió con dotes artísticos.

“Te estoy haciendo una pintura para que lo guardes con el otro que te di”. Me enseña el jinete, el cerdito, los gallos y las palomas. “Pero me falta la vaca. No sé cómo se hace. ¿Por qué no me dibujas una vaca?”.

Intento explicarle que mi vaca puede parecer cualquier cosa menos una vaca. Para salvarme del trago amargo y ahorrarle la desilusión al niño, un amigo me aconsejó: “Si yo fuera tú, dibujo una caja y le digo que la vaca está adentro”…

Anuncios

La lucidez de un soñador

La lucidez de un soñadorEl 7 de enero de 1914, Manuel de Jesús Béquer Medina cumplía una semana de nacido. Quizá a esta hora escuchaba el arrullo de Lucía, su madre, o dormía acurrucado después de llorar  a plena madrugada. Tal vez en ese profundo sueño se engendraba el deslumbramiento que lo llevó a vivir por y para Trinidad.

Esta no es la historia del encumbrado y famoso Manolo Béquer, el segundo historiador de la villa, descubridor de los valores turísticos de Trinidad, el investigador incansable, el ser mítico que el tiempo creó. Ése también fue Manolo. En estos días, sin embargo, supe algunos secretos para desmitificarlo.

Cuentan que este trinitario era amante de los dulces caseros, pero le fascinaba el dulce de guayaba con queso; que tenía un ternero que lo acompañaba a todas partes y que llevó a sus hermanas hasta lo alto del pico Potrerillo para admirar la belleza del Escambray. Dicen, además, de su destreza para montar caballos y que, en su juventud, sembró piña y tabaco en Cañamabo, donde se localizaban las propiedades familiares, pero el experimento no dio frutos.

Tal vez fue esa intranquilidad la que convirtió a Manolo en un obsesionado por defender a mansalva el patrimonio; quizá fue su ingenio o la influencia de Oliverio, su padre, quien tanto luchó por levantar a Trinidad. Sea como fuere, quien hojee los folios donde plasmó sus iniciativas para lograr un binomio entre progreso y salvaguarda, comprenderá la lucidez inmensa que lo acompañó durante su existencia. Ojalá y muchos se acercaran a esos escritos antes de emprender ciertas acciones y poner en marcha estrategias que, a la postre, tendrán resultados nulos.

Deben haberlo tildado de loco en más de una ocasión, sobre todo el día en que alzó su machete para arrancar el aroma que impedía la construcción de la carretera para enlazar a Cienfuegos con Trinidad; cuando fundó la Asociación Pro-Trinidad o la Escuela de Artes y Oficios para impartir talleres de artes plásticas, radiotécnica, alfarería, albañilería…

Esta es la historia de un hombre que estudió la carrera de Ingeniería Mecánica por correspondencia; un hombre de muchos amigos para compartir su sueño de ver una Trinidad próspera, capaz de sustentarse por sí misma, un sitio capaz de despertar la melancolía, reservorio de tradiciones únicas. Me pregunto qué pensaría Manolo en este aniversario 500 de la ciudad…

A tal punto llegó la fascinación de este trinitario raigal que bautizó a su hija con el nombre de María Trinidad. Quizá la grandeza de Manolo estaba escrita mucho antes de nacer y, en una suerte de confabulación mística, vino a este mundo en el año mismo en que Trinidad celebró los 400 años de fundada. Un siglo después, la ciudad viste sus mejores galas y, a lo mejor, el espíritu del segundo historiador desanda las chinas pelonas para asistir a la fiesta del terruño al que entregó su alma.

Cuna de oro

En busca de un día lo más cercano posible a lo perfecto decidí inaugurar la Isla nuestra a solo horas para cumplir 23 años, este 23 de mayo. ¡Vaya coincidencia! Las coordenadas de este encuentro semanal están bien trazadas pero, como este es el primer post y mañana me pongo más viejo, permítanme dedicar estas líneas a una frase que ha marcado mi vida.

Mis compañeros de aula -desde la primaria hasta los de la universidad- sostienen con una firmeza tremenda que nací en cuna de oro. Me han tildado de burgués, aristocrático, sangre azul, miembro de la alcurnia, descendiente de una estirpe de condes y marqueses, entre tantas otras locuras. No me gusta la idea, para nada: me molesta, aunque lo disimule con una sonrisa y siga la corriente del chiste…

Durante años intenté visualizar a mis padres sentados en un trono, pero siempre los veía trabajando; busqué ese pesebre tejido con hilos de oro, con piedras preciosas incrustadas donde me puso la cigüeña y nunca lo encontré.

Sin embargo, a las puertas de mis 23 años me doy cuenta que mis amigos tienen razón hasta la mitad: sí nací en cuna de oro, pero no una repleta de monedas como los cofres de los piratas, ni relacionada con el linaje de Enrique VIII o una fortuna financiera –que nunca ha existido, aclaro- sino con adornos más atractivos.

No piensen que tomo los caminos viciados de la cursilería. Esto no es culto a la personalidad. Es mi realidad, así de simple. Las siguientes declaraciones no son nuevas pero hoy me tomo la libertad de compartirlas.

Primero: mis padres están vivos, casados hace más de 20 años, todavía juntos, profesionales ambos y cuento con su apoyo en cada una de mis locuras. Me invitan a ir siempre a escalar más alto porque “el saber no ocupa espacio”, a permanecer con los pies en la tierra porque la vida es un cachumbambé pero, sobre todo, a apreciar la amistad.

Segundo: tengo una infinidad de “tíos postizos” que me dan aliento desde la distancia, muchísimas personas a mi alrededor quienes, con sus pro y sus contras, me ofrecen todo cuanto esté a su alcance, corren conmigo en mis apuros, disipan inseguridades de toda índole. Otros, recién llegados, me han caído del cielo para ayudarme en mi vida personal y profesional; mis amigos-aunque no muchos- son los necesarios, de puntería. ¿Qué más puedo pedir?

Si ir de la mano de mi abuelo al parque a montar mi desaparecido velocípedo o escucharlo disertar sobre la lucha contra bandidos en Trinidad; acompañar a mi padre a exposiciones de artes plásticas y mirar el colorido de los cuadros aún sin entenderlos; si leer “Los zapaticos de rosa”, a Gabriel García Márquez u oír a mi madre tararear una canción de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Nino Bravo, Bee Gees hasta Willy Chirino; si aprender a no ser ciego y buscar los matices de cada momento, desafiar la inercia y lo desconocido… son argumentos válidos para nacer en cuna de oro, permítanme decir a boca llena que todavía tengo la suerte de vivir en una. Y soy feliz.

Nota: Prometo que esta Isla nuestra tendrá post más interesantes. Para comprobarlo, los espero el martes próximo.