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Palabras para una Isabel profunda

Palabras para una Isabel profundaSiempre me ha cautivado la transparencia de la mirada de Isabel Bécquer. Cuando apagué la grabadora aquel mediodía de domingo, después de una hora de entrevista donde me develó varios secretos, mi memoria fijó para siempre el azul intenso de sus ojos, capaz de confesar al alma más cerrada.

Aun cuando el tiempo, el implacable, le cobra con malestares las madrugadas que le robó al sueño para esperar el amanecer al ritmo de un bolero, una canción trovadoresca… rodeada de quienes la acompañaban en las extintas descargas itinerantes, en tiempos donde no existían aparatos para divertir al hombre con solo presionar un botón, Isabel se resiste al paso de los años y espera el ocaso para salir a caminar por las calles de piedras, bastón en mano.

No existe en toda Trinidad un portal, un banco de la Plaza Mayor, una esquina… donde La Profunda, apodo heredado de su hermano, no haya pulsado las cuerdas de su guitarra para cantar sin más pretexto que despejar la monotonía.

Pudiera presumir de ser la inspiración de un vals compuesto por otro reconocido músico de la villa, recién fallecido, especialmente para ella, o bien de compartir escenario con grandes de la música como Elena Burke o Pablo Milanés; mas, esta hija ilustre de la villa prefiere definirse como “una persona igual a todo el mundo. Toque o no, es la misma Isabel”, dijo recostada en la ventana de su cuarto, sitio sui-géneris donde las paredes se convierten en un diario para conocer lo que su modestia no le permite contar, a través del sinfín de fotografías y lauros colocados por doquier.

En esa habitación coexiste el pasado y el presente, el recuerdo de las jornadas cuando sus progenitores llenaban el ambiente de melodías en el silencio de una ciudad desconocida para el turismo extranjero con la algazara del mercado de artesanía, localizado en las afueras, y el toque incesante de tambores para acompañar cantos yorubas. Pero Isabel se refugia en “estas cuatro paredes porque aquí está todo cuanto necesito para ser feliz”, dice convencida mientras desvía la mirada hacia el escaparate donde practicaba a escondidas los acordes aprendidos en la guitarra.

Aunque las instalaciones turísticas localizadas en las inmediaciones de su domicilio le perturben el descanso-y el de todos los moradores de la zona-o algunos jóvenes del territorio sean incapaces de aquilatar cuánto representa esta mujer para la ciudad, nada logra desenraizarle la pasión desmedida a la tierra donde nació y que hace apenas unas horas la agasajó a propósito del 79 cumpleaños de la trovadora.

En horas de la mañana, mientras conversaba con ella, reparé en una coincidencia nunca antes advertida, a mi pesar: enero une a dos mujeres de nombre Isabel, ambas bendecidas con el don de la creación, a quienes admiro: Isabel Allende e Isabel Bécquer.

Entonces puse fin al ejercicio de contención iniciado el sábado para no adelantarme a los acontecimientos y esperar con paciencia el martes próximo para comentarles sobre la Semana de la Cultura- título con gran carga eufemística-, y resolví escribir sobre mi otra Isabel, una Isabel profunda a quien tengo la suerte de tenerla cerca, eternamente culpable de recordar el mar si pienso en sus ojos.

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Hombres de agujas tomar

El sol caía sobre las montañas. Yo regresaba de entrevistar a un hacedor de jaulas. Caminaba por los laberínticos callejones de Trinidad, esos soslayados en las guías turísticas, dueños de historias tan interesantes como las narradas por los investigadores de renombre; esos caminos estrechos llenos de personajes desconocidos que también enriquecen nuestro patrimonio… Doblé la esquina, frené en seco.

Sentado en la acera, con la espalda apoyada en la pared de un edificio un joven de virilidad incuestionable tenía sobre sus piernas un lienzo de más de dos metros con una parte presa en un aro de bordar. El muchacho introducía la aguja, daba vueltas al hilo, sacaba la saeta otra vez, volvía a penetrar el tejido desde otro ángulo, hasta terminar el punto deseado.

De esta forma, conocí a quienes nombré “randeros”, para masculinizar el arte de la randa, ese al que las damas de la sacarocracia trinitaria dedicaban su tiempo de ocio y con el transcurrir de los siglos se convirtió en una de las tradiciones más autóctonas de la tercera villa de Cuba.

Al final de la semana tenía las confesiones de un militar y un médico retirados que habían estudiado Defensa Antiaérea y Pediatría, respectivamente; de un Licenciado en Química de 28 años, un elaborador de alimentos, un desvinculado laboral; muchos de ellos casados, padres de familia… unidos por las labores de agujas como aliciente económico pero, en todos los casos, el arte del deshilado había echado raíces al punto de convertirse en parte de su cotidianidad, como mirar la pelota o jugar dominó.

Yo mismo terminé prisionero entre los hilos de la artesanía nacida de manos masculinas, cuyas piezas exhiben un acabado tan exquisito como las hechas por mujeres. Me adentré en el pasado, que no fecha de forma puntual la llegada del trinitario en este tipo de manualidades. Envidié la capacidad para memorizar más de 20 puntos diferentes, a falta de un manual de instrucciones. Alabé su osadía cuando rompieron los esquematismos, tan perjudiciales, y salieron a las calles en busca de comodidades para crear, como la luz del atardecer.

Gracias a la decisión de enfrentarse a miradas incómodas con sus comentarios malintencionados adjuntos, el encanto de la urdimbre sedujo a otros hombres, hasta alcanzar una cifra, todavía creciente, de más de una docena de varones dedicados a este tipo de artesanía en Trinidad.

No gozan de fama. Solo conozco a uno que ha trascendido: Robbins García Ríos, a quien dedicaré un post por merecer el Premio a la Excelencia. A veces, los recursos para trabajar escasean, la vía de comercialización no reviste en beneficio de los artesanos, muchas veces; el uso desmedido de la aguja les ha traído padecimientos de salud…

Ellos miran adelante, buscan la perfección en cada pieza nueva. Mientras trabajan escriben inconscientemente, con aguja en mano, un capítulo inédito de la artesanía contemporánea de Trinidad.

Nota: Pueden encontrar más información, a través del reportaje que publicara semanas atrás en la versión digital del semanario Escambray, de la provincia de Sancti Spíritus si hacen clic aquí.