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Repentista de ciudad

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Como todo guajiro que se respete, Mateo Chaviano nació en pleno monte. En Báez, para ser exactos, un punto de la geografía de Sancti Spíritus, pero el destino lo llevó a recalar en el reparto Armando Mestre, en Trinidad, medio siglo atrás.

Con más de 70 años surcándole el rostro, Mateo debe ser el único repentista citadino de la villa, al menos de los que quedan en activo y, el más querido en los campos del Escambray. Sigue leyendo

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Manos para reconstruir

Manos para reconstruirDurante tres meses y 10 días que duró la reparación de mi casa las manos de nuestros amigos terminaron embarradas de pintura de aceite, cemento y arena; sueño —¿acaso delirio?— que mantuvo en vilo a Carlos Enrique y Galinka durante 22 años desde aquel noviembre de la década del 90 en que los camiones de mudanza depositaron las cajas repletas de tarecos en aquella vivienda que mi bisabuela dejó a mi padre como único legado.

Periodísticamente, quizás, una imagen de la renovación ilustraría mejor este post que no esta de mis dedos larguiruchos, pero sería más vanidad que gratitud.

Sin todas las manos que se dejaron la piel mañana, tarde, noche y madrugada (hubo días de acostarnos pasadas las 4:30 am) hoy no sería posible contemplar los techos de tejas criollas al atardecer desde la terraza, tomarse un café en el jardín, tertuliar en la recuperada saleta como fue en el principio de los tiempos o sentarnos a la mesa en la cocina que renació después de casi medio siglo de ausencia.

Nada hubiese sido posible sin las manos de quienes acuñaron la intervención, del arquitecto delante de la pantalla concibiendo el proyecto, de los gestores bancarios que aprobaron el mare magnum de papeles para otorgarnos el crédito…

Y nada hubiese sido posible sin los amigos, los de dentro y los de fuera, los que a diario escribían para dar ánimos y estar al tanto del proceso, los que se alegraron con nosotros a través de la redes, los que nos salvaron de los imprevistos y las tristezas paralelas con las que debimos lidiar, los que asumieron este sueño como propio y se pusieron en camino para localizar materiales en los más variopintos parajes de Cuba, sin tener por qué.

Cuando vi al padre Cirilo, el párroco del pueblo, bendiciendo la casa; cuando vi el chaparrón que cayó esa tarde (he ahí las manos de los amigos que ya no están, pero igual sonrieron desde otra dimensión), comprobé que todavía vale la pena soñar.

Más allá del fatuo vanaglorio que pudiera consumirme después de semejante odisea, digna —¿por qué no?— de los libros de historia (acontecimientos más insulsos se han reseñado para la posteridad), se me antoja escribir de las manos y los amigos.

A fin de cuentas, es verdad lo que un compositor cubano esbozó: “Menos mal, los amigos siempre vienen al rescate (…), los amigos traen escudos pa´salvarte y al final, se levantan como único estandarte”.

Azúcar

AzúcarA Toto, que contó esta historia antes de irse de viaje al infinito

Le costó tremendo trabajo “bajarle muela” toda la noche —seducir, cortejar, enamorar a la muchacha para quien no domine el idioma “cubano”, compañeros—.Empezó con la retahíla de significados existenciales detrás de su obra: que si dejaba mensajes ocultos con sus pinceles, que si la línea difusa evocaba la tristeza, que si la profundidad de los planos resultaba una analogía con el vacío existencial de las almas en desgracia…Ella, pasada de tragos, como él, creyó cada metáfora.

Quedaron al día siguiente para tomar un café en casa del pintor. Allí estaban: él justificando el reguero, el desastre de los rincones. “Es que tú sabes que así somos los artistas…”, explicabamientras ponía la cafetera en el fogón e invocaba el espíritu de los poetas románticos para construir un nuevo repertorio de frases. Ella esperaba en el sillón.

El café coló. Las tazas,fregadas horas antes para sacudirle el polvo de meses, no podían relucir más y la azucarera… taratatán ¡con casi nada de azúcar! Y la lata donde se guardaba el azúcar de la cuota ¡vacía! ¡Ni un granito de blanca! ¡Ni un granito de prieta! Todo un repertorio nuevo de metáforas en su mente, pero ¿azúcar? nada de nada.

“Ay, mi madre, de dónde saco azúcar a esta hora. Yo te digo a ti que le ronca los timbales. Ñoooo, qué clase embarque, asere. ¿Pedirle al vecino? ¡Na! ¡Tú estás locooooo!”.

Pero antes muerto que sencillo.

(“No te pongas nervioso, es verdad que más rápido se coge a un mentiroso que a un cojo, pero tranquilo”)

—¿Cuántas cucharaditas de azúcar te pongo, mi cielo?—

—Dos, por favor.

Y la cuchara raspó y raspó el fondo de la azucarera para completar la dosis.

— Eh, ¿y tú? — le preguntó ella.

— ¿Yo?…

(“Por tu madre piensa rápido, que vas a quedar en ridículo. Dale, pon tono de gente fina, a fin de cuentas no puede ser tan malo. Aprieta y traga. ¡Tú eres hombre, coño!”)

…Yo toda mi vida lo he tomado sin azúcar. Me gusta más.

¡Qué manías!

Qué maníasAparentemente son personas normales. Piel adentro, sin embargo, solo necesitan que llegue la noche, un instante puntual en el día, una situación determinada … para que se les “suelte” el loco.

Aunque parezca un destripador de almas, un intruso que hace púbica ciertas intimidades (cuidado los pervertidos, no se confundan), aquí están las manías más extrañas que pude encontrar tras un año de búsqueda. Ah, con la venia de los autores y respetando la solicitud de anonimato, vale aclarar.

(…)

De la muerte y la limpieza…

W llama un día antes del cumpleaños de la gente porque tiene miedo que la Parca le pase la cuenta esa noche y quedarse con la felicitación por dar. En cambio, Q pasa la colcha húmeda hasta el último rincón antes de acotarse —no importa si es de madrugada—porque en caso de que alguno de los que viven dentro de la casa se muere durante la noche, todo está limpio y listo para el velatorio.

Siguiendo por la misma cuerda de la limpieza, F se levanta todos los días a las 5:30 a.m. y, con escoba y trapeador en mano, deja impoluta la casa que había limpiado el día anterior (baño incluido). Al filo de las 8:00 a.m todo está que rechina. Entonces F regresa a su cuarto, pone la cabeza en la almohada y descansa una hora más. El ritual se repite de lunes a lunes.

Alimentarias…

L no come delante la gente ni amarrado. No sabe qué es compartir la mesa con la familia: coge el plato servido y camina hasta donde nadie lo ve para almorzar y comer todos los días de su vida. Por su parte, N llora si tiene que comer huevo frito por la tarde. Ni es fino ni tiene el refrigerador atestado de pollo, cerdo o carne de res (recibe la del sagrado animal por ser diabético, malpensados), solo que le duele comer huevo en cualquiera de sus variedades al anochecer. Prefiere arroz solo.

Mientras, a miles de kilómetros, P se alista para comer con dos tenedores y una cincuentona se niega a comer cualquier arroz que ella no haya escogido, por exquisito que sea.

Hogareñas…

Cuando se queda solo, antes de dormir, B revisa puerta por puerta: la de la calle, la del patiecito, la de atrás… y por último la del refrigerador y el escaparate. “Los ladrones pueden estar en cualquier lugar”, afirma. Algo parecido le sucede a G, solo que su ritual es diurno, antes de salir al trabajo. Eso sí, después de verificar todas las puertas, y cerrar la de la calle, la vuelve a abrir para echar un último vistazo.

Libros…

Si la depresión la sorprende, V no se tira en una cama a llorar. Tampoco pone música para levantar el ánimo: V camina hasta la librería más cercana y compra libros infantiles.

S también tiene una manía relacionada con los libros: no los lee nuevos. Le gusta sentir que alguien los ha hojeado, ver alguna punta doblada “porque eso es una historia oculta que tiene el libro”. Si por casualidad le interesara alguno nuevo lo compra… y lo presta para que otro lo estrene.

Olores, desodorante, e hipoglicemia…

A la gente le gusta el olor a esmalte de uñas, de café tostado o colado, de espuma… Z prefiere el olor a cemento y por si fuera poco tiene otra manía: no la pueden ver mientras se echa desodorante “porque estoy con las manos arriba”, y te lo dice como si en eso se le fuera la vida.

Pero lo que más le asusta a X son las hipoglicemias. Por eso se levanta cada mañana, prepara un vaso de leche para cada miembro de la familia (visitas incluidas), y si el reloj avanza y no te despiertas, ella te toca, vaso en mano. “Arriba, a tomar la leche y a seguir durmiendo no vaya a ser que te baje el azúcar…”

Yo…

Y para que no me tilden de mirar vigas en ojo ajeno, yo también exorcizo un pequeño demonito 😉 No me gusta que hayan fotos mías en la sala o saleta de mi casa porque la gente es demasiado curiosa y lo primero que hacen es mirar para ahí.

¿Y tú…?

Ya ves que no resulta tan difícil… ¿Me cuentas una de tus manías?