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Tiempo único

Tiempo ÚnicoEl cambio de horario revolucionaba el vecindario con la misma algazara que una noticia de último minuto. “Oye, acuérdate que el sábado cambian la hora”. El comentario viajaba de boca en boca. Hay hasta quien recuerda a la mujer que asociaba el fenómeno con cuestiones culinarias y cocinaba más temprano de lo habitual.

La noche anterior al día cero, cada familia movía las manecillas. Mas, nunca sucedió así en la vivienda 223 de la calle Mercedes, en Trinidad.

Con la misma vehemencia con que labró su futuro y el de su esposa, don Pedro, aquel hombre enjuto que nunca conoció otro abolengo que no fuera la decencia y el trabajo, sostenía a pie juntillas que el tiempo era único; por tanto, no había que caer en ese invento, cuyo único fin “era el de ahorrar electricidad”.

De modo que ni el reloj de la saleta ni el de la cocina conocieron jamás de otro movimiento de agujas que no fuera el asociado a devolverle la puntualidad cuando les daban cuerda. Lo contrario era considerado, mínimo, un sacrilegio de marca mayor.

Ya fuera horario de verano o de invierno los horarios de don Pedro resultaban un credo inviolable. De pie al filo de las 5:00 am, almorzar a las 11:00 am, dormir la siesta, comer a las 5:00 pm, esperar a que su esposa regresara de la misa de las 6:00 pm, acostarse a dormir.

“El tiempo es uno solo”, repitió hasta el último de sus amaneceres… Y el resabio habitó entre la madera tallada, los números romanos y el péndulo del reloj cuya procedencia todavía se desconoce porque a pocos años de la muerte de don Pedro, la máquina se detuvo para siempre.

Entronizado de cara al jardín de casa, cerca del verdor de las plantas (otra de las aficiones de don Pedro), el reloj (o lo que ha sobrevivido de él) muestra su corazón al descubierto. El péndulo no está. Solo quedan la esfera, el minutero y el horario, ubicados a exprofeso en las 5:45, la hora en decidí venir a este mundo, contraviniendo toda indicación de mi bisabuelo y su teoría del tiempo único.

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Arbolito, arbolito

ArbolitoSi no fuera por esta imagen en blanco y negro, mi memoria no tuviera recuerdo alguno de mi primer arbolito de navidad. Un amigo de mi padre captó aquel instante; gracias a él y su instantánea es que puedo contar esta historia.

El día exacto en que fue tomada es imposible de determinarlo porque las fechas se confunden en las remembranzas de mis padres. Lo único cierto es que tuve mi primer árbol de navidad a los dos años, después de bautizarme porque en aquellos tiempos mi abuelo materno, marxista por convicción y comunista a toda costa, no admitía colocar una planta vestida con algodón para simular la nieve y ataviada de andariveles de colores en un rincón de casa.

Siempre me han dicho que vine a este mundo, entre otros asuntos, a cambiarle el corazón a mi abuelo porque él me ha consentido lo que nunca le permitió a mi madre. Ya lo dijo en más de una ocasión el periodista cubano Luis Sexto: “Los abuelos generan el único cariño gratuito de la vida (…) Los abuelos miman, aplauden, amparan, y como clientes distraídos de la bodega, se marchan sin esperar el vuelto de su moneda”.

Así pues, aquel día mi abuelo no chistó cuando su yerno “sembró” en el jarrón de mi difunta abuela las desvencijadas ramas del arbolito de su niñez, las cubrió de algodón, bolas pintadas con esmalte de uñas, un rostro de Papá Noel de cartón y colocó encima del televisor ruso, marca Orizon, mi primer árbol de navidad.

Dicen que reí mucho, tal vez por el colorido, por el impacto de la cara de aquel hombre gordo con barba blanca y sonrisa exagerada, acaso porque mis padres me contagiaron su alegría o quizá porque desde entonces mi fe empezaba a crecer. No sé.

Mi primer arbolito no tuvo guirnaldas, en aquellos tiempos de austeridad no se conocía de los adelantos de las industrias capitalistas en cuestiones navideñas. Mi Belén, pesebre o nacimiento, como le decimos en Cuba, fue muy pequeño o al menos así me dijeron porque tampoco conservo memorias al respecto. Muchos años después fue que supe de lucecitas para los arbolitos, de María, José y el niño Jesús, y aprendí a disfrutar la Navidad.

Desde entonces han transcurrido más de dos décadas. Ahora no queda espacio en mi palacete decimonónico donde no cuelgue un ornamento de navidad; escuchamos villancicos y recordamos a los que no están con nosotros en estas fechas por distintos motivos.

Pero siempre recordaré con especial cariño mi primer arbolito de navidad, del cual todavía perduran adornos, a pesar del tiempo. Creo que aún sobreviven algunas motas del primer algodón, no exagero.

Con ese pinito verde comenzó la alegría de mis diciembres y el corazón de mi abuelo se llenó de luces navideñas, esas que justo hoy contemplaré con mi familia y en especial con él cuando me tome una foto a su lado con el pesebre y el arbolito de casa al fondo, una tradición iniciada por mí hace algunos años. Mi abuelo, sonriente, posa conmigo cada 24 de diciembre, a solo horas para recordar el nacimiento del Emmanuel.

Melancolías de diciembre

Melancolías de diciembreA mis amigos ausentes

A mi padrino, especialmente 

Nunca he quebrantado las leyes, sean cuales fueren, para estar en paz con Dios y el Diablo. Confieso estar libre de cualquier pecado capital, al menos hasta ahora,  aunque a veces cueste hacer ayuno de la lengua y falte mucho para ver resplandecer un halo sobre mi cabeza.

Por eso no entiendo por qué siempre diciembre tiene reservada una tristeza diferente para mí, al extremo de sentir un constante salto en el estómago a las puertas de estas fechas.

Casi a punto de despedir el 2012 llegó el trago amargo: un amigo viajó a La Habana por unos días. No nos despedimos porque en pocas semanas él estaría de vuelta, pero apenas el calendario marcaba el día primero, llamó para comunicarme se quedaría por tiempo indefinido en la capital, en tanto arregle los papeles para emigrar.

“Esta Navidad tal vez no estemos juntos”, vaticiné convencido a mediados de año, aunque él ignoró el tono profético de la sentencia.

Hoy abro la puerta de la valija de mis melancolías de diciembre-un arca más abundante de lo que quisiera permitirme- para añadirlo a la lista de las ausencias navideñas. Ahí figuran el nombre de mis tíos postizos, amigos y seres queridos dispersos por disímiles rincones del mundo, cuya presencia necesito como nunca antes a la hora de entregar los abrazos de estos días.

En la cúspide de esas añoranzas está mi padrino, quien hace apenas 72 horas llegó a la media rueda, a cuya celebración no pude asistir porque vive del otro lado del Atlántico y como no tiene un jet privado, debo esperar a las rebajas de los billetes de las agencias de vuelo para verle.

Puedo preciarme de vivir una Navidad en familia, de transformar mi casa en un sitio de ensueño donde llegan los niños de cuanto recoveco existe en Trinidad para admirar nuestro Belén; de compartir la mesa cada Nochebuena con mis padres y mi abuelo materno, a pesar de su ateísmo confeso.

Sumo a dichas bendiciones los seres queridos todavía presentes por estos lares, a otros miembros de la familia-no de sangre, pero sí de espíritu- que desde hace más de una década esquivan las trabas de los aeropuertos para celebrar juntos estas jornadas.

Pero no puedo ignorar la nostalgia al escuchar tal villancico, cuando llegan las doce y no tengo el beso de mi padrino, de mi tío, de mis amigos ausentes otro año más.

Cada 25 de diciembre anhelo poseer el don de la ubiquidad para llenar el espacio vacío ante tantas felicitaciones, apretones, abrazos por repartir.

Además de los cánticos, arbolitos y guirnaldas, también en este día llevo a cuestas la valija de mis melancolías porque dentro de ella guardo todo cuanto me falta para sentirme completamente feliz, cuando llega el día de la Navidad.

Fui sus ojos

Fui sus ojosParecía un sábado cualquiera, sin penas ni glorias. Esperaba a una amiga en casa de otra. Conversábamos sobre la semana, de mi catarsis habitual a finales de semestre porque la entrega de los trabajos siempre coincide con las evaluaciones de las asignaturas y el tiempo no alcanza ni a pedacitos.

Llegó la amiga por quien aguardaba. Me pidió la acompañara a llevar a su papá hasta el restaurante donde él toca en días alternos.

Acepté. Llegamos a la esquina. Lo saludé como de costumbre, pero cuando él intentó devolver el gesto estiró el brazo muy lejos de donde estaba el mío. Enseguida me apresuré a estrecharle la mano.

La retinosis pigmentaria avanzó demasiado desde la última vez que lo escuché hablar de ello. No lo sabía. Aunque todavía persistía una iluminación crepuscular, para él ya había anochecido.

-“Vamos”, indicó ella.

-“Espérate, déjame aguantarme de Carlitín porque casi me caigo la semana pasada. Eres muy bajita para mí”-dijo mientras apoyaba su mano en mi hombro, en busca de seguridad antes de emprender rumbo.

Incontables ocasiones caminé con los ojos vendados dentro de los amplios espacios de mi casa, una vez lo hice por el Prado de la ciudad de Cienfuegos, acompañado de otros jóvenes en un ejercicio de Psicología relacionado con la confianza, pero sabía que mi oscuridad terminaría al final de la dinámica. Ahora era diferente: para ese hombre yo era una suerte de lazarillo, un báculo de carne y hueso. “Arriba, muchacho, ahora tú eres mis ojos”, apuntó.

¿Cómo voy a guiarlo, si no sé nada de señas o palabras claves?, pensé.

Empezamos a caminar. “Estamos en la calle Rosario, casi llegando a Gutiérrez”, decía yo en un intento de graficar el recorrido.

Una cañada cortaba la vía en dos. ¿Cómo indicarle que salte el charco para no ensuciar sus zapatos?

Mi amiga presintió la inquietud, vino al rescate. “Párate, hay una cañada-le dijo-. Vamos a dar un salto grande, Papote. Uno, dos y…”

Cruzamos la riada de aguas sabatinas al mismo tiempo, como esa costumbre de chiquillos de caminar de manera uniforme, con el mismo pie-no sé si ustedes lo hacían cuando estaban en primaria, yo sí. Nos deteníamos y a la voz de un líder emprendíamos la marcha como un pelotón de adolescentes-.

Doblamos la esquina. Caminamos hasta la de Desengaño. Otra cañada para atravesar, pero ya conocía la técnica. Esta vez conté yo para sortear el inconveniente. –

“Estamos llegando”, anuncié al ver el cartel lumínico del restaurante.

Una vez en la puerta principal, entramos en el salón atestado de muebles antiguos. El resto del grupo se incorporaría más tarde. Él pidió lo dejáramos sentado delante del bongó hasta que la visión se acostumbrara a la luz y alcanzara a distinguir al menos sombras. Su mano abandonó mi hombro.

Parecía un sábado cualquiera, sin penas ni glorias. Ya no lo era. Una sensación desconocida desbancó la preocupación de antes por la escasez de tiempo en la última semana de clases.

Horas más tarde sentía en mi hombro la fuerza de ese hombre cuya visión oscurece por día sin esperanzas de revertir el padecimiento, que al tocarme me había convertido en el faro para alumbrarlo en su penumbra.