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A mucha honra, mamía

IMG_1620“Caballero, ¡cómo ha cambiado esto!”, concluyen, a veces con euforia; otras, con cierta dosis de nostalgia, quienes regresan a Trinidad después de un período de ausencias. Y puede que tengan razón.

El rostro de desamparo que durante años tuvo el Centro Histórico, por suerte, habita solamente en las instantáneas sepias de los archivos o en las memorias de quienes vivieron —y sufrieron en carne propia— los años en quela Plaza Mayor y sus alrededores devenían una boca de lobo apenas despuntaba el anochecer.

Puede que ahora el añejo corazón de la villa simule, más bien, una avenida parisina —así ha declarado más de un visitante, no yo, que solo conozco la París retratada en Internet—; que cada día se inaugura un restaurante, una cafetería, un hostal y que ahora se añore el silencio como nunca antes. Mas, allá donde se cuece el orgullo, al menos todavía, no ha llegado el contagio.

Aun cuando el tiempo pase, se sigue diciendo “mamía” —apócope de alma mía— y “hey, sí” en medio de una conversación informal. Si tocan a la puerta respondemos con un “Vaaaaa”, el punto de randa La trinitaria continúa naciendo de la urdimbre, nos resistimos a decir que somos espirituanos si nos preguntan la procedencia y no existe nada mejor que una jaba de guano para ir a buscar los mandados. Y se sigue cantando el Miserere en latín cada Semana Santa, y la Plegaria de los Siete Dolores de la Virgen, y a cada rato se recuerdan a los locos del pueblo con sus dichos y costumbres inmortales, y las leyendas que aprendimos de la abuela o los libros de los cronistas.

Puede que ahora el añejo corazón de la villa simule más bien una avenida parisina, es cierto; piel adentro, sin embargo,seguimos suscribiendo con puntos y comas aquel nombramiento no oficial de República Federativa Independiente. ¡Y a mucha honra, mamía!

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Asalto de espíritus

Asalto de espíritusParecía un espejismo a plena mañana. Inesperadamente, cinco estatuas humanas habían invadido la Plaza Mayor de Trinidad. Tal vez para muchos esta sea una estampa recurrente, y hasta monótona, en las calles de otros países, pero estas imágenes sacudieron al sábado de sus desquiciantes temperaturas para convertirlo en una jornada única, al menos para mí.

Quienes hayan caminado por el corazón del Centro Histórico de esta villa, coincidirá conmigo que es un sitio de ensueño. Y no es que el apego a mi Ciudad Mueso me nuble el juicio. Basta ver cómo los visitantes sucumben cuando caminan por las piedras y los lentes de las cámaras se desorbitan intentando captar cada detalle de los palacetes enmarcados alrededor de la Plaza. Algunos imitan la pose de la estatua de Terpsícore localizada en su centro, otros prefieren recostarse en los bancos para mirar las palmas, al cielo, a evocar momentos, a romancear…algo de sortilegio debe tener un lugar capaz de provocar tales sensaciones. 

Pero aquel payaso vestido con retazos de periódicos, Yemayá, la diosa de los mares del panteón yoruba, con un caracol en mano, recostada al empinado farol; la esclava con un niño en su regazo, el hombre de hojalata y la monja de pie con el antiguo convento de San Francisco de Asís al fondo, establecieron una comunicación indefinida con el entorno, al punto de crear en mí la sensación de verlos como espíritus que protegían la ciudad.

Apenas trascurrieron cinco minutos cuando aparecieron las expresiones de asombro por este acontecimiento sin precedentes. Desde cada rincón llegaron los niños, dispuestos a curiosear con esa inocencia tan suya, y familias enteras al enterarse de aquella invasión bendita. Hasta quienes pasaban de casualidad quedaron absortos al ver interactuar a los personajes con quienes le acercaban una ofrenda.

Para otros pudieron parecer meros gestos, pero algo de místico encontré en las caricias de Yemayá a una mujer, en las palabras que la monja le susurró a un niño, en el Ave María pronunciado delante de una anciana, que rezó con ella y se persignó como si hubiese conversado con un espíritu. Aquel tap improvisado por el hombre de hojalata, embobecían a las personas mayores; los cantos en lengua yoruba entonados por la mujer a su bebé y las flores de origami junto a los mensajes repartidos por el Payaso de la Paz, según aparecía en su pedestal de papel, venían impregnados de un simbolismo. Así lo sentí, aunque parezca incierto.

Al mediodía el sol arreció demasiado, y terminó espantándolos. Pero ya era imposible desprender a la Plaza Mayor del encantamiento producido en horas de la mañana, cuando una masa se congregó sin aviso previo en torno a las figuras-en menos de media hora aparecieron cientos de personas, según cálculos a simple vista-. Entonces otra vez quedó claro que este pueblo no está signado por la desidia, como aseguran muchos, sino carente de opciones refrescantes, con la capacidad de sorprender, de hacer a un ama de casa desprenderse del fogón.

Tanto resultó el impacto que desde ahora los invito a acompañarme el domingo próximo en Lente Compartido, mi blog de fotografía, para compartir las imágenes captadas por mi cámara y vean que no hiperbolizo cuando titulé el post de este martes “Asalto de espíritus”.

Folklore de Viernes Santo

Folklore de Viernes Santo“El Diablo anda suelto porque Dios ha muerto”, exclamaría con tono místico Carlos Joaquín Zerquera, fallecido historiador de la ciudad de Trinidad, si este Viernes Santo cruzara el umbral de mi casa.

Y es que con la llegada de la Semana Santa, Semana Mayor o Semana Grande, como también se le conoce en otras latitudes, reaparecen mitos entretejidos entre los cubanos en torno al día de la pasión y muerte de Jesucristo; rituales con más arraigo que el propio significado religioso de la fecha, cuya presencia tiñe la jornada con los matices de la fe popular.

Lo más común es escuchar a alguien preguntar quién cura el empacho-una suerte de desorden digestivo tras el consumo de alimentos- porque solo el Viernes Santo los interesados aprenden cómo aliviar el padecimiento estomacal. Para ello deben acudir a una persona bendecida con el don. Eso sí, nada más pueden ser tres aprendices por cada maestro. Existen varios métodos: una toalla, una cinta… y cuentan que si olvidas la oración, no naciste con la gracia.

“Por nada de este mundo pienses en barrer si no quieres ser víctima de la invasión de las hormigas. Barres y entran al momento”, dicen por ahí. También cesan las matanzas de los animales; según cuentan, ni siquiera se puede maltratar a las lagartijas porque “ellas borraron con su cola las huellas dejadas por José y María en el desierto cuando huyeron del Rey Herodes”.

Otra leyenda señala que las plantas no deben podarse. Si se desafiara la furia divina, en el caso del almácigo brotará del tallo una sustancia roja en vez del acostumbrado líquido blanco, como remembranza a la sangre del crucificado. Durante la semana deben sembrarse los gandules, para recogerlos listos en Navidad.

De toda la pesquisa previa a la escritura, la más curiosa para mí resultó el mito del huevo de la gallina. Al decir de una amiga, a su abuelo, afectado por la diabetes, le curaban el pie con la resina del huevo puesto por la gallina el Viernes Santo. Había que dejarlo secar, misteriosamente no se ponía “culeco” (clueco, de manera correcta), entonces se aplicaba sobre el paciente.

Hasta el amanecer del Sábado Santo reposan los vasos espirituales, caracoles y cartas. Solo los interesados en hacer mal aguardan al mediodía para pactar con el demonio, el resto de los representantes de los cultos sincréticos cubanos caminan rumbo al templo, vestidos de blanco, para postrarse ante el Santísimo Sacramento del Altar.

A pesar del escepticismo de algunos, existen quienes no tienen las agallas para desobedecer estas disposiciones de procedencia desconocida, legadas de una generación a otra hasta inscribirse en las estampas costumbristas de esta Isla.

Este viernes la procesión del Santo Entierro caminará por las arterias empedradas de Trinidad. Otra vez -al menos durante 24 horas-llegará la quietud que otrora reinaba en el Centro Histórico de la villa; otra vez el pueblo acompañará al Santo Sepulcro, la Virgen de la Soledad y San Juan en su peregrinar hasta el Calvario… y otra vez el imaginario popular desatará las supersticiones de Viernes Santo. Algunos aprenderán a aliviar empachos, las escobas, caracoles y otros métodos adivinatorios reposarán, alguien ofrecerá promesas a Satanás, los animales respirarán aliviados, las plantas no sufrirán daños y los pollitos en formación devendrán bálsamo bendito para convalecientes.

La misteriosa desaparición de Euterpe

La misteriosa desaparición de EuterpeEl estallido de los fuegos artificiales no logró cambiarme el juicio. Al apagarse las luces en la gala inaugural di por confirmada mi sospecha: la Semana de la Cultura en Trinidad pasaría sin penas ni glorias.

Sin embargo, en un intento de revocar mi propio vaticinio aguardé los siete días de la celebración, pero de nada sirvió. Aquella iniciativa propuesta  en 1974 por el fallecido historiador de la ciudad Carlos Joaquín Zerquera y Fernández de Lara, a modo de festival de invierno para agasajar al terruño en cada aniversario de su fundación, quedó atrapada en la hojarasca del tiempo para siempre. El propósito primero-difundir los valores nacionales de la Cultura Cubana- hoy roza las fronteras de la utopía.

Aun cuando la festividad concluyó sigo en busca de Euterpe porque esta edición estaba dedicada a la Música, según anunciaron; mas, o la musa griega desapareció sin dejar rastros antes de la alborada del sábado 12 o al final solo se trataba de seleccionar un eje temático, por mero formalismo.

Tal vez la idea primaria fue dedicarl a la música africana y olvidaron colocar el calificativo. Solo así lograría explicarse por qué el sonido de los tambores– algunos procedentes de Camagüey, con buena calidad, vale decir- acaparó la mayor parte de los eventos de la semana, pero apenas se escuchó una composición del repertorio clásico cubano o internacional.

Poco, o casi nada, perdura de la Trinidad engalanada que acogía a artistas de diferentes manifestaciones por estas fechas. Solo pocas instituciones culturales abren las puertas de las casonas coloniales para ofrecer actividades cuya falta de difusión las condena a pasar inadvertidas.

En esta oportunidad ni siquiera sobrevivió la emblemática plataforma, símbolo del jolgorio, erigida antes en pleno corazón del Centro Histórico, frente a las escalinatas, convertida en el escenario ausente de la vida cultural de la ciudad donde el público asistía en masa-no es un eufemismo-para suplir la carencia de propuestas artísticas para cultivar el espíritu el resto del año.

Entonces recordé una anécdota sobre un hombre cuyo nombre yace traspapelado en la historia que un día temió por la trasformación de la Semana de la Cultura en una suerte de feria pueblerina.

Muy a mi pesar, la sentencia martillaba el pensamiento mientras enfilaba la vista hacia los aparatos diseñados para entretener a los niños y saquear los bolsillos de los padres, los caballos galopaban en pleno asfalto y el ritmo del reguetón “ambientaba” la feria de artesanía organizada por el Fondo Cubano de Bienes Culturales alrededor de la Plaza Mayor.

Perdí la noción del tiempo. No sé si estaba en la Semana de la Cultura o en las fiestas sanjuaneras celebradas en junio.

Agradezco al menos la presencia de la compañía de payasos Pentaclown Habana por las carcajadas de los pequeños, el empeño de algunos investigadores que sacaron a flote el Coloquio de la Cultura Trinitaria y la preservación de esta tradición que más tarde harían suyas muchas urbes de la geografía nacional-aunque llegado este punto cabría preguntarse cuánto queda de la génesis del proyecto-.

En vano resulta indagar en las causas de la ausencia de bríos porque la repuesta recaería en la escasez, la falta de recursos o, en el mejor de los casos, el ahorro para celebrar por todo lo alto los cinco siglos de existencia de Trinidad en 2014 –una justificación que me temo se esgrimirá como estandarte en los meses venideros-.

Si tales motivos resultaran ciertos, empezó la cuenta atrás. Ojalá en el próximo enero Euterpe reaparezca y la ciudad muestre todo su esplendor para conmemorar el día cuando Diego Velázquez decidió fundar la tercera villa de Cuba. Con este preludio no creo una exageración cruzar los dedos desde ahora.