Archivo de la etiqueta: computadora

Eventos pa´ marcar tarjeta

Eventos pa´ marcar tarjetaAlgunos eventos de carácter municipal en Cuba deberían desaparecer de cuajo. Sería mejor, incluso, recordarlos por los bríos que algún día tuvieron y no como el dolor de cabeza que a ratos supone para los investigadores.

Que si no hay hojas, que si no hay impresora; que si la computadora se rompió; que si no importa nada de lo anterior y el informe final debe entregarse en formato digital, como las instituciones mandan… resultan apenas un esbozo de las penurias del calvario de la desmotivación de no pocos eruditos pertenecientes a las respectivas direcciones municipales de cultura; el mismo calvario que los lleva a erigir esa suerte de filosofía de “eventos pa´ marcar tarjeta”.

Ahí están, intentando encontrarle la quinta pata al tema exprimido al límite, disertando ante el mismo auditorio, tal vez ante el mismo jurado, “marcando la tarjeta, para que esta cosa (evento es una palabra que le queda grande) no se muera, o no llegue al funeral porque muerto, lo que se dice muerto, ya está”.

Los certámenes otrora panacea del debate acalorado simulan, más bien, una reunión de amigos entrañables, el pretexto para reencontrarse y actualizarse de los chismes pendientes, el remedio para esquivar la jornada laboral, el oasis ante la monotonía detrás del buró.

Pocos, muy pocos, se empeñan en descubrir el agua tibia cuando asoma la convocatoria de la nueva edición del taller de investigación municipal X; un taller que, por cierto, no cuenta con una merienda de bajo costo, ni siquiera con un libro de páginas amarillentas para los ganadores. De hecho, en el taller X no hay ganadores, o mejor dicho: todos son ganadores porque la escasez de recursos o la falta de presupuesto, como quiera llamarse, no alcanza para conseguir el libro de hojas dobladas en las esquinas.

Ahora, si el evento fuera internacional…, otro gallo cantaría. Mas, en ese primer escalón que es el de la historia local, el gallo que canta es bastante desafinado, si es que canta.

De modo que nadie debe escandalizarse por la dejadez con que no pocos asumen esta “tarea”. A fin de cuentas de eso de trata: de una tarea en el plan de trabajo, un punto más a cumplir en el mare magnum de las indicaciones de “arriba”.

Si no tienes hojas, invéntalas; si no hay impresora, invéntalas… Plántate delante de una computadora la noche anterior, cambia la presentación al power point para que piensen que es nuevo, llueve sobre lo mojado por enésima vez… Recuerda: lo importante es cumplir.

Anuncios

Valientes fugitivas del Edén

(De izq. a der.) Nurienar, Anay, Anabel y Mairelys

(De izq. a der.) Nurienar, Anay, Anabel y Mairelys

♪“Y me rodean amigas; ay, amigas, dulce esperanza de la sed, amantes siempre vivas, dorado manantial de espigas. Y me rodean, amigas; ay, amigas, diosas del agua de la miel. Valientes fugitivas del Edén”. ♫ Ana Belén.

Se llaman Anay, Nurienar, Anabel y Mairelys -permítanme aclarar que las ordeno según su número en la lista del aula para evitar celos-. Son mis amigas a toda prueba, mis más fieles compañeras en la travesía de la carrera. Dicen que he escrito de todo y de todos en este blog que vieron nacer conmigo, menos de ellas. Yo les prometí que el último post de quinto año sería suyo. Siempre cumplo mis promesas.

Lo que voy a escribir ya lo saben, en más de una ocasión se los he dicho, pero quiero inmortalizar estos pensamientos para que los tengan a mano por si algún día los años empañan la memoria. De cada una robé un misterio para crecer, para ser mejor… De antemano les pido disculpas por el apasionamiento. Empecemos, repito, por orden alfabético.

Anay (Nani) comparte conmigo el gusto por la prensa escrita. Es cienfueguera de pura cepa, aunque a veces yo la mortifique cuando le digo que vive en un “monte” de Cienfuegos porque su apartamento está lejos del boulevard. Nani me enseñó a hacer origamis con forma de grulla -su estrategia para esquivar la tristeza- y esferas de papel, aunque siempre se me olvida el algoritmo para pegar las piezas. De todas, Nani es la que tiene un alma más parecida a la mía en cuestiones amorosas; ambos conocemos el lenguaje de la soledad y los sueños. Me dice Carli. A ella le robé su capacidad de escuchar y dar consejos, de regalar tesoros de papel para levantar el ánimo a mis amigos.

Nurienar (Nuri) -sí, señores, ése es su nombre- fue conmigo a la bienvenida oficial, en el teatro de la Universidad, el primer día de clases y a partir de segundo año nos convertimos en el “dúo dinámico” para los trabajos en equipo. Esta avileña, procedente de Majagua, ha batallado con mi perfeccionismo, mi estrés. Nadie como Nuri para hablar de madrugadas frente a la computadora para terminar un informe de Literatura; nadie como Nuri para resumir una enciclopedia en una oración. Siempre la he definido con las palabras fiesta y alegría porque oye una lata sonar y se le desquicia el cuerpo, es una de las personas más campechanas que he conocido. Le gusta la televisión y desde ahora auguro que será una famosa realizadora de documentales audiovisuales. Me dice Carlili. A ella le robé su capacidad de síntesis y, sobre todo, su autenticidad.

Anabel (Any, Nanita) es una de las personas de mi año que más me ha inspirado, es uno de mis paradigmas. Nunca he visto a alguien tan maduro como esta trinitaria-santaclareña residente en Cienfuegos, a pesar de tanta juventud. Anabel es la seguridad, la “mejor presidenta de brigada que hemos tenido”, como siempre le digo por ser la única en asumir el cargo desde primer año. Any tiene el don del convencimiento, de inspirar confianza. No conozco a nadie capaz de mover cielo y tierra hasta conseguir una guagua para viajar a Viñales a precio de estudiantes. Lo que Any no consiga es porque resulta imposible. Sus ocurrencias son únicas, su voz te enamora; le gusta la radio, aunque yo le vaticiné que llegaría hasta la cadena multinacional Telesur. Ha sido mi modelo para fotografías en más de una oportunidad. Me dice Machi o Carlitín. De Any me llevo su madurez, su capacidad de asumir tantas responsabilidades como lo ha hecho y afrontar momentos difíciles, que ninguno de los otros ha pasado, con un temple envidiable.

Mairelys (Maire) es la loca más cuerda que he conocido. Maire es la transparencia, el optimismo y la devoción. Esta hija de Arroyo Blanco insiste en definirse como “la infiltrada” porque un día calificaron a las otras tres como “los ángeles de Charlie”, pero ella sabe que no es cierto. Yo tengo cuatro ángeles. Maire es la persona más suertuda que pudieran conocer. “Tu estrella tiene un grupo electrógeno para permanecer encendida en caso de apagón”, le digo porque siempre sale airosa de los avatares. De todas, quizá sea la más insegura en sí misma, la que menos cree en su talento; de todas, es la que ha debido enfrentar muchas miradas de reojo en el aula porque algunos la subestiman, y al final siempre sale victoriosa. Maire tiene un doctorado con honores en “coger botella”. Siempre le he dicho que yo quiero enamorarme como ella lo hizo de su esposo, un amor que no entiende de distancias y si había que viajar diario de Santa Clara a La Habana, tal cual sucedió en segundo año, solo para estar unas horas con el hombre de su vida, se hace y punto. Eso es amor. Me dice Charliri. De ella me llevo la perseverancia, la constancia aunque no crean en ti y la prueba que en estos tiempos convulsos es posible enamorarse perdidamente.

(…)

Espero ellas me perdonen por este asalto a mano armada, por robarle parte de sus esencias sin pedirles permiso, pero algo debía quitarles para llevarlas conmigo aunque
estemos lejos. A pesar de todo soy afortunado: tengo un hatajo de locos, dos musas y, para suerte mía, desde hace cinco años tengo cuatro ángeles que velan por mí.

Mi niño se fue a la escuela

Mi niño se fue a la escuelaA Rubén Ernesto, mi ahijado, lo vi nacer, literalmente. Su padre no quiso entrar a la cesárea -cuestión muy de moda en estos tiempos-, y como el médico encargado del parto es otro miembro de mi familia, logré colarme en el salón aquel 7 de diciembre de 2008.

Lo recuerdo todo: el olor -ese tan característico de los hospitales- el tintineo del suero al gotear, las luces, el sonido de la indumentaria quirúrgica -capaz de intimidar al más bravo- y la panza descomunal de “la China”, la madre del niño, sobresaliendo desde la mesa en aquel panorama de tensión y expectativas entrelazadas.

Le abrieron la barriga de lado a lado y empezaron a picar capas hasta ver por fin, a lo lejos, un bebecito acurrucado, con la cabecita llena de pelos. Esa es la primera imagen que tengo de Rubén Ernesto – ya tenía nombre desde el embarazo-: dormidito, prendido a su mami por el cordón umbilical.

En ese salón frío escuché el primer llanto de mi ahijado, mi niño, como le digo porque así me dice mi padrino a mí. Vi cuando lo pesaron, cuando orinó, cuando se lo enseñaron a su madre hasta que lo trasladaron en la incubadora a la sala de nacimientos.

Desde entonces lo he visto crecer. Escuché los balbuceos que más tarde se convirtieron en “pa-pá”, “a-gua” y “nino”-su versión de padrino-. Lo dormí con las mismas canciones que una vez me cantó mi madre y lo recosté a mi cama. Lo vi gatear, y luego ponerse de pie para agilizar el paso hasta transformarse en el dulce torbellino que es hoy.

Llegó el primer año, con la respectiva perreta en las fotos, y el miedo al payaso en el segundo cumpleaños…Cuando tenía poco más de tres añitos se mecía en la hamaca de mi cuarto mientras me contaba de los imaginarios viajes de pesca con su papi, de cómo hablaba con los peces, cómo se hizo amigo de un habitante de la luna, entre otras aventuras de su mundo onírico, un mundo que compartía conmigo.

Después apareció la intranquilidad, los intentos de probar fuerzas, los antojos. Mas, aun así, siempre tenía -tiene- bajo la manga una ocurrencia para sacarnos a todos una sonrisa -ardid utilizado también para librarse de castigos o regaños fuertes-. Es demasiado inteligente y hábil, lo digo porque yo he caído en sus trampas sin darme cuenta.

De pronto me empezó a hablar de números y colores, de cómo se llamaba, de Elpidio Valdés, Dora la exploradora, los Power Rangers, de Plantas contra zombies, su juego preferido; me demostró que sabía encender la computadora, conectar en DVD y cambiar los canales con el control remoto del televisor -¡ay, los niños del siglo XXI!-.

Pero el tiempo hizo fraude. Sí, porque es imposible que hayan pasado, en un pestañazo, cinco años desde aquel 7 de diciembre. ¿Cómo mi niño creció tan rápido y de repente lo veo vestido de uniforme, con mochila al hombro, crayolas, gomas… para ir a Pre-escolar?

Ya mi niño no me habla de amigos imaginarios o caballeros en busca de princesas para rescatar, sino de que quiere ir a la escuela el sábado; me habla de su aula, de la hora del cuento, de su maestra cuando le dio en la primera semana del curso el bombillo amarillo “el «fabular» (regular), porque soy muy intranquilo”, y de su estrategia para ganarse el bombillo verde, el de máxima calificación.

¡Dios mío, mi niño se fue a la escuela! Miro las fotos de este septiembre y todavía veo a esa “rabujita” que vi venir a este mundo. Ahora entiendo por qué  mis padres continúan diciéndome “el niño” a mis 24 años.

El difícil carisma de la pobreza

El difícil carisma de la pobrezaLlevo 72 horas viviendo en el cuarto de espiritualidad de un convento. Hasta ahora en los encuentros en la residencia de las Religiosas de María Inmaculada (RMI), ubicada en la barriada del Cerro, en La Habana, los varones dormíamos en salones amplios como estrategia para evitar travesuras a la hora del sueño. Este agosto, como éramos pocos hombres de Trinidad, se decidió enviarnos al ala de los ejercicios espirituales.

Mi primera visita a la casa madre de las RMI en Cuba fue en el 2000, cuando tenía 11 años. Durante cuatro días estuve solo con las hermanas, adolescentes, jóvenes y asesores de Sagua la Grande, Las Tunas, Cienfuegos y La Habana; un viaje sin la compañía de mami o papi donde, por cierto, lloré en balde durante horas para salir de aquel encierro. Al terminar el jubileo aprendí a sobrevivir lejos de casa.

Pero nada resulta comparable con esta experiencia, acaso porque aquel chiquillo inmaduro no tenía edad para aquilatar la envergadura de vivir en una habitación con el mínimo de condiciones, de una sobriedad por momentos agobiante, pero donde se aprenden valores que no te enseñan en la escuela.

Mi cuarto es el número 5. Cuando entras, a mano izquierda, hay un escaparate sin gavetas para colgar la ropa, al frente está una cama personal de hierro, a un costado queda una mesita donde apenas caben cinco libros. Al lado, sostenida por dos pies de amigos de madera torneada, tengo una tabla de menos de medio metro donde escribo este post en una hoja amarillenta, al estilo de los antiguos frailes y monjes. A la derecha queda un baño minúsculo y ante mis ojos una ventana enrejada, con vista al patio central donde los muchachos corren, juegan fútbol o se preparan para ir a comer. Las paredes tienen color marfil, no hay cuadros, lámpara de noche, flores u otros adornos, solo una cruz en el espaldar de la cama.

Del otro lado de la puerta, a mis espaldas, queda a un pasillo largo y silencioso. Se sienten pasos anónimos, el sonido de llavines y otras puertas que se cierran. Mi cámara fotográfica y el reproductor de música devienen único contacto con la tecnología, pero solo hay una cajita de corriente: para cargar la batería debo desconectar el ventilador. La cobertura es inestable, el celular sirve de poco. El teléfono público está roto. No tengo computadora, velas o incienso… pero ninguna de estas ausencias pesa tanto como creía.

Aun cuando sé que en pocos días todo será como antes, agradezco estas jornadas vividas en austeridad porque me han servido para afianzar mi admiración por quienes hacen de la pobreza y la obediencia un estilo de vida. No lo digo solo por las hermanas o monjas de clausura, sino por todos los que abrazan el acto de servir a los demás sin alardes, sin repartir migajas, sin esperar ovaciones masivas o reconocimientos públicos.

En esta especie de celda monacal no me siento tan mal, aunque a veces me falta el aire si recuerdo los descomunales espacios de mi casa. Desde aquí disfruto el canto de los pájaros al atardecer, el encanto del silencio de la noche, y en las mañanas me despierta la luz del sol. De vez en cuando aparece algún espíritu existencialista, pienso en mi familia, mis amigos, mi futuro, en ciertos fantasmas y tormentos; pienso otra vez en quienes ayudan a un necesitado ahora mismo…pienso mucho, quizá demasiado para mis 24 años, y me aferro a la idea de que algún día mis plegarias serán atendidas como quiero.