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Encomienda en la esquina

Encomienda en la esquinaCarnaval en la ciudad. La música resonaba en la plaza y sus carpas aledañas. La gente, ávida de disfrutar sin que el bolsillo sufra demasiado y enajenarse de esa maquinaria feroz que es la cotidianidad, gozaba de lo lindo.

Unos hacían gala de sus dotes de jinetes, bailaban, comían o compraban chucherías; otros llevaban a sus hijos al área donde plantaron los castillos inflables, bicicletas hechas de hierros torcidos, un toro mecánico que más bien parecía un alienígena con dos tarritos en la cabeza, y cuanto aparato pueda surgir de la imaginación del cubano para recaudar “unos pesitos”, que yo traduzco en pequeñas fortunas a juzgar por el precio de cada vuelta.

En las esquinas estaban ellos, trabajando. Varios custodiaban la zona asignada; algunos veían el paseo de las carrozas o la gente detrás de las comparsas con esa mirada de quien quiere pero no puede. Otros asomaban la cabeza hacia la esquina donde se vendía la cerveza.

Supongo debieron contener las ansias durante horas, luchar contra sus demonios, debatirse entre el bien y el mal, hasta vencer la tentación o ceder al deseo, como sucedió al final. Delirantes y sedientos se refugiaron en aquella esquina oscura y esperaron a que pasara alguien con cara de buena gente.

A lo lejos venían dos muchachos, de esos que no se meten con nadie. Uno de los uniformados interceptó a los dos jóvenes y les indicó acercarse.

-Buenas noches -dijo uno con tono de jefe.

-Buenas noches- respondieron los muchachos.

Silencio (ese silencio que provoca frío en el estómago).

– Hace falta que… -empezó otra vez el que tenía tono de jefe.

– Que, ¿qué?

– Hace falta que… hace falta que… ( y cambió el tono, empezó a hablar rápido, mientras sacaba un billete de $10 MN) Hace falta que vayan y nos compren dos cervecitas, compadre, que nosotros no podemos ir porque estamos trabajando. Y ¡de madre que tú veas eso ahí (se refería al dispensador ubicado a menos de tres metros) y no puedas darte ni un buche porque si nos cogen nos “parten” las patas!

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Metamorfosis de un cementerio

Metamorfosis de un cementerioEl 2 de noviembre, día de los fieles difuntos, cada quien recuerda a sus familiares y amigos ausentes. La gente camina hacia el cementerio apenas amanece para rezar, llorar por las nostalgias, poner al tanto de los asuntos familiares a los que no están en este mundo, desafiar y recriminarle a la muerte la partida de alguien una vez más…

Los cementerios no me asustan. Lo heredé de mi madre, quien con apenas cuatro años acompañaba casi todos los días a mi bisabuela a la tumba de la familia para que doña Isabel pusiera flores a los fallecidos y conversara con los espíritus, envuelta en el remanso de la necrópolis.

Este sábado, sin embargo, el camposanto civil de Trinidad sufrió una suerte de metamorfosis a mis ojos al ver cómo cada quién recordaba a los suyos de acuerdo a su religión, creencias, filosofía de la existencia… En un santiamén confluyeron deidades y santos, ángeles, espíritus y almas, y ese sitio sacramental se transformó en muchos lugares al mismo tiempo.

En aquella tumba una señora ponía flores, pero en la otra había restos de animal sacrificado, tres cáscaras de coco seco y algunas plumas -dicen se trata de una “limpieza” o una “consulta” a un muerto sobre determinada preocupación-. Dos mulatos llevaban par de cojines de flores -imagínense par de hombres macizos con tal adorno en las manos-, y al depositar la corona en la sepultura empezaron a hablar de Gourriel, de 20 jonrones que hacen falta para no sé qué juego, junto a sus pronósticos para esta Serie Nacional de Béisbol.

En otro extremo una mujer planificaba su sepelio. “A mí me entierran con música mexicana bien alta y ron, mucho ron, porque lo único seguro es esto”, le decía a quienes la acompañaban mientras señalaba el panteón. Un hombre aprovechó la oportunidad para aleccionar a su amigo. Parece que tiene cierta adicción al alcohol porque le decía: “Si sigues bebiendo, dentro de poco llevarás puesta la «guayabera gris» (el ataúd)”.  

Había niños acompañando a sus abuelas, ancianos, gente más joven, blancos, negros, rosarios, collares de santería… todo dentro del “Huerto del Señor”, como dirían las personas mayores.

Ni siquiera la muerte escapa a la naturaleza del cubano. Aunque sabemos cuán implacable es, jugamos a sortearla e inventamos dicharachos para burlarnos con sarcasmo de ella, de los cementerios, acaso porque sabemos de antemano el final de la historia.

Quizá por eso un hombre refirió que iba “un momento al reparto Boca Arriba”, refiriéndose a lugar donde descansan su familia, y al salir escuché a un sepulturero decirle a otro -parece que éste no iba a trabajar hace algunos días-: “ ¡Coño, compadre, al fin resucitan los muertos!”.

En la tumba del abuelo que no conoció

En la tumba del abuelo que no conoció“Disculpa, ¿tú eres cubano?”, me preguntó un hombre regordete, de bigote canoso y voz ronca cuando llegué a la terminal de Cienfuegos, después de salir en estampida de la Universidad con el deseo de llegar a casa lo antes posible.

A pesar de mis respuestas monosilábicas él seguía su pesquisa informativa. “¿Cuándo sale el ómnibus para Trinidad?”, “¿Se demora mucho?”, “¿Me puedo sentar aquí?”-esto último lo dijo apuntando al asiento libre al lado mío-.

Como no lograría desprenderme de ese sesentón insistente, me resigné sin imaginar que aquel monólogo, después devenido diálogo, resultaría el punto de partida para conocer una historia en apariencia irreal, si no la hubiese escuchado en boca de su protagonista.

“Ejercí la Ginecología por más de 30 años”, comentó. “Cuando me retiré, decidí recorrer los cementerios del mundo para admirar la arquitectura funeraria, una de mis grandes pasiones”. (No es preciso explicar el tamaño de mis ojos, confieso pensé estar ante un maniático) “Tranquilo, chaval”, dijo, “aquí tengo imágenes de todos, las llevo a donde vaya. Este es el de Sevilla, Barcelona, París, Sídney…”, explicaba mientras las fotos corrían en el visor digital como testigos fehacientes.

A esas alturas yo había mostrado interés en el intercambio, después de todo no estaba ante un enfermo mental y decidí intervenir en la conversación. Le hablé de Trinidad, de Cuba, pero él interrumpía mi discurso para disertar del cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba; del de Cienfuegos-recién visitado en horas del mediodía- y de la capitalina Necrópolis de Colón.

Pero me faltaba el por qué del rompecabezas, de dónde venía el apasionamiento por lápidas, mausoleos y panteones. Entonces la vida volvió a mostrarme cuán impredecible puede ser.

La génesis del deslumbramiento venía desde tiempos de la Guerra Civil Española, cuando su abuelo huyó de polizón en un barco hacia el puerto de La Habana. “El era de la provincia de Ourense”, añadió. Yo quedé perplejo porque mi bisabuelo también nació en allí y también a él le obligaron a escapar del conflicto armado, escondido en un barril resguardado en la bodega de una embarcación cualquiera.

A diferencia de mi antecesor gallego, el suyo estaba casado “hasta que encontró una mulata con pechos de punta. Eso sí, nunca dejó de ocuparse de sus hijos, siempre les envió dinero. Yo no lo conocí, pero mi madre me decía que yo era su viva estampa: bajito, gordito, amante al ron, al tabaco y a las mulatas; solo conservo sus fotos de su niñez y algunas del matrimonio. Después de abandonar Ourense, nunca más se supo de él. Por eso decidí que una vez llegado el retiro, haría hasta lo imposible por encontrar el lugar donde descansan sus restos. Llegué a Cuba hace cinco años, pasé días caminando por el cementerio de Colón hasta dar con la tumba, bastante maltrecha, por cierto”.

Los ojos le brillaron más. “Ese día fue el más feliz de mi vida, chaval. Es como si se ordenara definitivamente el desorden de muchos años…. Yo vuelvo siempre en noviembre y el día 2-el de todos los santos-, compro una botellita de ron y un puro, me siento frente a la tumba de él y tomo y fumo en su memoria. Esta vez vine antes porque en España hay mucho frío, pero en noviembre regreso para estar con él”.

Me contó de leyendas españolas, tradiciones y paellas valencianas. Le comenté de la playa Ancón, del Valle de los Ingenios…

Las bocinas anunciaron la llegada de la guagua. Él ocupó el asiento detrás del mío.

-¿Sabes a dónde voy mañana en Trinidad?

-Obvio: al cementerio, respondí.

Sonrío. En mi cabeza retenía lo imprescindible para escribir después, solo faltaba un dato.

-Usted se llama…

-Joaquín, ¿por qué?

-Es que no nos habíamos presentado, dije y miré el paisaje. Ya lo tenía todo.

Ritual de enero

Ritual de eneroDentro de pocas horas abrirá la puerta del despacho, encenderá velas e incienso, invocará a las musas… contemplará  la fotografía de su hija Paula, escuchará los susurros de los espíritus que la acompañan, respirará hondo y escribirá las primeras palabras en la cuartilla en blanco presa en la computadora. Hoy, 8 de enero, la escritora Isabel Allende da vida a una nueva historia.

No lo niego: daría hasta lo imposible por conocer a esta chilena raigal, a quien descubrí con 14 años cuando quedé prendido de la historia de Eliza Sommers y Joaquín Andieta en tiempos de la fiebre del oro. También yo zarpé del puerto de Valparaíso escondido en la embarcación donde se refugió la joven protagonista de Hija de la Fortuna, para acompañarla a buscar a su amado en la California del siglo XIX.

Desde entonces juré a Isabel una fidelidad inquebrantable hasta el fin de mis días y decidí sumarme a la lista de adictos a su literatura. Envuelto en el deslumbramiento, aprendí de su historia familiar, de aquel 8 de enero, cuando comenzó a escribir, en la cocina de la casa de Caracas, donde se refugió del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 perpetrado por Augusto Pinochet, una carta dirigida a su abuelo enfermo donde le contaba todo cuanto había aprendido de él.

Ahí nació La Casa de los espíritus, páginas que irremediablemente me remiten a anécdotas de mi familia y me recuerdan lo impredecible de la existencia humana. El más idílico paisaje puede transmutarse en un verdadero infierno de la noche a la mañana, como le sucedió a los Trueba cuando el militarismo irrumpió en aquel país latinoamericano.

Gracias a uno de mis tíos postizos tengo firmado por ella La ciudad de las bestias, el primer volumen de una trilogía dedicada a sus nietos. “Para Carlitos, Isabel Allende”, escribió cuando el cubano radicado en la Gran Manzana le dijo mi nombre. Ya lo sé, tales palabras no difieren de los cientos de dedicatorias que firmó ese día para miles de desconocidos, pero para mí constituyen uno de mis más preciados tesoros, aunque la frase suene manida.

Más allá de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, le agradezco a Neruda el haberla acusado como la peor periodista de Chile, sentados en el salón de su casa en Isla Negra y le aconsejó dedicarse a la literatura “donde todos esos vicios son virtudes”, como ha confesado la propia Allende en muchas ocasiones.

Aun cuando no acatara el consejo y siguiera por la senda del Periodismo, la admiraría por la capacidad de defender su suelo con el arma de las palabras, pero de no cegarse y denunciar los males que laceraban al país, como lo hizo con la discriminación femenina cuando trabajó en la redacción de distintas publicaciones.

“El destino no puede torcerse”, dice siempre mi madre. De una forma u otra sabría de la existencia de la autora de El plan infinito. Escritora o periodista, le profesaría la misma admiración.

Desde este rincón del mundo bendigo el día en que doña Panchita, madre de Isabel, le regaló un cuaderno donde pudiera plasmar con palabras las ideas antes dibujadas por la niña en las paredes de su habitación porque “ese fue el inicio de una vida signada por la escritura”.

“Los sueños son fundamentales, nos ayudan a entender la realidad y sacar a la luz todo cuanto está enterrado en las cavernas del alma”, escribió en La suma de los días. Por eso me aferro a la ilusión de verla al menos un instante.

A miles de millas de distancia la imagino realizar su ritual de enero para dar vida a otro libro. Mientras,  hipnotizado por el apasionamiento que me recorre el cuerpo cuando escucho nombrarla, escribo estas palabras que quizás lea alguna vez, si por esos misterios tecnológicos de Internet llega por accidente a la Isla nuestra de cada día.