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Folklore de Viernes Santo

Folklore de Viernes Santo“El Diablo anda suelto porque Dios ha muerto”, exclamaría con tono místico Carlos Joaquín Zerquera, fallecido historiador de la ciudad de Trinidad, si este Viernes Santo cruzara el umbral de mi casa.

Y es que con la llegada de la Semana Santa, Semana Mayor o Semana Grande, como también se le conoce en otras latitudes, reaparecen mitos entretejidos entre los cubanos en torno al día de la pasión y muerte de Jesucristo; rituales con más arraigo que el propio significado religioso de la fecha, cuya presencia tiñe la jornada con los matices de la fe popular.

Lo más común es escuchar a alguien preguntar quién cura el empacho-una suerte de desorden digestivo tras el consumo de alimentos- porque solo el Viernes Santo los interesados aprenden cómo aliviar el padecimiento estomacal. Para ello deben acudir a una persona bendecida con el don. Eso sí, nada más pueden ser tres aprendices por cada maestro. Existen varios métodos: una toalla, una cinta… y cuentan que si olvidas la oración, no naciste con la gracia.

“Por nada de este mundo pienses en barrer si no quieres ser víctima de la invasión de las hormigas. Barres y entran al momento”, dicen por ahí. También cesan las matanzas de los animales; según cuentan, ni siquiera se puede maltratar a las lagartijas porque “ellas borraron con su cola las huellas dejadas por José y María en el desierto cuando huyeron del Rey Herodes”.

Otra leyenda señala que las plantas no deben podarse. Si se desafiara la furia divina, en el caso del almácigo brotará del tallo una sustancia roja en vez del acostumbrado líquido blanco, como remembranza a la sangre del crucificado. Durante la semana deben sembrarse los gandules, para recogerlos listos en Navidad.

De toda la pesquisa previa a la escritura, la más curiosa para mí resultó el mito del huevo de la gallina. Al decir de una amiga, a su abuelo, afectado por la diabetes, le curaban el pie con la resina del huevo puesto por la gallina el Viernes Santo. Había que dejarlo secar, misteriosamente no se ponía “culeco” (clueco, de manera correcta), entonces se aplicaba sobre el paciente.

Hasta el amanecer del Sábado Santo reposan los vasos espirituales, caracoles y cartas. Solo los interesados en hacer mal aguardan al mediodía para pactar con el demonio, el resto de los representantes de los cultos sincréticos cubanos caminan rumbo al templo, vestidos de blanco, para postrarse ante el Santísimo Sacramento del Altar.

A pesar del escepticismo de algunos, existen quienes no tienen las agallas para desobedecer estas disposiciones de procedencia desconocida, legadas de una generación a otra hasta inscribirse en las estampas costumbristas de esta Isla.

Este viernes la procesión del Santo Entierro caminará por las arterias empedradas de Trinidad. Otra vez -al menos durante 24 horas-llegará la quietud que otrora reinaba en el Centro Histórico de la villa; otra vez el pueblo acompañará al Santo Sepulcro, la Virgen de la Soledad y San Juan en su peregrinar hasta el Calvario… y otra vez el imaginario popular desatará las supersticiones de Viernes Santo. Algunos aprenderán a aliviar empachos, las escobas, caracoles y otros métodos adivinatorios reposarán, alguien ofrecerá promesas a Satanás, los animales respirarán aliviados, las plantas no sufrirán daños y los pollitos en formación devendrán bálsamo bendito para convalecientes.

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Melancolías de diciembre

Melancolías de diciembreA mis amigos ausentes

A mi padrino, especialmente 

Nunca he quebrantado las leyes, sean cuales fueren, para estar en paz con Dios y el Diablo. Confieso estar libre de cualquier pecado capital, al menos hasta ahora,  aunque a veces cueste hacer ayuno de la lengua y falte mucho para ver resplandecer un halo sobre mi cabeza.

Por eso no entiendo por qué siempre diciembre tiene reservada una tristeza diferente para mí, al extremo de sentir un constante salto en el estómago a las puertas de estas fechas.

Casi a punto de despedir el 2012 llegó el trago amargo: un amigo viajó a La Habana por unos días. No nos despedimos porque en pocas semanas él estaría de vuelta, pero apenas el calendario marcaba el día primero, llamó para comunicarme se quedaría por tiempo indefinido en la capital, en tanto arregle los papeles para emigrar.

“Esta Navidad tal vez no estemos juntos”, vaticiné convencido a mediados de año, aunque él ignoró el tono profético de la sentencia.

Hoy abro la puerta de la valija de mis melancolías de diciembre-un arca más abundante de lo que quisiera permitirme- para añadirlo a la lista de las ausencias navideñas. Ahí figuran el nombre de mis tíos postizos, amigos y seres queridos dispersos por disímiles rincones del mundo, cuya presencia necesito como nunca antes a la hora de entregar los abrazos de estos días.

En la cúspide de esas añoranzas está mi padrino, quien hace apenas 72 horas llegó a la media rueda, a cuya celebración no pude asistir porque vive del otro lado del Atlántico y como no tiene un jet privado, debo esperar a las rebajas de los billetes de las agencias de vuelo para verle.

Puedo preciarme de vivir una Navidad en familia, de transformar mi casa en un sitio de ensueño donde llegan los niños de cuanto recoveco existe en Trinidad para admirar nuestro Belén; de compartir la mesa cada Nochebuena con mis padres y mi abuelo materno, a pesar de su ateísmo confeso.

Sumo a dichas bendiciones los seres queridos todavía presentes por estos lares, a otros miembros de la familia-no de sangre, pero sí de espíritu- que desde hace más de una década esquivan las trabas de los aeropuertos para celebrar juntos estas jornadas.

Pero no puedo ignorar la nostalgia al escuchar tal villancico, cuando llegan las doce y no tengo el beso de mi padrino, de mi tío, de mis amigos ausentes otro año más.

Cada 25 de diciembre anhelo poseer el don de la ubiquidad para llenar el espacio vacío ante tantas felicitaciones, apretones, abrazos por repartir.

Además de los cánticos, arbolitos y guirnaldas, también en este día llevo a cuestas la valija de mis melancolías porque dentro de ella guardo todo cuanto me falta para sentirme completamente feliz, cuando llega el día de la Navidad.