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Barbaridades bárbaras II

Barbaridades bárbaras IIEn febrero un amigo regaló a este espacio de martes una recopilación que venía realizando desde el verano pasado, donde apuntó los deslices en el habla de sus compañeros, familiares y hasta desconocidos.

A partir de la publicación del post, yo decidí sumarme al equipo de “caza-gazapos”, para que Barbaridades bárbaras tuviera una segunda parte. Aunque dicen por ahí que segundas partes nunca fueron buenas, pero estoy seguro que esta será la excepción.

Meses después de anotar las equivocaciones ajenas, y algunas mías, confieso, ya está preparado el nuevo volumen. Hoy lo ponemos a su consideración. Debo aclarar que el presente no constituye plagio al original, sino resultado de un trabajo colegiado con el creador de la colección, quien, además, ha accedido a compartir los derechos de publicación.

Barbaridades bárbaras II  

  • “Existen libros que uno debe leer, al menos una vez. Uno de ellos es el clásico de la literatura universal «El Ingeniero Hidráulico don Quijote de la Mancha»”.
  •  “Tengo un amigo que está de misión internacionalista. Está en este país… ay, cómo se llama… ¡Ya me acordé! Está en Sudi Lanka”.
  • “El cuento no está del todo mal, pero hay que tarerarlo más”. (“tallerearlo”, o sea, corregirlo)
  • “Y Dios, en su infinita bondad, envió a la Tierra a su hijo Eugenito”. (unigénito)
  • Mi hermano habla inglés, italiano y un poco de francés, es decir, es francófogo”. (francófono)
  • “Se puso grave de momento. Se formó tremendo ajetreo y tuvimos que llamar a la abbulancia”. (ambulancia)
  • En los carnavales de este año estuvo de visita un proyecto de animación de Ciego de Ávila. El DJ, para amenizar con el público dijo: “¡Buenas noches! ¿cómo están los triniteños?”. (el gentilicio es trinitarios)
  • Conversaban sobre la película «La piel que habito», de Pedro Almodóvar. “Yo vi esa película, dijo una amiga, estaba lindísima. Era la del cirujano plástico, El título era…mmm… «La miel del caballito», ¿no?”.
  • “Mi abuela está ya muy mal de la cabeza. Dice el médico que tiene principio de Céimer”. (Alzheimer)
  • En la guagua una pareja discutía. La mujer, harta, le gritó al marido: “Está bueno ya, te estás buscando que te diga una palabra oncena”. (obscena)
  • “Tremendo aguacero que estaba cayendo cuando llegamos. Nos lluvimos en La Habana”. (nos mojamos)
  • “Él es un poco amanerado. Yo creo que es grey”. (gay)
  • “Te sugiero que no optes por mi asignatura, van a tener que repartar mucho, pero mucho”. (redactar)
  • Una señora con pantalón verde caminaba a arrancar una flor. Mi amiga la miró y dijo: “Mira, parece que se quiere camuflear para que no la vean”. (camuflarse)
  • “Yo no cojo lucha, mi tía, aquí hasta la bestia más cerrera se adoma”. (doma)
  • “Es tan bueno, tan bueno, que deben construirle un pledestal”. (pedestal)
  • Diego Velázquez fundó Trinidad en 1514, pero no vino solo, sino con una tribulación que lo ayudó. (me imagino a Velázquez siendo auxiliado por un mar de angustias en vez de una tripulación)
  • “Dicen que era un hombre chévere, muy monduno”. (mundano)
  • “Tú eres mi amigo, por eso te ayudo. Dice la Biblia que hay que ayudar al pródigo”. (prójimo)
  • “Todas estas, y otras actividades, eran realizadas por el hombre humano en las antiguas civilizaciones” (y yo me pregunto: ¿existe un hombre animal?)

Por ahora, cerramos la colección. Esperen nuevos tomos…

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La misteriosa desaparición de Euterpe

La misteriosa desaparición de EuterpeEl estallido de los fuegos artificiales no logró cambiarme el juicio. Al apagarse las luces en la gala inaugural di por confirmada mi sospecha: la Semana de la Cultura en Trinidad pasaría sin penas ni glorias.

Sin embargo, en un intento de revocar mi propio vaticinio aguardé los siete días de la celebración, pero de nada sirvió. Aquella iniciativa propuesta  en 1974 por el fallecido historiador de la ciudad Carlos Joaquín Zerquera y Fernández de Lara, a modo de festival de invierno para agasajar al terruño en cada aniversario de su fundación, quedó atrapada en la hojarasca del tiempo para siempre. El propósito primero-difundir los valores nacionales de la Cultura Cubana- hoy roza las fronteras de la utopía.

Aun cuando la festividad concluyó sigo en busca de Euterpe porque esta edición estaba dedicada a la Música, según anunciaron; mas, o la musa griega desapareció sin dejar rastros antes de la alborada del sábado 12 o al final solo se trataba de seleccionar un eje temático, por mero formalismo.

Tal vez la idea primaria fue dedicarl a la música africana y olvidaron colocar el calificativo. Solo así lograría explicarse por qué el sonido de los tambores– algunos procedentes de Camagüey, con buena calidad, vale decir- acaparó la mayor parte de los eventos de la semana, pero apenas se escuchó una composición del repertorio clásico cubano o internacional.

Poco, o casi nada, perdura de la Trinidad engalanada que acogía a artistas de diferentes manifestaciones por estas fechas. Solo pocas instituciones culturales abren las puertas de las casonas coloniales para ofrecer actividades cuya falta de difusión las condena a pasar inadvertidas.

En esta oportunidad ni siquiera sobrevivió la emblemática plataforma, símbolo del jolgorio, erigida antes en pleno corazón del Centro Histórico, frente a las escalinatas, convertida en el escenario ausente de la vida cultural de la ciudad donde el público asistía en masa-no es un eufemismo-para suplir la carencia de propuestas artísticas para cultivar el espíritu el resto del año.

Entonces recordé una anécdota sobre un hombre cuyo nombre yace traspapelado en la historia que un día temió por la trasformación de la Semana de la Cultura en una suerte de feria pueblerina.

Muy a mi pesar, la sentencia martillaba el pensamiento mientras enfilaba la vista hacia los aparatos diseñados para entretener a los niños y saquear los bolsillos de los padres, los caballos galopaban en pleno asfalto y el ritmo del reguetón “ambientaba” la feria de artesanía organizada por el Fondo Cubano de Bienes Culturales alrededor de la Plaza Mayor.

Perdí la noción del tiempo. No sé si estaba en la Semana de la Cultura o en las fiestas sanjuaneras celebradas en junio.

Agradezco al menos la presencia de la compañía de payasos Pentaclown Habana por las carcajadas de los pequeños, el empeño de algunos investigadores que sacaron a flote el Coloquio de la Cultura Trinitaria y la preservación de esta tradición que más tarde harían suyas muchas urbes de la geografía nacional-aunque llegado este punto cabría preguntarse cuánto queda de la génesis del proyecto-.

En vano resulta indagar en las causas de la ausencia de bríos porque la repuesta recaería en la escasez, la falta de recursos o, en el mejor de los casos, el ahorro para celebrar por todo lo alto los cinco siglos de existencia de Trinidad en 2014 –una justificación que me temo se esgrimirá como estandarte en los meses venideros-.

Si tales motivos resultaran ciertos, empezó la cuenta atrás. Ojalá en el próximo enero Euterpe reaparezca y la ciudad muestre todo su esplendor para conmemorar el día cuando Diego Velázquez decidió fundar la tercera villa de Cuba. Con este preludio no creo una exageración cruzar los dedos desde ahora.

Después de la lluvia

Al principio, confieso, me mostré escéptico ante las noticias llegadas a mis oídos el jueves en la tarde. “No puede ser tan grave. Las lluvias han sido fuertes sí, pero nada que Trinidad no pueda resistir. Siempre hay lugares más vulnerables como Casilda, por la cercanía del mar”, decía para mis adentros desde Santa Clara, intentando aferrarme a estas ideas como un mecanismo de defensa. “Todo es parte de la costumbre que tenemos los cubanos de exagerar las cosas”, pensaba.

Al día siguiente, el viernes, desde el interior de la guagua, el paisaje me hablaba con hechos: los ríos carmelitas, como si alguien hubiese vertido cantidades descomunales de chocolate sobre ellos; la furia de los mares cuando arremetían sin misericordia contra las piedras. Yo hacía caso omiso de la pesadumbre que se adueñaba del paisaje, del gris oscuro que opacaba los colores a medida que llegábamos a Trinidad.

Pero todo era real, muy real. A juzgar por el silencio en las calles, hubiese jurado que Trinidad no se había fundado en 1514, sino que Diego Velázquez había terminado de poner la última piedra hace unas horas, que mi rincón cerca del mar y del monte era un área desierta, cuyos primeros moradores eran quienes habíamos puesto pie en tierra en ese instante.

Me encontré una ciudad que no era la mía: maltratada, frágil, que sufría los estragos de una pelea contra el temporal, donde mi ciudad no salió vencedora. Ante mis ojos vi el llanto de los edificios por cada uno de sus rincones, paredes, agujeros… la fachada de la primera iglesia de la ciudad con uno de sus decorados en la fachada arrebatado por el viento, unas calles intransitables por el cúmulo de piedras, cartones, pedazos de plástico…, que el temporal había arrastrado desde vías ubicadas metros más arriba, una Casilda ahogada hasta los tobillos, gracias a la cámara de un amigo; casas llenas de fango con libros y colchones nadando.

No logro explicarme cómo esta villa quedó reducida a “varios daños” y “serias afectaciones”, en las trasmisiones en vivo desde la cabecera provincial y solo el sábado, a través del impreso Escambray, logré entender qué había sucedido exactamente con la carreta rota que aisló a Trinidad de Sancti Spíritus, el daño a las viviendas, entre otros pormenores más trascendentes que estadísticas de evacuados y toma de medidas.

Puse en tela de juicio la efectividad de la restauración realizada en arterias antiguas de la ciudad, porque fueron las piedras de estas calles las que salieron desprendidas cañada abajo, no aquellas “sembradas” por los esclavos de la colonia. Dudé si las inversiones procedentes de otras latitudes podían devolver el esplendor a tantas edificaciones golpeadas y si era cierto la leyenda narrada por el fallecido Historiador de la Ciudad Carlos Joaquín Zerquera: “Los esclavos sepultaron un objeto hechizado en cada esquina de Trinidad, en venganza por arrancarlos de su África natal y suplicaron a los espíritus que la ciudad no se derrumbara, pero tampoco prosperara, como sus recursos así lo permiten”, sostenía.

Pero, una vez más, se cumplió el refrán de “no hay sábado sin sol…”, cuando los rayos despuntaron en el alba del último día de la semana, aunque la luz esta vez no fuera para mostrarnos una estampa alentadora. El clima mejora, sí, pero los rostros no muestran felicidad. Los planes inmediatos de muchos y el sacrificio de otros quedaron bajo agua. Ahora hay que empezar de cero, el trayecto a recorrer resulta muy largo.

Será que a los trinitarios se nos fue la mano con las súplicas a San Pedro para que terminara con la sequía o que la reencarnación es, después de todo, un criterio a tener en cuenta porque, al decir de los más viejos, hace exactamente 22 años, en estas mismas fechas, en estos mismos días de la semana, Trinidad sufrió un embate similar, donde una lavadora rusa rodó calle abajo.