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Milagro de otoño

Cinco años debieron pasar para que volviera a tenerla frente a frente y perderme en el azul de sus ojos y su acento andaluz. Cinco años, a veces, parece poco tiempo, pero cuando hay ausencias de por medio cinco años resultan un exceso de días y meses. Sigue leyendo

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¿Quién me representa?

quien-me-representaLa delegada de mi circunscripción debería dimitir. Tendría menos dolores de cabeza, más tiempo para ocuparse de asuntos personales y no malgastaría tiempo en pararse frente a los vecinos con un manojo de justificaciones —no de soluciones—, recitados como si fuera una letanía (de hecho, a veces solo falta la entonación gregoriana).

Bastante tiene la pobre con enfrentarse a los molinos de viento de la cotidianidad como para erigirse en una heroína épica al estilo de Juana de Arco, quizás no por falta de vocación, sino por la soledad que asiste a quienes, como ella, llevan sobre los hombros el rosario de quejas de los electores a su cargo.

En el complejo, y a ratos disfuncional, organigrama de mando, las piezas más enclenques no son las que precisamente encumbran la pirámide. Todo el mundo conoce por dónde se rompe la soga.

Por eso nadie se alarma ante la reiteración de planteamientos. Más bien, la gente se acostumbra a la sensación de desamparo, muy parecida a la virginidad, que provocan las respuestas ambiguas y las falsas promesas, el asunto pendiente de revisión, el señalamiento “que sabemos existe y lo estudiaremos a fondo para llegar a conclusiones certeras”, acompañado del larguísimo etcétera de frases hechas, vacías.

Ante semejante estado de indefensión —vamos a ser finos para no llamarlo indolencia—, te devanas los sesos para encontrar quién te representa, cuestionas si tus derechos personales son tan grandes como el mamotreto de deberes que a diario te recuerdan debes cumplir a pie juntillas hasta entablar un monólogo digno de una tragedia shakesperiana.

Si las rectificaciones fueran directamente proporcionales a las quejas planteadas, hoy el vecino de la esquina no despertaría azorado del escándalo, ni yo fuera testigo del ejercicio arbitrario del poder que demuestra esa suerte de hijo bastardo que le ha nacido a la Oficina del Conservador en pleno centro histórico de Trinidad, bendecido desde el alto mando con la anuencia de hacer y deshacer, bajo un objeto social tan improbable como que un día los reclamos serán atendidos como Dios manda.

A estas alturas ni siquiera me enervo cuando la delegada llega con la cola entre las piernas. Ella está tan indefensa como yo, tan falta de potestad como yo, tan falta de representación como yo.

Volverán las oscuras golondrinas

Volverán las oscuras golondrinas“Dios mío, ten piedad y misericordia de nosotros”, intento consolarme para no caer en la desesperación.

Que si estamos a las puertas de un nuevo Período Especial; que si no sé quién nos debe petróleo; que si nosotros le debemos más a otro no sé quién; que si vuelven los apagones…

Algo se venía cocinando. Lo vaticinaron los profetas callejeros hace meses, cuando vieron desaparecer ciertos productos de las tiendas recaudadoras de divisa hasta el sol de hoy, cuando a plena madrugada se cortó el servicio eléctrico. Las recientes reuniones del parlamento cubano lo confirmaron días atrás, cuyas declaraciones oficiales han sido el tema principal de las conversaciones de acera.

Aquellos días apagados de los ´90, admito, los conozco gracias a las anécdotas de la familia, libres de hipérboles y mistificaciones populares, y también gracias a algunas estampas que conservo de la niñez, varios años más tarde. Buena memoria, le llaman.

Tampoco soy tan ingenuo para creer que ahora será un “copy and paste” de esos años. El cubano de los ´90, que vivía en una burbuja y con una ceguera casi bíblica, no es el cubano de hoy. Demasiado ha llovido desde entonces. Demasiado nos hemos despabilado.

Pero tampoco creo a pie juntillas que los recortes de combustible y otras estrategias dirigidas al sector institucional mantendrán inmunes al ciudadano de a pie. Incertidumbre, le dicen.

De nuevo los frijoles se cocinan la noche anterior “por si las moscas”; de nuevo se echa mano a cuanto se pueda para tener algo de reserva en la casa “por si las moscas”; de nuevo las velas encabezan la lista de los artículos de primera necesidad “por si las moscas”. No lo digo por decir: lo veo, lo vivo.

“Ya lo escribió Gustavo Adolfo Bécquer: volverán las oscuras golondrinas”, me dijo ayer un buen amigo de alta cultura, como si el verso describiera los días por venir. Chiste aparte, creo que poner la frase entre signos de interrogación no vendría mal, al menos para consolarnos con el beneficio de la duda.

Lo único que me pregunto, y declarando mi casi analfabetismo en asuntos económicos, es cómo ante semejante panorama el producto interno bruto de Cuba, según los líderes, crece, señores, crece.

Bajo la pluma del Maestro

Bajo la pluma del maestroTambién él tuvo que lidiar con lectores inconformes, acontecimientos de último minuto, emergencias y tragos amargos. Quizás tuvo que enfrentar períodos de menos abundancia para sacar sus escritos de la imprenta con el mínimo decoro. A fin de cuentas su grandeza no se había escrito todavía. Era, simplemente, el hombre que desde los 15 años había sucumbido al encanto de la escritura, cuando puso en manos de doña Leonor sus primeros versos: A mi madre; el hombre que hizo de la cuartilla en su tribuna de expresión.

Mas, ni siquiera en la jornada más tempestuosa dejaron salir palabras de su pluma, y no precisamente las más apegadas a la literatura, sino las que retrataban las luces y sombras de la realidad que le tocó vivir. Era, simplemente, un periodista de aquellos años.

Lo que sí no pudo prever Martí fue que, siglos después, erigirían una especie de estandarte, de declaración de principios para quienes decidieron consagrar su existencia al oficio que cierto escritor latinoamericano calificó como el más bello del mundo.

“No es el oficio de la prensa informar ligera y frívolamente sobre los hechos que acaecen (…) Toca a la prensa encaminar, explicar, enseñar, guiar, dirigir; tócale examinar los conflictos (…) tócale proponer soluciones, madurarlas y hacerlas fáciles, someterlas a consulta y reformarlas según ella; tócale, en fin, establecer y fundamentar enseñanzas si pretende que el país le respete, y que conforme a sus servicios y merecimientos, la proteja y la honre”, escribió el 8 de julio de 1875.

Tales ideas, sin embargo, a veces parecen caer en la hojarasca de las gavetas institucionales, parecen más hechas para los libros de teoría que para el periodismo nuestro de cada día. Tales ideas encuentran, a veces, un listón muy difícil de esquivar frente a los muros desde donde se dicta silencio.

La fuente informativa que cierra la puerta, el funcionario que se escabulle delante de nuestras narices, el jefe que intenta pasar gato por liebre, el líder bendecido con la potestad de no ofrecer declaraciones… aparecen una y otra vez durante el ejercicio reporteril cotidiano, ¿acaso de por vida?

¿Dónde quedan las misiones que encomendara Martí a la prensa de explicar, fortalecer y aconsejar, de hacer estudios de las graves necesidades del país para fundar sus mejoras? ¿Dónde queda aquello de “aceptar lo que viene en forma de razonado consejo”? ¿Dónde queda aquello de que “la prensa no puede ser, en estos tiempos de creación, mero vínculo de noticias, ni mera sierva de intereses, ni mero desahogo de la exuberante y hojosa imaginación”.

Pese a asistir a las más disímiles recreaciones de la vida del más universal cubano —desde las más realistas, hasta las premiadas de alto concepto estético—, por parte de las letras, sin embargo, todavía falta largo trecho para aspirar a aquel periodismo nuevo y diferente que aspiraba el Héroe Nacional cuando comenzó a escribir en El Diablo Cojuelo.

Como expresara una colega: “Lo que no imagino es al Apóstol solicitando permiso para escribir sobre tal o más cual tema, esperando en su sillón de Nueva York por los datos que prometió enviarle cierto funcionario que, a su vez, debía consultarlo con el nivel central; no lo imagino, definitivamente, cambiando por eufemismos sus metáforas más osadas. Él —escrito así, en mayúsculas, como suele imprimirse el nombre de Dios— no lo habría permitido”.