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Aléjate, Santo Tomás

Aléjate, Santo TomásQuisiera salir de la crisis de escepticismo que me consume en los últimos días. La fe nunca me ha faltado, aunque me tilden de loco, romántico, soñador, utópico…, pero admito que por estos días comulgo con el discípulo de Jesús: necesito ver para creer.

Leo y releo la prensa. Navego a deshoras por Internet. Busco dentro de las líneas, intento escuchar un mensaje más allá de las tribunas.

Quizás el problema soy yo. Quizás mis competencias interpretativas van en picada, pero me cuesta dilucidar más allá de la epidermis de las palabras.

Vuelven los análisis profundos y sensibles, los debates, las comisiones, el énfasis en lo que nos falta, las tareas, las misiones, la necesidad de no cometer los mismos errores. De nuevo enriquecemos documentos, hablamos de orden, exigencia, cuantificamos intervenciones…

Del otro lado de la pantalla, del papel y del dial, sin embargo, se me antoja preguntar cuándo será, cómo será… Hemos volteado el catalejo hacia nosotros muchas veces. Hemos estado frente al espejo en demasía. Después de eso, ¿qué?

No es apatía, no es desconfianza, aclaro a quienes reconstruyen discursos a conveniencia, sin autorizo previo. Como expresara una colega en una emisora local: “la gente de a pie, los obreros que dejan el sudor en sus puestos de trabajo, las personas que aportan a la sociedad en su conjunto necesitan ver reflejados los cambios del país y sus avances en la cotidianidad de sus hogares”.

Por eso vuelvo a rogar a la Divina Providencia no ser como Santo Tomás cuando precisó introducir el dedo en las heridas de su Maestro para entrar en razón, sino en permanecer en el otro bando, ese que Jesucristo definió en las Sagradas Escrituras como dichosos, porque creyeron sin haber visto.

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Detalles

Detalles¿Qué escribir el último día del año?, esa pregunta me ha atormentado desde hace meses cuando descubrí que la suerte, o el destino, escogió el martes para despedir el 2013.

El año pasado, la primera jornada de enero recayó también en el tercer día de la semana. Entonces les conté que en estas fechas solo prefería despertar en casa. Soy enemigo de las reiteraciones, lo saben. “Lo escrito, escrito está”, sentenció Poncio Pilatos frente al Crucificado y reescribir sobre una historia sin tener semillas nuevas para enriquecerla resulta infértil; es mejor dejarla reposar tal cual está porque, al final, sólo terminas retocándole el maquillaje, nada más.

En octubre recibí un detalle de manos de un hermano que la vida me regaló, aunque nuestra sangre sea distinta. Celebrábamos el cumpleaños de una amiga. Desde la terraza donde estábamos se veían las majestuosas edificaciones enclavadas alrededor de la Plaza Mayor de Trinidad, un paisaje especial, casi mágico. Empezó a llover. Cuando escampó dos arcoíris nacieron de las lomas del Escambray, se alzaron por detrás de la torre del antiguo convento de San Francisco de Asís y se difuminaron con los colores del ocaso. “Miren -nos dijo él a mí y a mi amiga- les regalo un arcoíris cada uno”. Las franjas de tenues colores perduraron hasta el anochecer.

Ese día empecé a cocinar este post. Al principio pensé dedicarlo sólo a ese obsequio, pero en los últimos meses buenos amigos me han regalado nuevos detalles, justo a tiempo para levantarme e iluminarme.

Después del arcoíris de octubre aparecieron los poemas que, a modo de comentarios, me alentaron el día que publiqué sobre mi tercer naufragio, unas líneas escritas sólo para aliviar la catarsis y, a la postre, se convirtieron en una de las más comentados del año. Agradezco en especial los versos de Manuel Alberto, escritos para mí.

A principios de diciembre llegó mi primera exposición de fotografía, alegrías profesionales gracias a una criatura de isla, conocí personalmente a la bloguera-periodista que me nominó al LiebsterAward, un premio digital en la blogosfera; caminé la calle Obispo, en la Habana Vieja, con mis papis después de más de cinco años sin ir los tres juntos  la capital…. Y el equipaje de detalles creció.

Existen presencias permanentes en este recorrido. La primera de ellas es mi familia: unida -aunque a veces el mar se interpone-, sin pérdidas en 2013, gracias a la Divina Providencia; luego mis musas, mis amigos -los de verdad, pocos, pero fieles. Éste fue un año de mucha complicidad y, a pesar de todo, han permanecido-. Y están ustedes, quienes me regalan un ratico de sus martes y domingos para caminar por esta Isla nuestra de cada día y sumarse a Lente Compartido ya sea on-line, a través del correo electrónico o Facebook.

El sábado, después de almorzar con mis amigos, me encontré con uno que me dijo: “cuando el año termina bien significa que el próximo empezará mejor”. Si así fuera, y a juzgar por mi equipaje de detalles, el 2014 estará lleno de momentos especiales.

Desde esta islita que navega en los ciber-mares de las redes lleguen las felicitaciones, el agradecimiento y la invitación a continuar juntos cada semana, a invitar más amigos a nuestras citas, a buscar nuevos suscriptores, más voces para los comentarios… y, sobre todo, a seguir compartiendo historias. ¡Feliz y próspero 2014!

Singing in the rain

Singing in the rain♪(…) I´m singing in the rain, just singing in the rain. What a glorious feeling (…)♪

La lluvia llegó de pronto. Esta vez no fue necesario correr en estampida a recoger las toallas y la ropa del cordel porque ya mi madre, con esa clarividencia suya, había presagiado el temporal cuando aparecieron los atisbos de los primeros nubarrones, y mi acusación de paranoica quedó en ridículo cuando cayó aquel chaparrón a plena tarde.

Siempre me han gustado los aguaceros. A pesar de mi constante alergia y malestares en la garganta, no fueron pocas las veces que salí colgadizo afuera, en el patio de casa, para empaparme de aquella agua caída de alguna nube celestial, como creía. Una vez afuera quería mojar a quienes permanecían resguardados en la saleta, pero Galinka, madre al fin, adivinaba mis intenciones y advertía “No te atrevas, Carlitín, que mojas el piso y tú no limpias”.

El agua de lluvia sabe a viejo -sí, he tomado un poquito, no se asombren-; es más “gruesa” que la del río o el mar, y tiene el sortilegio de desorbitar a algunas personas y provocarles el deseo irresistible de dejar a un lado bolsos, zapatos, incluso cerrar sombrillas, para sentir la lluvia en la piel.  

Así sucedió cierta vez con una africana, hospedada con su esposo francés en mi casa. Ella sostenía con vehemencia que no había regalo más grande que la lluvia, y al caer la primera gota no pudo resistirse, desabrochó sus ropas, cubrió su parte más íntima y se lanzó desaforada, quizá poseída por alguna deidad, a mojarse toda, incluyendo sus despampanantes pechos descubiertos. Según supe, aquella escena provocó el descontrol de dos amigos, quienes sucumbieron al vapuleo de aquella mujer, diosa a sus ojos.

También a mí algún espíritu me nubló el juicio y me arrojó este domingo colgadizo afuera, al sentir el sonido del agua sobre los ladrillos, para bañarme en un aguacero de junio porque perdí el primer aluvión de mayo por culpa de la fiebre.

Bajo el chorro recordé los misterios de que si el aguacero moja la ropa, esta no debe moverse para evitar infectarla con mal olor y las supersticiones de que el agua de lluvia es la mejor para ablandar frijoles duros o lavarse la cabeza, porque deja el pelo más suave. Así lo hacía mi tatarabuela paterna en un tinajón que ha sobrevivido al paso del tiempo y hoy adorna el jardín.

Quise eternizar el instante. Canté bajo la lluvia, como Gene Kelly; pensé en los aljibes de esta ciudad que justo en ese momento engordaban, para ayudar más tarde a palear la sequía de estos tiempos; miré a mi jicotea y mis dos cotorras sumarse a aquella bendición de la naturaleza y agradecí a la Divina Providencia bautizar el suelo reseco de Trinidad.

Lo dijo mami

Lo dijo mamiA las madres cubanas. A la mía, perfecta a mis ojos.

En medio de una conversación informal empezamos a recordar lo que nos decían nuestras mamitas cuando nos portábamos mal. Gracias a los recuerdos aparecieron frases muy simpáticas, pero nadie tomo notas. El 31 de diciembre, después de comer juntos, terminamos de rehacer la recolección. Yo prometí que la publicaría vísperas del Día de las Madres.

Las expresiones más contemporáneas quedan pendientes de coleccionar. Aquí aparecen las de mi generación- años más, años menos-.Para una mejor compresión las he ambientado con situaciones que alguna vez vivimos y sugiero que cada quien recuerde cómo sus madres pronunciaban estas palabras.

Recopilación “Lo dijo mami”

I

El dicharacho más antiguo que recordaron tenía más de cuatro décadas. La madre de una amiga nos contó que la suya, antes de darle una encomienda, escupía en el piso; acto seguido le advertía: “Tienes que estar aquí antes de que se seque esta escupía”. Ella echaba a correr como loca… y siempre regresaba a tiempo, por su bien. 

II

El niño desobedeció y se fue a la calle. La madre lo sorprende. Como no es prudente regañarlo en público, le coge la mano, se la aprieta y lo obliga a caminar aprisa. El niño la mira con carita de susto, consciente del castigo que le espera. La madre confirma sus sospechas: “¡Prepárate…prepárate. Tú sabes lo que te espera! ¡Tú vas a ver lo que te va a pasar, tú vas a ver lo que es bueno…!”.

Mientras andan, aumentan las amenazas: “¡Deja que tú llegues a la casa!”-Esta frase va in increchendo, a medida que se aproximan. “¡Deja que TÚ LLEGUES A LA CASA!-.Ya casi en la esquina, se escucha por todo lo alto: ¡DEJA QUE TÚ LLEGUES A LA CASA!

Una vez en la casa: “Esta es la última vez que tú haces esto. Primera y última vez, ¿me oíste?”. “Estás «salío» del «tiesto»”.  Me tienes cansá, obstiná, desquiciá-las madres más decentes dicen hasta la coronilla o el último pelo-”. “Yo no sé pa´qué tú te pintas, muchachito”. Para ver si el niño es capaz de asimilar lo que una madre representa, ella hace preguntas de comprobación: “¿Tú no sabes quién soy yo?, ¿tú no me conoces a mí?”.

III

Un niño intenta probar fuerza. Se empeña, por ejemplo, en cruzar el piso mojado mientras la madre limpia. Ella le advierte cuando se percata de la intención: “¡«Cuidaíto» con pasar por lo mojado!” “Hazme el favor y échate pa´llá”. El niño hace el primer intento de desacato. La madre lo previene por segunda vez: “¡Atrévete, si tú eres guapito/ gracioso/ lindo: ATRÉVETE!”, “Tingla por ahí pa´llá. Dile a tu padre que te un poco de « tente»”.

La madre pide ayuda a la Divina Providencia: “Ay, Dios mío, dame paciencia pa´no entrarle a golpes”. El niño insiste en atravesar el piso mojado. Vuelven las advertencias: “Te voy ir pa´arriba” (Te voy a regañar), “¡Te estás ganando un piñazo/pescozón!”, “¡Te estás buscando lo que no está pa´ti!”, “¡Te voy a sembrar de un solo trompón!”, “¡Te voy a dar una «monda», «trastazo» que a todo el mundo le va a gustar menos a ti. “¡Te voy a incrustar en la pared!”. “Te voy a pelar al moñito”, “te voy a dar una enderesá, joroba´o”. “Te voy a dar un jarabe de componte”. “¡Me estás buscando y me vas a encontrar!”.  “Si suelto el trapeador, ¡huye, HUYE! que te voy a dar por donde te coja”. Casi al borde de la desesperación la madre menciona el instrumento que empleará en la reprimenda, para intimidar: “¡La chancleta/el cinto… está oyendo el cuento!”. “¡Te voy a arrancar las tiras del pellejo!”. Por último, le vaticina la trascendencia del regaño: “Te lo estoy pa´ que no te asustes, te vas a acordar de mí!”. (Sin esta escena ocurriera en la noche, el aviso sería: “¡Tú quieres dormir caliente/ sabroso/ sazona´o!”).

El niño persiste. La madre se altera: “¿Qué parte de NO, tú no entiendes?”. El pequeño pone cara de lástima, pero la madre, bien clara del ardid, agrega: “Tú eres más zorro, muchachito”.

IV

Otro niño le contesta a la madre-tal vez el primer intento de rebeldía-, pero ella, para aplacar todo intento de emancipación infantil señala, alto y claro: “¡Te voy a partir la boca. Te vas a tragar los dientes!”, “No te me «revires»”. Schhhn ¡cállate!-esta última frase la pronuncian con los ojos bien abiertos-. 

(…)

Pregunta: ¿Cuá de estas frases te decían a ti?

¡Feliz Día de las Madres!