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Cuando un amigo se va…

Cuando un amigo se va-islanuestradecadadiaEste día, veinte años atrás, hacía 48 horas que mi padrino había llegado a España. Tal vez caminaba por una calle de Madrid, absorto en el deslumbramiento de recién llegado; quizá dormía porque aún estaba acostumbrado al horario de Cuba.

Dos días antes, en la saleta de mi casa, una despedida se interponía en una amistad que comenzó en tiempos de la vocacional de Santa Clara, cuando la suerte hizo coincidir en el 7mo B a mi mamá y mi padrino. Ahí empezaron las aventuras que los convertirían en dos seres inseparables para siempre.

En teoría aquel viaje tenía fecha de regreso, pero mi mamá presintió que pasaría mucho tiempo sin ver a ese hermano que la vida le había regalado. Por eso ella tiene fechado el miércoles 30 de marzo de 1994 como el segundo día más triste de su vida, el primero fue cuando mi abuela abandonó este mundo.

Dice ella que en intento de dosificar el dolor, fuimos todos a la orilla del mar para una primera despedida, pero yo no lo recuerdo porque con cinco años me era imposible asociar la playa con un escenario de tristeza. Aunque se juraron controlar las emociones el día final, la promesa se desmoronó la última noche: un paisaje de angustias donde mi padre tuvo que hacerme miles de murumacas para que yo no sospechara nada.

Entonces las confesiones y las dudas empezaron a viajar en cartas, tarjetas y postales que intercambiaban con bastante frecuencia; aquellos tiempos no eran de emails ni redes sociales. El papel, la tinta y alguna llamada telefónica se encargaron de acortar la distancia.

Eso es lo terrible de la emigración cubana: la perenne incertidumbre de si volverás a ver a los tuyos, el desarraigo, a veces definitivo; un proceso signado por el trauma de la separación, donde son muy pocos los que tienen el privilegio de asirse a la ley del eterno retorno. Al menos para mi mamá y mi padrino no fue tan devastador porque ha podido regresar varias veces a la Cuba de sus nostalgias.

Desde aquel día mi mamá entendió el significado real de unos versos cantados por ambos en las noches de descargas y que yo escucharía tiempo después en la voz de Elena Burke y Pablo Milanés, aunque la composición original es de Alberto Cortez: “cuando un amigo se va, queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Ese primer verso pende del cuello de mi madre, estampado en un pergamino dorado que mi padrino le envió en un cumpleaños; una suerte de talismán para combatir las nostalgias e invocarlo cuando lo necesita.

El tiempo ha hecho más cercanas las comunicaciones, ahora las cartas son correos electrónicos, los telegramas pueden ser mensajes por Facebook o el teléfono móvil… pero mi madre siempre tiene un espacio vacío en su alma, una herida que siempre le faltará una esquina por sanar.

Por eso este 30 de marzo llamó a mi padrino a las seis de la tarde, hora de Cuba, que en España marca la medianoche, porque hacía veinte años de aquella noche gris y todavía se le encoge el pecho. Delante de ella recordé una frase que me dijo una Religiosa de María Inmaculada cuando le pregunté si a ellas le daban algún método para no sentirse tristes cuando debían trasladarse a otros países o regiones, después de pasar cinco años en un mismo sitio. “Fija esto en tu memoria, Carlitín -me dijo-: el corazón nunca se acostumbra a decir adiós”.

Palabras para una Isabel profunda

Palabras para una Isabel profundaSiempre me ha cautivado la transparencia de la mirada de Isabel Bécquer. Cuando apagué la grabadora aquel mediodía de domingo, después de una hora de entrevista donde me develó varios secretos, mi memoria fijó para siempre el azul intenso de sus ojos, capaz de confesar al alma más cerrada.

Aun cuando el tiempo, el implacable, le cobra con malestares las madrugadas que le robó al sueño para esperar el amanecer al ritmo de un bolero, una canción trovadoresca… rodeada de quienes la acompañaban en las extintas descargas itinerantes, en tiempos donde no existían aparatos para divertir al hombre con solo presionar un botón, Isabel se resiste al paso de los años y espera el ocaso para salir a caminar por las calles de piedras, bastón en mano.

No existe en toda Trinidad un portal, un banco de la Plaza Mayor, una esquina… donde La Profunda, apodo heredado de su hermano, no haya pulsado las cuerdas de su guitarra para cantar sin más pretexto que despejar la monotonía.

Pudiera presumir de ser la inspiración de un vals compuesto por otro reconocido músico de la villa, recién fallecido, especialmente para ella, o bien de compartir escenario con grandes de la música como Elena Burke o Pablo Milanés; mas, esta hija ilustre de la villa prefiere definirse como “una persona igual a todo el mundo. Toque o no, es la misma Isabel”, dijo recostada en la ventana de su cuarto, sitio sui-géneris donde las paredes se convierten en un diario para conocer lo que su modestia no le permite contar, a través del sinfín de fotografías y lauros colocados por doquier.

En esa habitación coexiste el pasado y el presente, el recuerdo de las jornadas cuando sus progenitores llenaban el ambiente de melodías en el silencio de una ciudad desconocida para el turismo extranjero con la algazara del mercado de artesanía, localizado en las afueras, y el toque incesante de tambores para acompañar cantos yorubas. Pero Isabel se refugia en “estas cuatro paredes porque aquí está todo cuanto necesito para ser feliz”, dice convencida mientras desvía la mirada hacia el escaparate donde practicaba a escondidas los acordes aprendidos en la guitarra.

Aunque las instalaciones turísticas localizadas en las inmediaciones de su domicilio le perturben el descanso-y el de todos los moradores de la zona-o algunos jóvenes del territorio sean incapaces de aquilatar cuánto representa esta mujer para la ciudad, nada logra desenraizarle la pasión desmedida a la tierra donde nació y que hace apenas unas horas la agasajó a propósito del 79 cumpleaños de la trovadora.

En horas de la mañana, mientras conversaba con ella, reparé en una coincidencia nunca antes advertida, a mi pesar: enero une a dos mujeres de nombre Isabel, ambas bendecidas con el don de la creación, a quienes admiro: Isabel Allende e Isabel Bécquer.

Entonces puse fin al ejercicio de contención iniciado el sábado para no adelantarme a los acontecimientos y esperar con paciencia el martes próximo para comentarles sobre la Semana de la Cultura- título con gran carga eufemística-, y resolví escribir sobre mi otra Isabel, una Isabel profunda a quien tengo la suerte de tenerla cerca, eternamente culpable de recordar el mar si pienso en sus ojos.