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Repentista de ciudad

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Como todo guajiro que se respete, Mateo Chaviano nació en pleno monte. En Báez, para ser exactos, un punto de la geografía de Sancti Spíritus, pero el destino lo llevó a recalar en el reparto Armando Mestre, en Trinidad, medio siglo atrás.

Con más de 70 años surcándole el rostro, Mateo debe ser el único repentista citadino de la villa, al menos de los que quedan en activo y, el más querido en los campos del Escambray. Sigue leyendo

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A pesar de los pesares

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Te deslumbraban los medios de comunicación, era lo único que tenías claro. De ahí a estudiar Periodismo había un largo trecho. Aun así, te aventuraste a las pruebas de aptitud el 13 de marzo de 2008.

Un año más tarde, el niño mimado que eras descubrió la Universidad. La vida cambió. Tal vez quien cambió fuiste tú… Sigue leyendo

Reencuentro

ReencuentroHoy parece martes. Ayer también fue martes, aunque el calendario señalara sábado…

Hace unos días me avisó que los mares digitales del periodismo la harían recalar en puerto espirituano por unas horas. Sentí celos. El destino haría coincidir dos musas, pero yo no estaría allí.

Mas, a inicios de la semana pasada me notificaron que yo también estaría a bordo de la embarcación de Escambray. Supe que la vería, que volvería a envolverme en un abrazo hasta dejarme sin aire, que me amenazaría con mordidas, que, al menos por un tiempo breve, no necesitaría de teléfonos, mensajes en el móvil o Facebook para conversar.

Así, con soberano descaro, me salté olímpicamente el martes oficial de esta Isla nuestra de cada día porque sabía que mi verdadero martes sería, en realidad, el sábado.

(…)

Su viaje no podía ser normal —ella no es normal, dicho por ella misma—. El carro donde venía se sofocó a 13 kilómetros de la meta. Ella recogió unas flores del camino como constancia del percance.

Es esa suerte de ramo la señal de su llegada. Me las envía. Luego irrumpe en el salón con su dulce tormenta de abrazos, de besos y palabras sinceras. Entonces, y solo entonces, es martes para mí.

Ella me regala poesía. Yo alimento uno de sus delirios. Y mientras escuchamos hablar de recursos hipermedia, de la web 2.0 y el ciber periodismo, nos contamos primicias y chistes.

Ahora me recrimina que esta semana no actualicé el blog. Le digo que quiero una foto. Vuelve a regañarme. Insisto en que quiero una foto. Accede. Ella no sabe que la ausencia de letras esta semana ha sido porque en este momento estoy viviendo un verdadero martes. Ahora lo entenderá todo.

Al vernos en semejante abrazo apretado, más de uno queda desconcertado, y nos miran como locos cuando a pleno sábado no paramos de repetirnos “feliz martes”… Son códigos entre botellas e isla que por mucho que intente explicar nadie va a comprender.

Creo que a mi alrededor convocan a tomar asiento, no estoy seguro. Lo que transcurra fuera de este abrazo que recibo de mi musa no tiene importancia.

La lucidez de un soñador

La lucidez de un soñadorEl 7 de enero de 1914, Manuel de Jesús Béquer Medina cumplía una semana de nacido. Quizá a esta hora escuchaba el arrullo de Lucía, su madre, o dormía acurrucado después de llorar  a plena madrugada. Tal vez en ese profundo sueño se engendraba el deslumbramiento que lo llevó a vivir por y para Trinidad.

Esta no es la historia del encumbrado y famoso Manolo Béquer, el segundo historiador de la villa, descubridor de los valores turísticos de Trinidad, el investigador incansable, el ser mítico que el tiempo creó. Ése también fue Manolo. En estos días, sin embargo, supe algunos secretos para desmitificarlo.

Cuentan que este trinitario era amante de los dulces caseros, pero le fascinaba el dulce de guayaba con queso; que tenía un ternero que lo acompañaba a todas partes y que llevó a sus hermanas hasta lo alto del pico Potrerillo para admirar la belleza del Escambray. Dicen, además, de su destreza para montar caballos y que, en su juventud, sembró piña y tabaco en Cañamabo, donde se localizaban las propiedades familiares, pero el experimento no dio frutos.

Tal vez fue esa intranquilidad la que convirtió a Manolo en un obsesionado por defender a mansalva el patrimonio; quizá fue su ingenio o la influencia de Oliverio, su padre, quien tanto luchó por levantar a Trinidad. Sea como fuere, quien hojee los folios donde plasmó sus iniciativas para lograr un binomio entre progreso y salvaguarda, comprenderá la lucidez inmensa que lo acompañó durante su existencia. Ojalá y muchos se acercaran a esos escritos antes de emprender ciertas acciones y poner en marcha estrategias que, a la postre, tendrán resultados nulos.

Deben haberlo tildado de loco en más de una ocasión, sobre todo el día en que alzó su machete para arrancar el aroma que impedía la construcción de la carretera para enlazar a Cienfuegos con Trinidad; cuando fundó la Asociación Pro-Trinidad o la Escuela de Artes y Oficios para impartir talleres de artes plásticas, radiotécnica, alfarería, albañilería…

Esta es la historia de un hombre que estudió la carrera de Ingeniería Mecánica por correspondencia; un hombre de muchos amigos para compartir su sueño de ver una Trinidad próspera, capaz de sustentarse por sí misma, un sitio capaz de despertar la melancolía, reservorio de tradiciones únicas. Me pregunto qué pensaría Manolo en este aniversario 500 de la ciudad…

A tal punto llegó la fascinación de este trinitario raigal que bautizó a su hija con el nombre de María Trinidad. Quizá la grandeza de Manolo estaba escrita mucho antes de nacer y, en una suerte de confabulación mística, vino a este mundo en el año mismo en que Trinidad celebró los 400 años de fundada. Un siglo después, la ciudad viste sus mejores galas y, a lo mejor, el espíritu del segundo historiador desanda las chinas pelonas para asistir a la fiesta del terruño al que entregó su alma.