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Pasaporte

PasaporteEn 24 horas caduca mi pasaporte. Lo tengo desde el 2010, cuando los profetas callejeros vaticinaron que subirían el precio por solicitarlo. Por aquel entonces costaba 50 CUC —nada barato, aclaro—. Hoy cuestan 100 CUC.

Por aquel entonces también hablaron de aplazar el tiempo de renovación, de flexibilizaciones para viajar, de reducción de papeleo, de que bastaba con la solvencia para costear el pasaje a cualquier lugar del mundo, excepto a cierto vecino del Norte. Entonces, no era a cualquier lugar del mundo.

Yo me veía debajo del oso y el madroño, en la puerta de Alcalá, en el templo de la Sagrada Familia, de Gaudí. España era el summum bonum de los sueños, la única posibilidad real de viajar. Viajar para conocer y volver. Viajar. Conocer. Volver.

Mientras esperaba en la oficina de Inmigración y Extranjería tracé mi itinerario de viaje, los lugares imprescindibles, la ropa, las horas de sueño y los muebles de casa que podía vender para sufragar los gastos.

De aquellos augurios, sin embargo, lo único cierto fue la subida de precios del pasaporte. El resto fueron falsos presagios. Nunca hubo flexibilidades, ni reducción de papeleo… No eran tiempos de ciudadanía española para nietos, a la cual, por cierto, tampoco pude acceder.

¡Y yo que aguanté la alergia del saco polvoriento del fotógrafo con tal de quedar bien en la foto!

Dos años después abrí el pasaporte para estamparle un sello: el de la prórroga. Si vencía tenía que pagar 100 CUC por una credencial nueva.

Esa es la única página utilizada del documento. La única tinta que tiene. El resto morirán vacías, vírgenes, inmaculadas, ni siquiera con una rúbrica de negación. Ni siquiera con un vuelo a la Isla de la Juventud.

Nunca quise atiborrarlo de visados, pero creí que a estas alturas las pirámides de Egipto, al menos, estarían en la lista de deseos cumplidos. Fantasías de adolescentes le llaman, o algo así.

“Mijo, tu pasaporte está a punto de cantar”, me dicen mis amigos en chanza. Río, pero al momento me pongo serio.

Me pongo serio porque París todavía vive en la nostalgia, porque no soy ciudadano español ni ningún funcionario de alto rango para poder viajar. Me pongo serio porque un día alguien le puso límites al cielo de Cuba.

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El primogénito que se convirtió en Héroe

El primogénito que se convirtió en HéroeQuizá la clarividencia de las primerizas rondaba por estas horas a Leonor Pérez Cabrera, una mujer que, si bien los libros históricos recuerdan con el calificativo de Doña, aquel 28 de enero de 1853 era apenas una jovencita de 25 años a punto de descubrir el milagro de la maternidad.

Tal vez mientras la comadrona preparaba las condiciones para recibir a la criatura, la muchacha repasaba fugazmente la travesía que vivió al partir de su natal Santa Cruz de Tenerife para anclar en La Habana, sitio donde, en 1852, conociera a quien se entregaría en cuerpo y alma: el valenciano Mariano Martí y Navarro, celador de policía.

Mas, ni el más renombrado adivino de la Cuba del siglo XIX pudo vaticinarle a Leonor la grandeza de quien llevaba en las entrañas, bendecido con el don de la inmortalidad incluso antes de nacer. Pero eso sucedería años más tarde, cuando a los 15 años el niño le entregó los primeros versos, titulados A mi madre.

Empapada en sudor, todavía exhausta por el esfuerzo de dar a luz, Leonor sintió el grito de su primogénito, José Julián Martí y Pérez, recorrer el último rincón de aquella casa de estilo colonial marcada con el número 41 —hoy 314—, enclavada en la calle San Francisco de Paula del barrio habanero de igual nombre. Ese fue el día del milagro.

Luego vendría el bautizo del recién nacido, el viaje a España, el regreso de nuevo a Cuba, el traslado de domicilios, los estudios en la escuela municipal del barrio de Santa Clara y más tarde, en el colegio San Anacleto, el encuentro con quien sería su amigo para siempre, Fermín Valdés Domínguez, hasta la llegada del 10 de octubre de 1868, cuando el sentimiento independentista enraizó definitivamente en aquel Martí aún imberbe.

Del resto se han encargado los eruditos: de estudiar —unas veces mejor que otras—, resumir, reseñar… la vida del más universal de los cubanos, despojado a veces de toda condición mortal, esculpido en mármol sobre un pedestal: el eminente filósofo, político, periodista, cónsul de varios países, el fundador del Partido Revolucionario Cubano, el artífice de la Guerra del 95, el hombre cuyas frases parecen venirle como anillo al dedo a toda situación.

De este lado de la web, sin embargo, cada 28 de enero recuerdo al joven de de 17 años, el 113 de la Primera Brigada de Blancos, apresado por un grillete, trabajando en las canteras de San Lázaro; al hombre desterrado, de salud inestable, que cayó de bruces ante la belleza de la cubana Carmen Zayas Bazán, al escritor de piezas teatrales, autor de los Versos Sencillos, Ismaelillo y La Edad de Oro.

A más de 160 años de su natalicio, Martí continúa sorprendiendo, acaso como advertencia de cuántos episodios quedan aún por narrar sin necesidad de grandilocuencias. A más de 160 años de su natalicio cabría replantearse qué imagen perdura —y se forma desde edades tempranas— en la memoria popular: si la de un inalcanzable y místico ser inmortalizado en plazas, parques y bustos, o la de un hombre —bendecido con la lucidez, eso sí—, pero que, ser humano, a fin de cuentas, nunca hubiera llegado a este mundo de no ser gracias a una mujer.

Imaginario soliloquio posmoderno de la cucarachita Martina

Imaginario soliloquio posmoderno de la cucarachita MartinaEstos billeticos, distribuidos de mayor a menor, suman mi primera remuneración salarial, que recibiera el pasado jueves después de un mes de trabajo. No sé si alegrarme o deprimirme.

Soy adiestrado. Mi sueldo es de 345 pesos en moneda nacional (ahora noto que tiene su gracia. Es un número fácil de graficar con los dedos, en tanto son tres dígitos consecutivos. Vaya, como que se podrían inventar una coreografía y todo). Llevado a pesos convertibles —el cruel y despiadado compañero CUC— sería cerca de 13.80, o sea: casi nada.

Les confieso que desde hace rato me daba vueltas la idea de asociar el sublime y traumático acto de cobrar con el popular cuento infantil cuyo personaje principal es la vanidosa cucarachita Martina, quien se encuentra una moneda mientras limpiaba su casa. (En España la historia la protagoniza una ratita —la ratita presumida—y en Panamá el nombre de la cucarachita es Mandinga, para que los amigos lectores allende los mares no estén desorientados).

En fin, que me imaginaba en vivo y a todo color a Martina barriendo la sala de su casa cuando ¡puf! se encuentra en el piso 345 pesos en moneda nacional y no una moneda de oro. Estoy seguro que la alegría no sería tanta. Sí sería un alivio porque, seamos honestos, algo es mejor que nada, pero la pobre cucarachita no pegaría saltos de loca ni podría saber de primera y pata qué quería comprarse con eso.

Más me parece verla tomar el fajo de billetes, respirar aliviada porque tiene algo para “ir tirando” por tres o cuatro días, que salir corriendo para la shopping. Se me ocurren varias posturas a asumir:

En todos los casos, separar primero la cotización del sindicato y la UJC, si pertenece a la organización. Luego puede ir —no correr— hasta la tienda de productos industriales y comprar pasta de dientes, detergente líquido, una estopita para fregar, espaguetis por la libre, una colcha, una botella de vino Soroa (ese sería el único gustico a darse), desincrustante para el baño… Todo ello en el supuesto caso de que Martina viva cerca del establecimiento; de lo contrario debemos descontar el dinero del transporte público y dejar una reserva por si la guagua no pasa y deba coger un motorcito de cinco pesos o un coche tirado por caballos.

También podría —esta variante creo sería la más usual— sentarse en la mesa con el dinero delante, una vez terminada la faena. Mirarlo, volverlo a mirar y cambiar la pregunta. Ya no sería: “¿Qué me compraré”?, tal cual narra la historia, sino “¿Qué me puedo comprar?”, pronunciado con cierto escepticismo.

Si Martina tiene móvil, póngale el cuño que lo va a recargar con un bono de 5 CUC, luego de haber pasado por la casa de cambio (CADECA), claro; si no vive en el lugar donde trabaja, guardará algo para el viaje o un imprevisto.

Muy importante: en esta historia Martina debe tener a su mamá, su papá, o ambos, vivitos y coleando para que la sigan manteniendo; debe cumplir a rajatabla las medidas de ahorro energético en la casa para pagar poca corriente y ni se le ocurra ir al mercado a comprar papa o malanga… Nada de ropas, zapatos, y mucho menos hijos: esos temas quedan prohibidos cuando se tiene un sueldo de 345.

Y en medio de ese imaginario soliloquio posmoderno, siempre quedará la duda: ¿Y si Martina fuera cuentapropista…?

Por estos días el salario es denominador común del chateo o las llamadas con la gente de mi grupo universitario. Casi todo el mundo ha hecho rituales parecidos. Con el sueldo delante, algunos le han hecho fotos, como yo; han sacado cuentas y resolvieron que les da para comprarse unas gafas y retocarse el pelo, a otros para sufragar los gastos de transporte, contribuir mínimamente a la economía familiar, ver a la novia que está lejos, ir al Coppelia varios días a la semana y, al menos por esta vez, guardar el billete de cinco pesos como regalo simbólico a un pariente que está fuera de Cuba. El mes próximo, ya veremos.

Cuando un amigo se va…

Cuando un amigo se va-islanuestradecadadiaEste día, veinte años atrás, hacía 48 horas que mi padrino había llegado a España. Tal vez caminaba por una calle de Madrid, absorto en el deslumbramiento de recién llegado; quizá dormía porque aún estaba acostumbrado al horario de Cuba.

Dos días antes, en la saleta de mi casa, una despedida se interponía en una amistad que comenzó en tiempos de la vocacional de Santa Clara, cuando la suerte hizo coincidir en el 7mo B a mi mamá y mi padrino. Ahí empezaron las aventuras que los convertirían en dos seres inseparables para siempre.

En teoría aquel viaje tenía fecha de regreso, pero mi mamá presintió que pasaría mucho tiempo sin ver a ese hermano que la vida le había regalado. Por eso ella tiene fechado el miércoles 30 de marzo de 1994 como el segundo día más triste de su vida, el primero fue cuando mi abuela abandonó este mundo.

Dice ella que en intento de dosificar el dolor, fuimos todos a la orilla del mar para una primera despedida, pero yo no lo recuerdo porque con cinco años me era imposible asociar la playa con un escenario de tristeza. Aunque se juraron controlar las emociones el día final, la promesa se desmoronó la última noche: un paisaje de angustias donde mi padre tuvo que hacerme miles de murumacas para que yo no sospechara nada.

Entonces las confesiones y las dudas empezaron a viajar en cartas, tarjetas y postales que intercambiaban con bastante frecuencia; aquellos tiempos no eran de emails ni redes sociales. El papel, la tinta y alguna llamada telefónica se encargaron de acortar la distancia.

Eso es lo terrible de la emigración cubana: la perenne incertidumbre de si volverás a ver a los tuyos, el desarraigo, a veces definitivo; un proceso signado por el trauma de la separación, donde son muy pocos los que tienen el privilegio de asirse a la ley del eterno retorno. Al menos para mi mamá y mi padrino no fue tan devastador porque ha podido regresar varias veces a la Cuba de sus nostalgias.

Desde aquel día mi mamá entendió el significado real de unos versos cantados por ambos en las noches de descargas y que yo escucharía tiempo después en la voz de Elena Burke y Pablo Milanés, aunque la composición original es de Alberto Cortez: “cuando un amigo se va, queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Ese primer verso pende del cuello de mi madre, estampado en un pergamino dorado que mi padrino le envió en un cumpleaños; una suerte de talismán para combatir las nostalgias e invocarlo cuando lo necesita.

El tiempo ha hecho más cercanas las comunicaciones, ahora las cartas son correos electrónicos, los telegramas pueden ser mensajes por Facebook o el teléfono móvil… pero mi madre siempre tiene un espacio vacío en su alma, una herida que siempre le faltará una esquina por sanar.

Por eso este 30 de marzo llamó a mi padrino a las seis de la tarde, hora de Cuba, que en España marca la medianoche, porque hacía veinte años de aquella noche gris y todavía se le encoge el pecho. Delante de ella recordé una frase que me dijo una Religiosa de María Inmaculada cuando le pregunté si a ellas le daban algún método para no sentirse tristes cuando debían trasladarse a otros países o regiones, después de pasar cinco años en un mismo sitio. “Fija esto en tu memoria, Carlitín -me dijo-: el corazón nunca se acostumbra a decir adiós”.