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La última página

la última páginaUna de las cosas que más me gusta de las libretas, las agendas, los cuadernos y todo cuanto huela a papel para dejar anotaciones es la hoja final.

En ese pedazo de papel, a veces mutilado, suelen mezclarse las catarsis cotidianas con la sensación de perder el tiempo, los datos personales con los números de teléfono, los dotes de artistas que muchos creen tener con las cuitas amorosas, la práctica de la caligrafía con chistes o chismes… hasta conformar un cuadro tan variado, tan garabateado, exponente puro del abstraccionismo.

Puede que en la portada rece: Libreta de Matemáticas, Libreta de Español, Libreta de Filosofía, Agenda de Trabajo…El contenido de la última página, sin embargo, dista mucho del nombre oficial.

Nada más socorrido que ese folio vacío para lidiar con una reunión infértil (como suelen ser todas las reuniones), una clase aburrida… y empezar a hacer trazos, escribir un chiste para el compañero de al lado, practicar la caligrafía (repetir hasta el cansancio tu firma, básicamente), jugar a los ahorcados, a los ceritos y, si estás en plena adolescencia, con las neuronas hirviendo, dibujar el corazón atravesado con una flecha y la promesa de amor eterno de Fulanita y Menganito en el centro.

Si no quedara espacio, apretamos en la esquina el número telefónico que nos acaban de dar, la dirección de correo electrónico. Incluso, hay quienes se las dan de poetas y pintores, y comienzan a componer versos o concebir obras maestras ahí.

Tiempo después, encuentras un cajón repleto de libretas, cuyos códigos solo tú conoces, con las últimas páginas saturadas de recuerdos. Le sacudes el polvo y vas directamente al final. Empiezas a viajar en el tiempo.

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La esencia en su nebulosa

La esencia en su nebulosaA veces tengo la sensación de vivir en un país que no es el mío, al menos no donde nací hace 24 años. No importa si estoy en Santa Clara, La Habana, Viñales, Pinar del Río o Trinidad; la impresión es la misma: cada vez me siento más alejado de la hornada de adolescentes que veo a diario en las calles.

Mi generación se ha enfrentado a tantos cambios que cierta vez, cuando estudiaba en Secundaria Básica, una profesora nos clasificó como  “los conejillos de indias” por convertirnos en una especie de probetas para los ensayos en el sistema educativo cubano, desde el experimento de reducir los grupos a 30 estudiantes y ponderar las video-clases sobre el contacto presencial con los profes, hasta las Pruebas de Ingreso a la Universidad, cuando se decidió dejar Historia de Cuba como examen común y el resto- Español, Matemática y Biología- de acuerdo al perfil de la carrera, por solo aludir a transformaciones en el sector educacional.

Sin embargo, a pesar de los vaivenes, de las bruscas sacudidas, mi generación se mantuvo lo más incólume posible. Aunque de vez en cuando asomaran intentos de rebeldía, no pasaban de un ataque de rabia adolescente. La tecnología nunca devino elemento divisorio entre nosotros.

Quizá desde aquel tiempo era previsible que quienes venían detrás estaban signados por otros preceptos, pero nosotros,  chiquillos imberbes, sumidos en cambios hormonales, no fuimos capaces de avizorarlo. Pero ni siquiera el más lucido pudo pronosticar que a estas alturas Cuba se vería enfrascada en una batalla para defender a mansalva su acervo inmaterial ante el asedio de patrones y paradigmas extranjeros, extremadamente lejanos a su idiosincrasia.

A la mayoría de los adolescentes de hoy, para dejar un margen de error, la vida les sorprende con botines en pleno verano y enguatadas en la playa, vestidos como si hubiesen nacido en otro país, sentados frente a una pantalla -cualquiera que sea-, embebidos de novelas y seriales foráneos. Yo consumo algunos de esos productos audiovisuales, disfruto mucho de la música en inglés, aclaro, pero todo en su justa medida; nunca se me ocurriría combinar una bufanda con una camiseta en agosto.

Este sábado observaba a los adolescentes en el parque. El desfile era tan homogéneo que por momentos pensé se trataba de seres clonados. En los pulóver, vestidos, faldas, pantalones, zapatos… solo variaba la tonalidad. La mayoría usaba gafa a plena noche, andariveles más vinculados a una pandilla o tribu urbana y aparatos tecnológicos en las manos, en un intento de ostentar una independencia económica que no tienen, porque ninguno trabaja todavía. En medio de aquel paisaje, lo juro, me sentí fuera de sitio.

No critico los gustos estéticos de cada cual -¿quién soy yo para semejante osadía?-, pero ese mare magnum debe tener cierta dosis de infección en tanto ha devenido costumbre, más que paliativo a los descalabros en las industrias cubanas afines. Una infección que, por lo menos a mí, me preocupa más que cualquier crisis financiera porque conduce, sigilosamente, a una pérdida de identificación con lo autóctono, con lo legítimo de tu tierra.

Aun cuando se manejen conceptos como Aldea Global o Era sin fronteras, nunca he escuchado que esta, la nuestra, sea la Era de la falta -o pérdida- de identidad. Aun cuando las tecnologías han dado al traste con los límites geográficos, un chino no es igual a un español, ni un estadounidense a un inglés. Cada quien conserva su propia esencia, y las lleva consigo aunque decida emigrar.

Por eso a veces temo que esta isla caribeña se convierta en una ajena a la mía, culturalmente hablando. Ojalá los adolescentes defendieran a Guillén o a Martí con la misma vehemencia con que discuten de la tecnología Androide; que no confundieran el danzón con el casino si les preguntan cuál es el baile nacional; que sin ser ciegos a las miles de vallas que faltan por saltar, defendieran con orgullo la herencia cultural del país donde nacieron…,  y no vieran como “una alternativa extremadamente «chea»” la opción de discutir la Tesis de Licenciatura con una guayabera o una camisa sobria, no con un traje comprado en las tiendas de bajo costo de cualquier país latinoamericano.

Flexibilidades de doble filo

Flexibilidades de doble filoCuando apareció el titular en el Noticiero Nacional de Televisión me esperancé por un momento, lo reconozco. Al fin se esclarecerían las suposiciones diseminadas por la calle, a como un secreto a voces, respecto a los nuevos cambios en el proceso de ingreso a la Universidad en el actual período lectivo.

Mas, bastó escuchar el primer enunciado para comprender que lejos de albergar quimeras, las transformaciones abrían las puertas a un umbral signado por la paradoja, por cuyos predios todavía deambulo acompañado de un reconcomio que no me permite dilucidar a plenitud los beneficios de algunas de las disposiciones.

Perturbado, aguardé la tercera emisión del noticiero para corroborar los datos expuestos horas antes, navegué por las páginas digitales de los diarios y leí el reportaje publicado en el periódico Juventud Rebelde el pasado miércoles, en busca de una elucidación palpable.

No hay dudas: los exámenes de aptitud para ingresar al Instituto Superior de Diseño (ISDI) son aguas pasadas. Aquí  empezó mi catarsis. No apoyo el papel omnipotente otorgado a las pruebas de ingreso, al menos en este caso. Si bien es cierto que el dominio de las asignaturas priorizadas resulta imprescindible, en carreras como Diseño los aspirantes deben enfrentarse a ese instante donde demuestran su competitividad para ganarse un espacio en el ya de por sí reducido número de capacidades.

Paradójicamente, las carreras de Física Nuclear, Radioquímica, Meteorología, Física, Química, entre otras tantas, mantienen el examen adicional. Entonces, ¿la carrera de Diseño es menos rigurosa?…

El perfil de las Ciencias Médicas no corrió mejor suerte. Los 90 puntos precisos para optar por algunas de las carreras de dicha rama constituyen un recuerdo este año. Todo recae, otra vez, en el desempeño de los estudiantes en los exámenes de Español, Matemática e Historia. Y no niego la importancia de dichas materias, pero no comulgo con el criterio que el puntaje antes exigido sea una “alta calificación”, como la acuñan. Retomo mi verdad: varias profesiones traen aparejado sacrificios.

En medio del paisaje varias disposiciones muestran un rostro más feliz como la existencia de más de una convocatoria para que los alumnos de duodécimo grado venzan las materias así como la posibilidad de  combinar en las boletas carreas de curso regular diurno y por encuentro.

Al menos el perfil humanístico no constituye la prioridad como las ofertas vinculadas a la agronomía, la tecnología, la economía y Periodismo salió ileso del descalabro de vedar el proceso de selección para los interesados-muchos suponían correría la misma suerte que Diseño-. Ya lo sé, los rumores son solo eso: meras especulaciones, pero como reza el refrán “cuando el río suena…”

Después de leer y releer las notas digitales e impresas todavía persiste este extraño sabor amargo, esta incertidumbre, estas ansias de fruncir el entrecejo en señal de duda… y sigo en busca  del esclarecimiento a la maraña entretejida en mi cabeza, pero por ningún sitio asoma el por qué de las nuevas normativas.

Tal vez sea este un empecinamiento sordo cuyo trasfondo apunta al elevado precio que, a largo plazo, conllevaría “aflojar la cuerda” de la rigurosidad en ese momento cuando te dispones a encauzar tu vida de una vez y por todas.

En casa de don José Mariano, 20 años después

De pequeño casi siempre descubría mi regalo de cumpleaños, el de Navidad con semanas o meses de antelación porque hurgaba en el escaparte de mis padres. Mas, tales habilidades detectivescas no advirtieron el ajetreo aquel lunes de 1992, cuando mis progenitores colocaron en cajas lo concerniente a cada pieza de la casa. “Caja # 1, aquí están los cubiertos, platos y vasos”, apuntaron en un cuaderno para saber dónde colocar aquella especie de arcas cuando llegáramos al nuevo destino.

Nada recuerdo de los siete viajes a cargo de Manolo- muy famoso en Trinidad porque en su camión trasladaba desde ladrillos hasta una vivienda entera-. Tres de esos viajes fueron necesarios para mudar el taller de radios de mi abuelo-.

Mis recuerdos empiezan a bordo del vehículo junto a mi madre, quien llevaba entre sus manos una funda de almohada donde dormía Tocha, una gata arisca que pocas veces pude acariciar.

Horas después la mudanza irrumpió en una plaza ajena para mí, alrededor de la cual se erigían palacetes, una iglesia… y el camión aparcó frente a una casona de descoloridas puertas cuya fachada no podía inspirar más desolación. Ni siquiera mi padre pudo aceptar lo poco que sobrevivía de la belleza del caserón donde transcurrió su infancia. “En diez años lo levantaremos”, le dijo mi madre-tal vez a modo de consuelo para no correr del espanto- cuando vio los muros palidecidos, agrietados, el patio de tierra con un platanal al fondo capaz de albergar caballos y vacas, el cuarto improvisado en plena sala con paredes de cartón bagazo para aprovechar el aire que se escurría entre los ventanales de madera y el largo trecho por recorrer para reanimar el paisaje deprimente de aquellas ruinas habitables donde me negué a pasar el resto de mi días.

“Esta casa es muy grande. Yo quiero la otra”, repetía a cada rato para ratificar mi voto en contra de aquel traslado. Todo me incomodaba: el olor, los techos, el silencio; me apabullaba la altura de las paredes, el color de los pisos… hacía catarsis del mínimo detalle- quién sabe y fue este mi primer intento de rebeldía infantil-.

Mucho tiempo trascurrió para encariñarme con mi nuevo hogar. Como nada resolvería con mis pataletas diarias, terminé acostumbrándome. Transformé el platanal en la verde pradera ubicada detrás de mi reinado ilusorio y los rincones en base de operaciones o aulas donde sometía a mi abuela paterna a clases de español. De a poco surgieron los afectos.

Más tarde supe por boca de mi padre que en esa casona donde celebré cada uno de mis cumpleaños, donde me partí la barbilla por correr con el piso mojado… vivió y murió don José Mariano Borrell y Padrón, rico sacarócrata de Trinidad en tiempos de ingenios; que a la luz de la bombilla de la saleta mi bisabuela y mi abuela tejieron hasta el amanecer-ahí también mi tía abuela tenía una academia de corte y costura-; que en esa cocina rústica elaboraban panetelas para vender, y que yo era la quinta generación de mi familia paterna en habitar esos dominios. Eso, aparejado al desgaste de ambos para construir el hogar familiar, terminó con mi rechazo ya de por sí debilitado para entonces.

Mi casa retoñó hasta convertirse en lo que ha sido a lo largo de estos años: un sitio dueño de una posición codiciada-es la única casa con vista a la Plaza Mayor, una perspectiva única al atardecer-, devenida en boutiques, casas parroquiales, entre otros escenarios construidos por los cineastas que sucumben ante su encanto; un lugar sui-géneris de ritmo agitado, a veces insostenible, donde convergen a diario muchos amigos para conversar o desahogar sus problemas; un recinto donde deambulan los espíritus, según expresan quienes poseen “su gracia”, cuyos espacios han acogido a actores, investigadores, músicos… (y no es autosuficiencia).

Aun falta por hacer. Las dimensiones atentan cuando se precisa resarcir algún imprevisto con las goteras, las paredes… dado por la espacialidad y la proporción de materiales a la hora de enmendar una rajadura del siglo XVIII. Vivir en el Centro Histórico acarrea también desventajas respecto al abastecimiento de agua, lejanía del centro urbano, restricciones constructivas, etc.

Sin embargo, tengo fe que algún día, con reciba el cobro como reportero a fin de mes, devolveré las pinturas murales sepultadas bajo las capas de cal en las paredes por culpa de los exorbitantes precios que alcanza la restauración de un metro cuadrado; regalaré a mis padres la cocina estilo mediterráneo que tanto desean, ubicada al fondo, como estuvo en tiempos de antaño y preservaré el Patrimonio del palacete que don José Mariano Borrell comprara en 1812 y al que llegué un día como hoy, dos décadas atrás, producto de un reajuste familiar que implicó permutar cinco casas el mismo tiempo. Apenas tenía tres años, no podía imaginar cuán afortunado era.