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No te has ido

No te has idoSe detuvo frente al cuadro colgado en la pared central de casa. Recorrió los arcos y las líneas discontinuas de la canaleta perdida que atraviesa la pintura. Reparó en las tonalidades, la profundidad, el tamaño de la obra. Alabó el pulso del pintor. “Es precioso”, dijo. Ella, la muchacha que admira el lienzo, vive en el país de Velázquez, Goya y Gaudí.

— ¿Quién es el autor?

— Un amigo

— ¿De aquí?

— Sí

— ¿Y vende?

Entonces noté que debí comenzar la conversación por el final, donde le explicaba que él se fue de este mundo. Increíblemente ha pasado casi un año y aún creo que se trata de una pesadilla, una ilusión, una falsa ausencia.

De frente al cuadro, una joven española calla y sucumbe ante la maestría técnica de un desconocido, quien, pese a su formación académica, nunca alcanzó fama lejos de su pueblo; un artista cuya obra jamás conoció galerías de renombre.

“La tristeza nunca se va del todo, se queda bajo la piel”, escribió Isabel Allende en La suma de los días. Y ahora la nostalgia llega para recordarme otra vez que es su espíritu el que deambula para siempre entre los aleros de tornapunta y la cafetera a punto de colar.

Juraría haberlo visto encima de las arcadas nacidas del pincel que alguna vez fue suyo, ese instrumento que emprendía vuelo y se ganaba el pan de cada día. Pero me cuesta creerlo. Para ello debo aceptar su partida definitiva, y aún me parece mentira.

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El difícil carisma de la pobreza

El difícil carisma de la pobrezaLlevo 72 horas viviendo en el cuarto de espiritualidad de un convento. Hasta ahora en los encuentros en la residencia de las Religiosas de María Inmaculada (RMI), ubicada en la barriada del Cerro, en La Habana, los varones dormíamos en salones amplios como estrategia para evitar travesuras a la hora del sueño. Este agosto, como éramos pocos hombres de Trinidad, se decidió enviarnos al ala de los ejercicios espirituales.

Mi primera visita a la casa madre de las RMI en Cuba fue en el 2000, cuando tenía 11 años. Durante cuatro días estuve solo con las hermanas, adolescentes, jóvenes y asesores de Sagua la Grande, Las Tunas, Cienfuegos y La Habana; un viaje sin la compañía de mami o papi donde, por cierto, lloré en balde durante horas para salir de aquel encierro. Al terminar el jubileo aprendí a sobrevivir lejos de casa.

Pero nada resulta comparable con esta experiencia, acaso porque aquel chiquillo inmaduro no tenía edad para aquilatar la envergadura de vivir en una habitación con el mínimo de condiciones, de una sobriedad por momentos agobiante, pero donde se aprenden valores que no te enseñan en la escuela.

Mi cuarto es el número 5. Cuando entras, a mano izquierda, hay un escaparate sin gavetas para colgar la ropa, al frente está una cama personal de hierro, a un costado queda una mesita donde apenas caben cinco libros. Al lado, sostenida por dos pies de amigos de madera torneada, tengo una tabla de menos de medio metro donde escribo este post en una hoja amarillenta, al estilo de los antiguos frailes y monjes. A la derecha queda un baño minúsculo y ante mis ojos una ventana enrejada, con vista al patio central donde los muchachos corren, juegan fútbol o se preparan para ir a comer. Las paredes tienen color marfil, no hay cuadros, lámpara de noche, flores u otros adornos, solo una cruz en el espaldar de la cama.

Del otro lado de la puerta, a mis espaldas, queda a un pasillo largo y silencioso. Se sienten pasos anónimos, el sonido de llavines y otras puertas que se cierran. Mi cámara fotográfica y el reproductor de música devienen único contacto con la tecnología, pero solo hay una cajita de corriente: para cargar la batería debo desconectar el ventilador. La cobertura es inestable, el celular sirve de poco. El teléfono público está roto. No tengo computadora, velas o incienso… pero ninguna de estas ausencias pesa tanto como creía.

Aun cuando sé que en pocos días todo será como antes, agradezco estas jornadas vividas en austeridad porque me han servido para afianzar mi admiración por quienes hacen de la pobreza y la obediencia un estilo de vida. No lo digo solo por las hermanas o monjas de clausura, sino por todos los que abrazan el acto de servir a los demás sin alardes, sin repartir migajas, sin esperar ovaciones masivas o reconocimientos públicos.

En esta especie de celda monacal no me siento tan mal, aunque a veces me falta el aire si recuerdo los descomunales espacios de mi casa. Desde aquí disfruto el canto de los pájaros al atardecer, el encanto del silencio de la noche, y en las mañanas me despierta la luz del sol. De vez en cuando aparece algún espíritu existencialista, pienso en mi familia, mis amigos, mi futuro, en ciertos fantasmas y tormentos; pienso otra vez en quienes ayudan a un necesitado ahora mismo…pienso mucho, quizá demasiado para mis 24 años, y me aferro a la idea de que algún día mis plegarias serán atendidas como quiero.

Singing in the rain

Singing in the rain♪(…) I´m singing in the rain, just singing in the rain. What a glorious feeling (…)♪

La lluvia llegó de pronto. Esta vez no fue necesario correr en estampida a recoger las toallas y la ropa del cordel porque ya mi madre, con esa clarividencia suya, había presagiado el temporal cuando aparecieron los atisbos de los primeros nubarrones, y mi acusación de paranoica quedó en ridículo cuando cayó aquel chaparrón a plena tarde.

Siempre me han gustado los aguaceros. A pesar de mi constante alergia y malestares en la garganta, no fueron pocas las veces que salí colgadizo afuera, en el patio de casa, para empaparme de aquella agua caída de alguna nube celestial, como creía. Una vez afuera quería mojar a quienes permanecían resguardados en la saleta, pero Galinka, madre al fin, adivinaba mis intenciones y advertía “No te atrevas, Carlitín, que mojas el piso y tú no limpias”.

El agua de lluvia sabe a viejo -sí, he tomado un poquito, no se asombren-; es más “gruesa” que la del río o el mar, y tiene el sortilegio de desorbitar a algunas personas y provocarles el deseo irresistible de dejar a un lado bolsos, zapatos, incluso cerrar sombrillas, para sentir la lluvia en la piel.  

Así sucedió cierta vez con una africana, hospedada con su esposo francés en mi casa. Ella sostenía con vehemencia que no había regalo más grande que la lluvia, y al caer la primera gota no pudo resistirse, desabrochó sus ropas, cubrió su parte más íntima y se lanzó desaforada, quizá poseída por alguna deidad, a mojarse toda, incluyendo sus despampanantes pechos descubiertos. Según supe, aquella escena provocó el descontrol de dos amigos, quienes sucumbieron al vapuleo de aquella mujer, diosa a sus ojos.

También a mí algún espíritu me nubló el juicio y me arrojó este domingo colgadizo afuera, al sentir el sonido del agua sobre los ladrillos, para bañarme en un aguacero de junio porque perdí el primer aluvión de mayo por culpa de la fiebre.

Bajo el chorro recordé los misterios de que si el aguacero moja la ropa, esta no debe moverse para evitar infectarla con mal olor y las supersticiones de que el agua de lluvia es la mejor para ablandar frijoles duros o lavarse la cabeza, porque deja el pelo más suave. Así lo hacía mi tatarabuela paterna en un tinajón que ha sobrevivido al paso del tiempo y hoy adorna el jardín.

Quise eternizar el instante. Canté bajo la lluvia, como Gene Kelly; pensé en los aljibes de esta ciudad que justo en ese momento engordaban, para ayudar más tarde a palear la sequía de estos tiempos; miré a mi jicotea y mis dos cotorras sumarse a aquella bendición de la naturaleza y agradecí a la Divina Providencia bautizar el suelo reseco de Trinidad.

Melancolías de diciembre

Melancolías de diciembreA mis amigos ausentes

A mi padrino, especialmente 

Nunca he quebrantado las leyes, sean cuales fueren, para estar en paz con Dios y el Diablo. Confieso estar libre de cualquier pecado capital, al menos hasta ahora,  aunque a veces cueste hacer ayuno de la lengua y falte mucho para ver resplandecer un halo sobre mi cabeza.

Por eso no entiendo por qué siempre diciembre tiene reservada una tristeza diferente para mí, al extremo de sentir un constante salto en el estómago a las puertas de estas fechas.

Casi a punto de despedir el 2012 llegó el trago amargo: un amigo viajó a La Habana por unos días. No nos despedimos porque en pocas semanas él estaría de vuelta, pero apenas el calendario marcaba el día primero, llamó para comunicarme se quedaría por tiempo indefinido en la capital, en tanto arregle los papeles para emigrar.

“Esta Navidad tal vez no estemos juntos”, vaticiné convencido a mediados de año, aunque él ignoró el tono profético de la sentencia.

Hoy abro la puerta de la valija de mis melancolías de diciembre-un arca más abundante de lo que quisiera permitirme- para añadirlo a la lista de las ausencias navideñas. Ahí figuran el nombre de mis tíos postizos, amigos y seres queridos dispersos por disímiles rincones del mundo, cuya presencia necesito como nunca antes a la hora de entregar los abrazos de estos días.

En la cúspide de esas añoranzas está mi padrino, quien hace apenas 72 horas llegó a la media rueda, a cuya celebración no pude asistir porque vive del otro lado del Atlántico y como no tiene un jet privado, debo esperar a las rebajas de los billetes de las agencias de vuelo para verle.

Puedo preciarme de vivir una Navidad en familia, de transformar mi casa en un sitio de ensueño donde llegan los niños de cuanto recoveco existe en Trinidad para admirar nuestro Belén; de compartir la mesa cada Nochebuena con mis padres y mi abuelo materno, a pesar de su ateísmo confeso.

Sumo a dichas bendiciones los seres queridos todavía presentes por estos lares, a otros miembros de la familia-no de sangre, pero sí de espíritu- que desde hace más de una década esquivan las trabas de los aeropuertos para celebrar juntos estas jornadas.

Pero no puedo ignorar la nostalgia al escuchar tal villancico, cuando llegan las doce y no tengo el beso de mi padrino, de mi tío, de mis amigos ausentes otro año más.

Cada 25 de diciembre anhelo poseer el don de la ubiquidad para llenar el espacio vacío ante tantas felicitaciones, apretones, abrazos por repartir.

Además de los cánticos, arbolitos y guirnaldas, también en este día llevo a cuestas la valija de mis melancolías porque dentro de ella guardo todo cuanto me falta para sentirme completamente feliz, cuando llega el día de la Navidad.