Archivo de la etiqueta: filosofía

La última página

la última páginaUna de las cosas que más me gusta de las libretas, las agendas, los cuadernos y todo cuanto huela a papel para dejar anotaciones es la hoja final.

En ese pedazo de papel, a veces mutilado, suelen mezclarse las catarsis cotidianas con la sensación de perder el tiempo, los datos personales con los números de teléfono, los dotes de artistas que muchos creen tener con las cuitas amorosas, la práctica de la caligrafía con chistes o chismes… hasta conformar un cuadro tan variado, tan garabateado, exponente puro del abstraccionismo.

Puede que en la portada rece: Libreta de Matemáticas, Libreta de Español, Libreta de Filosofía, Agenda de Trabajo…El contenido de la última página, sin embargo, dista mucho del nombre oficial.

Nada más socorrido que ese folio vacío para lidiar con una reunión infértil (como suelen ser todas las reuniones), una clase aburrida… y empezar a hacer trazos, escribir un chiste para el compañero de al lado, practicar la caligrafía (repetir hasta el cansancio tu firma, básicamente), jugar a los ahorcados, a los ceritos y, si estás en plena adolescencia, con las neuronas hirviendo, dibujar el corazón atravesado con una flecha y la promesa de amor eterno de Fulanita y Menganito en el centro.

Si no quedara espacio, apretamos en la esquina el número telefónico que nos acaban de dar, la dirección de correo electrónico. Incluso, hay quienes se las dan de poetas y pintores, y comienzan a componer versos o concebir obras maestras ahí.

Tiempo después, encuentras un cajón repleto de libretas, cuyos códigos solo tú conoces, con las últimas páginas saturadas de recuerdos. Le sacudes el polvo y vas directamente al final. Empiezas a viajar en el tiempo.

Anuncios

Metamorfosis de un cementerio

Metamorfosis de un cementerioEl 2 de noviembre, día de los fieles difuntos, cada quien recuerda a sus familiares y amigos ausentes. La gente camina hacia el cementerio apenas amanece para rezar, llorar por las nostalgias, poner al tanto de los asuntos familiares a los que no están en este mundo, desafiar y recriminarle a la muerte la partida de alguien una vez más…

Los cementerios no me asustan. Lo heredé de mi madre, quien con apenas cuatro años acompañaba casi todos los días a mi bisabuela a la tumba de la familia para que doña Isabel pusiera flores a los fallecidos y conversara con los espíritus, envuelta en el remanso de la necrópolis.

Este sábado, sin embargo, el camposanto civil de Trinidad sufrió una suerte de metamorfosis a mis ojos al ver cómo cada quién recordaba a los suyos de acuerdo a su religión, creencias, filosofía de la existencia… En un santiamén confluyeron deidades y santos, ángeles, espíritus y almas, y ese sitio sacramental se transformó en muchos lugares al mismo tiempo.

En aquella tumba una señora ponía flores, pero en la otra había restos de animal sacrificado, tres cáscaras de coco seco y algunas plumas -dicen se trata de una “limpieza” o una “consulta” a un muerto sobre determinada preocupación-. Dos mulatos llevaban par de cojines de flores -imagínense par de hombres macizos con tal adorno en las manos-, y al depositar la corona en la sepultura empezaron a hablar de Gourriel, de 20 jonrones que hacen falta para no sé qué juego, junto a sus pronósticos para esta Serie Nacional de Béisbol.

En otro extremo una mujer planificaba su sepelio. “A mí me entierran con música mexicana bien alta y ron, mucho ron, porque lo único seguro es esto”, le decía a quienes la acompañaban mientras señalaba el panteón. Un hombre aprovechó la oportunidad para aleccionar a su amigo. Parece que tiene cierta adicción al alcohol porque le decía: “Si sigues bebiendo, dentro de poco llevarás puesta la «guayabera gris» (el ataúd)”.  

Había niños acompañando a sus abuelas, ancianos, gente más joven, blancos, negros, rosarios, collares de santería… todo dentro del “Huerto del Señor”, como dirían las personas mayores.

Ni siquiera la muerte escapa a la naturaleza del cubano. Aunque sabemos cuán implacable es, jugamos a sortearla e inventamos dicharachos para burlarnos con sarcasmo de ella, de los cementerios, acaso porque sabemos de antemano el final de la historia.

Quizá por eso un hombre refirió que iba “un momento al reparto Boca Arriba”, refiriéndose a lugar donde descansan su familia, y al salir escuché a un sepulturero decirle a otro -parece que éste no iba a trabajar hace algunos días-: “ ¡Coño, compadre, al fin resucitan los muertos!”.