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A pesar de los pesares

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Te deslumbraban los medios de comunicación, era lo único que tenías claro. De ahí a estudiar Periodismo había un largo trecho. Aun así, te aventuraste a las pruebas de aptitud el 13 de marzo de 2008.

Un año más tarde, el niño mimado que eras descubrió la Universidad. La vida cambió. Tal vez quien cambió fuiste tú… Sigue leyendo

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255

Logotipo de la carrera de Periodismo en la UCLV

Logotipo de la carrera de Periodismo en la UCLV

“(…) porque la gente no son más que números”. Polito Ibáñez

El 13 de febrero de 2008 llegué por primera vez a la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas con el afán de superar mi título de Técnico Medio y Bachiller en Gestión Documental y Archivos. Tenía claro mi deslumbramiento por los medios de comunicación masiva, por eso escribí en primera opción la carrera de Comunicación Social, pero jamás valoré el Periodismo como una posibilidad, no por falta de interés, sino porque pensaba que la carrera estaba destinada solo a estudiantes de preuniversitario.

Faltaba solo una casilla por completar y no podía enmendar mi elección, según me alertaron en el Departamento de Ingreso para no decidir a la ligera. Con la esperanza de encontrar una opción para sellar mi boleta sin tener que recurrir a las carreras previamente desechadas, volteé la hoja. Ahí estaba Periodismo. Entonces supe que podía optar por la profesión más bella del mundo, según lo definiera García Márquez.

“En un mes regresas para las pruebas de actitud”, me informaron. Cuatro semanas después estaba en la Facultad de Humanidades sin más pretensiones que lanzarme a la aventura, dispuesto a luchar por una plaza.

Recuerdo el mínimo detalle, el pantalón de mezclilla azul, el pulóver blanco con dos franjas verdes en las mangas, los zapatos color piel. En la agenda llevaba el resultado del método aplicado durante el tiempo de mi preparación: quien llegara a mi casa debía formularme una pregunta de cualquier tópico. Luego añadí a la sopa de interrogantes las lecciones recibidas de mi abuelo acerca de Política, el entrenamiento de Arte, a cargo de mi padre, junto a los recortes de las noticias más trascendentales publicadas en la prensa, recopilados por mi madre.

Aquel martes, 13 de marzo, quedé reducido a tres dígitos: 255. El pequeño cuadrado de papel con el cuño estampado de la Universidad y encima el número, escrito en tinta azul, se convirtió en un carnet de identidad sin el cual no podía realizar a las fases siguientes, en caso de aprobar la primera.

Antes de empezar a responder las 25 preguntas del cuestionario, me encomendé a Dios y a los espíritus de mi familia. Cometí errores, no me avergüenza decirlo: los nervios me impidieron dilucidar cuál era el humedal más grande de Cuba, la organización de masas más grande del país y a quién se le conocía como el General de los Hombres Libres. Sin embargo, tampoco niego que salí de la primera prueba confiado, no por autosuficiencia sino por lógica: solo había fallado en 3 de 25, tenía buen average.

Al anunciar los seleccionados para la segunda ronda, fui el último número en mencionar. Respiré y volví al ataque, ahora solo quedaban 6 de 30 jóvenes en el inicio. Pero la felicidad con que salí la primera vez se vino abajo al terminar la segunda fase, concerniente a redacción, interpretación y dictado, porque el resto de los aspirantes desarrolló el texto en más de una hoja. A mí me sobró espacio. “Recuerda que los periodistas deben ser concisos”, me consoló mi padre al ver mi poca fe.

Sin embargo, por segunda vez la suerte -o el destino- me sonrió y quedé entre los escogidos para la última fase. Nuevamente fui el último número anunciado.

Algún episodio perdí por el impacto. Solo recuerdo a mi padre abrazándome, a mi hermana negra felicitándome y a un amigo, por ese entonces estudiante de Psicología, estrujarme el cuerpo.

Una vez dentro del aula recuperé mi nombre. Fui el segundo en someterme al tribunal; mas la embestida devino en diálogo ameno donde diserté sobre los años en el Politécnico y cómo había llegado a convertirme en aspirante a periodista; hablé de Isabel Allende, de la sección infantil a mi cargo en Radio Trinidad cuando era pequeño y de la ausencia de un antecedente familiar dedicado al oficio de José Martí, Jorge Mañach, Enrique de la Osa, José Alejandro Rodríguez, Luis Sexto…

Al día siguiente supe que había quedado en segundo puesto. Entonces aquella aventura no me pareció descabellada y pensé en la sentencia pronunciada por mi madre en infinidad de ocasiones: “los caminos no pueden torcerse”. Nunca pensé encaminarme por los rumbos del Periodismo, pero tal vez me estaba predestinado.

Todavía conservo el papel cuadrado con el número grabado en tinta, otro de mis compañero-él fue el 280- lo atesora en su billetera. “Lo quiero plasticar para no perderlo nunca”, me dijo cuando le comenté sobre este post. Mañana el calendario marcará cinco años, pero ni el más superfluo detalle de aquel martes, cuando giré el picaporte de las puertas del Periodismo con un número de tres dígitos, logra desdibujarse.