Archivo de la etiqueta: hospital

Casuales

Casuales—I—

Se casó con un turista. La luna de miel fue en un hotel de lujo.  Ella nunca había ido a un hotel.

Antes de salir, le advirtieron que no pidiera comida con nombres raros y, en caso de arriesgarse, tener claro lo de “aprieta y traga” para no lucir descortés; que conservara la cordura ante la televisión por cable y que fuera gentil con su esposo.

Quiso ser gentil, muy gentil, y tomó del mini-bar una cajita de leche para prepararle una sorpresa romántica al marido. La leche estaba fría.

Le extrañó que el microondas estuviera cerca del closet, pero quién era ella para cuestionar el diseño de un hotel de lujo. Puso la leche dentro del aparato negro. Apretó dos o tres botones.

Ese microondas no era como uno que había visto en casa de una amiga. Los números no marcaban cuenta atrás, no pitaba, no tenía un cristal en la puertecita ni luz interior.

Abrió la tapa. La leche seguía fría. Desde la cama, su marido reía a carcajadas.

Ella nunca había visto una caja fuerte.

—II—

Llamó al hospital para conocer el número de ingresados en las últimas horas.

—¿Se ha reportado algún negado? (persona que se rehúsa a ingresar por su cuenta y riesgo)

—No sé, déjame preguntar.

Del otro lado de la línea, el interlocutor 1 escuchó: “Oyeeeee, ¿en esta sala hay algún abnegado?”.

 

Anuncios

La guayaba, el jarro y el CUC

la-guayaba-el-jarro-y-el-cuc“No, no, no, tú no me has entendido: este jarro de guayabas vale 1 CUC”, me dijo con una sonrisa de oreja a oreja el vendedor en la puerta de mi casa.

En Trinidad, la mayoría de los comerciantes callejeros lo convierten todo en CUC (el equivalente al dólar en Cuba); una sabia estrategia para contribuir a la salud cardiaca de la población. De lo contrario, las camas del Cuerpo de Guardia del hospital municipal no darían abasto. Es menos traumático escuchar: “esto vale 1 CUC” que no “esto vale 25 pesos cubanos”.

Minutos antes, el hombre abría la boca de la jaba de nailon para mostrarme las frutas rosaditas, apetitosas… Yo, en mi bobería matutina o mi despiste habitual, aún no lo tengo claro, pensaba se refería al monto del paquete entero.

Vaya sorpresa cuando el compañero mostró, de la nada, ¡taratatán…! un jarro abollado que, según él, era de cinco libras, pero más bien parecía de tres por la cantidad de golpes acumulados; era como un mago de bajo costo: en vez de sacar ases bajo la manga o palomas del sombrero, tenía un recipiente escondido sabe Dios dónde.

“Aguántame ahí, niño”, dijo mientras llenaba la barriga de la vasija con ocho guayabas maduras y pintonas. Ocho guayaba, señores. Ni más ni menos.

“Bueno, estas guayabas deben cultivarse en el mismísimo Jardín del Edén, tener propiedades regenerativas o estar en el top seven de las Maravillas de las Frutas Contemporáneas, ¿no?”, le dije con la esperanza de que el tipo entendiera mi sarcasmo, pero nada logró sacarlo del estribillo de “1 CUC”.

Horas más tarde, de recorrido por las vendutas particulares, constataba que las leyes del mercadeo popular cubano reserva los términos de libras, onzas u otra unidad de medida reconocida a nivel internacional para determinados productos. El resto, se comercializa a través de “el jarrito” “el cubito” “el potecito”. ¡Ay, Nestlé, si supieras cuánto has beneficiado a los vendedores de esta isla!

Un jarrito con tres o cuatro limones: 5 pesos; un potecito con ajíes: 5 pesos. Un jarro (grande) de guayabas… bueno, ya saben la respuesta. A este paso no me extrañaría encontrar “un jarrito con carne de cerdo” en un futuro no muy lejano.

El único consuelo fue ver a mi familia disfrutar los casquitos de guayabas durante el postre y escuchar a mi abuelo disertar acerca de los años en que se despachaba en cartuchos, desaparecidos de las bodegas sin boleto de regreso; del respeto al cliente, de las leyes de protección a los compradores. Mas, hoy en la calle no más ley que la de sobrevivir.

Al anochecer, cuando pensaba estar curado del berrinche, cuando ya no me importaba saber cuántas veces al mes el cubano de a pie puede darse el lujo de comprar guayabas con semejantes precios; cuando la sonrisa del vendedor empezaba a desdibujarse…, una supuesta especialista en belleza en un programa de la Televisión Cubana, cuyo nombre no quiero acordarme, aconsejaba con una tranquilidad espantosa: “y para este remedio lo mejor es aplicar trozos de guayaba, muy conocida por todos, muy fácil de encontrar y muy asequible a la población”.

El sobreviviente que alivia las penas

El sobreviviente que alivia las penasNunca antes había visto la muerte tan de cerca como aquel día en que le diagnosticaron el ébola. Después de cuatro días luchando contra lo que suponía era una enfermedad pasajera, el joven Daniel Kamara, de 19 años, solo empeoraba.

Moribundo, dejó atrás aquella casa sin número —en Free Town las viviendas no se enumeran— de la calle Don King, hasta llegar al hospital Kerry Town, erigido en Sierra Leona, en busca de los médicos cubanos.

“Llegó con vómitos, cefalea, fiebre de 39, dolor muscular y ligero sangramiento por las encías —narra el enfermero trinitario Francisco Gonzalo Prada Morales (Panchi), a través del buzón electrónico—. Según lo establecido, los primeros días son determinantes para el tratamiento”.

Acostumbrados a lidiar con emergencias de todo tipo, desvistieron a Kamara de inmediato, cremaron sus ropas tal como establece el protocolo y procedieron a darle un baño. “Enseguida abrió los ojos y dijo algo en creole; no sé si ‘gracias’ o si preguntaba algo. Más tarde los exámenes confirmaron nuestras sospechas: positivo al ébola y la malaria, una muy mala combinación”.

Tal diagnóstico mantuvo en estado crítico a Kamara durante 48 horas más, hasta que comenzó a articular frases coherentes y la fiebre y el sangramiento cedieron de a poco. En tan solo 10 días al joven le volvió el alma al cuerpo, “una recuperación bastante rápida teniendo en cuenta el estado en que llegó”, continúa Panchi.

Si bien confiaba en la mejoría del paciente, el enfermero trinitario nunca imaginó que al comunicarle al joven su inmunidad al virus, el muchacho se convertiría, por voluntad propia, en una suerte de guardián de los pacientes más críticos de la sala.

Ahora, con su cuerpo mismo como escudo, sin más aditamentos que guantes y nasobuco, las jornadas de Kamara, que permanecía ingresado para evitar cualquier recaída, transcurrían acompañando, dándoles agua y pronunciando palabras de alivio en creole a quienes aun no habían vencido la enfermedad.

“Tengo 30 años de experiencia y te garantizo, mi hermano, que jamás había visto nada parecido. El día del alta lloró como un niño, compadre, y mostraba a base de señas su agradecimiento al equipo de colaboradores. Desde el visor del traje lo vi abandonar la sala, con esa satisfacción que bien conocemos los que ayudamos a salvar vidas”.

Sin embargo, Kamara no regresó a la casa en la calle Don King. A la salida del hospital, una propuesta aguardaba su decisión: continuar su desempeño con los enfermos de ébola como trabajador del centro.

No fue necesaria una respuesta: Daniel torció el rumbo, se cubrió la boca, las manos, se mezcló con el ejército de trajes blancos, llegó a los pies del más convaleciente y empezó a hablarle en creole para aliviarle la agonía.

La historia de Daniel Kamara (a la derecha) conmovió a los colaboradores cubanos.

La historia de Daniel Kamara (a la derecha) conmovió a los colaboradores cubanos.