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El himno de Sofía

El himno de Sofía  (2)-islanuestradecadadiaA casi 30 años de aquel día de septiembre, Ana Sofía Lemes Mauri no encuentra una justificación racional al suceso.

Quien no sepa quién es Ana Sofía, permítanme reseñarle en muy apretada síntesis parte de su existencia: trinitaria de sonrisa grande y pena tremenda, virtuosa siempre frente al piano, y heredera de la tradición ancestral de acompañar las Plegarias de los Siete Dolores de la Virgen, composiciones únicas de su tipo en Cuba, consideradas auténtico patrimonio religioso de la villa, compuestas y musicalizadas por la trinitaria Catalina Berroa que se cantan antes de comenzar la Semana Santa.

Lo que muy pocos conocen es que Ana Sofía es la autora de un himno a la Virgen de la Caridad, hasta este momento el único escrito en el siglo xx por una mujer del territorio, a saber.

Sucedió en 1985. “Ya había pasado el día ocho. Yo regresaba de la Escuela Vocacional, en Santa Clara, de ver a mis hijos cuando de pronto, en pleno viaje, me vino la letra y la música de un himno a nuestra Patrona”, recuerda.

De modo que al llegar a casa, antes de sacudirse el polvo del camino, abrió su máquina de escribir y mecanografió las cinco estrofas, palabra por palabra, para inmortalizar aquella suerte de revelación, a la vez ofrenda a quien siempre le pidió la intercesión divina para el amparo de su familia.

Sin embargo, lejos de presumir, solo mostró la obra a su amigo Armando Lara, violinista acompañante en la interpretación de los Siete Dolores, quien tradujo la melodía en el lenguaje del pentagrama. Él y la madre de Sofía, la primera en escuchar el himno, fueron cómplices de aquel acontecimiento místico que la autora decidió develar 26 años más tarde, incluso a sus hijos.

La Virgen Mambisa propició la confesión de la trinitaria. Con motivo de la celebración por el 400 aniversario del hallazgo de la imagen en la Bahía de Nipe, Sofía compartió el recuerdo a modo de anécdota. Y solo después de mucha insistencia se atrevió a sacar a la luz la hoja mecanografiada y la partitura guardadas en un sitio donde reposan las memorias familiares.

Por eso en ese concierto ocurrido en 2011 no fueron pocos los que quedaron embebidos con las notas de un himno dedicado a la Madre de todos los cubanos nunca antes escuchado, compuesto por una trinitaria e interpretado por el coro Piedras Vivas, de la Iglesia Santísima Trinidad, delante de Cachita.

La noche del miércoles 29 de junio Sofía perdió el temor cuando acarició las teclas del piano, y su madre sonrió desde el cielo. De vez en cuando abre el sobre y desdobla la hoja gastada donde escribió ese himno religioso que nunca más se ha vuelto a tocar, quizás porque estaba reservado para un instante muy puntual desde el momento exacto en que fue concebido.

(a la izq.) Letra original, mecanografiada por la autora en 1985. Copia del original (der.)

(a la izq.) Letra original, mecanografiada por la autora en 1985.
Copia del original (der.)

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Misterio de fe

Misterio de fe islanuestradecadadiaCuando llega la Semana Santa, Trinidad se transforma, se percibe un ajetreo distinto en las calles. La gente quiere saber si hay procesión, a qué hora. Desde el jueves empiezan a llegar turistas del rincón más improbable del planeta junto a los trinitarios bendecidos con la posibilidad del regreso -y también los medios económicos-.

Como en el resto de las iglesias del mundo, existen celebraciones litúrgicas a lo largo de la Semana Grande, pero el mayor misterio todavía yace en la Procesión del Santo Entierro, el Viernes Santo, en esas dos horas de recorrido donde se rememora la ruta del Gólgota. Eso es lo único que ha sobrevivido de las relaciones Estado-Iglesia por estas tierras de Dios, otrora dueña de unas festividades eclesiásticas tan majestuosas que siempre se decía que después de la Semana Santa de Sevilla, estaba la de Trinidad.

He aquí uno de los rostros más antiguos de la villa: el de celebrar la pasión y muerte de Jesús de Nazaret con una devoción popular sin límites; un evento donde confluyen creyentes, santeros, ateos, curiosos, extranjeros, visitantes de otras provincias, blancos, negros, mulatos, chinos, niños, adultos y ancianos en una suerte de ajiaco como los descritos por Fernando Ortiz, todos bajo el ingrediente de la tradición.

Aun cuando solo está permitida la procesión del Viernes Santo -del lobo un pelo, digo yo-; aun cuando el recorrido es el mismo, las imágenes, la música… cada año acuden miles de personas y cuando los tambores, clarinetes, trompetas y platillos de la banda municipal tocan la marcha fúnebre, los pelos se ponen de punta, la gente se pone seria, embebida por el misterio y el silencio.

Tres son las imágenes en el peregrinaje: el Santo Sepulcro, San Juan y la Virgen de la Soledad. Al primero lo carga el pueblo, las manos rudas del constructor, del ex presidiario; lo conducen los pies del vendedor en las esquinas, del que corre hacia el hospital… lo protege la mirada de quienes le siguen con sus velas encendidas, resguardadas en vasos plásticos o cartones.

Miembros de la comunidad acompañan al discípulo amado. Él le señala el camino al Calvario a María de la Soledad, cuyas manos sostienen la corona de espinas y su rostro desconsolado, lo envuelven las lágrimas. Los jóvenes custodian a la madre durante el recorrido y desafían las irregulares calles empedradas para moverla lentamente de un lado a otro -la «bailan», dirían los más viejos-, como si caminara por la ruta de la cruz.

Mientras este camino continúa por la calle Amargura, llega a las Tres Cruces, baja por la calle Real para llegar a la Iglesia Santísima Trinidad, punto de partida, otros deciden permanecer en la Plaza Mayor para rezar y aguardar por la salida del Cristo de la Vera Cruz, un símbolo de la ciudad, que sale a escuchar el clamor de sus hijos desde el arco central del templo.

Al regreso las tres imágenes descansan entre la iglesia y la plaza, alrededor del crucificado, en una escena sui-géneris, rodeadas por ese mar de luces tintineantes en las manos del pueblo. Entonces se escucha el canto del Miserere en latín -uno de los pocos lugares en Cuba donde se mantiene la costumbre- y el himno al Cristo de la Vera Cruz. No importa si no entiendes qué significa la plegaria: basta mirar los ojos de la gente mientras contempla las imágenes, les tocan el pelo, el manto, las manos… para cumplir promesas o pedir amparo; basta contemplar al padre con el niño en hombros, bañado en sudor, a la anciana con el rosario en la mano, a la joven con los collares de Ochún rezarle al Sepulcro para dejar de buscar explicaciones racionales y dejarse seducir por el misterio, al menos por una vez en la vida.

Un ajiaco con poca sal

Un ajiaco con poca salNi siquiera las voces de los trovadores Pedrito González y José Ferrer interpretando “Cerca del mar y del monte”, una composición devenida en una suerte de himno a Trinidad, logró rescatar del marasmo la tan esperada gala fundacional concebida como agasajo máximo a la villa en su 500 cumpleaños. Tres días después del acontecimiento continúa el cuchicheo entre los trinitarios de a pie, quienes saben, aunque no sean expertos en la materia, que la propuesta estuvo muy lejos de un homenaje raigal a este territorio del centro-sur de Cuba.

Bajo el título de Auténtica Trinidad: un don del cielo, el espectáculo tenía bastante tela por donde cortar. Y es que el acervo inmaterial de la ciudad es tan rico que una noche no alcanzaría para llevarlo a escena. Mas otra vez todo se redujo a los tambores folclóricos -los cuales cuecen uno de los rostros más añejos de la villa, es cierto, pero no el único- y algunas agrupaciones del patio con un repertorio nada novedoso.

Si bien era preciso contar la historia del hallazgo y fundación realizado por el conquistador español Diego Velázquez de Cuéllar en 1514, pudo romperse la manida y arcaica narración cronológica -para colmo ésta de un tempo lentísimo desde el comienzo- y sentar la gala artística desde una perspectiva más dinámica. Busqué en vano una dama sentada, con aro en mano, dando vida a una pieza de randa, costumbre raigal de estos lares; busqué un hombre paseando con una jaula de varillas de río en mano y un sinsonte cantando dentro; busqué a alguien amasando barro, tejiendo un sombrero de guano, cantando una tonada trinitaria u otra estampa de las tantas que atesora el terruño; busqué la ilación del espectáculo. Pero nada encontré.

A tal punto llegó la pobreza creativa que ni siquiera la escenografía tuvo un rostro feliz. La plataforma erigida frente a las escalinatas se vistió de un blanco monótono, como si Trinidad no tuviera artistas dispuestos a obsequiarle sus musas y regalarle un escenario lleno de colores, barroco, realista, surrealista, cubista… en fin, como a la ciudad se le antoje porque aquí hay arte para ello. Para colmo, el colofón devino una especie de clausura de un show hotelero. Así me confesó una personalidad de los medios audiovisuales cubanos, quien prefirió el anonimato para este post.

Tal vez desde los ensayos era previsible el fatídico y lamentable dev???????????????????????????????enir de la ansiada gala fundacional. Por eso el equipo de expertos que lo avasalló de críticas en los ensayos del viernes en la noche, corroboró su profecía al día siguiente frente a aquel ajiaco insípido, que a la postre terminará en el último puesto entre las siete villas.

Desde la azotea de la Iglesia Santísima Trinidad, donde estaba yo, no me explicaba cómo el pueblo no tenía credenciales para asistir al homenaje de su ciudad y los turistas ocupaban demasiados asientos en las escalinatas -¿eran invitados de honor?-; no me explicaba cómo periodistas y personalidades llegados desde la capital del país, previamente acreditados, miraban el espectáculo desde en una grada.

De todo se aprende, dicen por ahí. Ojalá esta experiencia sirva para darse cuenta, de una vez y por todas, que organizar un evento de este tipo lleva tiempo y, sobre todo, investigación, creatividad…Es preciso adentrarse en el pasado para llevarlo al presente. No se trata de conformar bloques sobre un guión retocado, sino de empezar desde cero, en busca de esquivar facilismos para ofrecer al pueblo -y a la ciudad misma- un espectáculo digno, coherente, donde Trinidad toda se vea reflejada; una propuesta para arrancar suspiros, vítores capaces de estremecer los palacetes, lágrimas y el recuerdo de los ausentes.

En medio de mi efervescencia -y la vergüenza de haber depositado tanto anhelo en la gala fundacional-, sentí pena por la villa de mis nostalgias porque ni la peor Semana de Cultura de todos los tiempos estuvo a la altura de este espectáculo. Trinidad no se merecía este momento y menos sus habitantes, quienes han dejado la piel en las últimas semanas. Mientras la noche se hacía larga, recordé un post de una musa. “Sancti Spíritus será la Cenicienta del medio milenio”, escribió ella. “Ese roll está reservado para Trinidad”, le dije. Por suerte, la triste sentencia se cumplió sólo para la gala fundacional.