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Aléjate, Santo Tomás

Aléjate, Santo TomásQuisiera salir de la crisis de escepticismo que me consume en los últimos días. La fe nunca me ha faltado, aunque me tilden de loco, romántico, soñador, utópico…, pero admito que por estos días comulgo con el discípulo de Jesús: necesito ver para creer.

Leo y releo la prensa. Navego a deshoras por Internet. Busco dentro de las líneas, intento escuchar un mensaje más allá de las tribunas.

Quizás el problema soy yo. Quizás mis competencias interpretativas van en picada, pero me cuesta dilucidar más allá de la epidermis de las palabras.

Vuelven los análisis profundos y sensibles, los debates, las comisiones, el énfasis en lo que nos falta, las tareas, las misiones, la necesidad de no cometer los mismos errores. De nuevo enriquecemos documentos, hablamos de orden, exigencia, cuantificamos intervenciones…

Del otro lado de la pantalla, del papel y del dial, sin embargo, se me antoja preguntar cuándo será, cómo será… Hemos volteado el catalejo hacia nosotros muchas veces. Hemos estado frente al espejo en demasía. Después de eso, ¿qué?

No es apatía, no es desconfianza, aclaro a quienes reconstruyen discursos a conveniencia, sin autorizo previo. Como expresara una colega en una emisora local: “la gente de a pie, los obreros que dejan el sudor en sus puestos de trabajo, las personas que aportan a la sociedad en su conjunto necesitan ver reflejados los cambios del país y sus avances en la cotidianidad de sus hogares”.

Por eso vuelvo a rogar a la Divina Providencia no ser como Santo Tomás cuando precisó introducir el dedo en las heridas de su Maestro para entrar en razón, sino en permanecer en el otro bando, ese que Jesucristo definió en las Sagradas Escrituras como dichosos, porque creyeron sin haber visto.

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Volver

Volver(…) Bajo el burlón mirar de las estrellas que con indiferencia hoy me ven volver (…)

A poco más de un año sin pisar los adoquines, camino por la ciudad cuya fisonomía era capaz de reproducir con los ojos cerrados, al menos de los lugares donde se cuece la imagen cosmopolita que alivia la ausencia de mar que signa este paraje. Sin temor a equivocarme creo que por vez primera puedo aquilatar el significado de aquello que esbozara Carlos Gardel: “Sentir / que es un soplo la vida / que veinte años no es nada…”.

Llego con la despedida de la tarde, subo por la misma calle de siempre hasta llegar al costado del parque central. El lugar mantiene su condición de punto de encuentro para amigos y enamorados, a ratos veo a alguien con la guitarra al hombro o con pinta de viajero de la ruta 3 y creo que aún existe el riesgo que algún pájaro te “bendiga” desde las ramas con sus “esencias naturales”. Pero el trasiego es distinto: ahora es una zona wifi, casi todo el mundo está con el celular en la mano, hablando por IMO, revisando Facebook, el correo electrónico o liberando sus demonios en las redes.

También aquí ha crecido el cuentapropismo de la noche a la mañana. Existen nuevos restaurantes, temáticos incluso, punticos de alimentos ligeros, talleres para reparar celulares, tiendecitas para comprar gangarrias…

Mas, en la esquina sigue el lugar para matar el hambre si eres universitario, donde las muchachitas podían —¿pueden?— entrar en sayas cortas y blusas de tirantes, pero los hombres necesitaban —¿necesitan?— cumplir un código de etiqueta de un sitio de lujo.

Está el Coppelia, con su escasez de sabores y la cola que dobla la esquina, la señora que pide un peso para comprar cualquier cosa, el café, los artesanos, el sitio de las hamburguesa de ave-rigua, el chofer proponiendo “taxi, taxi” y, más abajo, la parada de la guagua donde hay que lanzarse para “clasificar”.

Aunque a lo lejos escucho propuestas de tarjetas Nauta para Internet, es la ciudad de los recuerdos la que se dibuja ahora, cuando la felicidad se resumía a tener la barriga llena con comida decorosa, estirar el dinero de la semana para permitirse alguna fiesta y caer de vez en cuando en la embriaguez para vociferar en plena calle que había llegado la hora de “subir las manos pa´rriba, mi gente”.

Vale la pena regresar, no por caer en la letanía de la nostalgia, sino, entre tantas otras cosas que cada quien puede esgrimir de acuerdo a su filosofía de vida, para comprobar que el banco de los secretos, la esquina de los besos a escondidas, la casa que fue aula, el teatro con el recuerdo del romance, el espacio de las tertulias y de la espera…permanecen allí.

Carta de un padre arrepentido

Carta de un padre arrepentidoIsla nuestra de cada día, hija:

Y todavía me sigues dando alegrías, aunque casi no te atienda y me excuse en el trabajo, en el tiempo, en las vueltas de la vida, en el exceso de nostalgia. Me sorprendes con nuevos amigos que deciden quedarse los martes, con letras que otros hacen viajar Internet mediante, reclamando historias.

Yo solo te pido una nueva oportunidad. Este martes, el primero del 2016, estoy en pleno corazón del macizo montañoso Guamuhaya, como ha quedado dispuesto luego de una redistribución territorial que más me huele a asuntos de latifundistas que otra cosa, y en la rama de aquel árbol al pie de la montaña un zunzún revolotea, quizás para recordarme que es martes y no puedo permitirme una semana más de ausencia.

Ahora te abro, me regalas el informe del año anterior para que retome el hábito semanal, me muestras barras estadísticas muy alentadoras, jamás en cero, pese al abandono acumulado. Recogiendo las cosa viejas, encuentro apuntes pendientes de escritura, memorias que algún día me servirán para ordenar los recuerdos. Y me demuestras que el problema no es esterilidad frente a la cuartilla en blanco.

Nuevas puertas se abren porque han leído todo cuanto he contado aquí y les gusta. Aumentan los seguidores en el buzón electrónico. Y yo no te agradezco.

Hagamos un trato: te voy a vestir con nuevas ropas digitales, también tengo letras sin estrenar. Recompensaré el tiempo porque no puedo recuperarlo, es imposible.

En el primer martes del año me bajo de la nube, para volver a andar. Prometo un 2016 como mereces.

A estas alturas solo quiero ofrecerte mis disculpas.

Atentamente,

Tu padre.

A mucha honra, mamía

IMG_1620“Caballero, ¡cómo ha cambiado esto!”, concluyen, a veces con euforia; otras, con cierta dosis de nostalgia, quienes regresan a Trinidad después de un período de ausencias. Y puede que tengan razón.

El rostro de desamparo que durante años tuvo el Centro Histórico, por suerte, habita solamente en las instantáneas sepias de los archivos o en las memorias de quienes vivieron —y sufrieron en carne propia— los años en quela Plaza Mayor y sus alrededores devenían una boca de lobo apenas despuntaba el anochecer.

Puede que ahora el añejo corazón de la villa simule, más bien, una avenida parisina —así ha declarado más de un visitante, no yo, que solo conozco la París retratada en Internet—; que cada día se inaugura un restaurante, una cafetería, un hostal y que ahora se añore el silencio como nunca antes. Mas, allá donde se cuece el orgullo, al menos todavía, no ha llegado el contagio.

Aun cuando el tiempo pase, se sigue diciendo “mamía” —apócope de alma mía— y “hey, sí” en medio de una conversación informal. Si tocan a la puerta respondemos con un “Vaaaaa”, el punto de randa La trinitaria continúa naciendo de la urdimbre, nos resistimos a decir que somos espirituanos si nos preguntan la procedencia y no existe nada mejor que una jaba de guano para ir a buscar los mandados. Y se sigue cantando el Miserere en latín cada Semana Santa, y la Plegaria de los Siete Dolores de la Virgen, y a cada rato se recuerdan a los locos del pueblo con sus dichos y costumbres inmortales, y las leyendas que aprendimos de la abuela o los libros de los cronistas.

Puede que ahora el añejo corazón de la villa simule más bien una avenida parisina, es cierto; piel adentro, sin embargo,seguimos suscribiendo con puntos y comas aquel nombramiento no oficial de República Federativa Independiente. ¡Y a mucha honra, mamía!