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No te has ido

No te has idoSe detuvo frente al cuadro colgado en la pared central de casa. Recorrió los arcos y las líneas discontinuas de la canaleta perdida que atraviesa la pintura. Reparó en las tonalidades, la profundidad, el tamaño de la obra. Alabó el pulso del pintor. “Es precioso”, dijo. Ella, la muchacha que admira el lienzo, vive en el país de Velázquez, Goya y Gaudí.

— ¿Quién es el autor?

— Un amigo

— ¿De aquí?

— Sí

— ¿Y vende?

Entonces noté que debí comenzar la conversación por el final, donde le explicaba que él se fue de este mundo. Increíblemente ha pasado casi un año y aún creo que se trata de una pesadilla, una ilusión, una falsa ausencia.

De frente al cuadro, una joven española calla y sucumbe ante la maestría técnica de un desconocido, quien, pese a su formación académica, nunca alcanzó fama lejos de su pueblo; un artista cuya obra jamás conoció galerías de renombre.

“La tristeza nunca se va del todo, se queda bajo la piel”, escribió Isabel Allende en La suma de los días. Y ahora la nostalgia llega para recordarme otra vez que es su espíritu el que deambula para siempre entre los aleros de tornapunta y la cafetera a punto de colar.

Juraría haberlo visto encima de las arcadas nacidas del pincel que alguna vez fue suyo, ese instrumento que emprendía vuelo y se ganaba el pan de cada día. Pero me cuesta creerlo. Para ello debo aceptar su partida definitiva, y aún me parece mentira.

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Regresarás

RegresarásA Iris

En un apartamento de Brooklyn vive una mujer que necesito por estos días. Hace más de dos décadas llegó a mi casa envuelta en el deslumbramiento de haber encontrado su media naranja en esta Isla del Caribe, y se inscribió para siempre en esa suerte de clan familiar que me ha enseñado, como dijera Isabel Allende, que no es necesario tener la misma sangre para pertenecer a la misma tribu.

En los últimos tiempos, los dolores —malditos e intrusos invitados que se presentan para aguar la fiesta de la vida— empezaron a frecuentarla con más asiduidad de la que ella les permitía para robarle el sueño y obligarla a bailar más boleros que salsa. Ella, sin embargo, con ese ímpetu heredado de su Puerto Rico natal, no les hacía mucho caso y sorteaba las mil y una talanqueras en materia de aerolíneas para llegar cada diciembre.

Un mes antes de mi tesis vino; volvimos a conversar, a comer pellejito de puerco asado, a tomar cerveza y a escuchar el disco de Natalie Cole. Pero yo no sabía que esa sería la última vez que atravesaría el umbral de casa.

“Dice que no viene más a Cuba”, nos informó mi tío en septiembre. Dos días después, sentado en el patio de su casa, hablé con ella. “Espero volverte a ver, no me importa”, le dije, y le repetí esa especie de regaño el día de su cumple, cuando otra vez el teléfono acortó la distancia.

Desde entonces me di la tarea de recopilar todo lo que más le gusta para tentarla a volver. Por eso le regalo las Flores Amarillas de Amelia en este post, y le prometo una copia de Portocarrero y Zaida porque no puedo permitirme una original. Juro hornearle cada día una panetela seca con edulcorante para mantener a raya la Diabetes y climatizarle la casa entera para que las temperaturas cubanas no la atormenten.

En un apartamento de Brooklyn vive una mujer que necesito por estos días; una mujer-tía a quien tengo que volver a abrazar; una mujer que se erige como la ausencia de este diciembre —porque ya a las otras ausencias me he resignado—.

Regresarás, estoy seguro, porque no has visto mi título de Licenciado, porque me debes un abrazo y un beso… Tú, mujer-tía que vives al norte de esta Isla, se lo prometiste a este sobrino-reportero que viste crecer…

Tercer naufragio

Tercer naufragio“Me parece mentira después de haber querido como he querido yo. Me parece mentira encontrarme tan solo, como me encuentro. ¿De qué sirve la vida si a un poco de alegría le sigue un gran dolor? Me  parece mentira que tampoco esta noche escucharé tu voz”. Alberto Cortez 

Por tercera vez en cinco años albergué la posibilidad de ser feliz y sacudirme la soledad. Por tercera vez sentí que esperaban por mí… Me ilusioné.

El barco empezó a navegar con calma. Todo iba surgiendo poco a poco, sin presiones. Mi celular almacenaba en un día más de diez “timbrazos” -artificio cubano para esquivar las altas tarifas para teléfonos móviles impuestas por la Empresa de Telecomunicaciones ETECSA, cuyo significado varía en dependencia de quién llame. Pueden interpretarse como “hola, cómo estás” o “¿qué estás haciendo?, te extraño, te necesito, te quiero…”-. Devolví cada llamada. En ocasiones marcaba yo.

Empezaron los detalles, intercambio de gestos, planes a corto plazo… El barco seguía su rumbo. La historia se iba escribiendo con la tinta del día a día. Así sucedió durante casi dos meses.

Una noche, sin embargo, comenzó a hablar de diferencias y perspectivas futuras distintas, de modos de pensar, de pocas cosas para ofrecerme. Entonces supe, en una suerte de presagio, que mi barco quedaría a la deriva, como sucedió 17 días después.

“Me vi de pronto con dos lagrimones, en el velorio de las ilusiones”, como cantara Ana Belén. “Pisando charcos bajo aguacero, también se puede cantar un bolero con estos labios que tanto hay callado, que tanto han mentido, que tanto han besado”.

Desde entonces mi alma tiene ritmo de bolero. Me quedé con versos por leer, con tarjetas y flores por entregar, con secretos por compartir. En mi reproductor todavía guardo melodías pendientes de dedicación. Existen canciones que nunca más he podido escuchar porque despiertan demasiados fantasmas. ¿Cómo se deja de querer de un día para otro?

Quienes conviven a diario conmigo dicen que ya no hablo de la libertad que defendí a capa y espada para aprovechar al máximo la Universidad. Y no están del todo errados, acaso por la rara sensación que provoca verte con un montón de aventuras y anécdotas para inmortalizar, con satisfacciones y puertas abiertas, pero con la mano tendida, a la espera de compañía para atravesar esas puertas.

“No se puede escapar del dolor; hay que domesticarlo, para que no moleste”, dijo Isabel Allende en La isla bajo el mar. En ese proceso llevo inmerso un tiempo bastante prudencial, pero no me acostumbro. Todavía confundo su rostro, su voz… Desde aquel día no he vuelto a soñar ni a querer. A veces creo que mi celular suena y cuando reviso el registro de llamadas, está vacío.

Entre el exilio y la incertidumbre

Entre el exilio y la incertidumbreHay exilios que muerden y otros/ son como el fuego que consume./ Hay dolores de patria muerta/ que van subiendo desde abajo,/desde los pies y las raíces/ y de pronto el hombre se ahoga,/ ya no conoce las espigas,/ya se terminó la guitarra,/ya no hay aire para esa boca,/ ya no puede vivir en tierra/ y entonces se cae de bruces,/ no en la tierra, sino en la muerte.

Pablo Neruda 

Aquel 17 de septiembre de 1973 debió ser terrible para muchos chilenos al ver que el Golpe Militar perpetrado por las Fuerzas Armadas y Carabineros, con la figura del General Augusto Pinochet como cabecilla del hecho, llegaría a una semana de establecido. Tal vez muchos no habían asimilado aun el suicidio de Salvador Allende y creyeron ver pronto el fin de aquel régimen porque, quizá, se trataba solo de una fiebre, que se cura en siete días.

No voy a escribir de política. No se me da bien. Para mí resulta un asunto complejo y subjetivo donde cada cual defiende a ultranza su postura. Yo respeto las ideas individuales, aunque no comulguen con las mías. Tampoco voy a entrar en el contrapunteo de si Allende hubiese conducido a Chile por rumbos prósperos o lo hubiese arrastrado a la miseria. Me reservo esos criterios.

Más allá de cifras de desaparecidos, torturas y crímenes -de indiscutible peso durante la dictadura de Pinochet- siempre he pensado en el terror, las lágrimas y las heridas que sufrieron las familias a partir de aquel 11 de septiembre.

Supongo debió ser extremadamente penetrante el dolor en el pecho de las madres cuando se vieron en la encrucijada de montar a sus hijos en aviones con rumbo a otros países, con la incertidumbre de si volverían a verlos alguna vez, antes de vivir con la zozobra de no verlos regresar a casa después del trabajo.

Imagino los matrimonios rotos, el desasosiego de los exiliados al verse en una tierra extraña y de cuántos malabares debieron valerse para luchar contra la nostalgia de estar lejos de su Patria, al punto de construir una tierra irreal en su memoria, lo más parecido posible al país de sus recuerdos, como mecanismo de defensa para escapar de la melancolía.

Así le sucedió a miles de chilenos que nunca más han logrado sacudirse el trauma del exilio y a 40 años de aquel día de espanto reviven los acontecimientos con exquisita precisión. Tales sentimientos todavía atormentan a la escritora Isabel Allende, según ha declarado en entrevistas y en varios de sus libros. “Mi mundo cambió en 24 horas. La vida, como era, se terminó para mí”.

Me produce escalofríos pensar en el constante sobresalto de quienes no tuvieron más remedio que quedarse, o así lo prefirieron, al sentir el toque de queda; en quienes murieron, por vejez o asesinados, sin imaginar que aquel calvario duraría más de una década y lo angustioso de vivir en una ciudad invadida por carros militares a toda hora, sumida en la desesperación, donde era preferible “no ver, no hablar, no oír para que la vida fuera más llevadera”, como dijera Irene Beltrán, personaje protagónico de la novela De amor y de sombras.

Eso es lo que más me asusta de la vida: cuando nos sorprende para mal y barre de un plumazo la realidad de un día para otro.

Cada 11 de septiembre, mientras los medios de comunicación recuerdan la desgracia acontecida en el Palacio de la Moneda, reaparece la punzada en el estómago, la pregunta de cuán terrible debió ser. A lo mejor son locuras mías, pero siempre me quedará la duda de saber si Salvador Allende, en un momento de relevación, logró avizorar el imprevisto final de su gobierno, cuál fue su último pensamiento, o si algún chileno clarividente vaticinó la ola de martirio y persecución que arrastró a esa nación del continente a una de las dictaduras más crueles de la historia de América Latina.