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El transporte en Cuba definido por una niña de Tel Aviv

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Por las venas de A corre sangre cubana e israelí. Con apenas 11 años descubre los parajes de Cuba cuando viene de vacaciones con su madre y sus dos hermanas.

Más allá de la postalita turística que a ratos suele ser esta isla para el extranjero, la madre de A quiere que sus hijas conozcan la realidad de aquí con sus bendiciones y sus demonios. Por eso lo mismo las lleva a determinado lugar en taxi que las monta en un ómnibus camino a casa. Sigue leyendo

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El primogénito que se convirtió en Héroe

El primogénito que se convirtió en HéroeQuizá la clarividencia de las primerizas rondaba por estas horas a Leonor Pérez Cabrera, una mujer que, si bien los libros históricos recuerdan con el calificativo de Doña, aquel 28 de enero de 1853 era apenas una jovencita de 25 años a punto de descubrir el milagro de la maternidad.

Tal vez mientras la comadrona preparaba las condiciones para recibir a la criatura, la muchacha repasaba fugazmente la travesía que vivió al partir de su natal Santa Cruz de Tenerife para anclar en La Habana, sitio donde, en 1852, conociera a quien se entregaría en cuerpo y alma: el valenciano Mariano Martí y Navarro, celador de policía.

Mas, ni el más renombrado adivino de la Cuba del siglo XIX pudo vaticinarle a Leonor la grandeza de quien llevaba en las entrañas, bendecido con el don de la inmortalidad incluso antes de nacer. Pero eso sucedería años más tarde, cuando a los 15 años el niño le entregó los primeros versos, titulados A mi madre.

Empapada en sudor, todavía exhausta por el esfuerzo de dar a luz, Leonor sintió el grito de su primogénito, José Julián Martí y Pérez, recorrer el último rincón de aquella casa de estilo colonial marcada con el número 41 —hoy 314—, enclavada en la calle San Francisco de Paula del barrio habanero de igual nombre. Ese fue el día del milagro.

Luego vendría el bautizo del recién nacido, el viaje a España, el regreso de nuevo a Cuba, el traslado de domicilios, los estudios en la escuela municipal del barrio de Santa Clara y más tarde, en el colegio San Anacleto, el encuentro con quien sería su amigo para siempre, Fermín Valdés Domínguez, hasta la llegada del 10 de octubre de 1868, cuando el sentimiento independentista enraizó definitivamente en aquel Martí aún imberbe.

Del resto se han encargado los eruditos: de estudiar —unas veces mejor que otras—, resumir, reseñar… la vida del más universal de los cubanos, despojado a veces de toda condición mortal, esculpido en mármol sobre un pedestal: el eminente filósofo, político, periodista, cónsul de varios países, el fundador del Partido Revolucionario Cubano, el artífice de la Guerra del 95, el hombre cuyas frases parecen venirle como anillo al dedo a toda situación.

De este lado de la web, sin embargo, cada 28 de enero recuerdo al joven de de 17 años, el 113 de la Primera Brigada de Blancos, apresado por un grillete, trabajando en las canteras de San Lázaro; al hombre desterrado, de salud inestable, que cayó de bruces ante la belleza de la cubana Carmen Zayas Bazán, al escritor de piezas teatrales, autor de los Versos Sencillos, Ismaelillo y La Edad de Oro.

A más de 160 años de su natalicio, Martí continúa sorprendiendo, acaso como advertencia de cuántos episodios quedan aún por narrar sin necesidad de grandilocuencias. A más de 160 años de su natalicio cabría replantearse qué imagen perdura —y se forma desde edades tempranas— en la memoria popular: si la de un inalcanzable y místico ser inmortalizado en plazas, parques y bustos, o la de un hombre —bendecido con la lucidez, eso sí—, pero que, ser humano, a fin de cuentas, nunca hubiera llegado a este mundo de no ser gracias a una mujer.

Trabajo

Trabajo -ISLANUESTRADECADADIA“Así sucedió, hermano, me quedé mudo”, me confesó cuando terminó de contar esta historia…

Un amigo pensó que pocas veces volvería a sorprenderse hasta que visitó una discoteca gay en La Habana el verano pasado; un sitio cuyo nombre es prudente olvidar.

Él es gay hace mucho tiempo y no lo esconde, pero la vida homosexual en “el interior del país”, como dirían los capitalinos, es apenas una llovizna comparada con el clima turbulento en las ciudades capitales; ese desvelo perenne donde casi nunca hay mar tranquila, sino un ajetreo constante en contra de las manecillas del reloj.

Noche de disco. Música en el escenario, humo y burbujas en la pista, ovejas con parejas y otras solitarias intentando ligar algún compañero.

Mi amigo estaba en la barra cuando se le acercó un muchacho con porte de galán: alto, bien parecido, con ropa a la moda… Mi amigo tiene pocos aires cubanos.

– Hola – lo saludó el muchacho.

Mi amigo respondió.

-¿Cómo te llamas?- continuó el primero.

– Ernesto -mintió por temor a que después le pesara haber dicho la verdad.

– ¿Trabajas?- volvió a preguntar el muchacho con porte de galán.

-Sí, soy farmacéutico, ¿y tú?- quiso saber mi amigo.

El joven habanero lo reparó de arriba abajo, mirando la ropa de marca y los supuestos aires foráneos de mi amigo.

– Yo estoy trabajando- le respondió.

¡Aquellos maravillosos granizados!

Aquellos maravillosos granizadosLas fotos que reseñan mi niñez, adolescencia y juventud están bien protegidas en álbumes guardados en un mueble de casa. A ese amasijo de imágenes en blanco y negro, tonos sepias y otros colores imposible de identificar a estas alturas regreso de vez en cuando para mantener los recuerdos nítidos.

En ese mar de memorias gráficas navega la fotografía de este post, tomada por una cámara extranjera, de aquellas con rollito, en un pueblo desconocido, que evoca mi fascinación por los granizados: bebida por la cual caminaba cuadras enteras y formaba perreta en pleno Parque de La Fraternidad, en aquellas excursiones veraniegas a La Habana.

Por aquel entonces mi papá me acompañaba cada agosto, y siempre que nos dábamos un saltico al Barrio Chino, yo reclamaba mi granizado de cola o fresa. Nunca me fijé en la cara de los vendedores ambulantes, sino en sus manos raspando el bloque de agua congelada con un instrumento cuyo nombre aun desconozco: una herramienta con una tapa superior, donde se acumulaban los trocitos de hielo, que luego vertía en los vasos de cartón -¡ah, esos vasitos sustituidos por el plástico!-; luego se secaba las manos, te preguntaba de qué sabor querías el granizado, tomaba el sirope de una de las botellas colocadas en la parte delantera del carrito -casi siempre al lado del listado de precios, ¿se acuerdan?- , endulzaba el hielo troceado y yo me iba feliz.

Tal algoritmo minucioso, inalterable despierta cuando estoy frente a quienes venden granizado hoy día para convencerme una vez más que, para mí, ese proceso ha perdido el encanto.

Ahora casi todos los cuentapropistas tienen un artilugio para apresar el hielo y, al darle vuelta a una manivela, ya sale triturado. Otros más afortunados, con familia “afuera”, exhiben unas máquinas eléctricas, muy sofisticadas ellas, con letreros de Frozen Drink o Snow Cone, como se le llama en los Estados Unidos. Ya no hay temor a que el envase de cartón se filtre porque te lo sirven en vasos plásticos, con absorbentes y todo; ya no lo endulzan solo con sirope, sino con todo cuanto se le ocurra a quien lo vende, desde extracto “pasado por agua” hasta polvito instantáneo, casi siempre de marca Piñata; ya no existen uno o dos sabores, sino hasta cinco para escoger; ya no cuesta 80 centavos, sino dos y hasta tres pesos cubanos.

No sé si será por las nostalgias, por los recuerdos, no sé… pero ya casi no tomo granizados porque no me saben igual. Salvo dos o tres oportunidades en la capitalina calle 23 o algún establecimiento de Oriente, han sido contadas las veces en que he vuelto a disfrutar de ese refrigerio que, al menos en Cuba, nos calmó el estómago en los años duros y los veranos ardientes.

No sé si será por mis remaches a la antigua, pero al verme con el vaso plástico en la mano vienen a la mente aquellos vendedores ambulantes de mi infancia raspando el hielo, dándole sabor con aromas que nunca más he vuelto a probar. Entonces, en un ataque desmedido de melancolía, reaparece la imagen de aquellos maravillosos granizados.