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La aventura de ser sacerdote en Cuba

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig.

Dos décadas más tarde, antes de poner un pie en el convento para iniciar el aspirantado, Fr. Raisel Matanzas Pomares, O.P. recordaría el domingo en que la hermana Ofelia, Religiosa de María Inmaculada (RMI), le vaticinó que tenía madera para ser sacerdote y que la Iglesia necesitaba vocaciones jóvenes.

Nada nada más remoto para aquel chiquillo imberbe que abrazar la vida consagrada. Perderse por las calles de la Chanzoneta, el barrio periférico donde nació, en Trinidad, y estudiar para ser alguien en la vida resumían las máximas ambiciones. Sigue leyendo

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El transporte en Cuba definido por una niña de Tel Aviv

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Por las venas de A corre sangre cubana e israelí. Con apenas 11 años descubre los parajes de Cuba cuando viene de vacaciones con su madre y sus dos hermanas.

Más allá de la postalita turística que a ratos suele ser esta isla para el extranjero, la madre de A quiere que sus hijas conozcan la realidad de aquí con sus bendiciones y sus demonios. Por eso lo mismo las lleva a determinado lugar en taxi que las monta en un ómnibus camino a casa. Sigue leyendo

El primogénito que se convirtió en Héroe

El primogénito que se convirtió en HéroeQuizá la clarividencia de las primerizas rondaba por estas horas a Leonor Pérez Cabrera, una mujer que, si bien los libros históricos recuerdan con el calificativo de Doña, aquel 28 de enero de 1853 era apenas una jovencita de 25 años a punto de descubrir el milagro de la maternidad.

Tal vez mientras la comadrona preparaba las condiciones para recibir a la criatura, la muchacha repasaba fugazmente la travesía que vivió al partir de su natal Santa Cruz de Tenerife para anclar en La Habana, sitio donde, en 1852, conociera a quien se entregaría en cuerpo y alma: el valenciano Mariano Martí y Navarro, celador de policía.

Mas, ni el más renombrado adivino de la Cuba del siglo XIX pudo vaticinarle a Leonor la grandeza de quien llevaba en las entrañas, bendecido con el don de la inmortalidad incluso antes de nacer. Pero eso sucedería años más tarde, cuando a los 15 años el niño le entregó los primeros versos, titulados A mi madre.

Empapada en sudor, todavía exhausta por el esfuerzo de dar a luz, Leonor sintió el grito de su primogénito, José Julián Martí y Pérez, recorrer el último rincón de aquella casa de estilo colonial marcada con el número 41 —hoy 314—, enclavada en la calle San Francisco de Paula del barrio habanero de igual nombre. Ese fue el día del milagro.

Luego vendría el bautizo del recién nacido, el viaje a España, el regreso de nuevo a Cuba, el traslado de domicilios, los estudios en la escuela municipal del barrio de Santa Clara y más tarde, en el colegio San Anacleto, el encuentro con quien sería su amigo para siempre, Fermín Valdés Domínguez, hasta la llegada del 10 de octubre de 1868, cuando el sentimiento independentista enraizó definitivamente en aquel Martí aún imberbe.

Del resto se han encargado los eruditos: de estudiar —unas veces mejor que otras—, resumir, reseñar… la vida del más universal de los cubanos, despojado a veces de toda condición mortal, esculpido en mármol sobre un pedestal: el eminente filósofo, político, periodista, cónsul de varios países, el fundador del Partido Revolucionario Cubano, el artífice de la Guerra del 95, el hombre cuyas frases parecen venirle como anillo al dedo a toda situación.

De este lado de la web, sin embargo, cada 28 de enero recuerdo al joven de de 17 años, el 113 de la Primera Brigada de Blancos, apresado por un grillete, trabajando en las canteras de San Lázaro; al hombre desterrado, de salud inestable, que cayó de bruces ante la belleza de la cubana Carmen Zayas Bazán, al escritor de piezas teatrales, autor de los Versos Sencillos, Ismaelillo y La Edad de Oro.

A más de 160 años de su natalicio, Martí continúa sorprendiendo, acaso como advertencia de cuántos episodios quedan aún por narrar sin necesidad de grandilocuencias. A más de 160 años de su natalicio cabría replantearse qué imagen perdura —y se forma desde edades tempranas— en la memoria popular: si la de un inalcanzable y místico ser inmortalizado en plazas, parques y bustos, o la de un hombre —bendecido con la lucidez, eso sí—, pero que, ser humano, a fin de cuentas, nunca hubiera llegado a este mundo de no ser gracias a una mujer.

Trabajo

Trabajo -ISLANUESTRADECADADIA“Así sucedió, hermano, me quedé mudo”, me confesó cuando terminó de contar esta historia…

Un amigo pensó que pocas veces volvería a sorprenderse hasta que visitó una discoteca gay en La Habana el verano pasado; un sitio cuyo nombre es prudente olvidar.

Él es gay hace mucho tiempo y no lo esconde, pero la vida homosexual en “el interior del país”, como dirían los capitalinos, es apenas una llovizna comparada con el clima turbulento en las ciudades capitales; ese desvelo perenne donde casi nunca hay mar tranquila, sino un ajetreo constante en contra de las manecillas del reloj.

Noche de disco. Música en el escenario, humo y burbujas en la pista, ovejas con parejas y otras solitarias intentando ligar algún compañero.

Mi amigo estaba en la barra cuando se le acercó un muchacho con porte de galán: alto, bien parecido, con ropa a la moda… Mi amigo tiene pocos aires cubanos.

– Hola – lo saludó el muchacho.

Mi amigo respondió.

-¿Cómo te llamas?- continuó el primero.

– Ernesto -mintió por temor a que después le pesara haber dicho la verdad.

– ¿Trabajas?- volvió a preguntar el muchacho con porte de galán.

-Sí, soy farmacéutico, ¿y tú?- quiso saber mi amigo.

El joven habanero lo reparó de arriba abajo, mirando la ropa de marca y los supuestos aires foráneos de mi amigo.

– Yo estoy trabajando- le respondió.