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Asalto de espíritus

Asalto de espíritusParecía un espejismo a plena mañana. Inesperadamente, cinco estatuas humanas habían invadido la Plaza Mayor de Trinidad. Tal vez para muchos esta sea una estampa recurrente, y hasta monótona, en las calles de otros países, pero estas imágenes sacudieron al sábado de sus desquiciantes temperaturas para convertirlo en una jornada única, al menos para mí.

Quienes hayan caminado por el corazón del Centro Histórico de esta villa, coincidirá conmigo que es un sitio de ensueño. Y no es que el apego a mi Ciudad Mueso me nuble el juicio. Basta ver cómo los visitantes sucumben cuando caminan por las piedras y los lentes de las cámaras se desorbitan intentando captar cada detalle de los palacetes enmarcados alrededor de la Plaza. Algunos imitan la pose de la estatua de Terpsícore localizada en su centro, otros prefieren recostarse en los bancos para mirar las palmas, al cielo, a evocar momentos, a romancear…algo de sortilegio debe tener un lugar capaz de provocar tales sensaciones. 

Pero aquel payaso vestido con retazos de periódicos, Yemayá, la diosa de los mares del panteón yoruba, con un caracol en mano, recostada al empinado farol; la esclava con un niño en su regazo, el hombre de hojalata y la monja de pie con el antiguo convento de San Francisco de Asís al fondo, establecieron una comunicación indefinida con el entorno, al punto de crear en mí la sensación de verlos como espíritus que protegían la ciudad.

Apenas trascurrieron cinco minutos cuando aparecieron las expresiones de asombro por este acontecimiento sin precedentes. Desde cada rincón llegaron los niños, dispuestos a curiosear con esa inocencia tan suya, y familias enteras al enterarse de aquella invasión bendita. Hasta quienes pasaban de casualidad quedaron absortos al ver interactuar a los personajes con quienes le acercaban una ofrenda.

Para otros pudieron parecer meros gestos, pero algo de místico encontré en las caricias de Yemayá a una mujer, en las palabras que la monja le susurró a un niño, en el Ave María pronunciado delante de una anciana, que rezó con ella y se persignó como si hubiese conversado con un espíritu. Aquel tap improvisado por el hombre de hojalata, embobecían a las personas mayores; los cantos en lengua yoruba entonados por la mujer a su bebé y las flores de origami junto a los mensajes repartidos por el Payaso de la Paz, según aparecía en su pedestal de papel, venían impregnados de un simbolismo. Así lo sentí, aunque parezca incierto.

Al mediodía el sol arreció demasiado, y terminó espantándolos. Pero ya era imposible desprender a la Plaza Mayor del encantamiento producido en horas de la mañana, cuando una masa se congregó sin aviso previo en torno a las figuras-en menos de media hora aparecieron cientos de personas, según cálculos a simple vista-. Entonces otra vez quedó claro que este pueblo no está signado por la desidia, como aseguran muchos, sino carente de opciones refrescantes, con la capacidad de sorprender, de hacer a un ama de casa desprenderse del fogón.

Tanto resultó el impacto que desde ahora los invito a acompañarme el domingo próximo en Lente Compartido, mi blog de fotografía, para compartir las imágenes captadas por mi cámara y vean que no hiperbolizo cuando titulé el post de este martes “Asalto de espíritus”.

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El inseguro final de la Academia

El inseguro final de la AcademiaAl final terminaré creyendo en la sentencia tantas veces pronunciada por Carlos Joaquín Zerquera y Fernández de Lara, fallecido historiador de Trinidad, acerca de las maldiciones hechas por los esclavos para impedir que la ciudad prosperara tal cual merece.

“En cada esquina descansa un objeto bajo tierra, sepultado con el mayor recelo por los negros arrancados de su África natal como venganza al desarraigo, a la humillación sufrida a manos de los colonizadores”, decía aquel hombre de corta estatura e inteligencia desmedida, sentado en el sillón de mi casa.

Prefiero acogerme al mito para explicar el desasosiego que tengo después de leer sobre la encrucijada en el cuartel de Dragones, gracias a la pericia de Enrique Ojito Linares, reportero del semanario Escambray, sobre la tan llevada y traída clausura de la Academia de Artes Plásticas Oscar Fernández Morera, de Trinidad.

Al principio también creí poco en los comentarios de acera, pero al conocer que “el destino de la Academia (…) permanece con signos de interrogación, mientras sigue callada la voz del Centro Nacional de Escuelas de Arte”, el desasosiego crece por días porque el hecho de aludir al problema-aunque todavía no hay veredicto alguno, aclaro- permite dilucidar que “algo” se cocina en las altas esferas.

Más allá de reordenamientos, me preocupa cómo Trinidad debe desprenderse de una institución de referencia nacional de cuyas aulas-talleres han emergido artistas de altísimo nivel, un lugar que ha evolucionado dentro de la ciudad misma: desde la itinerante Escuela Elemental de Artes Plásticas, fundada en la década del ´70, hasta la hoy Academia de Artes Plásticas Oscar Fernández Morera, establecida en su actual sede -único cuartel de Dragones que se conserva en Cuba, cabe notar-; un sitio con las condiciones óptimas para el proceso de aprendizaje de las distintas manifestaciones de las artes plásticas no solo a jóvenes de la localidad, sino a otros llegados de diferentes provincias.

Cada vez duele más ver cómo una villa a las puertas de su 500 cumpleaños, lejos de acumular triunfos, es despojada de lo poco que ha sobrevivido a debacles de toda índole, desde las diferencias históricas con otras ciudades del país y la cabecera provincial hasta las consecuencias de liderazgos signados por la apatía y el poco interés en rescatar la vida cultural del terruño.

Tal vez algún esclavo, en una suerte de Melquíades africano, vaticinó en lengua yoruba el destino del inmueble mientras permanecía en el barracón inhóspito que fue este lugar hacia 1818, y entonaba la profecía a viva voz aunque los españoles no lo entendieran. Quizá los brujos previeron cómo el edificio sería modificado para fines militares y se inauguraría el cuartel de Dragones, más tarde devendría en estación ferroviaria, luego en la Academia y terminaría presa en las brasas de la incertidumbre, a la espera de un final que, ojalá esté equivocado, será el destierro.