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Cuna de oro

En busca de un día lo más cercano posible a lo perfecto decidí inaugurar la Isla nuestra a solo horas para cumplir 23 años, este 23 de mayo. ¡Vaya coincidencia! Las coordenadas de este encuentro semanal están bien trazadas pero, como este es el primer post y mañana me pongo más viejo, permítanme dedicar estas líneas a una frase que ha marcado mi vida.

Mis compañeros de aula -desde la primaria hasta los de la universidad- sostienen con una firmeza tremenda que nací en cuna de oro. Me han tildado de burgués, aristocrático, sangre azul, miembro de la alcurnia, descendiente de una estirpe de condes y marqueses, entre tantas otras locuras. No me gusta la idea, para nada: me molesta, aunque lo disimule con una sonrisa y siga la corriente del chiste…

Durante años intenté visualizar a mis padres sentados en un trono, pero siempre los veía trabajando; busqué ese pesebre tejido con hilos de oro, con piedras preciosas incrustadas donde me puso la cigüeña y nunca lo encontré.

Sin embargo, a las puertas de mis 23 años me doy cuenta que mis amigos tienen razón hasta la mitad: sí nací en cuna de oro, pero no una repleta de monedas como los cofres de los piratas, ni relacionada con el linaje de Enrique VIII o una fortuna financiera –que nunca ha existido, aclaro- sino con adornos más atractivos.

No piensen que tomo los caminos viciados de la cursilería. Esto no es culto a la personalidad. Es mi realidad, así de simple. Las siguientes declaraciones no son nuevas pero hoy me tomo la libertad de compartirlas.

Primero: mis padres están vivos, casados hace más de 20 años, todavía juntos, profesionales ambos y cuento con su apoyo en cada una de mis locuras. Me invitan a ir siempre a escalar más alto porque “el saber no ocupa espacio”, a permanecer con los pies en la tierra porque la vida es un cachumbambé pero, sobre todo, a apreciar la amistad.

Segundo: tengo una infinidad de “tíos postizos” que me dan aliento desde la distancia, muchísimas personas a mi alrededor quienes, con sus pro y sus contras, me ofrecen todo cuanto esté a su alcance, corren conmigo en mis apuros, disipan inseguridades de toda índole. Otros, recién llegados, me han caído del cielo para ayudarme en mi vida personal y profesional; mis amigos-aunque no muchos- son los necesarios, de puntería. ¿Qué más puedo pedir?

Si ir de la mano de mi abuelo al parque a montar mi desaparecido velocípedo o escucharlo disertar sobre la lucha contra bandidos en Trinidad; acompañar a mi padre a exposiciones de artes plásticas y mirar el colorido de los cuadros aún sin entenderlos; si leer “Los zapaticos de rosa”, a Gabriel García Márquez u oír a mi madre tararear una canción de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Nino Bravo, Bee Gees hasta Willy Chirino; si aprender a no ser ciego y buscar los matices de cada momento, desafiar la inercia y lo desconocido… son argumentos válidos para nacer en cuna de oro, permítanme decir a boca llena que todavía tengo la suerte de vivir en una. Y soy feliz.

Nota: Prometo que esta Isla nuestra tendrá post más interesantes. Para comprobarlo, los espero el martes próximo.

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