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Recompensa

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig.

Al verlo así, inmensamente feliz, te das cuenta que irías a Plutón para buscarle un asteroide si te lo pidiera, nadarías hasta el mismísimo fondo del mar si te lo pidiera, le envolverías una estrella si te lo pidiera… Todo para tener su sonrisa como recompensa. Sigue leyendo

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Estoy viva

Estoy viva

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

A LTA, con la esperanza de que las palabras se transformen en el abrazo que la distancia me impide darte.

Cuando escuchas que México tembló y la ciudad se redujo a escombros se te encoge el alma, pero cuando sabes que un amigo (de esos imprescindibles) vive ahí, tu alma colapsa y tiemblas tanto como la ciudad.

Del otro lado de la pantalla de la computadora también se sufre y llora, más cuando buscas señales de vida en Messenger, en Facebook porque sabes que IMO no va funcionar, y no ves la luz verde encendida al lado de su nombre. Del otro lado de la pantalla, entonces, a uno se le va la vida. Sigue leyendo

Grafiti

Estaba en una ciudad ajena. El sol comenzaba a diluirse en el océano ante sus ojos, y que a él le servía de escenario para una sesión de fotografía.

En un momento de descanso, tuvo la idea de tomar imágenes de su sombra; recurso nada novedoso, pero al menos aliviaba el cansancio luego de horas presionando el obturador. Sigue leyendo

Aguas prohibidas

Aguas prohibidasLa muchacha que a ratos desanda el puente de Brooklyn no puede conocer el fondo del mar del país donde nació. Ella, que le bastaba una bicicleta para llegarse a la costa; que despertaba y dormía con el olor a salitre en el cuerpo; que mataperreaba en aquel pueblito de pescadores, le cuesta aceptar que, con más de tres décadas en las costillas, las profundidades del mar que tanto veneró —y todavía venera— aun le resultan ajenas.

“No se puede, eso es solo para turistas”, le explican. Comenta de su carnet de buzo, de cómo se ha sumergido en otras aguas y las deidades del océano le han mostrado las maravillas escondidas allá, donde dicen habitan las sirenas. Mas, pese a los tesoros descubiertos, ese mar siempre le será forastero.

Intenta de nuevo, pero es en vano. “No se puede, es solo para turistas.”, le repiten. El aval que la califica no tiene más peso que la ley que le pone límites al mar de su isla.

Inevitablemente, desvía la mirada hacia los tanques de oxígeno, al equipamiento amontonado en el rincón. Se resigna. Camina hacia la orilla para que el oleaje le acaricie los pies. “Y saber que uno está aquí, a casi nada para perderse mar adentro y ver el arrecife. Mi arrecife”, suspira.

Porque las olas y la arena también cuecen sus esencias, en el itinerario de su agenda vacacionista está, como una constante, el viaje a la playa. Su playa. Y a ratos los ojos se le pierden en el horizonte, fabulando con los secretos que yacen en el fondo del mar. Su mar.

La muchacha que desanda el puente de Brooklyn tiene las aguas de sus nostalgias presas en el teléfono celular. A ratos vuelve a perderse en las imágenes de la espuma, del sol besando el infinito, de la gaviota surcando el atardecer… y se aferra al día en que se perderá en los predios de Yemayá, la verdadera dueña y señora de los mares del país donde nació.