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Bajo la pluma del Maestro

Bajo la pluma del maestroTambién él tuvo que lidiar con lectores inconformes, acontecimientos de último minuto, emergencias y tragos amargos. Quizás tuvo que enfrentar períodos de menos abundancia para sacar sus escritos de la imprenta con el mínimo decoro. A fin de cuentas su grandeza no se había escrito todavía. Era, simplemente, el hombre que desde los 15 años había sucumbido al encanto de la escritura, cuando puso en manos de doña Leonor sus primeros versos: A mi madre; el hombre que hizo de la cuartilla en su tribuna de expresión.

Mas, ni siquiera en la jornada más tempestuosa dejaron salir palabras de su pluma, y no precisamente las más apegadas a la literatura, sino las que retrataban las luces y sombras de la realidad que le tocó vivir. Era, simplemente, un periodista de aquellos años.

Lo que sí no pudo prever Martí fue que, siglos después, erigirían una especie de estandarte, de declaración de principios para quienes decidieron consagrar su existencia al oficio que cierto escritor latinoamericano calificó como el más bello del mundo.

“No es el oficio de la prensa informar ligera y frívolamente sobre los hechos que acaecen (…) Toca a la prensa encaminar, explicar, enseñar, guiar, dirigir; tócale examinar los conflictos (…) tócale proponer soluciones, madurarlas y hacerlas fáciles, someterlas a consulta y reformarlas según ella; tócale, en fin, establecer y fundamentar enseñanzas si pretende que el país le respete, y que conforme a sus servicios y merecimientos, la proteja y la honre”, escribió el 8 de julio de 1875.

Tales ideas, sin embargo, a veces parecen caer en la hojarasca de las gavetas institucionales, parecen más hechas para los libros de teoría que para el periodismo nuestro de cada día. Tales ideas encuentran, a veces, un listón muy difícil de esquivar frente a los muros desde donde se dicta silencio.

La fuente informativa que cierra la puerta, el funcionario que se escabulle delante de nuestras narices, el jefe que intenta pasar gato por liebre, el líder bendecido con la potestad de no ofrecer declaraciones… aparecen una y otra vez durante el ejercicio reporteril cotidiano, ¿acaso de por vida?

¿Dónde quedan las misiones que encomendara Martí a la prensa de explicar, fortalecer y aconsejar, de hacer estudios de las graves necesidades del país para fundar sus mejoras? ¿Dónde queda aquello de “aceptar lo que viene en forma de razonado consejo”? ¿Dónde queda aquello de que “la prensa no puede ser, en estos tiempos de creación, mero vínculo de noticias, ni mera sierva de intereses, ni mero desahogo de la exuberante y hojosa imaginación”.

Pese a asistir a las más disímiles recreaciones de la vida del más universal cubano —desde las más realistas, hasta las premiadas de alto concepto estético—, por parte de las letras, sin embargo, todavía falta largo trecho para aspirar a aquel periodismo nuevo y diferente que aspiraba el Héroe Nacional cuando comenzó a escribir en El Diablo Cojuelo.

Como expresara una colega: “Lo que no imagino es al Apóstol solicitando permiso para escribir sobre tal o más cual tema, esperando en su sillón de Nueva York por los datos que prometió enviarle cierto funcionario que, a su vez, debía consultarlo con el nivel central; no lo imagino, definitivamente, cambiando por eufemismos sus metáforas más osadas. Él —escrito así, en mayúsculas, como suele imprimirse el nombre de Dios— no lo habría permitido”.

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Si ellos supieran…

???????????????????????????????Existen lugares en Cuba donde se estampan héroes que no son los nuestros. Se parecen, pero esas figuras de trazos grotescos solo comparten algún que otro rasgo fisonómico con los hombres y mujeres que históricamente nos enseñan a honrar, nada más.

En el presunto caso de tratarse de un desliz por parte de este observador, deduzco que los autores tuvieron como patrón la fotografía menos feliz de cada mártir, las imágenes de “lo que usted no vio” o, quizás, la caricatura hecha por algún compañero de lucha en la manigua o la Sierra en un rato de descanso.

De a poco las paredes de empresas, escuelas urbanas y rurales, círculos infantiles… transmutan en una especie de tapiz surrealista signado por la presencia de rostros de escasa estética, más próximos a la parodia que a la legitimación de los próceres. Por eso no es extraño ver la figura de Martí con una delgadez extrema, a Maceo con un bigote prominente o al Che con una barba demasiado tupida, por aludir solo a los más recurrentes.

Frente a dichos ¿retratos? el proceso de identificar varía de acuerdo con la capacidad de asociación de cada cual —sí, porque no piense que es algo sencillo—. Por eso no resulta extraño ver a los niños boquiabiertos, intentando dilucidar a quién tienen delante. Y esto solo ocurre cuando, en medio de la burda imitación, salta a la vista un elemento capaz de desbloquear la mente. Por ejemplo: una sonrisa amplia para reconocer a Camilo, una boina con una estrella para el Che… De lo contrario, queda la duda.

Entonces lo que estuvo concebido para fomentar el respeto hacia quienes vivieron por y para Cuba, desencadena una acción contraproducente que repercute de manera gradual en las lides ideológicas, sobre todo en los más pequeños.

Nadie sale ileso del sutil acto de deslegitimación y hasta aquellos que aun no han pasado a la eternidad sufren las consecuencias. Llegado el punto donde proliferan estos héroes indefinidos cabría replantearse en manos de quién se ponen los muros y las fachadas devenidas sitios para conmemorar a los patriotas.

Si ellos supieran, seguro prohibirían entregar óleos y pinceles a aficionados inexpertos que lastran la iconografía de los mártires.

Sobre esta isla se cierne una avalancha de hombres con machete en mano y uniformes verde olivo; uno tiene una pluma en la mano y viste de negro, otros desembarcan de un yate. Me parecen conocidos, pero cuando me acerco, no logro identificarlos.

Violetas para ti

Violetas para tiA la memoria de Teresita Fernández

El contacto más cercano que tuve con Teresita Fernández durante toda mi existencia fueron sus canciones. Crecí con ellas. Mi mami, apasionada a los gatos, me cantaba la del gatico Vinagrito; mi padrino -muchas veces a dúo también con mami- la del conejito majadero, el que siempre se olvidaba de su llavero y buscaba su zanahoria entre la hierba verde, y unas tías postizas interpretaban el tema de la palangana vieja en aquellas descargas improvisadas en mi casa.

Teresita Fernández fue de esas personas que nació para dar amor. Y escribo “fue” porque este lunes Teresita cruzó el umbral hacia el limbo de melodías y composiciones creado por ella misma, acompañada de su guitarra y los personajes que nacieron de su pluma, esos seres convertidos en canción que han visto crecer a familias enteras a lo largo de los años.  

¿Quién no entonó alguna vez ♪amiguitos, vamos todos a cantar porque tenemos el corazón feliz (…) Si por el día, con alegría, el sol de oro vemos salir, el nuevo día con sus colores es quien nos pone el corazón feliz…♪. ¿Cuántas madres no arrullaron a sus niños con ♪dame la mano y danzaremos, dame la mano y me amarás, como una sola flor seremos, como una flor y nada más…♪?

Teresita tenía un ejército de duendes dentro. Sí, porque persona común no puede crear tantas maravillas con solo combinar notas y acordes, no puede musicalizar los versos del libro Isamelillo, escritos por Martí, ni las rondas escritas por Gabriela Mistral como lo hizo ella. No todo el mundo puede enseñar a poner un poco de amor a las cosas feas para que la tristeza cambie de color. No todo el mundo puede dejar una misma huella en tantos corazones… Para hacer eso hay que tener duendes dentro.

Dicen que en su apartamento, en La Habana, tenía una palangana vieja con violetas sembradas; que Vinagrito existió de veras y que Vicaria, la lechuza de sus canciones, la visitaba de noche.

Esta santaclareña no tuvo hijos, pero la vida la convirtió en una suerte de matrona de niños, adolescentes, jóvenes y adultos porque nadie escapa al sortilegio  de sus composiciones.  Por eso Liuba María Hevia, un día en que Teresita le comentó de su soledad, le respondió: “no tienes hijos, pero has dado vida a canciones que son como hijos. ¿Quien ha abrazado a tantos niños en este país?, tienes muchos motivos para ser una mujer feliz, Teresita”.

Las letras de Teresita me han acompañado en los últimos meses porque tengo en mi reproductor el disco Liuba canta a Teresita, un fonograma que ha despertado estampas de mi niñez, adormecidas por el tiempo. Parecerá mentira, pero a mi tía, a sus 70 años todavía le estremecen sus canciones.

Ahora mismo, mientras escribo, escucho el disco. Aquí, conmigo, están la señora manatí, sirenita del mar; la lagartijita verde, tía jutía, con su delantal blanco llenito de romerillo; Pitusa y Eusebio…, y está Teresita, a quien le digo, parafraseando su canción Titiritero: “tu fantasía fue la alegría de mi niñez (…) tu fantasía trae la alegría de un amanecer”.

La esencia en su nebulosa

La esencia en su nebulosaA veces tengo la sensación de vivir en un país que no es el mío, al menos no donde nací hace 24 años. No importa si estoy en Santa Clara, La Habana, Viñales, Pinar del Río o Trinidad; la impresión es la misma: cada vez me siento más alejado de la hornada de adolescentes que veo a diario en las calles.

Mi generación se ha enfrentado a tantos cambios que cierta vez, cuando estudiaba en Secundaria Básica, una profesora nos clasificó como  “los conejillos de indias” por convertirnos en una especie de probetas para los ensayos en el sistema educativo cubano, desde el experimento de reducir los grupos a 30 estudiantes y ponderar las video-clases sobre el contacto presencial con los profes, hasta las Pruebas de Ingreso a la Universidad, cuando se decidió dejar Historia de Cuba como examen común y el resto- Español, Matemática y Biología- de acuerdo al perfil de la carrera, por solo aludir a transformaciones en el sector educacional.

Sin embargo, a pesar de los vaivenes, de las bruscas sacudidas, mi generación se mantuvo lo más incólume posible. Aunque de vez en cuando asomaran intentos de rebeldía, no pasaban de un ataque de rabia adolescente. La tecnología nunca devino elemento divisorio entre nosotros.

Quizá desde aquel tiempo era previsible que quienes venían detrás estaban signados por otros preceptos, pero nosotros,  chiquillos imberbes, sumidos en cambios hormonales, no fuimos capaces de avizorarlo. Pero ni siquiera el más lucido pudo pronosticar que a estas alturas Cuba se vería enfrascada en una batalla para defender a mansalva su acervo inmaterial ante el asedio de patrones y paradigmas extranjeros, extremadamente lejanos a su idiosincrasia.

A la mayoría de los adolescentes de hoy, para dejar un margen de error, la vida les sorprende con botines en pleno verano y enguatadas en la playa, vestidos como si hubiesen nacido en otro país, sentados frente a una pantalla -cualquiera que sea-, embebidos de novelas y seriales foráneos. Yo consumo algunos de esos productos audiovisuales, disfruto mucho de la música en inglés, aclaro, pero todo en su justa medida; nunca se me ocurriría combinar una bufanda con una camiseta en agosto.

Este sábado observaba a los adolescentes en el parque. El desfile era tan homogéneo que por momentos pensé se trataba de seres clonados. En los pulóver, vestidos, faldas, pantalones, zapatos… solo variaba la tonalidad. La mayoría usaba gafa a plena noche, andariveles más vinculados a una pandilla o tribu urbana y aparatos tecnológicos en las manos, en un intento de ostentar una independencia económica que no tienen, porque ninguno trabaja todavía. En medio de aquel paisaje, lo juro, me sentí fuera de sitio.

No critico los gustos estéticos de cada cual -¿quién soy yo para semejante osadía?-, pero ese mare magnum debe tener cierta dosis de infección en tanto ha devenido costumbre, más que paliativo a los descalabros en las industrias cubanas afines. Una infección que, por lo menos a mí, me preocupa más que cualquier crisis financiera porque conduce, sigilosamente, a una pérdida de identificación con lo autóctono, con lo legítimo de tu tierra.

Aun cuando se manejen conceptos como Aldea Global o Era sin fronteras, nunca he escuchado que esta, la nuestra, sea la Era de la falta -o pérdida- de identidad. Aun cuando las tecnologías han dado al traste con los límites geográficos, un chino no es igual a un español, ni un estadounidense a un inglés. Cada quien conserva su propia esencia, y las lleva consigo aunque decida emigrar.

Por eso a veces temo que esta isla caribeña se convierta en una ajena a la mía, culturalmente hablando. Ojalá los adolescentes defendieran a Guillén o a Martí con la misma vehemencia con que discuten de la tecnología Androide; que no confundieran el danzón con el casino si les preguntan cuál es el baile nacional; que sin ser ciegos a las miles de vallas que faltan por saltar, defendieran con orgullo la herencia cultural del país donde nacieron…,  y no vieran como “una alternativa extremadamente «chea»” la opción de discutir la Tesis de Licenciatura con una guayabera o una camisa sobria, no con un traje comprado en las tiendas de bajo costo de cualquier país latinoamericano.