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Repentista de ciudad

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Como todo guajiro que se respete, Mateo Chaviano nació en pleno monte. En Báez, para ser exactos, un punto de la geografía de Sancti Spíritus, pero el destino lo llevó a recalar en el reparto Armando Mestre, en Trinidad, medio siglo atrás.

Con más de 70 años surcándole el rostro, Mateo debe ser el único repentista citadino de la villa, al menos de los que quedan en activo y, el más querido en los campos del Escambray. Sigue leyendo

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Un pueblito de Buñuel

Un pueblito de Buñuel islanuestradecadadiaLa Bajada no aparece en ninguna guía para extranjeros  ni en los mapas de los cuadernos de geografía de las escuelas. Tal vez ese anonimato es lo que mantiene virgen e inmune a este pueblito localizado a pocos kilómetros del comienzo de la Península de Guanahacabibes, en Pinar del Río.

Quienes peinan canas reviven el día en que abandonaron los precarios bohíos enclavados en las lomas para instalarse en una de las casas de madera mandadas a construir por el Che, con el afán de congregar a los carboneros dispersos por la zona. Así nació esta suerte de aldea mística frente al mar, según cuenta Tomás, un hombre de 60 años, con la piel curtida por el salitre, hijo de Mireya, la mujer más longeva de La Bajada, a saber, quien murió a los 92 años, hace casi un lustro.

El máximo desarrollo que ha experimentado el lugar son los techos de fibrocemento y la mampostería, que nunca lograron sustituir completamente a la madera; más bien llegaron para coexistir con ella. Un total de 31 viviendas y 100 habitantes conforman el paisaje demográfico de La Bajada, donde la electricidad llega a partir de las siete de la noche hasta las cinco o seis de la madrugada, según la vena del trabajador de la planta eléctrica, localizada a seis kilómetros del pueblo. Las paredes interiores de las casas no alcanzan el techo, así se garantiza una mejor circulación de aire, las puertas permanecen cerradas para evitar los daños por el exceso de salitre y solo al mediodía, cuando el sol arremete, se abren para dejar correr la brisa del mar y los ancianos duermen la siesta.

Entre la estación meteorológica, ubicada bien cerquita, el monte y el viaje a municipios cercanos se desenvuelve la vida laboral de La Bajada. Hay cuatro opciones: convertirse en biólogo del Parque Nacional Guanahacabibes, vaticinar las inclemencias del tiempo, cazar jutías y puercos jíbaros o trabajar en cualquier establecimiento de otro pueblito. No han sido pocas las veces en que la furia del mar y los ciclones han forzado a los lugareños a trasladarse a los albergues del municipio Manuel Lazo, pero ellos se resisten a la emigración definitiva. Por eso han desarrollado un sistema infalible: al mínimo indicio de evacuación  encaraman sus pertenencias en una camioneta colectiva y “dejamos la casa solo con el suelo hasta que pase el mal tiempo. Después regresamos porque el mar no es más fuerte que nosotros”.

De lunes a viernes, en la mañana, 15 niños caminan rumbo a la escuelita Isaac Crespo, ahí estudian hasta sexto grado. Luego se van a Manuel Lazo para la Secundaria Básica y el Pre. Algunos continúan hasta la Universidad, otros apenas terminan el 12. Lo que sí es común es el regreso de la mayoría a esa especie de paraíso desconocido que es La Bajada. “Por mucho que intentas desprenderte de aquí no puedes”, confesó Yusniel,  un «bajero» de nacimiento, egresado de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI). Aún cuando este joven de 30 años intentó adaptarse a los aires capitalinos de La Habana, volvió junto a su esposa Lisandra. Hoy Carlos Esteban, su hijo de ocho meses, es el más joven en ese paraje de ensueño.

Al atardecer se ve a los niños jugar con caracoles, conchas o esqueletos de cangrejos. Los fines de semana los jóvenes y los adultos juegan voleibol mientras los viejos miran el “campeonato” desde los portales. A tal punto llega la pureza de este sitio que no se tienen noticias de presencia religiosa por estos lares. Ni curas ni monjas, ni capilla o  iglesia figuran en la historia de La Bajada, donde “cada quien cree en lo mismo que nuestros padres, en la Virgen de la Caridad y Santa Bárbara”, comentó Cuqui, la esposa de Tomás.

Después de convivir durante tres días en esta comarca, de hablar con su gente y disfrutar de comida hecha a la vieja usanza supe por qué el capitán del viaje donde me enrolé bautizó el poblado como “un lugar tan surrealista como las películas de Luis Buñuel”. Mientras la vorágine de las ciudades marca el ritmo de la cotidianidad, el tiempo de La Bajada lo dictan la felicidad de la gente, el sol, el sonido del mar y la profecía del eterno retorno.

Ensoñación de primavera

Ensoñación de primaveraSucedió en abril. La noche sería de guitarra, cajón y rumba flamenca, de luces y aplausos. Para ellos, además, la noche olía a enamoramiento.

Semanas antes iniciaron una correspondencia furtiva, un intercambio de mensajes entregados cuando los otros desviaran la atención. Las notas escritas con caligrafía nerviosa, empapadas de la fascinación de haberse encontrado inesperadamente, les producían un cosquilleo en el estómago, un sobresalto constante cuando sus miradas coincidían en medio de discursos latosos.

Llegó el momento en que necesitaron decirse frente a frente las palabras apresadas en papel. Se dieron cita lejos de la ciudad. Conversaron con absoluta franqueza de los sentimientos sofocados en el pecho, se confesaron los temores, los escollos a sortear… y decidieron correr el riesgo.

Aparecieron las escapadas a cualquier hora del día, las excusas con los amigos para justificar por qué llegaban tarde a los lugares, por qué se quedaban embobecidos a pleno mediodía, por qué si uno hablaba del otro, los ojos le resplandecían.

Ellos convertían cada día en único: salían a caminar, compartían música, se regalaban tarjetas sin motivo especial, seguían entregándose cartas, uno le guardaba el dulce favorito del otro para cuando llegara la noche y volvieran a estar juntos. Algo debieron sospechar los demás, pero nunca les preguntaron, al menos no por lo claro.

Pero el secreto no duró mucho tiempo. Empezaron los rumores, los comentarios malintencionados que traspasaron el límite de lo permisible. La aventura devino incertidumbre. La cruz de la inexperiencia y el temor terminó sobre sus hombros y les pesó demasiado-al menos a uno de ellos, quien terminó aceptando, a su pesar, que su braveza no era suficiente para enfrentarse a molinos de viento-.

Comenzó el principio del naufragio, los pretextos para faltar a los encuentros, el nudo en la garganta cuando el uno tenía al otro delante y no se atrevía a decirle la verdad, porque todavía le quería. El letargo terminó con el fin de la primavera, una mañana en que, después de noches de insomnio, uno se resignó a la suerte de dejarle ir. El acuerdo de “quedar como amigos” resultó puro formalismo.

Hoy el silencio tensa el ambiente cuando están solos, apenas sostienen diálogos de larga duración fuera de temas oficiales. Quizá el uno no sabe de la tristeza que acompaña al otro desde la despedida porque nadie le ha vuelto a susurrar que lo quiere y lo necesita.

Todo comenzó y terminó en una misma primavera, la más maravillosa de todas, según confesó. Así sucedió, o al menos así lo contó él hace poco, cuando se reunió con sus amigos y para narrar experiencias definitorias en la vida de cada cual. “Las brisas de abril me remontan al instante donde todo el universo se redujo a un nombre, a un ser con quien me sentí el más excelso sobre la Tierra”, dijo.  

Todavía se pregunta si tomó la decisión correcta, si no hubiese sido mejor lanzarse el vacío, solo por una vez… pero ya no valen las suposiciones. Solo le queda el recuerdo de aquella ensoñación.