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A pesar de los pesares

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Te deslumbraban los medios de comunicación, era lo único que tenías claro. De ahí a estudiar Periodismo había un largo trecho. Aun así, te aventuraste a las pruebas de aptitud el 13 de marzo de 2008.

Un año más tarde, el niño mimado que eras descubrió la Universidad. La vida cambió. Tal vez quien cambió fuiste tú… Sigue leyendo

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¡Habemus Papam!

Habemus PapamPara luchar contra la somnolencia del mediodía, encendí el televisor para sintonizar Telesur- he creado adicción desde la llegada del canal multinacional a la televisión cubana-, sin ningún interés en particular. La pantalla me sorprendió con una multitud reunida en la Plaza de San Pedro, ansiosa por conocer al Papa recién elegido en el cónclave más corto de la historia.

Sin embargo, bastó que el Sumo Pontífice asomara al balcón de la Basílica a presentarse ante los fieles y dar la bendición “Urbe et Orbi” para que los medios de comunicación pusieran ojo alerta sobre el Pastor de la Iglesia Católica y entretejieran las más variopintas teorías, en un pestañazo.

Algunas de ellas ratifican con la elección del jesuita Jorge María Bergolgio el vaticinio de Nostradamus cuando previó un papado de transición al que sobrevendría el último sucesor de Pedro porque con él llegaría el controversial Apocalipsis. Yo me pregunto, ¿no serán los medios de comunicación los interesados en profetizar otra vez el fin del mundo tras el fallido intento del calendario maya? Del otro lado están quienes vieron en este hombre de 76 años el remedio santo-nunca mejor dicho-a los desmanes de Latinoamérica.

En medio de la hojarasca, prefiero acogerme a pequeños actos de Francisco I desde su primera salida en público como anunciarse en primer término como el Obispo de Roma y no como el vicario de Cristo; que haya pedido a los feligreses una oración a la Divina Providencia por él, antes de impartir su bendición; que haya besado la estola sin tanta parafernalia y haya escogido el nombre de Francisco en honor a Francisco de Asís, fundador de la Orden Franciscana cuyo carisma reside en la pobreza.

Además de constituir el Pontífice Supremo de la Iglesia Universal, el Papa lleva sobre sus hombros no solo la responsabilidad de mantener el Ministerio de Pedro sobre la Tierra, sino también velar por los asuntos del Estado del Vaticano- tan o más complejo que otra nación del orbe-. Aún cuando sea el siervo de los siervos de Dios, el calificativo no lo exime de su condición humana, de equivocarse, aunque a los consorcios informativos internacionales, enfrascados en resaltar la postura asumida por el religioso en tiempos de la dictadura en Argentina, le cueste aceptarlo.

Lejos de preocuparme por el pasado, temo más que el Santo Padre manifieste un pontificado rígidamente teológico en vez de acercar más la Iglesia Católica a los creyentes; de no despojarse de visiones arcaicas para hacer de la Casa de Dios un sitio más tolerante a los nuevos tiempos y esquive archiconocidos asuntos peliagudos en torno a representantes eclesiásticos.

Al menos, repito, el ejercicio de su cargo ha empezado desechando los bombos y platillos rescatados por Benedicto XVI, abolidos en el Concilio Vaticano II, que lejos de establecer una común-unión entre Iglesia-católicos, creaba un distanciamiento cuyo fin resultaba la migración de fieles.

El hecho de tener una visión latinoamericana dentro de la Santa Sede, distinta de los acostumbrados cánones europeos, constituye un logro de por sí; el hecho de que Francisco I provenga de una orden religiosa permite enfrentarse al cargo con nuevos matices, pienso yo.

De toda la algazara mediática me quedo con la imagen del arzobispo, devenido el primer Papa latinoamericano, que partió a Roma con zapatos prestados, renunció a su chofer, prefiere la austeridad, ha declarado que la Iglesia de Cristo debe identificarse con la pobreza y al rezar su primer Ángellus, este domingo, invitó a ser misericordiosos. Mientras, permanezco con los pies sobre la tierra, con la esperanza de que Francisco I conduzca por rumbos prósperos a la Iglesia fundada por Jesús de Nazaret, con más acciones y menos reflexiones.

Solo prefiero despertar

Solo prefiero despertar“Seamos un tilín mejores y mucho menos egoístas”/Silvio Rodríguez 

Albergo un sinfín de experiencias para esperar el año nuevo. De niño lo disfrutaba hasta el cansancio con las fiestas en la terraza de mi casa, donde confluían amigos, conocidos de los amigos, familiares y hasta algún extraviado para esperar las doce.

 A las puertas del nuevo mileno hicimos una fiesta de disfraces, memorable competencia donde cada quien encarnó un personaje distinto. Rumberas, árabes, piratas, duendes, bebés, chinos, emperadores romanos, reinas africanas… invadieron aquel escenario improvisado en la terraza, en medio de los materiales de construcción arrinconados para terminar de construir la última habitación de mi casa, en los primeros días de enero.  

Ni la vecina escapó al concurso y a sus 70 años encarnó a una quinceañera- ramo de orquídeas en mano incluido- para intentar ocupar uno de los primeros puestos con su respectivo regalo. Mi abuelo, en calidad de alcalde de un pueblo inexistente, se erigió como el juez del certamen.  Al final, mi primo obtuvo el máximo galardón con el personaje de Juanita Alcantarilla, una mujerzuela de labios rojos, tacones altos, vestida con lentejuelas plateadas que en plena competencia “sedujo” al magistrado para garantizar el triunfo.

Décadas más tarde las fiestas dieron paso a tertulias acompañadas de música. Ya no se cocinaban las exuberantes cantidades de comida, muchos de quienes nos acompañaban siempre fallecieron; otros envejecieron, no bailaban tanto como antes, pero esperábamos la hora cero para brindar en aquella especie de club familiar.

Después encontramos en las ofertas de los restaurantes la opción perfecta para celebrar. La comida estaba hecha, no había que ocuparse del proceso de fregado ni de la limpieza del día posterior para limpiar la terraza o la sala de la resaca del festín.

Mas, en ese afán del eterno retorno, como diría el poeta, despedimos el 2012 otra vez en la saleta de casa, como en tiempos de antaño.

Paralelo a mi crecimiento, ha espigado también la pasividad respecto a las fiestas del 31 de diciembre, acaso porque los asuntos de la noche anterior todavía quedan pendientes en el tintero y no vislumbro en la primera alborada el famoso “borrón y cuenta nueva”.

¡Cuántos cubos de agua he “tirado”a las doce en plena calle! ¡Cuántas cuadras he caminado con maletas, mochilas, jabas de guano, de nylon… en mano para ver si por fin logro conocer las pirámides de Egipto o la Catedral de la Sagrada Familia, de Gaudí! Aun cuando busque el agua en Playa Pilar-una de las más bellas de Cuba- o salga con una bolsa Dolce and Gabbana, ni siquiera percibo la sombra de la llegada del amor vaticinado por los astros.

El primer amanecer del pasado enero me sorprendió en el hospital. Gracias a la negligencia de un chofer, dos de las personas con quienes nos reuniríamos para celebrar terminaron encamados en la sala de emergencias. Las felicitaciones llegaron entre el característico olor a medicinas y nos abrazamos por estar vivos, a pesar de la tragedia.

Mi único ritual de inicio de año consiste en abrir los ojos, estar en casa con mis padres, mi abuelo. Ya no escribo en una cuartilla vacía las metas a alcanzar a largo plazo porque la vida da muchas sorpresas, como dice el puertorriqueño Rubén Blades en la canción “Pedro Navaja”. Algunas oportunidades aparecen de manera inusitada; otras no llegan, por mucho desearlas.

Aunque, pensándolo bien, si el solsticio de invierno acaecido hace apenas unos días-un suceso que ha engordado los bolsillos de no pocos dueños de medios de comunicación, a juzgar por todo el revuelo en torno al supuesto fin del mundo- marcó el inicio de una nueva era… Entonces, ¿este año no correré cada domingo cuando llegue a Santa Clara para montarme en el superbús hasta la Universidad? ¿Los choferes del ómnibus Yutong no torturarán más a los pasajeros con reguetón en los viajes? ¿Wordpress me dejará programar las entradas del blog sin angustias?