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¡Qué manías!

Qué maníasAparentemente son personas normales. Piel adentro, sin embargo, solo necesitan que llegue la noche, un instante puntual en el día, una situación determinada … para que se les “suelte” el loco.

Aunque parezca un destripador de almas, un intruso que hace púbica ciertas intimidades (cuidado los pervertidos, no se confundan), aquí están las manías más extrañas que pude encontrar tras un año de búsqueda. Ah, con la venia de los autores y respetando la solicitud de anonimato, vale aclarar.

(…)

De la muerte y la limpieza…

W llama un día antes del cumpleaños de la gente porque tiene miedo que la Parca le pase la cuenta esa noche y quedarse con la felicitación por dar. En cambio, Q pasa la colcha húmeda hasta el último rincón antes de acotarse —no importa si es de madrugada—porque en caso de que alguno de los que viven dentro de la casa se muere durante la noche, todo está limpio y listo para el velatorio.

Siguiendo por la misma cuerda de la limpieza, F se levanta todos los días a las 5:30 a.m. y, con escoba y trapeador en mano, deja impoluta la casa que había limpiado el día anterior (baño incluido). Al filo de las 8:00 a.m todo está que rechina. Entonces F regresa a su cuarto, pone la cabeza en la almohada y descansa una hora más. El ritual se repite de lunes a lunes.

Alimentarias…

L no come delante la gente ni amarrado. No sabe qué es compartir la mesa con la familia: coge el plato servido y camina hasta donde nadie lo ve para almorzar y comer todos los días de su vida. Por su parte, N llora si tiene que comer huevo frito por la tarde. Ni es fino ni tiene el refrigerador atestado de pollo, cerdo o carne de res (recibe la del sagrado animal por ser diabético, malpensados), solo que le duele comer huevo en cualquiera de sus variedades al anochecer. Prefiere arroz solo.

Mientras, a miles de kilómetros, P se alista para comer con dos tenedores y una cincuentona se niega a comer cualquier arroz que ella no haya escogido, por exquisito que sea.

Hogareñas…

Cuando se queda solo, antes de dormir, B revisa puerta por puerta: la de la calle, la del patiecito, la de atrás… y por último la del refrigerador y el escaparate. “Los ladrones pueden estar en cualquier lugar”, afirma. Algo parecido le sucede a G, solo que su ritual es diurno, antes de salir al trabajo. Eso sí, después de verificar todas las puertas, y cerrar la de la calle, la vuelve a abrir para echar un último vistazo.

Libros…

Si la depresión la sorprende, V no se tira en una cama a llorar. Tampoco pone música para levantar el ánimo: V camina hasta la librería más cercana y compra libros infantiles.

S también tiene una manía relacionada con los libros: no los lee nuevos. Le gusta sentir que alguien los ha hojeado, ver alguna punta doblada “porque eso es una historia oculta que tiene el libro”. Si por casualidad le interesara alguno nuevo lo compra… y lo presta para que otro lo estrene.

Olores, desodorante, e hipoglicemia…

A la gente le gusta el olor a esmalte de uñas, de café tostado o colado, de espuma… Z prefiere el olor a cemento y por si fuera poco tiene otra manía: no la pueden ver mientras se echa desodorante “porque estoy con las manos arriba”, y te lo dice como si en eso se le fuera la vida.

Pero lo que más le asusta a X son las hipoglicemias. Por eso se levanta cada mañana, prepara un vaso de leche para cada miembro de la familia (visitas incluidas), y si el reloj avanza y no te despiertas, ella te toca, vaso en mano. “Arriba, a tomar la leche y a seguir durmiendo no vaya a ser que te baje el azúcar…”

Yo…

Y para que no me tilden de mirar vigas en ojo ajeno, yo también exorcizo un pequeño demonito 😉 No me gusta que hayan fotos mías en la sala o saleta de mi casa porque la gente es demasiado curiosa y lo primero que hacen es mirar para ahí.

¿Y tú…?

Ya ves que no resulta tan difícil… ¿Me cuentas una de tus manías?

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Encomienda en la esquina

Encomienda en la esquinaCarnaval en la ciudad. La música resonaba en la plaza y sus carpas aledañas. La gente, ávida de disfrutar sin que el bolsillo sufra demasiado y enajenarse de esa maquinaria feroz que es la cotidianidad, gozaba de lo lindo.

Unos hacían gala de sus dotes de jinetes, bailaban, comían o compraban chucherías; otros llevaban a sus hijos al área donde plantaron los castillos inflables, bicicletas hechas de hierros torcidos, un toro mecánico que más bien parecía un alienígena con dos tarritos en la cabeza, y cuanto aparato pueda surgir de la imaginación del cubano para recaudar “unos pesitos”, que yo traduzco en pequeñas fortunas a juzgar por el precio de cada vuelta.

En las esquinas estaban ellos, trabajando. Varios custodiaban la zona asignada; algunos veían el paseo de las carrozas o la gente detrás de las comparsas con esa mirada de quien quiere pero no puede. Otros asomaban la cabeza hacia la esquina donde se vendía la cerveza.

Supongo debieron contener las ansias durante horas, luchar contra sus demonios, debatirse entre el bien y el mal, hasta vencer la tentación o ceder al deseo, como sucedió al final. Delirantes y sedientos se refugiaron en aquella esquina oscura y esperaron a que pasara alguien con cara de buena gente.

A lo lejos venían dos muchachos, de esos que no se meten con nadie. Uno de los uniformados interceptó a los dos jóvenes y les indicó acercarse.

-Buenas noches -dijo uno con tono de jefe.

-Buenas noches- respondieron los muchachos.

Silencio (ese silencio que provoca frío en el estómago).

– Hace falta que… -empezó otra vez el que tenía tono de jefe.

– Que, ¿qué?

– Hace falta que… hace falta que… ( y cambió el tono, empezó a hablar rápido, mientras sacaba un billete de $10 MN) Hace falta que vayan y nos compren dos cervecitas, compadre, que nosotros no podemos ir porque estamos trabajando. Y ¡de madre que tú veas eso ahí (se refería al dispensador ubicado a menos de tres metros) y no puedas darte ni un buche porque si nos cogen nos “parten” las patas!

Serenata para Paulita

Serenata para PaulitaA Paulita le gusta jugar con la gente, acariciar a Can – el perro de Cirilo, uno de los sacerdotes de Trinidad- y mirar a quienes andan por la calle. Tiene ocho años. Siempre se le ve con la mirada intranquila,  en busca de qué hacer, caminando de un lado a otro, supervisada todo el tiempo por su hermana mayor, su mamá o papá.

Ayer cayó un chaparrón por la tarde y dejó un viento soplando por todas partes. En la noche casi todas las casas tenían las ventanas abiertas, algunas personas se sentaron en las aceras para conversar, otros disfrutaban del clima después de un día con temperaturas insoportables. Yo iba a casa de un amigo. Al pasar por el frente de la casa de Paulita la vi de pie detrás de los balaustres de metal. Afuera, una señora jugaba a asustarla. Paulita, lejos de sorprenderse y llorar, se reía cada vez. Casi nunca he visto a Paulita llorar, ni siquiera los domingos en misa, cuando la eucaristía se torna larga.

Frente a casa de Paulita hay un restaurante particular. Para amenizar la comida de los clientes, un dúo de jovencitos interpretaba Yolanda, La Guantanamera, entre otras canciones de obligada interpretación si el público es extranjero.  A pocos metros, Paulita escuchaba la melodía desde su ventana e intentaba bailar… Así me pareció al verla dando palmas, doblando las rodillas y moviendo la cabeza.

Los músicos -uno a cargo de la guitarra y el otro de la percusión- tomaron un descanso. Cruzaron la calle, llegaron donde estaba Paulita. Yo venía de regreso. Al pasar otra vez frente a la casona, me despedí de la niña y su padre, pero ella casi ni me vio porque tenía la vista puesta en los instrumentos.

Tal vez ella quería una serenata, un concierto…, pero no sabía cómo pedirlo. Pero los músicos, que ya saben de la debilidad de Paulita por la música, les bastó mirar a la niña para adivinar su deseo. Solo recuerdo a aquel muchacho acomodar la guitarra en su muslo y empezar a cantarle a la niña un fragmento de Darte un beso, de Prince Royce.

♪“Yo solo quiero darte un beso y regalarte mis mañanas, cantar para calmar tus miedos. Quiero que no te falte nada. Yo solo quiero darte un beso, llenarte con mi amor el alma, llevarte a conocer el cielo. Quiero que no te falte nada”.♪

Detrás de su ventana, Paulita reía, daba saltos de alegría, se llevaba la mano a la boca. Quizá se vio como una de las princesas dibujadas en sus libros de cuentos y confundió al músico con un príncipe al pie del balcón, dispuesto a cantarle a su amada a la luz de la luna. De vez en cuando Paulita balbuceaba algunas palabras en su lenguaje, tal vez como agradecimiento o para unirse al coro. Sin embargo, bastaba mirarle los ojos para saber que Paulita, desde ese mundo tan especial que tienen los niños con Síndrome Down, se sabía la protagonista de aquella imprevista serenata nocturna, que a partir de entonces sucede todas las noches, según me dijo el papá de Paulita hace unas horas, cuando le hablé sobre este post.

 

Décimas a bordo de una carretilla

Décimas a bordo de una carretillaUn hombre recorre la Plaza Mayor, en Trinidad, con una carretilla. A simple vista parece un ciudadano común. Es alto, de pelo blanco, viste ropa holgada. Tiene 66 años, pero la habilidad con que sortea las irregulares calles empedradas representa a alguien más joven.  

Solo cuando se detiene y se sienta a escribir en su “taxi”, como reza el cartel en la parte delantera del vehículo construido por él mismo hace más de una década, descubres que ese hombre no es solo un carretillero que vive de transportar el equipaje de los turistas, sino un ser bendecido con el don de escribir décimas en cuestión de segundos.

No presume de su arte, aunque pudiera hacerlo si tenemos en cuenta que ha dado vida a cerca de 2 500 composiciones dedicadas al lugar más recóndito del planeta, una “geografía poética” atesorada dentro de su mochila remendada, y ganó recientemente el primer lugar en un certamen dedicado a promover los valores de China, auspiciado por el Instituto Confucio en Cuba y la Universidad de La Habana. Mas este hombre se conforma con ser “El enamorado de la Geografía” o “El poeta carretillero”, como lo definieron dos extranjeros, según me confesó en una entrevista.

Se llama Luis Martínez Ruiz, natural de Guaos, en la provincia de Cienfuegos. Apenas levantaba una cuarta del piso se le veía ensimismado entre las páginas de un boletín, una revista, un libro…, como lo estaba su padre. Ahí descubrió su apasionamiento por la Geografía. Tal vez soñó, en algún momento, consagrarse a esa ciencia, pero la zozobra de si algún día su hijo no regresaba de la escuela a causa de la efervescencia que se cernía en el campo en la década del´50, llevó a la madre de Luis a resolver que la formación académica del niño terminaría cuando venciera el sexto grado.

Así, después de trabajar en la barbería o despachar víveres en la tienda del pueblo, Luis, ya un adolescente, saciaba su sed de conocimientos. Leyó a Marx, Martí, suplementos especializados en Ciencia, la biografía de Abraham Lincoln… y todo cuanto consideró útil para cultivarse. Pero cuando descubrió a Samuel Feijóo cayó de bruces ante el arte de rimar versos y la unió a su deslumbramiento por otros parajes.

No quedó hoja en blanco, espacio de libreta o cuaderno de apuntes donde no tradujera en tinta la décima construida en el aire. A base de intuición perfiló su habilidad. Solo cuando llegó a Trinidad, muchos años después, encauzó sus inquietudes en los talleres literarios.   

Entre el traslado de maletas, su esposa, hermanos de fe y la construcción de espinelas transcurre su existencia. Desde su carretilla deja embelesados a los turistas cuando, en un pestañazo, dibuja en versos el país de los visitantes con exquisito detalle. Habla de las noticias, de literatura, música y danza, pero sus ojos se desordenan si le preguntan de Geografía. No existe rincón en el mundo que escape de la sapiencia de este poeta empírico, quien siempre lleva en el bolsillo de su camisa un bolígrafo y un pedacito de hoja, por si la musa lo sorprende.