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Papa Francisco en Cuba: una visita políticamente religiosa

Papa Francisco en Cuba una visita políticamente religiosaJusto ahora, cuando todavía queda la estela que el Papa Francisco deja a su paso por la Isla y el Santo Padre debe haber recibido el “good afternoon”; justo ahora, cuando las cámaras, luces y micrófonos se apagan o abordan también un avión hasta la “yuma” para dar seguimiento informativo a la peculiar gira del primer Pontífice latinoamericano de la historia, me sigo lamentando de las lagunas que todavía rondan la prensa cubana para no mirar cualquier acontecimiento con el visor de la política.

No voy a hablar de los mensajes de Pastor de la Iglesia Católica, tan necesarios para el pueblo cubano, ni del sacudión telúrico que ha supuesto no solo para la Iglesia Católica, sino para el mundo. Eso, como dirían en la academia del Periodismo, no es noticia.

Demasiado recalque del escrito del obispo de Roma donde menciona la ferocidad del capitalismo, demasiadas voces con el discurso del bloqueo en medio de una visita que, primero que todo, fue la del Siervo de los siervos de Dios a su redil; demasiado tejado de vidrio para seguir lanzando piedras a los vecinos.

Otra vez, se nos escapan las historias de vida, las crónicas con el testimonio de quienes integran la comunidad católica cubana. Y nadie debe arquear la ceja porque, al decir del propio Raúl Castro, este es un país donde cada quien es libre de profesar la fe o creencia que elija.

Para esta visita del Sucesor de Pedro se cocinó un gran ajiaco, donde representantes de otras religiones vertieron sus propios ingredientes, como si alguna vez se hubiese entrevistado a un católico a propósito de la visita de un pastor renombrado. En esa mezcolanza se perdió la esencia eclesial y, de no ser por la presencia del Padre Rolando Gibert Montes de Oca Valero, Secretario de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, junto al tino profesional de Magda Resik, el resto de los presentadores bien hubiesen podido escribir un bestiario.

Ni las tabletas electrónicas ni las pantallas de plasma colocada al fondo pueden suplir las deudas que en materia de especialización, sobre todo religiosa, aquejan a los medios cubanos. ¿Para qué soñar con que podrían poner a algún periodista católico —que sí existen aquí— para cubrir acontecimientos semejantes? Eso sería, más o menos, una herejía o un pecado capital.

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¡Habemus Papam!

Habemus PapamPara luchar contra la somnolencia del mediodía, encendí el televisor para sintonizar Telesur- he creado adicción desde la llegada del canal multinacional a la televisión cubana-, sin ningún interés en particular. La pantalla me sorprendió con una multitud reunida en la Plaza de San Pedro, ansiosa por conocer al Papa recién elegido en el cónclave más corto de la historia.

Sin embargo, bastó que el Sumo Pontífice asomara al balcón de la Basílica a presentarse ante los fieles y dar la bendición “Urbe et Orbi” para que los medios de comunicación pusieran ojo alerta sobre el Pastor de la Iglesia Católica y entretejieran las más variopintas teorías, en un pestañazo.

Algunas de ellas ratifican con la elección del jesuita Jorge María Bergolgio el vaticinio de Nostradamus cuando previó un papado de transición al que sobrevendría el último sucesor de Pedro porque con él llegaría el controversial Apocalipsis. Yo me pregunto, ¿no serán los medios de comunicación los interesados en profetizar otra vez el fin del mundo tras el fallido intento del calendario maya? Del otro lado están quienes vieron en este hombre de 76 años el remedio santo-nunca mejor dicho-a los desmanes de Latinoamérica.

En medio de la hojarasca, prefiero acogerme a pequeños actos de Francisco I desde su primera salida en público como anunciarse en primer término como el Obispo de Roma y no como el vicario de Cristo; que haya pedido a los feligreses una oración a la Divina Providencia por él, antes de impartir su bendición; que haya besado la estola sin tanta parafernalia y haya escogido el nombre de Francisco en honor a Francisco de Asís, fundador de la Orden Franciscana cuyo carisma reside en la pobreza.

Además de constituir el Pontífice Supremo de la Iglesia Universal, el Papa lleva sobre sus hombros no solo la responsabilidad de mantener el Ministerio de Pedro sobre la Tierra, sino también velar por los asuntos del Estado del Vaticano- tan o más complejo que otra nación del orbe-. Aún cuando sea el siervo de los siervos de Dios, el calificativo no lo exime de su condición humana, de equivocarse, aunque a los consorcios informativos internacionales, enfrascados en resaltar la postura asumida por el religioso en tiempos de la dictadura en Argentina, le cueste aceptarlo.

Lejos de preocuparme por el pasado, temo más que el Santo Padre manifieste un pontificado rígidamente teológico en vez de acercar más la Iglesia Católica a los creyentes; de no despojarse de visiones arcaicas para hacer de la Casa de Dios un sitio más tolerante a los nuevos tiempos y esquive archiconocidos asuntos peliagudos en torno a representantes eclesiásticos.

Al menos, repito, el ejercicio de su cargo ha empezado desechando los bombos y platillos rescatados por Benedicto XVI, abolidos en el Concilio Vaticano II, que lejos de establecer una común-unión entre Iglesia-católicos, creaba un distanciamiento cuyo fin resultaba la migración de fieles.

El hecho de tener una visión latinoamericana dentro de la Santa Sede, distinta de los acostumbrados cánones europeos, constituye un logro de por sí; el hecho de que Francisco I provenga de una orden religiosa permite enfrentarse al cargo con nuevos matices, pienso yo.

De toda la algazara mediática me quedo con la imagen del arzobispo, devenido el primer Papa latinoamericano, que partió a Roma con zapatos prestados, renunció a su chofer, prefiere la austeridad, ha declarado que la Iglesia de Cristo debe identificarse con la pobreza y al rezar su primer Ángellus, este domingo, invitó a ser misericordiosos. Mientras, permanezco con los pies sobre la tierra, con la esperanza de que Francisco I conduzca por rumbos prósperos a la Iglesia fundada por Jesús de Nazaret, con más acciones y menos reflexiones.