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Serenata para Paulita

Serenata para PaulitaA Paulita le gusta jugar con la gente, acariciar a Can – el perro de Cirilo, uno de los sacerdotes de Trinidad- y mirar a quienes andan por la calle. Tiene ocho años. Siempre se le ve con la mirada intranquila,  en busca de qué hacer, caminando de un lado a otro, supervisada todo el tiempo por su hermana mayor, su mamá o papá.

Ayer cayó un chaparrón por la tarde y dejó un viento soplando por todas partes. En la noche casi todas las casas tenían las ventanas abiertas, algunas personas se sentaron en las aceras para conversar, otros disfrutaban del clima después de un día con temperaturas insoportables. Yo iba a casa de un amigo. Al pasar por el frente de la casa de Paulita la vi de pie detrás de los balaustres de metal. Afuera, una señora jugaba a asustarla. Paulita, lejos de sorprenderse y llorar, se reía cada vez. Casi nunca he visto a Paulita llorar, ni siquiera los domingos en misa, cuando la eucaristía se torna larga.

Frente a casa de Paulita hay un restaurante particular. Para amenizar la comida de los clientes, un dúo de jovencitos interpretaba Yolanda, La Guantanamera, entre otras canciones de obligada interpretación si el público es extranjero.  A pocos metros, Paulita escuchaba la melodía desde su ventana e intentaba bailar… Así me pareció al verla dando palmas, doblando las rodillas y moviendo la cabeza.

Los músicos -uno a cargo de la guitarra y el otro de la percusión- tomaron un descanso. Cruzaron la calle, llegaron donde estaba Paulita. Yo venía de regreso. Al pasar otra vez frente a la casona, me despedí de la niña y su padre, pero ella casi ni me vio porque tenía la vista puesta en los instrumentos.

Tal vez ella quería una serenata, un concierto…, pero no sabía cómo pedirlo. Pero los músicos, que ya saben de la debilidad de Paulita por la música, les bastó mirar a la niña para adivinar su deseo. Solo recuerdo a aquel muchacho acomodar la guitarra en su muslo y empezar a cantarle a la niña un fragmento de Darte un beso, de Prince Royce.

♪“Yo solo quiero darte un beso y regalarte mis mañanas, cantar para calmar tus miedos. Quiero que no te falte nada. Yo solo quiero darte un beso, llenarte con mi amor el alma, llevarte a conocer el cielo. Quiero que no te falte nada”.♪

Detrás de su ventana, Paulita reía, daba saltos de alegría, se llevaba la mano a la boca. Quizá se vio como una de las princesas dibujadas en sus libros de cuentos y confundió al músico con un príncipe al pie del balcón, dispuesto a cantarle a su amada a la luz de la luna. De vez en cuando Paulita balbuceaba algunas palabras en su lenguaje, tal vez como agradecimiento o para unirse al coro. Sin embargo, bastaba mirarle los ojos para saber que Paulita, desde ese mundo tan especial que tienen los niños con Síndrome Down, se sabía la protagonista de aquella imprevista serenata nocturna, que a partir de entonces sucede todas las noches, según me dijo el papá de Paulita hace unas horas, cuando le hablé sobre este post.

 

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¡Habemus Papam!

Habemus PapamPara luchar contra la somnolencia del mediodía, encendí el televisor para sintonizar Telesur- he creado adicción desde la llegada del canal multinacional a la televisión cubana-, sin ningún interés en particular. La pantalla me sorprendió con una multitud reunida en la Plaza de San Pedro, ansiosa por conocer al Papa recién elegido en el cónclave más corto de la historia.

Sin embargo, bastó que el Sumo Pontífice asomara al balcón de la Basílica a presentarse ante los fieles y dar la bendición “Urbe et Orbi” para que los medios de comunicación pusieran ojo alerta sobre el Pastor de la Iglesia Católica y entretejieran las más variopintas teorías, en un pestañazo.

Algunas de ellas ratifican con la elección del jesuita Jorge María Bergolgio el vaticinio de Nostradamus cuando previó un papado de transición al que sobrevendría el último sucesor de Pedro porque con él llegaría el controversial Apocalipsis. Yo me pregunto, ¿no serán los medios de comunicación los interesados en profetizar otra vez el fin del mundo tras el fallido intento del calendario maya? Del otro lado están quienes vieron en este hombre de 76 años el remedio santo-nunca mejor dicho-a los desmanes de Latinoamérica.

En medio de la hojarasca, prefiero acogerme a pequeños actos de Francisco I desde su primera salida en público como anunciarse en primer término como el Obispo de Roma y no como el vicario de Cristo; que haya pedido a los feligreses una oración a la Divina Providencia por él, antes de impartir su bendición; que haya besado la estola sin tanta parafernalia y haya escogido el nombre de Francisco en honor a Francisco de Asís, fundador de la Orden Franciscana cuyo carisma reside en la pobreza.

Además de constituir el Pontífice Supremo de la Iglesia Universal, el Papa lleva sobre sus hombros no solo la responsabilidad de mantener el Ministerio de Pedro sobre la Tierra, sino también velar por los asuntos del Estado del Vaticano- tan o más complejo que otra nación del orbe-. Aún cuando sea el siervo de los siervos de Dios, el calificativo no lo exime de su condición humana, de equivocarse, aunque a los consorcios informativos internacionales, enfrascados en resaltar la postura asumida por el religioso en tiempos de la dictadura en Argentina, le cueste aceptarlo.

Lejos de preocuparme por el pasado, temo más que el Santo Padre manifieste un pontificado rígidamente teológico en vez de acercar más la Iglesia Católica a los creyentes; de no despojarse de visiones arcaicas para hacer de la Casa de Dios un sitio más tolerante a los nuevos tiempos y esquive archiconocidos asuntos peliagudos en torno a representantes eclesiásticos.

Al menos, repito, el ejercicio de su cargo ha empezado desechando los bombos y platillos rescatados por Benedicto XVI, abolidos en el Concilio Vaticano II, que lejos de establecer una común-unión entre Iglesia-católicos, creaba un distanciamiento cuyo fin resultaba la migración de fieles.

El hecho de tener una visión latinoamericana dentro de la Santa Sede, distinta de los acostumbrados cánones europeos, constituye un logro de por sí; el hecho de que Francisco I provenga de una orden religiosa permite enfrentarse al cargo con nuevos matices, pienso yo.

De toda la algazara mediática me quedo con la imagen del arzobispo, devenido el primer Papa latinoamericano, que partió a Roma con zapatos prestados, renunció a su chofer, prefiere la austeridad, ha declarado que la Iglesia de Cristo debe identificarse con la pobreza y al rezar su primer Ángellus, este domingo, invitó a ser misericordiosos. Mientras, permanezco con los pies sobre la tierra, con la esperanza de que Francisco I conduzca por rumbos prósperos a la Iglesia fundada por Jesús de Nazaret, con más acciones y menos reflexiones.

Fui sus ojos

Fui sus ojosParecía un sábado cualquiera, sin penas ni glorias. Esperaba a una amiga en casa de otra. Conversábamos sobre la semana, de mi catarsis habitual a finales de semestre porque la entrega de los trabajos siempre coincide con las evaluaciones de las asignaturas y el tiempo no alcanza ni a pedacitos.

Llegó la amiga por quien aguardaba. Me pidió la acompañara a llevar a su papá hasta el restaurante donde él toca en días alternos.

Acepté. Llegamos a la esquina. Lo saludé como de costumbre, pero cuando él intentó devolver el gesto estiró el brazo muy lejos de donde estaba el mío. Enseguida me apresuré a estrecharle la mano.

La retinosis pigmentaria avanzó demasiado desde la última vez que lo escuché hablar de ello. No lo sabía. Aunque todavía persistía una iluminación crepuscular, para él ya había anochecido.

-“Vamos”, indicó ella.

-“Espérate, déjame aguantarme de Carlitín porque casi me caigo la semana pasada. Eres muy bajita para mí”-dijo mientras apoyaba su mano en mi hombro, en busca de seguridad antes de emprender rumbo.

Incontables ocasiones caminé con los ojos vendados dentro de los amplios espacios de mi casa, una vez lo hice por el Prado de la ciudad de Cienfuegos, acompañado de otros jóvenes en un ejercicio de Psicología relacionado con la confianza, pero sabía que mi oscuridad terminaría al final de la dinámica. Ahora era diferente: para ese hombre yo era una suerte de lazarillo, un báculo de carne y hueso. “Arriba, muchacho, ahora tú eres mis ojos”, apuntó.

¿Cómo voy a guiarlo, si no sé nada de señas o palabras claves?, pensé.

Empezamos a caminar. “Estamos en la calle Rosario, casi llegando a Gutiérrez”, decía yo en un intento de graficar el recorrido.

Una cañada cortaba la vía en dos. ¿Cómo indicarle que salte el charco para no ensuciar sus zapatos?

Mi amiga presintió la inquietud, vino al rescate. “Párate, hay una cañada-le dijo-. Vamos a dar un salto grande, Papote. Uno, dos y…”

Cruzamos la riada de aguas sabatinas al mismo tiempo, como esa costumbre de chiquillos de caminar de manera uniforme, con el mismo pie-no sé si ustedes lo hacían cuando estaban en primaria, yo sí. Nos deteníamos y a la voz de un líder emprendíamos la marcha como un pelotón de adolescentes-.

Doblamos la esquina. Caminamos hasta la de Desengaño. Otra cañada para atravesar, pero ya conocía la técnica. Esta vez conté yo para sortear el inconveniente. –

“Estamos llegando”, anuncié al ver el cartel lumínico del restaurante.

Una vez en la puerta principal, entramos en el salón atestado de muebles antiguos. El resto del grupo se incorporaría más tarde. Él pidió lo dejáramos sentado delante del bongó hasta que la visión se acostumbrara a la luz y alcanzara a distinguir al menos sombras. Su mano abandonó mi hombro.

Parecía un sábado cualquiera, sin penas ni glorias. Ya no lo era. Una sensación desconocida desbancó la preocupación de antes por la escasez de tiempo en la última semana de clases.

Horas más tarde sentía en mi hombro la fuerza de ese hombre cuya visión oscurece por día sin esperanzas de revertir el padecimiento, que al tocarme me había convertido en el faro para alumbrarlo en su penumbra.