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94 años no es nada

94 años no es nadaNació entre vientos de salitre, en la lejana fecha de 1921. Ese día, el salón de la casa construida por los patriarcas familiares en el poblado pesquero de Casilda trasmutó en el salón de parto donde doña Caridad confió la vida de su segundo hijo a la comadrona de turno. Luis Modesto Germán David Fortecus, así lo nombraron, pero desde la barriga le endilgaron al pequeño el apodo de Peruchito porque el padre se llamaba Pedro.

Dicen que, cuando joven, fue tremendo jodedor, amante a los juegos de mesa y a las mujeres lindas. Dicen que era buen bailador, que imponía presencia en las noches de sociedad y que el aroma de sus perfumes y la elegancia de los trajes hacía suspirar a más de una mujer, al punto de que, tantos años después, quienes le concedieron una pieza en aquel tiempo recuerdan las fragancias.

Hace casi 26 años que lo conozco, y todavía no me termina de contar su historia. Sé de los cursos por correspondencia para graduarse como técnico de radio, de cuando ayudó a fundar la emisora CMHT en Trinidad, de cuando vistió de verde olivo e integró las filas del Directorio Revolucionario 13 de marzo y allanó el camino para la liberación de la villa donde ha transcurrido su existencia, del día en que descubrió a Onelia, el amor de su vida, con quien sostuvo un noviazgo de más de una década.

Sé de su ateísmo confeso y su comunismo enraizado, de su teoría de la evolución humana a partir de una especie de marcianos, de su pasión por los tangos de Gardel. Sé que sucumbe ante la melodía de Pedro Navaja, interpretada por el panameño Rubén Blades, de cómo se labró la inteligencia devorando libros ante los aprietos del bolsillo, de los días en que le hacía “el trencito” a su nieto para, bajo un aparente juego, desarrollar las habilidades motoras de un sietemesino majadero.

Puedo escribir de tantas, pero tantas cosas, que no me alcanzarían las hojas. Y aún no terminaría de saberlo todo. Lo sé, porque hace apenas unos días me contó de cuando casi lo reclutan para irse a la Segunda Guerra Mundial. Fue ahí cuando constaté que una vida entera no basta para descubrirle todos los secretos.

Cuando hoy cumple 94 años, la nitidez de su memoria me deja boquiabierto, y quedo absorto al escucharlo disertar de política extranjera con tal maestría que he llegado a envidiarlo.

Quizá entre tanta vida variopinta, lo que más le agradezca sea llevar por segundo nombre el suyo, y ese apodo de “Pirro” con que me bautizó al nacer en honor al rey de Epiro, Macedonia y Sicilia, y mis pelos rubios, hasta el fin de los tiempos.

Quizá entre tanta vida variopinta lo que más agradezca sea tenerlo cerca, verlo amanecer este martes, cuando ya suman 94 mayos en su calendario, y me permita regalarle una botella de vino tinto para su copita vespertina, convertirlo en un modelo nonagenario y abrazarlo pese a su poca simpatía por las muestras de afecto.

No se puede escribir con la cabeza fría de quien no guarda recelos cuando le pides hurgar en su memoria, de quien te demuestra a diario que 94 años no es nada cuando se quiere vivir, aunque la vida te dé palos algunas veces.

No me avergüenza pecar de deslumbramiento o dejarme arrastrar por las emociones mientras tecleo. Cuando se trata de mi abuelo, pierdo el control.

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Solo prefiero despertar

Solo prefiero despertar“Seamos un tilín mejores y mucho menos egoístas”/Silvio Rodríguez 

Albergo un sinfín de experiencias para esperar el año nuevo. De niño lo disfrutaba hasta el cansancio con las fiestas en la terraza de mi casa, donde confluían amigos, conocidos de los amigos, familiares y hasta algún extraviado para esperar las doce.

 A las puertas del nuevo mileno hicimos una fiesta de disfraces, memorable competencia donde cada quien encarnó un personaje distinto. Rumberas, árabes, piratas, duendes, bebés, chinos, emperadores romanos, reinas africanas… invadieron aquel escenario improvisado en la terraza, en medio de los materiales de construcción arrinconados para terminar de construir la última habitación de mi casa, en los primeros días de enero.  

Ni la vecina escapó al concurso y a sus 70 años encarnó a una quinceañera- ramo de orquídeas en mano incluido- para intentar ocupar uno de los primeros puestos con su respectivo regalo. Mi abuelo, en calidad de alcalde de un pueblo inexistente, se erigió como el juez del certamen.  Al final, mi primo obtuvo el máximo galardón con el personaje de Juanita Alcantarilla, una mujerzuela de labios rojos, tacones altos, vestida con lentejuelas plateadas que en plena competencia “sedujo” al magistrado para garantizar el triunfo.

Décadas más tarde las fiestas dieron paso a tertulias acompañadas de música. Ya no se cocinaban las exuberantes cantidades de comida, muchos de quienes nos acompañaban siempre fallecieron; otros envejecieron, no bailaban tanto como antes, pero esperábamos la hora cero para brindar en aquella especie de club familiar.

Después encontramos en las ofertas de los restaurantes la opción perfecta para celebrar. La comida estaba hecha, no había que ocuparse del proceso de fregado ni de la limpieza del día posterior para limpiar la terraza o la sala de la resaca del festín.

Mas, en ese afán del eterno retorno, como diría el poeta, despedimos el 2012 otra vez en la saleta de casa, como en tiempos de antaño.

Paralelo a mi crecimiento, ha espigado también la pasividad respecto a las fiestas del 31 de diciembre, acaso porque los asuntos de la noche anterior todavía quedan pendientes en el tintero y no vislumbro en la primera alborada el famoso “borrón y cuenta nueva”.

¡Cuántos cubos de agua he “tirado”a las doce en plena calle! ¡Cuántas cuadras he caminado con maletas, mochilas, jabas de guano, de nylon… en mano para ver si por fin logro conocer las pirámides de Egipto o la Catedral de la Sagrada Familia, de Gaudí! Aun cuando busque el agua en Playa Pilar-una de las más bellas de Cuba- o salga con una bolsa Dolce and Gabbana, ni siquiera percibo la sombra de la llegada del amor vaticinado por los astros.

El primer amanecer del pasado enero me sorprendió en el hospital. Gracias a la negligencia de un chofer, dos de las personas con quienes nos reuniríamos para celebrar terminaron encamados en la sala de emergencias. Las felicitaciones llegaron entre el característico olor a medicinas y nos abrazamos por estar vivos, a pesar de la tragedia.

Mi único ritual de inicio de año consiste en abrir los ojos, estar en casa con mis padres, mi abuelo. Ya no escribo en una cuartilla vacía las metas a alcanzar a largo plazo porque la vida da muchas sorpresas, como dice el puertorriqueño Rubén Blades en la canción “Pedro Navaja”. Algunas oportunidades aparecen de manera inusitada; otras no llegan, por mucho desearlas.

Aunque, pensándolo bien, si el solsticio de invierno acaecido hace apenas unos días-un suceso que ha engordado los bolsillos de no pocos dueños de medios de comunicación, a juzgar por todo el revuelo en torno al supuesto fin del mundo- marcó el inicio de una nueva era… Entonces, ¿este año no correré cada domingo cuando llegue a Santa Clara para montarme en el superbús hasta la Universidad? ¿Los choferes del ómnibus Yutong no torturarán más a los pasajeros con reguetón en los viajes? ¿Wordpress me dejará programar las entradas del blog sin angustias?