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Los mil y un nombres de mi madre

Los mil y un nombre de mi madre islanuestradecadadiaA Galinka, una trinitaria con nombre ruso.

Como Clara, en La casa de los espíritus, mi abuela tuvo una revelación cuando escogió el nombre para mi madre. El personaje bendecido con la clarividencia en la novela de Isabel Allende, lo supo la noche en que hizo el amor con Esteban Trueba, su esposo, y en el último gemido vaticinó que llevaría en su vientre a una niña, a quien bautizaría como Blanca. Muchos años después, en la vida real, mientras hojeaba una revista rusa, mi abuela leyó que una de las hijas de Yuri Gagarin se llamaba Galinka y resolvió que ese sería el nombre de su hija; un momento de alucinación, sin dudas, según recoge el imaginario familiar, porque después se supo que la hija del cosmonauta soviético se llamaba Galia.

Pero en aquel instante místico mi abuela no reparó en el error y anotó en su libreta de nombres el que habría de ponerle a su descendiente. Así fue, Onelia Formoso, a quien la vida me robó antes de yo nacer, tenía un cuaderno decorado con estrellas hechas con sus manos; una suerte de grimorio personal que el tiempo y las urgencias de la vida hicieron desaparecer, donde apuntaba los nombres que más tarde pondría a primos, hermanos y sobrinos si se le pedía consulta como hermana mayor y segunda matriarca familiar. Hasta algunos vecinos fueron inscritos con varias de sus creaciones. “Eran listas y listas de nombres simples y compuestos, extraídos de boletines, suplementos, periódicos o frutos de su imaginación”, dicen.

Sin embargo, pese a su capacidad premonitoria, mi abuela no fue capaz de avizorar las consecuencias que traería ese nombre para mi madre. De modo que desde aquel 22 de noviembre de 1962 -no saquen la cuenta de la edad, ¡jum!-, cuando asomó al mundo, comenzó el bregar de la pequeña al decir cómo se llamaba. Según hemos averiguado -corríjanme si alguien sabe ruso, por favor- Galinka, en tanto nombre propio, no existe; es el diminutivo de Galia. Entonces, en realidad, el nombre propio de mi mamá es algo así como “Juanita, Anita, Rosita…”.

Demás está decirles todo cuanto ha pasado la pobre desde que iba a la escuela y tomaban la asistencia, luego para hacer algún trámite. Por eso desde su juventud Galinka, acostumbrada ya a escuchar frases así después de presentarse: “¿Eh?, ¿Cómo?, Repita, por favor; ¿Y cómo se escribe eso?…”, conoce de sobra la expresión de desconcierto en las caras de quienes le preguntan el nombre. Para ahorrar la repetición, lo divide en sílabas: “Anota -dice-, es Ga-lin-ka”. Después los anotadores, eminencias todos, descubren el agua tibia: “Eso es ruso, ¿no?”. Una vez en una cuenta telefónica, cuando no existía la digitalización, llegó el papelito del Centro Telefónico y la operadora inscribió la llamada a nombre de Galin Kapuig (Puig es su primer apellido). Por suerte el título universitario vino sin errores.

Todavía hoy, después de 28 años de casada con mi padre, mis tías abuelas continúan pronunciándolo mal. Al menos puede presumir de un nombre único que, tanto ella o yo, no hemos vuelto a escuchar. Ni el Microsoft Word lo reconoce y lo subraya como si fuera un desliz ortográfico. Ahora mismo acabo de dar clic en la opción “Agregar al diccionario” en la PC.

A tal punto llega la imaginación de la gente a la hora de llamar a mi mamá que yo, tan buen hijo, me dediqué en los últimos meses a construir una lista titulada Los mil y un nombres de mi madre. Aquí figuran los más repetidos: Galinga, Kalinga, Yalinka, Kalinka, Lalinka, Dalinka, Dalita. Otras personas, más “cariñosas”, apuestan por abreviaturas como Lali, Dali o Yali.

Mi madre, resignada a su suerte, responde a cada uno y ya no pierde el tiempo en aclarar su verdadero nombre. Al final, en cuanto la gente voltee, lo olvida, y cuando regresan a verla, cometen otra vez el error.

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Asalto de espíritus

Asalto de espíritusParecía un espejismo a plena mañana. Inesperadamente, cinco estatuas humanas habían invadido la Plaza Mayor de Trinidad. Tal vez para muchos esta sea una estampa recurrente, y hasta monótona, en las calles de otros países, pero estas imágenes sacudieron al sábado de sus desquiciantes temperaturas para convertirlo en una jornada única, al menos para mí.

Quienes hayan caminado por el corazón del Centro Histórico de esta villa, coincidirá conmigo que es un sitio de ensueño. Y no es que el apego a mi Ciudad Mueso me nuble el juicio. Basta ver cómo los visitantes sucumben cuando caminan por las piedras y los lentes de las cámaras se desorbitan intentando captar cada detalle de los palacetes enmarcados alrededor de la Plaza. Algunos imitan la pose de la estatua de Terpsícore localizada en su centro, otros prefieren recostarse en los bancos para mirar las palmas, al cielo, a evocar momentos, a romancear…algo de sortilegio debe tener un lugar capaz de provocar tales sensaciones. 

Pero aquel payaso vestido con retazos de periódicos, Yemayá, la diosa de los mares del panteón yoruba, con un caracol en mano, recostada al empinado farol; la esclava con un niño en su regazo, el hombre de hojalata y la monja de pie con el antiguo convento de San Francisco de Asís al fondo, establecieron una comunicación indefinida con el entorno, al punto de crear en mí la sensación de verlos como espíritus que protegían la ciudad.

Apenas trascurrieron cinco minutos cuando aparecieron las expresiones de asombro por este acontecimiento sin precedentes. Desde cada rincón llegaron los niños, dispuestos a curiosear con esa inocencia tan suya, y familias enteras al enterarse de aquella invasión bendita. Hasta quienes pasaban de casualidad quedaron absortos al ver interactuar a los personajes con quienes le acercaban una ofrenda.

Para otros pudieron parecer meros gestos, pero algo de místico encontré en las caricias de Yemayá a una mujer, en las palabras que la monja le susurró a un niño, en el Ave María pronunciado delante de una anciana, que rezó con ella y se persignó como si hubiese conversado con un espíritu. Aquel tap improvisado por el hombre de hojalata, embobecían a las personas mayores; los cantos en lengua yoruba entonados por la mujer a su bebé y las flores de origami junto a los mensajes repartidos por el Payaso de la Paz, según aparecía en su pedestal de papel, venían impregnados de un simbolismo. Así lo sentí, aunque parezca incierto.

Al mediodía el sol arreció demasiado, y terminó espantándolos. Pero ya era imposible desprender a la Plaza Mayor del encantamiento producido en horas de la mañana, cuando una masa se congregó sin aviso previo en torno a las figuras-en menos de media hora aparecieron cientos de personas, según cálculos a simple vista-. Entonces otra vez quedó claro que este pueblo no está signado por la desidia, como aseguran muchos, sino carente de opciones refrescantes, con la capacidad de sorprender, de hacer a un ama de casa desprenderse del fogón.

Tanto resultó el impacto que desde ahora los invito a acompañarme el domingo próximo en Lente Compartido, mi blog de fotografía, para compartir las imágenes captadas por mi cámara y vean que no hiperbolizo cuando titulé el post de este martes “Asalto de espíritus”.