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Lo que un día fue…

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig.

Nueve años atrás, a estas horas, estaba a las puertas del Periodismo, la carrera que jamás figuró en mis sueños de adolescente, pero que me hizo caer de bruces desde que entré en la Universidad de Santa Clara. Sigue leyendo

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A pesar de los pesares

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Te deslumbraban los medios de comunicación, era lo único que tenías claro. De ahí a estudiar Periodismo había un largo trecho. Aun así, te aventuraste a las pruebas de aptitud el 13 de marzo de 2008.

Un año más tarde, el niño mimado que eras descubrió la Universidad. La vida cambió. Tal vez quien cambió fuiste tú… Sigue leyendo

Entre el periodismo y el arrendamiento

Sé hacer tres cosas en mi vida, medianamente hablando: hablar inglés, rentar habitaciones para extranjeros y ser periodista.

Lo primero se lo debo a Carlos Enrique y Galinka, que le robaron dos horas a mis lunes y miércoles desde séptimo grado, y durante casi seis años, para aprender más allá de “Tom is a boy” o la canción del abecedario que nos enseñaban en la escuela.

Con lo segundo hemos sobrevivido en casa por más de dos décadas, cuando los turistas desembarcaron en Trinidad, por aquel entonces un polo turístico en ciernes en el vientre de Cuba. De los medios de comunicación, domino, al menos lo básico, las técnicas imprescindibles para asumir una cobertura. Algo, mucho o poco, debe fijarse en la memoria después de cinco años de estudio y más de dos en la vida laboral.

De mis limitadas aptitudes, el inglés es la única capaz de acomodarse. Las otras dos no es que resulten incompatibles, pero no comulgan en el equilibrio tiempo-salario.

¿Periodismo o arrendamiento? es la pregunta que ronda sin pretender convertirse en drama; la pregunta  que me remonta a las noches leyendo a Canclini con sus teorías de la comunicación o aprendiendo con pinzas los preceptos elementales de la Economía Política del Socialismo. Y me obligo a creer que ha valido la pena, aun cuando percibo un paisaje donde se le siembran barreras a las palabras.

Que levante la mano el cubano de a pie que puede  sufragar, mínimo, los gastos esenciales del mes, únicamente con el sueldo.

De negociante tengo lo de apasionado a los deportes; o sea, nada. De modo que vuelve la letanía: rentar habitaciones o ser periodista; ser un periodista a tiempo parcial que renta habitaciones; rentar habitaciones para vivir y ser periodista por placer…

Me devano los sesos para conseguir el balance de la ecuación, pero el día no tiene más de 24 horas. A todo reventar, lo más feliz que logro es aprovechar el silencio de la noche, cuando los turistas no están o duermen, escuchar música en inglés, servirme una copa de vino, abrir la hoja digital y empezar a escribir esta catarsis que quiero asociar, a la fuerza, con algún género periodístico.

Bajo la pluma del Maestro

Bajo la pluma del maestroTambién él tuvo que lidiar con lectores inconformes, acontecimientos de último minuto, emergencias y tragos amargos. Quizás tuvo que enfrentar períodos de menos abundancia para sacar sus escritos de la imprenta con el mínimo decoro. A fin de cuentas su grandeza no se había escrito todavía. Era, simplemente, el hombre que desde los 15 años había sucumbido al encanto de la escritura, cuando puso en manos de doña Leonor sus primeros versos: A mi madre; el hombre que hizo de la cuartilla en su tribuna de expresión.

Mas, ni siquiera en la jornada más tempestuosa dejaron salir palabras de su pluma, y no precisamente las más apegadas a la literatura, sino las que retrataban las luces y sombras de la realidad que le tocó vivir. Era, simplemente, un periodista de aquellos años.

Lo que sí no pudo prever Martí fue que, siglos después, erigirían una especie de estandarte, de declaración de principios para quienes decidieron consagrar su existencia al oficio que cierto escritor latinoamericano calificó como el más bello del mundo.

“No es el oficio de la prensa informar ligera y frívolamente sobre los hechos que acaecen (…) Toca a la prensa encaminar, explicar, enseñar, guiar, dirigir; tócale examinar los conflictos (…) tócale proponer soluciones, madurarlas y hacerlas fáciles, someterlas a consulta y reformarlas según ella; tócale, en fin, establecer y fundamentar enseñanzas si pretende que el país le respete, y que conforme a sus servicios y merecimientos, la proteja y la honre”, escribió el 8 de julio de 1875.

Tales ideas, sin embargo, a veces parecen caer en la hojarasca de las gavetas institucionales, parecen más hechas para los libros de teoría que para el periodismo nuestro de cada día. Tales ideas encuentran, a veces, un listón muy difícil de esquivar frente a los muros desde donde se dicta silencio.

La fuente informativa que cierra la puerta, el funcionario que se escabulle delante de nuestras narices, el jefe que intenta pasar gato por liebre, el líder bendecido con la potestad de no ofrecer declaraciones… aparecen una y otra vez durante el ejercicio reporteril cotidiano, ¿acaso de por vida?

¿Dónde quedan las misiones que encomendara Martí a la prensa de explicar, fortalecer y aconsejar, de hacer estudios de las graves necesidades del país para fundar sus mejoras? ¿Dónde queda aquello de “aceptar lo que viene en forma de razonado consejo”? ¿Dónde queda aquello de que “la prensa no puede ser, en estos tiempos de creación, mero vínculo de noticias, ni mera sierva de intereses, ni mero desahogo de la exuberante y hojosa imaginación”.

Pese a asistir a las más disímiles recreaciones de la vida del más universal cubano —desde las más realistas, hasta las premiadas de alto concepto estético—, por parte de las letras, sin embargo, todavía falta largo trecho para aspirar a aquel periodismo nuevo y diferente que aspiraba el Héroe Nacional cuando comenzó a escribir en El Diablo Cojuelo.

Como expresara una colega: “Lo que no imagino es al Apóstol solicitando permiso para escribir sobre tal o más cual tema, esperando en su sillón de Nueva York por los datos que prometió enviarle cierto funcionario que, a su vez, debía consultarlo con el nivel central; no lo imagino, definitivamente, cambiando por eufemismos sus metáforas más osadas. Él —escrito así, en mayúsculas, como suele imprimirse el nombre de Dios— no lo habría permitido”.