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Cambia la imagen, ¿y el contenido?

Cambia la imagen, y el contenidoLos espacios informativos de la Televisión Cubana sorprenden a quienes estamos del otro lado de la pantalla con un cambio en su visualidad; modificaciones que, para ser sinceros, no logran deslumbrarme y me huelen más a reformas asociadas a no quedar rezagados respecto a medios internacionales como Telesur, cuya bendita irrupción en los hogares cubanos ha sido una especie de sacudión en las mentes anquilosadas de administrativos y realizadores del departamento del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT).

Ahora los sets presumen de pantallas de plasma de gran dimensión y tablets con tecnología Android en manos de locutores, presentadores y comentaristas en aras de concebir unas emisiones que, aunque se empeñen en negarlo, convergen en ciertos puntos con noticieros extranjeros (y que Dios me libre de la excomunión).

Ver de pie a Serrano —presentador del Noticiero Estelar— al lado del periodista de turno para introducir el comentario nacional o extranjero; ver a los responsables del segmento cultural o deportivo con un LED de fondo no constituye novedad alguna para quienes a través del denominado paquete de la semana o “carga”, como se le dice en mi tierra, han visto informativos y boletines de países ubicados al Norte o al Este de Cuba.

Sin embargo, en medio de los trajes nuevos de Serrano y los conjuntos de chaqueta de Daisy Gómez; en medio de tanta bruma tecnológica —que a veces le dispara los nervios a quienes están delante de cámara por no saber trabajar con los aparatitos—, me pregunto si la digitalización en el Sistema Informativo de la Televisión Cubana devendrá también punto de partida para la renovación del ejercicio periodístico contemporáneo.

¿Será que las pantallas high definition mostrarán temas medulares de la Cuba actual? ¿Será que los teleprompter traerán un discurso menos triunfalista?

Para nada me opongo a las transformaciones estéticas de los programas noticiosos (los pobres, Telesur les ha puesto una parada demasiado alta), pero defiendo aquellos cambios cosméticos encaminados también a reconquistar, contenido mediante, a un público que hoy apenas se identifica en la pantalla chica y convierte a la TV en una radio con imagen u oráculo del pronóstico meteorológico.

Prefiero una TV de palo, pero capaz de cautivar al espectador con noticias que valgan la pena, no una que, pese a su renovado maquillaje, no logra saciar la sed informativa de un pueblo que no vive de espaldas al mundo.

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Arbolito, arbolito

ArbolitoSi no fuera por esta imagen en blanco y negro, mi memoria no tuviera recuerdo alguno de mi primer arbolito de navidad. Un amigo de mi padre captó aquel instante; gracias a él y su instantánea es que puedo contar esta historia.

El día exacto en que fue tomada es imposible de determinarlo porque las fechas se confunden en las remembranzas de mis padres. Lo único cierto es que tuve mi primer árbol de navidad a los dos años, después de bautizarme porque en aquellos tiempos mi abuelo materno, marxista por convicción y comunista a toda costa, no admitía colocar una planta vestida con algodón para simular la nieve y ataviada de andariveles de colores en un rincón de casa.

Siempre me han dicho que vine a este mundo, entre otros asuntos, a cambiarle el corazón a mi abuelo porque él me ha consentido lo que nunca le permitió a mi madre. Ya lo dijo en más de una ocasión el periodista cubano Luis Sexto: “Los abuelos generan el único cariño gratuito de la vida (…) Los abuelos miman, aplauden, amparan, y como clientes distraídos de la bodega, se marchan sin esperar el vuelto de su moneda”.

Así pues, aquel día mi abuelo no chistó cuando su yerno “sembró” en el jarrón de mi difunta abuela las desvencijadas ramas del arbolito de su niñez, las cubrió de algodón, bolas pintadas con esmalte de uñas, un rostro de Papá Noel de cartón y colocó encima del televisor ruso, marca Orizon, mi primer árbol de navidad.

Dicen que reí mucho, tal vez por el colorido, por el impacto de la cara de aquel hombre gordo con barba blanca y sonrisa exagerada, acaso porque mis padres me contagiaron su alegría o quizá porque desde entonces mi fe empezaba a crecer. No sé.

Mi primer arbolito no tuvo guirnaldas, en aquellos tiempos de austeridad no se conocía de los adelantos de las industrias capitalistas en cuestiones navideñas. Mi Belén, pesebre o nacimiento, como le decimos en Cuba, fue muy pequeño o al menos así me dijeron porque tampoco conservo memorias al respecto. Muchos años después fue que supe de lucecitas para los arbolitos, de María, José y el niño Jesús, y aprendí a disfrutar la Navidad.

Desde entonces han transcurrido más de dos décadas. Ahora no queda espacio en mi palacete decimonónico donde no cuelgue un ornamento de navidad; escuchamos villancicos y recordamos a los que no están con nosotros en estas fechas por distintos motivos.

Pero siempre recordaré con especial cariño mi primer arbolito de navidad, del cual todavía perduran adornos, a pesar del tiempo. Creo que aún sobreviven algunas motas del primer algodón, no exagero.

Con ese pinito verde comenzó la alegría de mis diciembres y el corazón de mi abuelo se llenó de luces navideñas, esas que justo hoy contemplaré con mi familia y en especial con él cuando me tome una foto a su lado con el pesebre y el arbolito de casa al fondo, una tradición iniciada por mí hace algunos años. Mi abuelo, sonriente, posa conmigo cada 24 de diciembre, a solo horas para recordar el nacimiento del Emmanuel.

Enseñar a volar

Enseñar a volarCuando llegó al aula, dispuesta a enamorarnos de la entrevista radiofónica, en segundo año de la carrera, supe que Alicia Elizundia no era una profesora normal. Nada sé de métodos adivinatorios, aunque no era necesario consultar una bola de cristal o las cartas del tarot para presagiar que con ella las clases rebasarían la teoría.

Al hablar de periodismo, se transformaba. Parecía una actriz entregada en el escenario, una bailarina dejando la piel en cada movimiento. Parecía estar poseída, arrebatada… y al mirarte a los ojos te contagiaba aquel delirium tremens,  te arrastraba a su trance.

De ella solo conocía las anécdotas de pasillo, cúmulo de experiencias de años anteriores que pueden ensalzar o destruir a un profesor en un santiamén. De a poco, durante los 90 minutos de conferencias, tres veces a la semana, construí mi propia Alicia.

Aun cuando me tilden de empalagoso, me tomo la libertad de presentárselas.

Alicia Elizundia, la mía, es la periodista que me ayudó a superar el trauma a la entrevista de personalidad, después de una amarga experiencia con un catedrático cuyo nombre debo callar por ahora. Es la profe con quien hablé de mi debilidad por la crónica periodística -considerada menor para muchos académicos, tanto el género como los cronistas-. Pero, por encima de todo, Alicia fue, es y será la reportera que me enseñó a volar, a escalar en el universo de los medios. “Siempre se los digo a mis alumnos: nunca dejen de soñar, pero no esperen sentados. A los sueños hay que ayudarlos a hacerse realidad”, decía siempre.

Y no lo hacía por presumir de filósofa, sino con pruebas contundentes de su quehacer. De no haberse atrevido, jamás hubiese entrevistado a la cantautora Teresita Fernández, José (Pepe) Alejandro Rodríguez, paradigma del periodismo cubano, y tantas otras figuras inalcanzables a nuestros ojos inexpertos.

Quizá porque me siento eternamente en deuda con ella es que me cuesta entender cómo su nombre no aparece en un reportaje publicado en el diario Granma, a propósito de los 80 años de la emisora villaclareña CMHW, una de las más famosas en Cuba. He releído palabra por palabra con la esperanza de haber perdido el hilo en un pestañazo, pero no: su nombre no figura, ni tampoco el de Frente al Espejo, programa de entrevistas que mantuvo a flote muchísimo tiempo.

Me desconcierta. Quisiera creer que tal descuido se debe a su ausencia del medio -está fuera de fronteras por compromisos laborales-, al espacio en página, al número de líneas y hasta algún corrector distraído que suprimió el párrafo donde se le mencionaba. Y aún así me cuesta entender que la Doctora Alicia Elizundia, voz reconocida en el gremio reporteril villaclareño y cubano, autora de libros de testimonio y entrevistas, merecedora de un arsenal de reconocimientos nacionales y extranjeros, Premio Anual de Periodismo Juan Gualberto Gómez (1996),  Premio Nacional de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro (2000), Distinción por la Cultura Nacional (2002)…haya pasado desapercibida, tanto su nombre como impronta en la W.

Imagino las miradas desleales que deben haberla circundado por cosechar éxitos, los susurros a sus espaldas…, pero los celos también rondan esta profesión.  Por eso este martes escribo para Alicia, la mía, dueña del don de conmover con las palabras; periodista que en tiempos donde la televisión y los medios digitales se imponen, ella defiende a mansalva el embrujo de la voz y las ondas de radio.

Ritual de enero

Ritual de eneroDentro de pocas horas abrirá la puerta del despacho, encenderá velas e incienso, invocará a las musas… contemplará  la fotografía de su hija Paula, escuchará los susurros de los espíritus que la acompañan, respirará hondo y escribirá las primeras palabras en la cuartilla en blanco presa en la computadora. Hoy, 8 de enero, la escritora Isabel Allende da vida a una nueva historia.

No lo niego: daría hasta lo imposible por conocer a esta chilena raigal, a quien descubrí con 14 años cuando quedé prendido de la historia de Eliza Sommers y Joaquín Andieta en tiempos de la fiebre del oro. También yo zarpé del puerto de Valparaíso escondido en la embarcación donde se refugió la joven protagonista de Hija de la Fortuna, para acompañarla a buscar a su amado en la California del siglo XIX.

Desde entonces juré a Isabel una fidelidad inquebrantable hasta el fin de mis días y decidí sumarme a la lista de adictos a su literatura. Envuelto en el deslumbramiento, aprendí de su historia familiar, de aquel 8 de enero, cuando comenzó a escribir, en la cocina de la casa de Caracas, donde se refugió del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 perpetrado por Augusto Pinochet, una carta dirigida a su abuelo enfermo donde le contaba todo cuanto había aprendido de él.

Ahí nació La Casa de los espíritus, páginas que irremediablemente me remiten a anécdotas de mi familia y me recuerdan lo impredecible de la existencia humana. El más idílico paisaje puede transmutarse en un verdadero infierno de la noche a la mañana, como le sucedió a los Trueba cuando el militarismo irrumpió en aquel país latinoamericano.

Gracias a uno de mis tíos postizos tengo firmado por ella La ciudad de las bestias, el primer volumen de una trilogía dedicada a sus nietos. “Para Carlitos, Isabel Allende”, escribió cuando el cubano radicado en la Gran Manzana le dijo mi nombre. Ya lo sé, tales palabras no difieren de los cientos de dedicatorias que firmó ese día para miles de desconocidos, pero para mí constituyen uno de mis más preciados tesoros, aunque la frase suene manida.

Más allá de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, le agradezco a Neruda el haberla acusado como la peor periodista de Chile, sentados en el salón de su casa en Isla Negra y le aconsejó dedicarse a la literatura “donde todos esos vicios son virtudes”, como ha confesado la propia Allende en muchas ocasiones.

Aun cuando no acatara el consejo y siguiera por la senda del Periodismo, la admiraría por la capacidad de defender su suelo con el arma de las palabras, pero de no cegarse y denunciar los males que laceraban al país, como lo hizo con la discriminación femenina cuando trabajó en la redacción de distintas publicaciones.

“El destino no puede torcerse”, dice siempre mi madre. De una forma u otra sabría de la existencia de la autora de El plan infinito. Escritora o periodista, le profesaría la misma admiración.

Desde este rincón del mundo bendigo el día en que doña Panchita, madre de Isabel, le regaló un cuaderno donde pudiera plasmar con palabras las ideas antes dibujadas por la niña en las paredes de su habitación porque “ese fue el inicio de una vida signada por la escritura”.

“Los sueños son fundamentales, nos ayudan a entender la realidad y sacar a la luz todo cuanto está enterrado en las cavernas del alma”, escribió en La suma de los días. Por eso me aferro a la ilusión de verla al menos un instante.

A miles de millas de distancia la imagino realizar su ritual de enero para dar vida a otro libro. Mientras,  hipnotizado por el apasionamiento que me recorre el cuerpo cuando escucho nombrarla, escribo estas palabras que quizás lea alguna vez, si por esos misterios tecnológicos de Internet llega por accidente a la Isla nuestra de cada día.