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A mucha honra, mamía

IMG_1620“Caballero, ¡cómo ha cambiado esto!”, concluyen, a veces con euforia; otras, con cierta dosis de nostalgia, quienes regresan a Trinidad después de un período de ausencias. Y puede que tengan razón.

El rostro de desamparo que durante años tuvo el Centro Histórico, por suerte, habita solamente en las instantáneas sepias de los archivos o en las memorias de quienes vivieron —y sufrieron en carne propia— los años en quela Plaza Mayor y sus alrededores devenían una boca de lobo apenas despuntaba el anochecer.

Puede que ahora el añejo corazón de la villa simule, más bien, una avenida parisina —así ha declarado más de un visitante, no yo, que solo conozco la París retratada en Internet—; que cada día se inaugura un restaurante, una cafetería, un hostal y que ahora se añore el silencio como nunca antes. Mas, allá donde se cuece el orgullo, al menos todavía, no ha llegado el contagio.

Aun cuando el tiempo pase, se sigue diciendo “mamía” —apócope de alma mía— y “hey, sí” en medio de una conversación informal. Si tocan a la puerta respondemos con un “Vaaaaa”, el punto de randa La trinitaria continúa naciendo de la urdimbre, nos resistimos a decir que somos espirituanos si nos preguntan la procedencia y no existe nada mejor que una jaba de guano para ir a buscar los mandados. Y se sigue cantando el Miserere en latín cada Semana Santa, y la Plegaria de los Siete Dolores de la Virgen, y a cada rato se recuerdan a los locos del pueblo con sus dichos y costumbres inmortales, y las leyendas que aprendimos de la abuela o los libros de los cronistas.

Puede que ahora el añejo corazón de la villa simule más bien una avenida parisina, es cierto; piel adentro, sin embargo,seguimos suscribiendo con puntos y comas aquel nombramiento no oficial de República Federativa Independiente. ¡Y a mucha honra, mamía!

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Misterio de fe

Misterio de fe islanuestradecadadiaCuando llega la Semana Santa, Trinidad se transforma, se percibe un ajetreo distinto en las calles. La gente quiere saber si hay procesión, a qué hora. Desde el jueves empiezan a llegar turistas del rincón más improbable del planeta junto a los trinitarios bendecidos con la posibilidad del regreso -y también los medios económicos-.

Como en el resto de las iglesias del mundo, existen celebraciones litúrgicas a lo largo de la Semana Grande, pero el mayor misterio todavía yace en la Procesión del Santo Entierro, el Viernes Santo, en esas dos horas de recorrido donde se rememora la ruta del Gólgota. Eso es lo único que ha sobrevivido de las relaciones Estado-Iglesia por estas tierras de Dios, otrora dueña de unas festividades eclesiásticas tan majestuosas que siempre se decía que después de la Semana Santa de Sevilla, estaba la de Trinidad.

He aquí uno de los rostros más antiguos de la villa: el de celebrar la pasión y muerte de Jesús de Nazaret con una devoción popular sin límites; un evento donde confluyen creyentes, santeros, ateos, curiosos, extranjeros, visitantes de otras provincias, blancos, negros, mulatos, chinos, niños, adultos y ancianos en una suerte de ajiaco como los descritos por Fernando Ortiz, todos bajo el ingrediente de la tradición.

Aun cuando solo está permitida la procesión del Viernes Santo -del lobo un pelo, digo yo-; aun cuando el recorrido es el mismo, las imágenes, la música… cada año acuden miles de personas y cuando los tambores, clarinetes, trompetas y platillos de la banda municipal tocan la marcha fúnebre, los pelos se ponen de punta, la gente se pone seria, embebida por el misterio y el silencio.

Tres son las imágenes en el peregrinaje: el Santo Sepulcro, San Juan y la Virgen de la Soledad. Al primero lo carga el pueblo, las manos rudas del constructor, del ex presidiario; lo conducen los pies del vendedor en las esquinas, del que corre hacia el hospital… lo protege la mirada de quienes le siguen con sus velas encendidas, resguardadas en vasos plásticos o cartones.

Miembros de la comunidad acompañan al discípulo amado. Él le señala el camino al Calvario a María de la Soledad, cuyas manos sostienen la corona de espinas y su rostro desconsolado, lo envuelven las lágrimas. Los jóvenes custodian a la madre durante el recorrido y desafían las irregulares calles empedradas para moverla lentamente de un lado a otro -la «bailan», dirían los más viejos-, como si caminara por la ruta de la cruz.

Mientras este camino continúa por la calle Amargura, llega a las Tres Cruces, baja por la calle Real para llegar a la Iglesia Santísima Trinidad, punto de partida, otros deciden permanecer en la Plaza Mayor para rezar y aguardar por la salida del Cristo de la Vera Cruz, un símbolo de la ciudad, que sale a escuchar el clamor de sus hijos desde el arco central del templo.

Al regreso las tres imágenes descansan entre la iglesia y la plaza, alrededor del crucificado, en una escena sui-géneris, rodeadas por ese mar de luces tintineantes en las manos del pueblo. Entonces se escucha el canto del Miserere en latín -uno de los pocos lugares en Cuba donde se mantiene la costumbre- y el himno al Cristo de la Vera Cruz. No importa si no entiendes qué significa la plegaria: basta mirar los ojos de la gente mientras contempla las imágenes, les tocan el pelo, el manto, las manos… para cumplir promesas o pedir amparo; basta contemplar al padre con el niño en hombros, bañado en sudor, a la anciana con el rosario en la mano, a la joven con los collares de Ochún rezarle al Sepulcro para dejar de buscar explicaciones racionales y dejarse seducir por el misterio, al menos por una vez en la vida.

Detalles

Detalles¿Qué escribir el último día del año?, esa pregunta me ha atormentado desde hace meses cuando descubrí que la suerte, o el destino, escogió el martes para despedir el 2013.

El año pasado, la primera jornada de enero recayó también en el tercer día de la semana. Entonces les conté que en estas fechas solo prefería despertar en casa. Soy enemigo de las reiteraciones, lo saben. “Lo escrito, escrito está”, sentenció Poncio Pilatos frente al Crucificado y reescribir sobre una historia sin tener semillas nuevas para enriquecerla resulta infértil; es mejor dejarla reposar tal cual está porque, al final, sólo terminas retocándole el maquillaje, nada más.

En octubre recibí un detalle de manos de un hermano que la vida me regaló, aunque nuestra sangre sea distinta. Celebrábamos el cumpleaños de una amiga. Desde la terraza donde estábamos se veían las majestuosas edificaciones enclavadas alrededor de la Plaza Mayor de Trinidad, un paisaje especial, casi mágico. Empezó a llover. Cuando escampó dos arcoíris nacieron de las lomas del Escambray, se alzaron por detrás de la torre del antiguo convento de San Francisco de Asís y se difuminaron con los colores del ocaso. “Miren -nos dijo él a mí y a mi amiga- les regalo un arcoíris cada uno”. Las franjas de tenues colores perduraron hasta el anochecer.

Ese día empecé a cocinar este post. Al principio pensé dedicarlo sólo a ese obsequio, pero en los últimos meses buenos amigos me han regalado nuevos detalles, justo a tiempo para levantarme e iluminarme.

Después del arcoíris de octubre aparecieron los poemas que, a modo de comentarios, me alentaron el día que publiqué sobre mi tercer naufragio, unas líneas escritas sólo para aliviar la catarsis y, a la postre, se convirtieron en una de las más comentados del año. Agradezco en especial los versos de Manuel Alberto, escritos para mí.

A principios de diciembre llegó mi primera exposición de fotografía, alegrías profesionales gracias a una criatura de isla, conocí personalmente a la bloguera-periodista que me nominó al LiebsterAward, un premio digital en la blogosfera; caminé la calle Obispo, en la Habana Vieja, con mis papis después de más de cinco años sin ir los tres juntos  la capital…. Y el equipaje de detalles creció.

Existen presencias permanentes en este recorrido. La primera de ellas es mi familia: unida -aunque a veces el mar se interpone-, sin pérdidas en 2013, gracias a la Divina Providencia; luego mis musas, mis amigos -los de verdad, pocos, pero fieles. Éste fue un año de mucha complicidad y, a pesar de todo, han permanecido-. Y están ustedes, quienes me regalan un ratico de sus martes y domingos para caminar por esta Isla nuestra de cada día y sumarse a Lente Compartido ya sea on-line, a través del correo electrónico o Facebook.

El sábado, después de almorzar con mis amigos, me encontré con uno que me dijo: “cuando el año termina bien significa que el próximo empezará mejor”. Si así fuera, y a juzgar por mi equipaje de detalles, el 2014 estará lleno de momentos especiales.

Desde esta islita que navega en los ciber-mares de las redes lleguen las felicitaciones, el agradecimiento y la invitación a continuar juntos cada semana, a invitar más amigos a nuestras citas, a buscar nuevos suscriptores, más voces para los comentarios… y, sobre todo, a seguir compartiendo historias. ¡Feliz y próspero 2014!

Luces decimonónicas

Luces decimonónicasPareciera que una dama aristocrática asoma por una esquina, un quitrín llega hasta el portal de uno de los palacetes erigidos alrededor de la plaza, donde los sacarócratas conversan  de ingenios, plantaciones, caña mientras las señoras se abanican y salen al balcón a tomar el aire. Pareciera que cuando el reloj marca la cuenta atrás para el 500 cumpleaños de Trinidad, la villa regresa al siglo XIX.

Tal efecto lo provocan las luces que por estos días iluminan la Plaza Mayor y sus alrededores, un proyecto para resucitar las farolas adormecidas por tantos años y erigir otras donde convergen calles, al lado de ventanas, aleros… para alumbrar las arterias empedradas.

Dicen que el fulgor asemeja los días de 1857, cuando el gas se expandió como pólvora por las tuberías internas de la plazuela y sus calles aledañas para sustituir el aceite de los faroles. Entonces la ciudad resplandeció como nunca antes. Ese fue uno de los últimos golpes de gracia que recibió Trinidad antes de caer en la miseria: una luz nueva, radiante.

Ahora, después que el sol termina de escurrirse por boquetes, verjas, horcones, tejados, puertas, vitrales; después que termina de rozar las palmas, las flores sembradas en los jardines del parque; después de acariciar los galgos de hierro de la entrada principal y la escultura de Terpsícore que se alza en el centro, comienza un espectáculo de luces que embelesa a moradores y visitantes.

El resplandor amarillo se funde con el blanco de los bombillos en los portales de los museos, aparecen las sombras, los detalles arquitectónicos cobran vida y Trinidad muestra su iluminado rostro nocturno. Quienes han tenido la suerte de pasear por avenidas de otras geografías sostienen que el paisaje asemeja a una plaza parisina, veneciana o inglesa…

Tal y como ocurrió en las postrimerías de la riqueza decimonónica, las luces vuelven a salvar la ciudad, acaso en una suerte de confabulación mística para recordar que, a pesar de sus altibajos, la villa fundada por Diego Velázquez de Cuéllar, hace casi medio milenio, mantiene incólume su destello, dispuesto a irrumpir como bálsamo cuando parece caer en fases de oscuridad.