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Momentos de sabiduría

Momentos de sabiduríaEstaba de viaje, por eso escribo tarde esta semana. Por suerte tampoco tuve tiempo de programar un post para ayer. Y digo por suerte porque gracias a una sorpresa es que nació la historia de este miércoles con sabor a martes…

(…)

Hace exactamente un año que no veo a la Hermana Antonia, una Religiosa de María Inmaculada (RMI) cuya existencia puede dibujarse con un par de sandalias y una sonrisa porque nunca ha dejado de caminar y alegrar a la gente. Un día nos habló de la vocación y dijo que la suya era perderse en el monte, en los barrios donde la vida no es un cuento de hadas para caminar, caminar siempre “hasta que Dios quiera y tratar de aliviar un poco las penas de todo el mundo”.

Antonia me cargó prácticamente desde que nací. Una vez me faltó poco para orinarle el hábito, cuando llegué a la Plaza Mayor y ella era la “monjita” que todos los sábados subía la empinada calle Rosario para dar catequesis. Antonia me regaló mi primer rosario y mi primera Biblia para niños; reliquias bien guardadas a pesar de los años.

Desde entonces ella se hizo presente en mi vida, aun desde la distancia, cuando fue destinada a Las Tunas. Luego regresó a Trinidad. Para esa fecha yo era casi un jovencito. Entonces empecé a caminar con ella a Magua, El Central, La Pedrera, entre otras comunidades rurales para aprender el acto de servir a desconocidos aunque después, tal vez, no te agradezcan; de intentar dejar huellas “porque de eso se trata la vida, muchachos, de dejar huellas, aun cuando sean pequeñas”.

Más tarde partió a Cienfuegos, hasta anclar, definitivamente, en la Casa Madre porque el almanaque le está cobrando tanto camino hecho. La última vez que la vi ya no tenía la fuerza necesaria para subir cuestas empinadas, pero sí las precisas para andar por El Cerro y conversar con las familias de esa barriada capitalina. Ya no tenía la fuerza necesaria para perderse en el monte, pero sí las necesarias para andar de un ala a otra del convento, del asilo a las aulas para atender a los adolescentes. La campana para llamarla era la que más resonaba en la residencia.

Hable con ella tres días antes de discutir mi Tesis.

-¡Dios mío, si ya te me gradúas, Carlitín! ¿Cuándo el tiempo pasó tan rápido?

– ¿Y en qué andas ahora, Antonia?

– En lo mismo, en esto y en lo otro: caminando, caminando siempre hasta que Dios quiera y tratando de aliviar un poco las penas de todo el mundo.

Ahora, después de cuatro horas de viaje, entro a mi cuarto. Encima del buró hay un sobre sellado. Para Carlitín, escribió alguien. Lo abro. Dentro hay una tarjeta con un mensaje para mí: “(…) Que el Señor siempre guíe tu pluma, pero la pluma de tu corazón (…)”. Hay también un libro de bolsillo, bien pequeñito. Se llama Momentos de sabiduría. En su portada también tiene un mensaje: “Que la sabiduría de Dios siempre guíe tu escritura”. Firma: Hermana Antonia RMI.

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Misterio de fe

Misterio de fe islanuestradecadadiaCuando llega la Semana Santa, Trinidad se transforma, se percibe un ajetreo distinto en las calles. La gente quiere saber si hay procesión, a qué hora. Desde el jueves empiezan a llegar turistas del rincón más improbable del planeta junto a los trinitarios bendecidos con la posibilidad del regreso -y también los medios económicos-.

Como en el resto de las iglesias del mundo, existen celebraciones litúrgicas a lo largo de la Semana Grande, pero el mayor misterio todavía yace en la Procesión del Santo Entierro, el Viernes Santo, en esas dos horas de recorrido donde se rememora la ruta del Gólgota. Eso es lo único que ha sobrevivido de las relaciones Estado-Iglesia por estas tierras de Dios, otrora dueña de unas festividades eclesiásticas tan majestuosas que siempre se decía que después de la Semana Santa de Sevilla, estaba la de Trinidad.

He aquí uno de los rostros más antiguos de la villa: el de celebrar la pasión y muerte de Jesús de Nazaret con una devoción popular sin límites; un evento donde confluyen creyentes, santeros, ateos, curiosos, extranjeros, visitantes de otras provincias, blancos, negros, mulatos, chinos, niños, adultos y ancianos en una suerte de ajiaco como los descritos por Fernando Ortiz, todos bajo el ingrediente de la tradición.

Aun cuando solo está permitida la procesión del Viernes Santo -del lobo un pelo, digo yo-; aun cuando el recorrido es el mismo, las imágenes, la música… cada año acuden miles de personas y cuando los tambores, clarinetes, trompetas y platillos de la banda municipal tocan la marcha fúnebre, los pelos se ponen de punta, la gente se pone seria, embebida por el misterio y el silencio.

Tres son las imágenes en el peregrinaje: el Santo Sepulcro, San Juan y la Virgen de la Soledad. Al primero lo carga el pueblo, las manos rudas del constructor, del ex presidiario; lo conducen los pies del vendedor en las esquinas, del que corre hacia el hospital… lo protege la mirada de quienes le siguen con sus velas encendidas, resguardadas en vasos plásticos o cartones.

Miembros de la comunidad acompañan al discípulo amado. Él le señala el camino al Calvario a María de la Soledad, cuyas manos sostienen la corona de espinas y su rostro desconsolado, lo envuelven las lágrimas. Los jóvenes custodian a la madre durante el recorrido y desafían las irregulares calles empedradas para moverla lentamente de un lado a otro -la «bailan», dirían los más viejos-, como si caminara por la ruta de la cruz.

Mientras este camino continúa por la calle Amargura, llega a las Tres Cruces, baja por la calle Real para llegar a la Iglesia Santísima Trinidad, punto de partida, otros deciden permanecer en la Plaza Mayor para rezar y aguardar por la salida del Cristo de la Vera Cruz, un símbolo de la ciudad, que sale a escuchar el clamor de sus hijos desde el arco central del templo.

Al regreso las tres imágenes descansan entre la iglesia y la plaza, alrededor del crucificado, en una escena sui-géneris, rodeadas por ese mar de luces tintineantes en las manos del pueblo. Entonces se escucha el canto del Miserere en latín -uno de los pocos lugares en Cuba donde se mantiene la costumbre- y el himno al Cristo de la Vera Cruz. No importa si no entiendes qué significa la plegaria: basta mirar los ojos de la gente mientras contempla las imágenes, les tocan el pelo, el manto, las manos… para cumplir promesas o pedir amparo; basta contemplar al padre con el niño en hombros, bañado en sudor, a la anciana con el rosario en la mano, a la joven con los collares de Ochún rezarle al Sepulcro para dejar de buscar explicaciones racionales y dejarse seducir por el misterio, al menos por una vez en la vida.

Sutilezas

SutilezasEstamos juntos desde muy lejos,
jóvenes, viejos,
negros y blancos, todo mezclado;
uno mandando y otro mandado,
todo mezclado;
(…)

San Berenito, Santa María,
Santa María, San Berenito,
¡todo mezclado!

(…)

Nicolás Guillén

 

Me fascina la dualidad de creencias de algunos cubanos. En una mano el rosario para encomendarse al santoral católico, y en la otra un manojo de hierbas preparadas para despojarse si es necesario.

Los ojos incrédulos los identifican como simples ornamentos, los despistados apenas reparan en ellos; otros, aquellos que aguzan la vista, identifican el roll de ciertos objetos colocados sutilmente en los hogares.

En estos días he reído para mis adentros al visitar la casa de varias amistades y ver herraduras detrás de la puerta para embotellar la suerte y espejos colgados con vista a la puerta principal, para quien entre deje las malas vibras en su propio reflejo. He visto plantas de Tunas detrás de las ventanas, con una cinta roja para ahuyentar los malos ojos, imágenes de la Virgen de la Caridad con un girasol que se escurre entre el tallado y deja entrever una tacita con miel para la Patrona.

Encima de los escaparates asoman bordes de vasos con agua y en la pared del comedor la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Entre rosas, cupidos, helechos y jazmines se alzan racimos de Yo puedo más que tú y Vencedor… algunas sembradas por algún ancestro, otras recién plantadas “porque son muy bonitas”- sí, claro-. Entre los cuadros que colorean la sala se enmarcaran un ojo atravesado por un puñal, “un regalo de Fulano” ”- sí, claro-.   

Así algunas casas se trasmutan en sitios donde convergen espíritus y santos, velas y ofrendas… Con ellas se enriquece el halo místico de Trinidad, y el de esta isla toda. Tal vez estas costumbres yacen adormecidas en las esencias de cada uno, dispuestas a despertar cuando haga falta, quizá como remedio a la desesperación.

Nadie escapa a esa especie de mixtura que signa la identidad del cubano, y se hace palpable en la imbricación religiosa. En el legendario ajiaco descrito por el doctor Fernando Ortiz nos cocinamos todos, para suerte nuestra.   

“Al borde la locura hace hasta lo imposible, Carli”, me dijo hace poco una amiga. Y a pesar de una probada fe católica, hizo suyas algunas prácticas folclóricas para alejar los malos espíritus y recuperar la concordia en la casa.

Las tensiones familiares habían crecido en los últimos meses como la mala hierba, el negocio no prosperaba como pensó. Entró en catarsis y ese lunes colgó un espejo en una columna con vista a la puerta principal de su casa, sembró una Tuna, le amarró una cinta roja, y la puso en la ventana.

Fui sus ojos

Fui sus ojosParecía un sábado cualquiera, sin penas ni glorias. Esperaba a una amiga en casa de otra. Conversábamos sobre la semana, de mi catarsis habitual a finales de semestre porque la entrega de los trabajos siempre coincide con las evaluaciones de las asignaturas y el tiempo no alcanza ni a pedacitos.

Llegó la amiga por quien aguardaba. Me pidió la acompañara a llevar a su papá hasta el restaurante donde él toca en días alternos.

Acepté. Llegamos a la esquina. Lo saludé como de costumbre, pero cuando él intentó devolver el gesto estiró el brazo muy lejos de donde estaba el mío. Enseguida me apresuré a estrecharle la mano.

La retinosis pigmentaria avanzó demasiado desde la última vez que lo escuché hablar de ello. No lo sabía. Aunque todavía persistía una iluminación crepuscular, para él ya había anochecido.

-“Vamos”, indicó ella.

-“Espérate, déjame aguantarme de Carlitín porque casi me caigo la semana pasada. Eres muy bajita para mí”-dijo mientras apoyaba su mano en mi hombro, en busca de seguridad antes de emprender rumbo.

Incontables ocasiones caminé con los ojos vendados dentro de los amplios espacios de mi casa, una vez lo hice por el Prado de la ciudad de Cienfuegos, acompañado de otros jóvenes en un ejercicio de Psicología relacionado con la confianza, pero sabía que mi oscuridad terminaría al final de la dinámica. Ahora era diferente: para ese hombre yo era una suerte de lazarillo, un báculo de carne y hueso. “Arriba, muchacho, ahora tú eres mis ojos”, apuntó.

¿Cómo voy a guiarlo, si no sé nada de señas o palabras claves?, pensé.

Empezamos a caminar. “Estamos en la calle Rosario, casi llegando a Gutiérrez”, decía yo en un intento de graficar el recorrido.

Una cañada cortaba la vía en dos. ¿Cómo indicarle que salte el charco para no ensuciar sus zapatos?

Mi amiga presintió la inquietud, vino al rescate. “Párate, hay una cañada-le dijo-. Vamos a dar un salto grande, Papote. Uno, dos y…”

Cruzamos la riada de aguas sabatinas al mismo tiempo, como esa costumbre de chiquillos de caminar de manera uniforme, con el mismo pie-no sé si ustedes lo hacían cuando estaban en primaria, yo sí. Nos deteníamos y a la voz de un líder emprendíamos la marcha como un pelotón de adolescentes-.

Doblamos la esquina. Caminamos hasta la de Desengaño. Otra cañada para atravesar, pero ya conocía la técnica. Esta vez conté yo para sortear el inconveniente. –

“Estamos llegando”, anuncié al ver el cartel lumínico del restaurante.

Una vez en la puerta principal, entramos en el salón atestado de muebles antiguos. El resto del grupo se incorporaría más tarde. Él pidió lo dejáramos sentado delante del bongó hasta que la visión se acostumbrara a la luz y alcanzara a distinguir al menos sombras. Su mano abandonó mi hombro.

Parecía un sábado cualquiera, sin penas ni glorias. Ya no lo era. Una sensación desconocida desbancó la preocupación de antes por la escasez de tiempo en la última semana de clases.

Horas más tarde sentía en mi hombro la fuerza de ese hombre cuya visión oscurece por día sin esperanzas de revertir el padecimiento, que al tocarme me había convertido en el faro para alumbrarlo en su penumbra.