Archivo de la etiqueta: Sancti Spíritus

Repentista de ciudad

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Como todo guajiro que se respete, Mateo Chaviano nació en pleno monte. En Báez, para ser exactos, un punto de la geografía de Sancti Spíritus, pero el destino lo llevó a recalar en el reparto Armando Mestre, en Trinidad, medio siglo atrás.

Con más de 70 años surcándole el rostro, Mateo debe ser el único repentista citadino de la villa, al menos de los que quedan en activo y, el más querido en los campos del Escambray. Sigue leyendo

Anuncios

Compañeros malhechores

Compañeros malhechoresEran días de ejercicios estratégicos, esos que se realizan cada cierto tiempo para entrenar al pueblo acerca de cómo proceder en caso de la explosión de una bomba nuclear, la invasión alienígena de Marte o del Norte, la emancipación de las hormigas, etc., etc, armamento ruso y tácticas cubanas mediante.

Presunto delito: Dos pasajeros huían a todo meter después de robar las pertenencias de algunos tripulantes del ómnibus Yutong que se volcara en un punto X de una carretera X de Sancti Spíritus. Al final (adivinen) dos oficiales de nuestra victoriosa Policía Nacional los atrapaban. Vaya, todo un episodio de Tras la huella, un CSI a lo cubano en vivo y en directo para las cámaras, micrófonos y grabadoras de los medios provinciales.

Los supuestos delincuentes eran flacos, dice el que contó la historia, con piernas ágiles para la carrera. Los policías, aunque un poco subiditos de peso, tenían cierto porte de superhéroes.

Comenzó la función: Luego del hipotético percance de la guagua, los bandidos corrían a toda velocidad con pertenencias ajenas; dos versiones espirituanas del correcaminos de Disney… Detrás, los oficiales perseguían a los cuatreros para ajusticiarlos. “Malditos bandidos, no se escaparán, la verdad siempre triunfa sobre el mal, y nosotros entrenamos mañana, tarde, noche y ʻmadrugáʼ para atrapar a esta gentuza”, debió rumiar para sus adentros el guardia para mayor credibilidad en el papel, supongo.

Ladrones con ventaja. Policías continúan la persecución. Ladrones ganan más ventaja, casi se pierden en el monte. Las libritas de más de los policías empiezan a pasar la cuenta. Cámaras, micrófonos y grabadoras captando el momento. Ladrones siguen corriendo. Policías muestran signos de sofoco. El ejercicio no está saliendo como lo previsto.

Desde el altavoz ordenan: “Compañeros malhechores: hace falta que disminuyan la velocidad para que la policía los acabe de coger”.

La constancia no precisa de milagros

La constancia no precisa de milagros— ¿Cuántas mariposas hay aquí? ¡Vamos a contar!— indica la maestra.

El pequeño frunce el entrecejo, y no precisamente por temor a responder de forma incorrecta, sino porque no simpatiza del todo con las figuras en el cartón.

—Ah, no te gustan mucho las mariposas —repara la educadora—. Pero, mira, aquí hay carritos.

Entonces el aprendiz cuenta las figuras con la cadencia y el tono de quien escuchó su propia voz a los cinco años.

Parálisis Cerebral Infantil e Hipoacusia resulta el diagnóstico de Edelvys Ernesto Reyes García, natural de San Carlos, La Sierpe; un niño que, a juzgar por los designios de la vida, permanecería en un mundo inerte y silencioso, tal cual sucedió durante los primeros años.

Mas, apenas se acercaba la edad escolar, llegaron a oídos de Elisbel García González, su madre, los ecos del trabajo de la Escuela Especial para Niños Sordos e Hipoacúsicos Rafael Morales González, en Sancti Spíritus.

Inició así el peregrinar, los primeros movimientos para desarraigar poco a poco la rigidez, los ejercicios para derrocar el muro del aislamiento, los susurros para iluminar el silencio, los ardides para convertir rasgos imprecisos, desperdigados por la hoja, en trazos más definidos… Y las barreras, montañas, abismos e incertidumbres se fueron allanando, al punto de que, a solo seis meses, apenas asoman en el camino.

Basta llegar al aula para notar cómo sus pasos ganan en estabilidad, escucharlo decir su nombre, edad así como mencionar e identificar los colores con una voz ronca, pero transparente.

Cada miércoles y jueves, hasta la diez de la mañana, continúa el trabajo para perfeccionar también la posición articulatoria de la boca y la agilidad en el trazado. Llegan las actividades de lengua materna, los análisis fónicos, las nociones de Matemática donde agrupa por conjuntos, asimila las figuras geométricas y aprende qué es largo, corto, grande, pequeño, y las orientaciones espaciales.

“Cuando nació él era un vegetal, no se movía, no hacía nada. Esto es como si volviera a nacer: verlo en la silla, señalar donde queda arriba y abajo, agarrar el vaso, pueden parecer cosas pequeñas, pero para nosotros son como récords de deportistas”, señala Elisbel.

Con un aparato que se yergue de la cintura a los pies, Edelvys parece una suerte de caballero en ciernes resguardado por su armadura; un caballero —eso sí— al que le gusta el pan mojado, ya sea con leche o refresco; un héroe de apenas cinco años que cada día afianza su transitar por el universo de los sonidos y el movimiento. Basta mirarle a los ojos para corroborar que no se precisa de milagros para labrar un rumbo mejor. La constancia es suficiente.

Balcones

BalconesPor primera vez en mi vida me encuentro rodeado de balcones de lunes a jueves, en un reparto bendecido con la tranquilidad pero desgraciado en atractivo arquitectónico.

Como árboles de concreto se erigen por los cuatro costados cientos de edificios, en una especie de laberinto que me ha tomado más de cuatro meses aprender a desentrañar, cuya diferencia yace, únicamente, en el color de las paredes exteriores.

Cada tarde, cuando termina la jornada laboral, penetro sin remedio en el barrio Olivos I, de Sancti Spíritus, y los edificios salen al acecho con sus rostros hieráticos. Solo los balcones logran sacarme del trance. Y no por el diseño del enrejado, que si bien garantizan la seguridad arrebatan todo aire de libertad al espacio, sino por convertirse en silenciosos delatores de los bienes, costumbres, incluso intimidades de los propietarios.

En aquel balcón hay dos tanques para almacenar agua —en algún momento de su vida, quien vive ahí sufrió un trauma con la escasez—; dos pisos más arriba un hombre hace mil y un malabares para colgar su bicicleta china—ahí no vive ningún jefe, por supuesto—. Allá, en el que está pintado de amarillo, alguien es fanático a la botánica porque lo convirtió en una especie de jardín colgante de Babilonia a mínima escala donde helechos, cactus y begonias se balancean en los macramés.

Enfrente hay un recién nacido o un niño de meses; basta mirar la cantidad de pañales y sábanas de cuna chorrear agua desde el amanecer de Dios para concluir que “la measón de la noche”, como dirían en mi casa, fue de madre. Y justo debajo la ropa interior de otros propietarios, tendida sin pudor, para que todo el transeúnte que deambule por la zona, resuelva que, paredes adentro, una mujer gusta de los calienticos con dibujos picantes y seduce a su pareja con un hilo dental.

Más adelante vive el cuentapropista, cuyo balcón se convierte en una especie de vocero de su negocio de “escaneo, impresiones y fotocopias de documentos. Fotos de carné de identidad, visa y pasaporte, relleno de memorias USB con series y novelas. Todo al momento”. Luego, en el cuarto piso, Ciclanita espera a Perencejito Pérez, su novio, a quien, parece, le duelen mucho las piernas para subir a buscarla; por eso le chifla y luego llama: “Ciclanitaaaaa, asómate al balcón”.

Balcones abiertos, cerrados, entreabiertos; balcones que cobran vida después de las cinco de la tarde, cuando Fulana sale a escoger arroz mientras cuchichea con la vecina; balcones pintados, descascarados, repellados, remendados, abandonados; balcones de donde cuelgan camisas Lacoste —burda copia ecuatoriana, creo—, uniformes de obreros y batas de amas de casa, sábanas de caché, sábanas zurcidas; balcones desiertos; balcones que sirven de retaguardia a los curiosos del barrio, agazapados tras las persianas de aluminio para chismosear más tarde de las once mil vírgenes; balcones desde donde las madres localizan a sus hijos para indicarles: “!A bañarteeeee!”; balcones que protegen secretos familiares, frustraciones, fantasías…; balcones que cambian la fisonomía de edificios inexpresivos y hacen más llevadero el insoportable momento del día cuando debo penetrar en el barrio espirituano Olivos I, aunque no quiera.