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El primogénito que se convirtió en Héroe

El primogénito que se convirtió en HéroeQuizá la clarividencia de las primerizas rondaba por estas horas a Leonor Pérez Cabrera, una mujer que, si bien los libros históricos recuerdan con el calificativo de Doña, aquel 28 de enero de 1853 era apenas una jovencita de 25 años a punto de descubrir el milagro de la maternidad.

Tal vez mientras la comadrona preparaba las condiciones para recibir a la criatura, la muchacha repasaba fugazmente la travesía que vivió al partir de su natal Santa Cruz de Tenerife para anclar en La Habana, sitio donde, en 1852, conociera a quien se entregaría en cuerpo y alma: el valenciano Mariano Martí y Navarro, celador de policía.

Mas, ni el más renombrado adivino de la Cuba del siglo XIX pudo vaticinarle a Leonor la grandeza de quien llevaba en las entrañas, bendecido con el don de la inmortalidad incluso antes de nacer. Pero eso sucedería años más tarde, cuando a los 15 años el niño le entregó los primeros versos, titulados A mi madre.

Empapada en sudor, todavía exhausta por el esfuerzo de dar a luz, Leonor sintió el grito de su primogénito, José Julián Martí y Pérez, recorrer el último rincón de aquella casa de estilo colonial marcada con el número 41 —hoy 314—, enclavada en la calle San Francisco de Paula del barrio habanero de igual nombre. Ese fue el día del milagro.

Luego vendría el bautizo del recién nacido, el viaje a España, el regreso de nuevo a Cuba, el traslado de domicilios, los estudios en la escuela municipal del barrio de Santa Clara y más tarde, en el colegio San Anacleto, el encuentro con quien sería su amigo para siempre, Fermín Valdés Domínguez, hasta la llegada del 10 de octubre de 1868, cuando el sentimiento independentista enraizó definitivamente en aquel Martí aún imberbe.

Del resto se han encargado los eruditos: de estudiar —unas veces mejor que otras—, resumir, reseñar… la vida del más universal de los cubanos, despojado a veces de toda condición mortal, esculpido en mármol sobre un pedestal: el eminente filósofo, político, periodista, cónsul de varios países, el fundador del Partido Revolucionario Cubano, el artífice de la Guerra del 95, el hombre cuyas frases parecen venirle como anillo al dedo a toda situación.

De este lado de la web, sin embargo, cada 28 de enero recuerdo al joven de de 17 años, el 113 de la Primera Brigada de Blancos, apresado por un grillete, trabajando en las canteras de San Lázaro; al hombre desterrado, de salud inestable, que cayó de bruces ante la belleza de la cubana Carmen Zayas Bazán, al escritor de piezas teatrales, autor de los Versos Sencillos, Ismaelillo y La Edad de Oro.

A más de 160 años de su natalicio, Martí continúa sorprendiendo, acaso como advertencia de cuántos episodios quedan aún por narrar sin necesidad de grandilocuencias. A más de 160 años de su natalicio cabría replantearse qué imagen perdura —y se forma desde edades tempranas— en la memoria popular: si la de un inalcanzable y místico ser inmortalizado en plazas, parques y bustos, o la de un hombre —bendecido con la lucidez, eso sí—, pero que, ser humano, a fin de cuentas, nunca hubiera llegado a este mundo de no ser gracias a una mujer.

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¡Actualiza!

ActualizaMe llama para requerirme que hace 15 días Isla nuestra de cada día no cuenta una historia nueva. Le explico que sucesos imprevistos me han llevado a recorrer kilómetros en un día y que a mi PC le dio un patatús —pobre infeliz, está vieja y cansada después de años de desgaste y un lustro de avatares universitarios—.

“No importa, niño: ¡actualiza!”, reclama. Me regaña en un comentario y vía telefónica. “Esta semana tampoco escribiste. ¿Es que tengo que ir desde Santa Clara a jalarte las orejas?”, me amenaza.

“Hija, es que las musas están de vacaciones”, le digo. Craso error porque entonces reparo que hablo con una de las dos inspiraciones de esta bitácora. “¿Cómo? ¡Ninguna de las dos estamos en días libres, que yo sepa! Si Cuba profunda es más comprensiva, yo no, y tengo que leer algo nuevo yaaaa”. Y me da un ultimátum de 24 horas.

Yo, niño bueno y obediente, escucho el consejo por aquello de que el que a buenas musas se arrima, sombra celestial lo cobija —¿o el refrán rezaba de otra manera?…—, abro una página en blanco y empiezo a escribir esta especie de disculpa pública para evitar recibir un botellazo letal.

El himno de Sofía

El himno de Sofía  (2)-islanuestradecadadiaA casi 30 años de aquel día de septiembre, Ana Sofía Lemes Mauri no encuentra una justificación racional al suceso.

Quien no sepa quién es Ana Sofía, permítanme reseñarle en muy apretada síntesis parte de su existencia: trinitaria de sonrisa grande y pena tremenda, virtuosa siempre frente al piano, y heredera de la tradición ancestral de acompañar las Plegarias de los Siete Dolores de la Virgen, composiciones únicas de su tipo en Cuba, consideradas auténtico patrimonio religioso de la villa, compuestas y musicalizadas por la trinitaria Catalina Berroa que se cantan antes de comenzar la Semana Santa.

Lo que muy pocos conocen es que Ana Sofía es la autora de un himno a la Virgen de la Caridad, hasta este momento el único escrito en el siglo xx por una mujer del territorio, a saber.

Sucedió en 1985. “Ya había pasado el día ocho. Yo regresaba de la Escuela Vocacional, en Santa Clara, de ver a mis hijos cuando de pronto, en pleno viaje, me vino la letra y la música de un himno a nuestra Patrona”, recuerda.

De modo que al llegar a casa, antes de sacudirse el polvo del camino, abrió su máquina de escribir y mecanografió las cinco estrofas, palabra por palabra, para inmortalizar aquella suerte de revelación, a la vez ofrenda a quien siempre le pidió la intercesión divina para el amparo de su familia.

Sin embargo, lejos de presumir, solo mostró la obra a su amigo Armando Lara, violinista acompañante en la interpretación de los Siete Dolores, quien tradujo la melodía en el lenguaje del pentagrama. Él y la madre de Sofía, la primera en escuchar el himno, fueron cómplices de aquel acontecimiento místico que la autora decidió develar 26 años más tarde, incluso a sus hijos.

La Virgen Mambisa propició la confesión de la trinitaria. Con motivo de la celebración por el 400 aniversario del hallazgo de la imagen en la Bahía de Nipe, Sofía compartió el recuerdo a modo de anécdota. Y solo después de mucha insistencia se atrevió a sacar a la luz la hoja mecanografiada y la partitura guardadas en un sitio donde reposan las memorias familiares.

Por eso en ese concierto ocurrido en 2011 no fueron pocos los que quedaron embebidos con las notas de un himno dedicado a la Madre de todos los cubanos nunca antes escuchado, compuesto por una trinitaria e interpretado por el coro Piedras Vivas, de la Iglesia Santísima Trinidad, delante de Cachita.

La noche del miércoles 29 de junio Sofía perdió el temor cuando acarició las teclas del piano, y su madre sonrió desde el cielo. De vez en cuando abre el sobre y desdobla la hoja gastada donde escribió ese himno religioso que nunca más se ha vuelto a tocar, quizás porque estaba reservado para un instante muy puntual desde el momento exacto en que fue concebido.

(a la izq.) Letra original, mecanografiada por la autora en 1985. Copia del original (der.)

(a la izq.) Letra original, mecanografiada por la autora en 1985.
Copia del original (der.)

Valientes fugitivas del Edén

(De izq. a der.) Nurienar, Anay, Anabel y Mairelys

(De izq. a der.) Nurienar, Anay, Anabel y Mairelys

♪“Y me rodean amigas; ay, amigas, dulce esperanza de la sed, amantes siempre vivas, dorado manantial de espigas. Y me rodean, amigas; ay, amigas, diosas del agua de la miel. Valientes fugitivas del Edén”. ♫ Ana Belén.

Se llaman Anay, Nurienar, Anabel y Mairelys -permítanme aclarar que las ordeno según su número en la lista del aula para evitar celos-. Son mis amigas a toda prueba, mis más fieles compañeras en la travesía de la carrera. Dicen que he escrito de todo y de todos en este blog que vieron nacer conmigo, menos de ellas. Yo les prometí que el último post de quinto año sería suyo. Siempre cumplo mis promesas.

Lo que voy a escribir ya lo saben, en más de una ocasión se los he dicho, pero quiero inmortalizar estos pensamientos para que los tengan a mano por si algún día los años empañan la memoria. De cada una robé un misterio para crecer, para ser mejor… De antemano les pido disculpas por el apasionamiento. Empecemos, repito, por orden alfabético.

Anay (Nani) comparte conmigo el gusto por la prensa escrita. Es cienfueguera de pura cepa, aunque a veces yo la mortifique cuando le digo que vive en un “monte” de Cienfuegos porque su apartamento está lejos del boulevard. Nani me enseñó a hacer origamis con forma de grulla -su estrategia para esquivar la tristeza- y esferas de papel, aunque siempre se me olvida el algoritmo para pegar las piezas. De todas, Nani es la que tiene un alma más parecida a la mía en cuestiones amorosas; ambos conocemos el lenguaje de la soledad y los sueños. Me dice Carli. A ella le robé su capacidad de escuchar y dar consejos, de regalar tesoros de papel para levantar el ánimo a mis amigos.

Nurienar (Nuri) -sí, señores, ése es su nombre- fue conmigo a la bienvenida oficial, en el teatro de la Universidad, el primer día de clases y a partir de segundo año nos convertimos en el “dúo dinámico” para los trabajos en equipo. Esta avileña, procedente de Majagua, ha batallado con mi perfeccionismo, mi estrés. Nadie como Nuri para hablar de madrugadas frente a la computadora para terminar un informe de Literatura; nadie como Nuri para resumir una enciclopedia en una oración. Siempre la he definido con las palabras fiesta y alegría porque oye una lata sonar y se le desquicia el cuerpo, es una de las personas más campechanas que he conocido. Le gusta la televisión y desde ahora auguro que será una famosa realizadora de documentales audiovisuales. Me dice Carlili. A ella le robé su capacidad de síntesis y, sobre todo, su autenticidad.

Anabel (Any, Nanita) es una de las personas de mi año que más me ha inspirado, es uno de mis paradigmas. Nunca he visto a alguien tan maduro como esta trinitaria-santaclareña residente en Cienfuegos, a pesar de tanta juventud. Anabel es la seguridad, la “mejor presidenta de brigada que hemos tenido”, como siempre le digo por ser la única en asumir el cargo desde primer año. Any tiene el don del convencimiento, de inspirar confianza. No conozco a nadie capaz de mover cielo y tierra hasta conseguir una guagua para viajar a Viñales a precio de estudiantes. Lo que Any no consiga es porque resulta imposible. Sus ocurrencias son únicas, su voz te enamora; le gusta la radio, aunque yo le vaticiné que llegaría hasta la cadena multinacional Telesur. Ha sido mi modelo para fotografías en más de una oportunidad. Me dice Machi o Carlitín. De Any me llevo su madurez, su capacidad de asumir tantas responsabilidades como lo ha hecho y afrontar momentos difíciles, que ninguno de los otros ha pasado, con un temple envidiable.

Mairelys (Maire) es la loca más cuerda que he conocido. Maire es la transparencia, el optimismo y la devoción. Esta hija de Arroyo Blanco insiste en definirse como “la infiltrada” porque un día calificaron a las otras tres como “los ángeles de Charlie”, pero ella sabe que no es cierto. Yo tengo cuatro ángeles. Maire es la persona más suertuda que pudieran conocer. “Tu estrella tiene un grupo electrógeno para permanecer encendida en caso de apagón”, le digo porque siempre sale airosa de los avatares. De todas, quizá sea la más insegura en sí misma, la que menos cree en su talento; de todas, es la que ha debido enfrentar muchas miradas de reojo en el aula porque algunos la subestiman, y al final siempre sale victoriosa. Maire tiene un doctorado con honores en “coger botella”. Siempre le he dicho que yo quiero enamorarme como ella lo hizo de su esposo, un amor que no entiende de distancias y si había que viajar diario de Santa Clara a La Habana, tal cual sucedió en segundo año, solo para estar unas horas con el hombre de su vida, se hace y punto. Eso es amor. Me dice Charliri. De ella me llevo la perseverancia, la constancia aunque no crean en ti y la prueba que en estos tiempos convulsos es posible enamorarse perdidamente.

(…)

Espero ellas me perdonen por este asalto a mano armada, por robarle parte de sus esencias sin pedirles permiso, pero algo debía quitarles para llevarlas conmigo aunque
estemos lejos. A pesar de todo soy afortunado: tengo un hatajo de locos, dos musas y, para suerte mía, desde hace cinco años tengo cuatro ángeles que velan por mí.