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El enigma del daguerrotipo

El enigma del daguerrotipoA Mercedita Betancourt, por confiar esta historia a la Isla nuestra de cada día, por estar siempre dispuesta a servir.  A la familia Betancourt Echemendía, por abrirme las puertas de su casa.

El día que la embarcación abandonó el puerto de Casilda, don Antonio Herr y Salazar tenía bien claro el motivo del viaje: llegar hasta la Ermita de la Virgen de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba, cumplir una promesa hecha tiempo atrás y hacerle una foto a la Patrona de Cuba. Le acompañaban sus amigos don Pedro Montardy, don Rosendo Armada, don Miguel Sánchez, don Ricardo García y el pintor Manuel Castillo, cuyo deseo era llevar al lienzo la imagen de la Virgen Mambisa.

Herr y Salazar alcanzó tal maestría en el arte del daguerrotipo que a pesar de los avatares de los años muchas casas de la ciudad conservan intactas varias obras del artista.

Tal vez mientras el barco surcaba los mares, el trinitario entretejía en su pensamiento los beneficios a obtener por la venta de la imagen, pero nunca pudo avizorar cómo aquel periplo le haría protagonista de una historia signada por los misterios de la fe, que cambiaría su existencia para siempre.

Al llegar a la Ermita, dicen, devotos, curiosos, mendigos… miraban con extrañeza el artefacto sobre los hombros del fotógrafo, entre ellos una anciana que le preguntó el propósito de la carga. Es para retratar a la Virgen, explicó él. Sólo si ella se lo permite, acotó la señora. Cuentan que la risa de los viajeros irrumpió en plena calle y siguieron de largo.

Horas más tarde aquellas carcajadas de incredulidad se tornaron constante sudor en el cuerpo de Herr, al ver cómo las planchas de cobre plateado se apilaban una sobre otra con borrones imprecisos. Ajustaba el equipo, revisaba los materiales…, mas no asomaba ni el indicio de una silueta bien definida; solo borrones. Uno de sus compinches le recordó la sentencia pronunciada por la mujer. El fotógrafo continuó su infructuosa caza de desperfectos.

Cuando no faltaba resquicio por revisar, tuerca por ajustar… el artista cayó de bruces ante la Madre de todos los cubanos, le imploró reproducirla en un daguerrotipo y prometió que todas las ganancias serían destinadas a su culto. Entonces, dicen, la cámara disparó un flash nunca antes visto, emergiendo una imagen con el don del deslumbramiento, que el pintor Manuel Castillo reprodujo en lienzo, años más tarde.

Parecería una suerte de leyenda, un mito de pueblo… Parecería, incluso, un cuento concebido a propósito de la novena a la Virgen de la Caridad del Cobre, vísperas de su fiesta patronal. Pero tengo en mis manos dos pruebas irrefutables: ahora mismo leo algunos detalles de esta historia en un libro raído por el tiempo y tengo ante mis ojos el cuadro firmado por M. Castillo, dedicado a Herr, que cuelga en la sala de la familia Echemendía, en Trinidad.

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Déjà vu de huracanes

No logro despojarme del impacto de las imágenes trasmitidas por los medios de prensa nacionales, a propósito del paso del huracán Sandy por las provincias orientales de Cuba aunque hayan trascurrido más de 72 horas. Lo reconozco: soy demasiado sentimental, pero es que sé el sacrificio que cuesta mejorar las condiciones en las viviendas o adquirir dos o tres artefactos que viabilicen tu cotidianidad-más cuando la realidad en Oriente es distinta a la del extremo occidental- y no es fácil perderlo todo, o casi todo, en un pestañazo.

Sandy destrozó todo cuanto pudo en Santiago de Cuba, Guantánamo, Holguín, Las Tunas, Granma…con vientos capaces de desplomar casas enteras, una lluvia que ahogó caballerías de tierra, hectáreas de cultivos y una furia comparable tal vez con el diluvio universal,  y, con ello, el sudor de los guajiros en el surco, las noches de desvelo al pie de las plantaciones y, tal vez, los sueños de prosperidad de muchos habitantes de esa zona.

A miles de kilómetros de distancia, Santa Clara también recibía la furia huracanada, el río de la Universidad sepultaba el puente y un mar fangoso dividía la Casa de Altos Estudios en dos terrenos aislados, y los árboles se vapuleaban desenfrenadamente, como si estuviesen poseídos.

De regreso a casa, casi nada sobrevivía de los paisajes bucólicos de Manaca Iznaga, La Pedrera, La Paloma y otros pueblecitos a orillas de la carretera, salvo el ganado disperso por el camino. La inundación alcanzaba la mitad de los troncos de las palmas, las cercas de las fincas se distinguían solo por las puntas y el gris entristecía aún más el horizonte.

Vi en el rostro de una mujer que tendía la ropa ensopada en agua, en un cordel improvisado en el portal de su casa, la misma expresión de la santiaguera asomada al balcón del tercer piso con la mirada puesta en los cables eléctricos dispersos en la calle; al guajiro cuando se puso las manos en la cabeza al ver destrozado sus tierras tal cual lo hizo aquel guantanamero en Caimanera… en medio de aquel paisaje diluviano.

Junto a estos fenómenos meteorológicos, reaparece el mismo deja vú, el puente agrietado, la casa destruida, los árboles en medio del camino, la fase de adaptación o resignación, el cuestionamiento de por qué la naturaleza puede volverse en nuestra contra en cuestión de segundos y reducir a cenizas todo intento de progreso.

Los años pasan y todavía resucitan los desmanes de Flora en la década del ´60, de Lily en los ´90, del funesto paso de Katrina por el estado de New Orleans; de Denis, aquel huracán que en 2007 acostó una palma en plena Plaza Mayor de Trinidad, puso de cabeza el árbol centenario del Museo de Arquitectura y dejó a la ciudad en penumbras por más de 15 días, y en mí pervivirá hasta el fin de los tiempos la tarde cuando abrí la puerta de mi casa y vi la desolación ante mis ojos adolescentes, al paso de la tormenta. 

Luego llega la fase de suplicar a las deidades para que las consecuencias no sean tan fuertes como las de “tal ciclón” y, más tarde, el desconsuelo después de la lluvia, al ver el resultado de los embates. Entonces es preciso empezar desde cero cuando pensamos sacar la cabeza para respirar de una vez por todas. 

A pesar de sufrir tantas veces lo mismo, jamás lograremos sacudirnos esas ideas que atormentan la cabeza días después e impiden-en mi caso- que surjan palabras felices cuando tenía que escribir el próximo post para este blog.

Realidad esotérica

La Popa es un barrio que delimita el norte del perímetro urbano de Trinidad. De calles y callejones irregulares hasta el extremo, este sitio se erige en la loma donde reposa la ciudad. Desde la Vigía, cúspide situada metros más arriba, aguarda una vista panorámica del terruño desde los techos de tejas y palacetes coloniales hasta distinguir, al fondo, la península Ancón son su mar, ese inmenso hilo azul en el horizonte.

De pequeño corría hacia el cerro para mirar el atardecer. Sin embargo, nunca noté que tras pasar los pilotes de cemento sembrados en la calle para enmarcar un área del Centro Histórico, se abren las puertas a una realidad esotérica; un universo paralelo a la archiconocida imagen de la villa.

Mientras la alborada desplaza los residuos de la noche en otras partes del pueblo, calle arriba, donde los caminos se convierten en un laberinto, amaneció hace mucho rato.

Así lo comprobé cada una de las mañanas cuando enfilé mis pasos hacia el distrito número 5 de La Popa para supervisar a los cuatro jóvenes a mi cargo, responsables de censar cada uno de los domicilios del lugar, como parte del recién concluido Censo de Población y Viviendas.

Por esos lares se vive sin apuros porque “las cosas hay que cogerlas con calma, mi china. Si te agitas, te fermentas y hay mucho calor para estar en la funeraria”, le decía una mujer a otra. En la esquina, el mismo señor del día anterior llegaba con una jaula en mano, ésta con su respectiva tirita de tela roja para proteger de los malos ojos al tomeguín atrapado dentro de las varillas de punta, listo para “matar el tiempo” con el compadre que le esperaba.

En el patio de una casa ubicada en el callejón Sal Si Puedes una mujer lavaba a mano la ropa sucia a cielo abierto, restregaba contra sus puños el cuello de las camisas de uniforme para dejarlas impecables; a la vez, escuchaba la novela trasmitida por Radio Sancti Spíritus. Al filo de otra arteria asomaba un hombre que arreglaba bolsos de mujer sentado en la puerta, sin complejo alguno.

Sobre las once las ollas de presión comenzaban a cantar, el olor a potaje fresco se mezclaba con el aliento etílico del borracho que aún no había pasado la resaca del día anterior y ya tenía otra botellita en sus manos e iba feliz con su paso zigzagueante, entonando una versión libre de un bolero.

Subido en aquella loma recordé cuando descubrí hombres dedicados al quehacer de la randa y junto a la aparición de nuevas estampas que coloreaban el día, pensé otra vez en las historias escondidas por esos vericuetos, cuya escritura todavía está en deuda; en las imágenes que el lente de una cámara captaría con tan solo hurgar en las entrañas del territorio.

Al menos me confortó ver parejas foráneas por esos rumbos de Dios, dispuestos a admirar paisajes distintos al de la playa, el valle, entre otras opciones turísticas.

Después del mediodía llegaron los enumeradores. El primero habló de una señora que encendió la batidora en cuanto le vio llegar, para hacerle un batido fresco; el segundo contó de su experiencia al censar una casa con trece convivientes emigrados de Santiago de Cuba; la tercera habló de Fulana cuando le brindó un pan de la tienda con mantequilla echa en casa y el cuarto imitó la mala cara que le puso Mengana al abrirle la puerta y compartió el sofoco de cuando un perro casi le muerde el pie.

“El Censo de Población y Viviendas es como una foto para mostrar lo que sucede en Cuba a partir de determinado momento, en este caso, desde el 14 al 24 de septiembre”, nos dijeron infinidad de veces en la capacitación previa. Yo recordaba la frase mientras volvía a casa y la contrastaba con las imágenes que fijé en mi memoria para escribir después.

Esas instantáneas cotidianas dieron un vuelco al proceso de poner pegatinas en las puertas de las casas y llenar planillas. Ellas constituyen mi botín en la masiva investigación realizada. Tal vez no tengan colores tan vivos como las de la televisión y queden soslayadas por fríos resultados estadísticos, pero yo las defiendo a mansalva porque, gracias a ellas, miré otro rostro de mi ciudad.

Frente a María, a Ochún, a Cuba

“(…) vida, dulzura y esperanza nuestra (…) A Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”.

Nueve años trascurrieron para que mis padres pudieran llevarme al Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba, a pagar una promesa hecha el día que nací, cuando la vida de este prematuro peligraba en una incubadora del hospital.

Del templo recuerdo poco. Sabía que ante mí tenía a la Virgen, a la Patrona de mi país, pero era más por repetición que por convencimiento. Me impresionaron las medallas, uniformes deportivos, charreteras de los militares, y tantos otras ofrendas- a mis ojos infantiles, solo objetos puestos de forma organizada sobre paredes y mesas, una especie de almacén gigante-, como recompensa a un deseo concedido.

Por eso, agradezco mucho el viaje de este sábado cuando más de 50 jóvenes de Trinidad, Cienfuegos, Las Tunas y Sagua la Grande emprendimos rumbo a la tierra caliente, para visitar a la Virgen Mambisa.

Quienes iban por primera vez el templo regresaron con un sueño cumplido. Yo traje en mi equipaje la satisfacción de tener en Cuba un lugar muy interesante para ver desde una perspectiva popular, socio-cultural, más allá de la significación religiosa. Fue en este viaje cuando entendí que cuando se trata de la Madre de Cuba, el ateísmo puede cuestionarse y ni la más efectiva catequesis católica logra explicar el fenómeno de lo popular en torno a la Virgen.

Todavía no he encontrado algo o alguien que logre convencerme cómo es posible que el sábado escuché 4 veces, porque las conté, decir en el Santuario: “yo no creo en Dios, pero sí creo en la Caridad”; cómo un policía me llamó el año pasado, mientras la imagen peregrina caminaba por las calles de Trinidad, y con un misterio tremendo me preguntó: “ciudadano, ¿usted es la de la Iglesia? Era para, si puede, me dé una estampa de la Virgencita…”.

Nadie logra darme un motivo bien fundamentado de cómo mi ahijado, de apenas tres años y sin el más mínimo conocimiento de religión, me dijo sin más “Nino, esa es la «virgenchita»”, cuando señaló la imagen que tengo en mi billetera;  por qué mi abuelo, ateo confeso, salió a ver la procesión de la Virgen y se acordó de mi bisabuela, también de nombre Caridad; o qué motivó a una de mis mejores amigas del aula a pedirme una imagen para su cuarto porque “aunque no la venere, me gustaría tener una”, me dijo.

A pesar de mi formación religiosa, de la que vivo orgulloso y lo estaré hasta el fin de mis días por lo mucho que me ha servido, esta vez decidí abrir una brecha entre las fronteras del dogmatismo para aceptar la existencia de “cosas” inexplicables, al menos por ahora.

No importa si la que está allá, en la cumbre del altar de la Iglesia del Cobre, es la advocación de la Virgen María, madre de Jesús; la que apareció en la Bahía de Nipe ante tres hombres que buscaban sal, hace casi 400 años. Esa a la que Mariana Grajales le confió la vida de sus hijos en la manigua, años más tarde. Esa a la que los mambises construyeron un rústico altar, cuyas telas sirvieron a Carlos Manuel de Céspedes para hacer su primera bandera y a la que Ignacio Agramonte invocaba antes de cargar al machete.

No importa si la que está allá, en la cumbre del altar de la Iglesia del Cobre, es Cachita, la bella Ochún, dueña de los ríos, símbolo del amor, la feminidad… la Venus del panteón Yoruba, alegre y fiestera, con el tintineo de sus cascabeles para seducir a los Orishas y a los hombres, envuelta en oro, amante de la miel.

Cuando contemplé a los pies de la imagen a una religiosa, una muchacha echa “santo”, una madre embarazada, agradeciendo el poder tener su criatura después de una infertilidad diagnosticada; un negro, un blanco, jóvenes, ancianos, discapacitados y hasta una quinceañera… preferí acogerme a la idea de Jorge Mañach, cuando expresó que la Virgen de la Caridad era, en pocas palabras, Cuba y que era imposible hablar de Patria sin la Caridad del Cobre.