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Metamorfosis de un cementerio

Metamorfosis de un cementerioEl 2 de noviembre, día de los fieles difuntos, cada quien recuerda a sus familiares y amigos ausentes. La gente camina hacia el cementerio apenas amanece para rezar, llorar por las nostalgias, poner al tanto de los asuntos familiares a los que no están en este mundo, desafiar y recriminarle a la muerte la partida de alguien una vez más…

Los cementerios no me asustan. Lo heredé de mi madre, quien con apenas cuatro años acompañaba casi todos los días a mi bisabuela a la tumba de la familia para que doña Isabel pusiera flores a los fallecidos y conversara con los espíritus, envuelta en el remanso de la necrópolis.

Este sábado, sin embargo, el camposanto civil de Trinidad sufrió una suerte de metamorfosis a mis ojos al ver cómo cada quién recordaba a los suyos de acuerdo a su religión, creencias, filosofía de la existencia… En un santiamén confluyeron deidades y santos, ángeles, espíritus y almas, y ese sitio sacramental se transformó en muchos lugares al mismo tiempo.

En aquella tumba una señora ponía flores, pero en la otra había restos de animal sacrificado, tres cáscaras de coco seco y algunas plumas -dicen se trata de una “limpieza” o una “consulta” a un muerto sobre determinada preocupación-. Dos mulatos llevaban par de cojines de flores -imagínense par de hombres macizos con tal adorno en las manos-, y al depositar la corona en la sepultura empezaron a hablar de Gourriel, de 20 jonrones que hacen falta para no sé qué juego, junto a sus pronósticos para esta Serie Nacional de Béisbol.

En otro extremo una mujer planificaba su sepelio. “A mí me entierran con música mexicana bien alta y ron, mucho ron, porque lo único seguro es esto”, le decía a quienes la acompañaban mientras señalaba el panteón. Un hombre aprovechó la oportunidad para aleccionar a su amigo. Parece que tiene cierta adicción al alcohol porque le decía: “Si sigues bebiendo, dentro de poco llevarás puesta la «guayabera gris» (el ataúd)”.  

Había niños acompañando a sus abuelas, ancianos, gente más joven, blancos, negros, rosarios, collares de santería… todo dentro del “Huerto del Señor”, como dirían las personas mayores.

Ni siquiera la muerte escapa a la naturaleza del cubano. Aunque sabemos cuán implacable es, jugamos a sortearla e inventamos dicharachos para burlarnos con sarcasmo de ella, de los cementerios, acaso porque sabemos de antemano el final de la historia.

Quizá por eso un hombre refirió que iba “un momento al reparto Boca Arriba”, refiriéndose a lugar donde descansan su familia, y al salir escuché a un sepulturero decirle a otro -parece que éste no iba a trabajar hace algunos días-: “ ¡Coño, compadre, al fin resucitan los muertos!”.

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En la tumba del abuelo que no conoció

En la tumba del abuelo que no conoció“Disculpa, ¿tú eres cubano?”, me preguntó un hombre regordete, de bigote canoso y voz ronca cuando llegué a la terminal de Cienfuegos, después de salir en estampida de la Universidad con el deseo de llegar a casa lo antes posible.

A pesar de mis respuestas monosilábicas él seguía su pesquisa informativa. “¿Cuándo sale el ómnibus para Trinidad?”, “¿Se demora mucho?”, “¿Me puedo sentar aquí?”-esto último lo dijo apuntando al asiento libre al lado mío-.

Como no lograría desprenderme de ese sesentón insistente, me resigné sin imaginar que aquel monólogo, después devenido diálogo, resultaría el punto de partida para conocer una historia en apariencia irreal, si no la hubiese escuchado en boca de su protagonista.

“Ejercí la Ginecología por más de 30 años”, comentó. “Cuando me retiré, decidí recorrer los cementerios del mundo para admirar la arquitectura funeraria, una de mis grandes pasiones”. (No es preciso explicar el tamaño de mis ojos, confieso pensé estar ante un maniático) “Tranquilo, chaval”, dijo, “aquí tengo imágenes de todos, las llevo a donde vaya. Este es el de Sevilla, Barcelona, París, Sídney…”, explicaba mientras las fotos corrían en el visor digital como testigos fehacientes.

A esas alturas yo había mostrado interés en el intercambio, después de todo no estaba ante un enfermo mental y decidí intervenir en la conversación. Le hablé de Trinidad, de Cuba, pero él interrumpía mi discurso para disertar del cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba; del de Cienfuegos-recién visitado en horas del mediodía- y de la capitalina Necrópolis de Colón.

Pero me faltaba el por qué del rompecabezas, de dónde venía el apasionamiento por lápidas, mausoleos y panteones. Entonces la vida volvió a mostrarme cuán impredecible puede ser.

La génesis del deslumbramiento venía desde tiempos de la Guerra Civil Española, cuando su abuelo huyó de polizón en un barco hacia el puerto de La Habana. “El era de la provincia de Ourense”, añadió. Yo quedé perplejo porque mi bisabuelo también nació en allí y también a él le obligaron a escapar del conflicto armado, escondido en un barril resguardado en la bodega de una embarcación cualquiera.

A diferencia de mi antecesor gallego, el suyo estaba casado “hasta que encontró una mulata con pechos de punta. Eso sí, nunca dejó de ocuparse de sus hijos, siempre les envió dinero. Yo no lo conocí, pero mi madre me decía que yo era su viva estampa: bajito, gordito, amante al ron, al tabaco y a las mulatas; solo conservo sus fotos de su niñez y algunas del matrimonio. Después de abandonar Ourense, nunca más se supo de él. Por eso decidí que una vez llegado el retiro, haría hasta lo imposible por encontrar el lugar donde descansan sus restos. Llegué a Cuba hace cinco años, pasé días caminando por el cementerio de Colón hasta dar con la tumba, bastante maltrecha, por cierto”.

Los ojos le brillaron más. “Ese día fue el más feliz de mi vida, chaval. Es como si se ordenara definitivamente el desorden de muchos años…. Yo vuelvo siempre en noviembre y el día 2-el de todos los santos-, compro una botellita de ron y un puro, me siento frente a la tumba de él y tomo y fumo en su memoria. Esta vez vine antes porque en España hay mucho frío, pero en noviembre regreso para estar con él”.

Me contó de leyendas españolas, tradiciones y paellas valencianas. Le comenté de la playa Ancón, del Valle de los Ingenios…

Las bocinas anunciaron la llegada de la guagua. Él ocupó el asiento detrás del mío.

-¿Sabes a dónde voy mañana en Trinidad?

-Obvio: al cementerio, respondí.

Sonrío. En mi cabeza retenía lo imprescindible para escribir después, solo faltaba un dato.

-Usted se llama…

-Joaquín, ¿por qué?

-Es que no nos habíamos presentado, dije y miré el paisaje. Ya lo tenía todo.

El imprevisto rumbo a la felicidad

El imprevisto rumbo a la felicidad“(…) Cuando el amor los llame, síganlo. Y cuando su camino sea duro y difícil. Y cuando sus alas los envuelvan, entréguense (…) Y cuando les hable, crean en él (…)” Khalil Gibrán

A la hora de moldear con palabras a su príncipe azul, Isabel solo esgrimió como requisito indispensable que tuviera pocos vellos. La imagen de haber visto un hombre con pelo en pecho en abundancia desde la ventana, años atrás, le atormentó toda la adolescencia al punto de preferir quedarse para vestir santos si fuera preciso, antes de aceptar como esposo a un mancebo peludo. 

Cuando apenas despegaban los años mozos se veía a sí misma casada con un magnate, convertida en propietaria de una mansión. Quizás añoraba despertar con el aroma de los cafetales ubicados a los pies de una hacienda imaginaria de la cual ella sería la dueña y señora… pero ni siquiera albergó entre los más irrealizables pensamientos la posibilidad de sucumbir ante los encantos de un emigrado español. 

Sucedió un día cuya fecha exacta yace extraviada. Isabel frecuentaba una casa en la calle Alameda cuando apareció aquel gallego aplatanado en una finca de Sopimpa, caserío del Escambray, dispuesto a pasear junto a la muchacha con quien se había comprometido hacía poco. 

Para siempre quedará en las enmarañadas veredas de los recuerdos si fue Pío, el emigrante, quien quedó fascinado por los ojos negros y la piel inmaculada de Isabel o si fue ella la que borró de un tirón su prototipo de belleza masculina al ver aquel hispano cubierto de pelo, pero con una mirada seductora que recordaría hasta el último de sus amaneceres. 

Las estampas rescatadas de la memoria ubican al extranjero rompiendo el compromiso antes contraído para cortejar a Isabel, que más tarde sería su esposa por más de seis décadas. Poco le importó a Pío la oposición al noviazgo por parte de sus guardianes en Cuba, mucho menos si la nueva pretendida provenía de un estrato social diferente al suyo. 

A propuesta de un tío de la joven abandonaron la vida citadina para asentarse en el lomerío, dispuestos a hacer prosperar los cafetales adquiridos con el escaso capital de Pío. No imaginaban que aquel negocio terminaría robándole parte de la inversión y los abandonaría a su suerte en una finca inhóspita que aprendieron a administrar sobre la marcha. 

Pese a la trampa, el inmigrante y la trinitaria encontraron la felicidad entre los paisajes bucólicos. Entre el bálsamo de rosas, el olor a tierra mojada y el aroma de las plantaciones tuvieron su primera hija, la mayor de seis hermanas nacidas más tarde. Después de diez años de desgaste, en el surco él, con plancha de carbón en mano ella, reunieron la suma necesaria para trasladarse al Central. 

Para ese entonces Pío empezó a incursionar en el universo de los ferrocarriles como maquinista e Isabel, entre otras tareas, vendía comida a los norteamericanos, dueños de la industria, en la casa convertida en varios momentos del día en una fonda. 

Una vez más-como un deja vú- aunaron el dinero preciso para regresar a Trinidad, ahora con tres hijas más a su cuidado. Después de vivir corto tiempo en la calle Mercedes se asentaron en una vivienda localizada en Reforma para construir el hogar soñado 30 años atrás, cuando eran jóvenes imberbes y se lanzaron a la misión suicida de quererse hasta que la muerte los separara, tal cual sucedió.

La casa, de número 365, devino epicentro de largas tertulias nocturnas, de veladas memorables donde una de las hijas tocaba el piano con impresionante maestría, otra jugaba con muñecas mientras la mayor enamoraba con uno de los hombres más apuestos de la ciudad. 

Cuando el Día de los Enamorados nos pisa los talones revivo la pasión de Isabel, mi bisabuela materna, y el día en que de poco le sirvió la idea entretejida en el pensamiento de un príncipe libre de vellos cuando miró los ojos café de mi bisabuelo Pío; una historia casi in-creíble que espero no muera conmigo, pero para ello necesito recordarle a Eros que todavía le falta un corazón por flechar: el mío.

La otra magia del cine

Lejos, muy lejos estarían los hermanos Lumière de pensar que siglos más tarde su más grande aporte para la historia de la humanidad, el cine, adquiriría matices tan folclóricos, pintorescos, cercanos a la magia.

Alguna dosis de irrealidad deben tener quienes consagran su vida a la cinematografía. Son seres intranquilos, apasionados, en busca de un nuevo deslumbramiento; capaces de trasmutar una ciudad entera en un país distinto, de construir a base de tablones de madera, sacos y pinturas un pueblo inexistente en la faz de la Tierra para recrear disímiles historias, y luego trasformar esa misma locación en otra completamente opuesta… Eso es magia.

Pero no fueron acerca de esas artimañas las que aprendí este viernes, cuando regresaba a casa acompañado de una productora cubana. Ni la torcida ruta de Güinía de Miranda logró desprenderme de las anécdotas que ella me contaba acerca de las ceremonias realizadas detrás de cámara, antes de filmar la primera escena de la película, según las tradiciones del país al frente de la producción; de las manías y supersticiones de colegas con los que ella ha trabajado, de rituales parea embotellar la suerte en el proceso de rodaje. “Esa es la otra magia del cine”, dijo.

“En México se entierra una navaja o un cuchillo el día anterior al comienzo para garantizar la buena suerte. En España es tabú vestir de amarillo mientras se filma. Ese color asemeja al azufre. El azufre es símbolo del demonio, dueño del Infierno, donde se concentra todo lo negativo del universo. Entonces, el amarillo, es el Infierno. ¡Vaya trabalenguas!”.

“Una colega venezolana, dedicada también a la producción, no concibe sentarse otro sitio que no esté ubicado el Norte. Por eso siempre lleva a cuestas una brújula en su bolso. Cuando llega a cualquier sitio, coloca la bitácora en la palma de su mano para orientarse y donde la flecha señale el punto cardinal se acomoda. De no haber silla ahí, traslada el mueble hacia el sitio. Si no, permanece de pie, pero siempre en el Norte”.

-¿Y los cubanos?-le pregunté.

“Nosotros somos divinos, tú lo sabes, respondió. Cada cual acude a «lo suyo» para protegerse. En instantes así recordamos como nunca antes nuestros ancestros africanos. Ese va con su padrino, los santos del otro viajan con él para todas partes y los coloca en un rincón de la habitación donde se hospede. Cierto director cubano prohíbe la entrada al set sin antes romper un plato y esparcir humo de tabaco por todas partes…”

Llegamos a casa. Otra miembro del equipo de producción se sumó al diálogo y recordó que Humberto Solás guardaba un fragmento de papel gastado como recuerdo de su filme Lucía. “Él contaba que cuando visitó Trinidad en busca de locaciones para el filme-uno de los diez más importantes de América Latina- visitó el Palacio Cantero, hoy Museo Municipal de Historia. De pronto, una brisa arrastró hasta los pies del cineasta un retazo de papel viejo. Al leerlo decía: “Lucía”… y resolvió que la escena de amor de la primera historia, protagonizada por Raquel Revuelta, no podía tener otro escenario”.

¡Preparados para filmar! ¡Silencio!-dijo alguien de pronto.

Ellas debían partir hacia el set. El Sol caía a lo lejos. Los niños aprovechaban la brisa para empinar papalotes. Frente a la puerta de casa los actores corrían a sus puestos. Le seguían los extras y figurantes. Los técnicos daban los últimos retoques. El director miraba a través del monitor… Yo, todavía hipnotizado, no sabía si ante mí contemplaba un proceso de rodaje o una imagen del realismo mágico.