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A medio camino

a-medio-caminoA N., por las confesiones

Sin previo aviso, le cortaron las alas. El portazo fue más estridente que el de Nora, la protagonista de la obra de Ibsen que tantas veces leyó en el Instituto Preuniversitario de Ciencias Exactas.

Desde el jueves pasado, dice, las noches son largas. Ese jueves el Noticiero Nacional de la Televisión Cubana recuperó por media hora los índices de audiencia de antaño, cuando Telesur no le arrebataba primicias por su deliberada falta de inmediatez, bromea.

Varada en una isla donde hablan un idioma que apenas domina, procura ordenar los pensamientos. Las grandes avenidas, el sueño de perseguir un sueño (su sueño), la entrada al MOMA… regresan a la tierra de las ilusiones.

Quizás, murmura, no hay otra oportunidad y debe conformarse con la ilusión. No sería ni la primera ni la última que vivirá así. “Al menos no me enteré de la noticia en medio del mar”, escribe para consolarse y consolar a los suyos, en vilo desde entonces.

Pregunta. No encuentra respuestas. Piensa más de lo que ha pensado en sus 29 años de existencia. Reacomoda las ideas, las pone de cabeza, las voltea…, pero al final sabe que no podrá mojarse los pies.

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Cambia la imagen, ¿y el contenido?

Cambia la imagen, y el contenidoLos espacios informativos de la Televisión Cubana sorprenden a quienes estamos del otro lado de la pantalla con un cambio en su visualidad; modificaciones que, para ser sinceros, no logran deslumbrarme y me huelen más a reformas asociadas a no quedar rezagados respecto a medios internacionales como Telesur, cuya bendita irrupción en los hogares cubanos ha sido una especie de sacudión en las mentes anquilosadas de administrativos y realizadores del departamento del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT).

Ahora los sets presumen de pantallas de plasma de gran dimensión y tablets con tecnología Android en manos de locutores, presentadores y comentaristas en aras de concebir unas emisiones que, aunque se empeñen en negarlo, convergen en ciertos puntos con noticieros extranjeros (y que Dios me libre de la excomunión).

Ver de pie a Serrano —presentador del Noticiero Estelar— al lado del periodista de turno para introducir el comentario nacional o extranjero; ver a los responsables del segmento cultural o deportivo con un LED de fondo no constituye novedad alguna para quienes a través del denominado paquete de la semana o “carga”, como se le dice en mi tierra, han visto informativos y boletines de países ubicados al Norte o al Este de Cuba.

Sin embargo, en medio de los trajes nuevos de Serrano y los conjuntos de chaqueta de Daisy Gómez; en medio de tanta bruma tecnológica —que a veces le dispara los nervios a quienes están delante de cámara por no saber trabajar con los aparatitos—, me pregunto si la digitalización en el Sistema Informativo de la Televisión Cubana devendrá también punto de partida para la renovación del ejercicio periodístico contemporáneo.

¿Será que las pantallas high definition mostrarán temas medulares de la Cuba actual? ¿Será que los teleprompter traerán un discurso menos triunfalista?

Para nada me opongo a las transformaciones estéticas de los programas noticiosos (los pobres, Telesur les ha puesto una parada demasiado alta), pero defiendo aquellos cambios cosméticos encaminados también a reconquistar, contenido mediante, a un público que hoy apenas se identifica en la pantalla chica y convierte a la TV en una radio con imagen u oráculo del pronóstico meteorológico.

Prefiero una TV de palo, pero capaz de cautivar al espectador con noticias que valgan la pena, no una que, pese a su renovado maquillaje, no logra saciar la sed informativa de un pueblo que no vive de espaldas al mundo.

Como Penélope

fotoEstamos todos a la expectativa, esperando que el teléfono despierte de su letargo y traiga noticias alentadoras; estamos a la espera de que las conciencias se iluminen, a la espera de un milagro… A 12 kilómetros abre las puertas un evento importante, y Trinidad tiene la suerte de acogerlo por primera vez, y tal vez por última, porque organizar un congreso internacional es una oportunidad en un millón, muy parecida al famoso cometa Halley, aquel cuyo recorrido ocurría una vez en muchos años.

Allá, cerca del mar, donde se reúnen los congresistas, el debate debe estar en su apogeo, el intercambio de experiencias entre cubanos y extranjeros hablando de huesos, cirugías espinales y prótesis debe generar una cobertura variopinta y provechosa, excepcional.

Mas nuestras grabadoras están apagadas, nuestras cámaras fotográficas no pueden captar imágenes. En este preciso instante las entrevistas y los datos envejecen sin que podamos capturarlos para alimentar más tarde nuestros medios de prensa. El sitio web de Escambray ansía actualizarse, ofrecer la primicia… , pero parece imposible.

De este lado, en la ciudad, los reporteros hemos dejado a un lado nuestra condición de periodistas para encarnar, involuntariamente, el alma de aquella muchacha sentada en el andén que describiera Serrat en una de sus composiciones más conocidas.

Esta vez, sin embargo, Penélope no espera al tren que le devolverá a su amado. Ahora, Penélope espera el tren simplemente. El tren, un Lada, una guagua, un jeep, un carretón con motores capaz de acercarnos a la costa, donde el evento arranca. Penélope ya no es una sola muchacha: somos cerca de cuatro personas que debemos dar cobertura a la cita médica.

Se suponía todo estuviera asegurado, se suponía… Y aquí estamos, media hora más tarde que iniciaran los cursos precongreso, sin podernos trasladar.

Allá, cerca del mar, tal vez están otros colegas que no conocemos, de medios de prensa nacionales y extranjeros. Ellos no tienen la necesidad de aguardar por un carro, porque lo tienen. De este lado, en la ciudad, los reporteros locales no tenemos tanta suerte.

Alguien olvidó el “pequeño” detalle de asegurar la prensa de estos lares; una prensa que a lo mejor no tenga las condiciones de Telesur, pero es la nuestra, con sus pocas virtudes y muchos defectos, como pensará la mayoría.

Mientras que a 12 kilómetros otros medios viven la noticia, nosotros, suerte de Penélopes dedicados al Periodismo, no tenemos más remedio que esperar.

 

¡Habemus Papam!

Habemus PapamPara luchar contra la somnolencia del mediodía, encendí el televisor para sintonizar Telesur- he creado adicción desde la llegada del canal multinacional a la televisión cubana-, sin ningún interés en particular. La pantalla me sorprendió con una multitud reunida en la Plaza de San Pedro, ansiosa por conocer al Papa recién elegido en el cónclave más corto de la historia.

Sin embargo, bastó que el Sumo Pontífice asomara al balcón de la Basílica a presentarse ante los fieles y dar la bendición “Urbe et Orbi” para que los medios de comunicación pusieran ojo alerta sobre el Pastor de la Iglesia Católica y entretejieran las más variopintas teorías, en un pestañazo.

Algunas de ellas ratifican con la elección del jesuita Jorge María Bergolgio el vaticinio de Nostradamus cuando previó un papado de transición al que sobrevendría el último sucesor de Pedro porque con él llegaría el controversial Apocalipsis. Yo me pregunto, ¿no serán los medios de comunicación los interesados en profetizar otra vez el fin del mundo tras el fallido intento del calendario maya? Del otro lado están quienes vieron en este hombre de 76 años el remedio santo-nunca mejor dicho-a los desmanes de Latinoamérica.

En medio de la hojarasca, prefiero acogerme a pequeños actos de Francisco I desde su primera salida en público como anunciarse en primer término como el Obispo de Roma y no como el vicario de Cristo; que haya pedido a los feligreses una oración a la Divina Providencia por él, antes de impartir su bendición; que haya besado la estola sin tanta parafernalia y haya escogido el nombre de Francisco en honor a Francisco de Asís, fundador de la Orden Franciscana cuyo carisma reside en la pobreza.

Además de constituir el Pontífice Supremo de la Iglesia Universal, el Papa lleva sobre sus hombros no solo la responsabilidad de mantener el Ministerio de Pedro sobre la Tierra, sino también velar por los asuntos del Estado del Vaticano- tan o más complejo que otra nación del orbe-. Aún cuando sea el siervo de los siervos de Dios, el calificativo no lo exime de su condición humana, de equivocarse, aunque a los consorcios informativos internacionales, enfrascados en resaltar la postura asumida por el religioso en tiempos de la dictadura en Argentina, le cueste aceptarlo.

Lejos de preocuparme por el pasado, temo más que el Santo Padre manifieste un pontificado rígidamente teológico en vez de acercar más la Iglesia Católica a los creyentes; de no despojarse de visiones arcaicas para hacer de la Casa de Dios un sitio más tolerante a los nuevos tiempos y esquive archiconocidos asuntos peliagudos en torno a representantes eclesiásticos.

Al menos, repito, el ejercicio de su cargo ha empezado desechando los bombos y platillos rescatados por Benedicto XVI, abolidos en el Concilio Vaticano II, que lejos de establecer una común-unión entre Iglesia-católicos, creaba un distanciamiento cuyo fin resultaba la migración de fieles.

El hecho de tener una visión latinoamericana dentro de la Santa Sede, distinta de los acostumbrados cánones europeos, constituye un logro de por sí; el hecho de que Francisco I provenga de una orden religiosa permite enfrentarse al cargo con nuevos matices, pienso yo.

De toda la algazara mediática me quedo con la imagen del arzobispo, devenido el primer Papa latinoamericano, que partió a Roma con zapatos prestados, renunció a su chofer, prefiere la austeridad, ha declarado que la Iglesia de Cristo debe identificarse con la pobreza y al rezar su primer Ángellus, este domingo, invitó a ser misericordiosos. Mientras, permanezco con los pies sobre la tierra, con la esperanza de que Francisco I conduzca por rumbos prósperos a la Iglesia fundada por Jesús de Nazaret, con más acciones y menos reflexiones.