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A pesar de los pesares

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Te deslumbraban los medios de comunicación, era lo único que tenías claro. De ahí a estudiar Periodismo había un largo trecho. Aun así, te aventuraste a las pruebas de aptitud el 13 de marzo de 2008.

Un año más tarde, el niño mimado que eras descubrió la Universidad. La vida cambió. Tal vez quien cambió fuiste tú… Sigue leyendo

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Valientes fugitivas del Edén

(De izq. a der.) Nurienar, Anay, Anabel y Mairelys

(De izq. a der.) Nurienar, Anay, Anabel y Mairelys

♪“Y me rodean amigas; ay, amigas, dulce esperanza de la sed, amantes siempre vivas, dorado manantial de espigas. Y me rodean, amigas; ay, amigas, diosas del agua de la miel. Valientes fugitivas del Edén”. ♫ Ana Belén.

Se llaman Anay, Nurienar, Anabel y Mairelys -permítanme aclarar que las ordeno según su número en la lista del aula para evitar celos-. Son mis amigas a toda prueba, mis más fieles compañeras en la travesía de la carrera. Dicen que he escrito de todo y de todos en este blog que vieron nacer conmigo, menos de ellas. Yo les prometí que el último post de quinto año sería suyo. Siempre cumplo mis promesas.

Lo que voy a escribir ya lo saben, en más de una ocasión se los he dicho, pero quiero inmortalizar estos pensamientos para que los tengan a mano por si algún día los años empañan la memoria. De cada una robé un misterio para crecer, para ser mejor… De antemano les pido disculpas por el apasionamiento. Empecemos, repito, por orden alfabético.

Anay (Nani) comparte conmigo el gusto por la prensa escrita. Es cienfueguera de pura cepa, aunque a veces yo la mortifique cuando le digo que vive en un “monte” de Cienfuegos porque su apartamento está lejos del boulevard. Nani me enseñó a hacer origamis con forma de grulla -su estrategia para esquivar la tristeza- y esferas de papel, aunque siempre se me olvida el algoritmo para pegar las piezas. De todas, Nani es la que tiene un alma más parecida a la mía en cuestiones amorosas; ambos conocemos el lenguaje de la soledad y los sueños. Me dice Carli. A ella le robé su capacidad de escuchar y dar consejos, de regalar tesoros de papel para levantar el ánimo a mis amigos.

Nurienar (Nuri) -sí, señores, ése es su nombre- fue conmigo a la bienvenida oficial, en el teatro de la Universidad, el primer día de clases y a partir de segundo año nos convertimos en el “dúo dinámico” para los trabajos en equipo. Esta avileña, procedente de Majagua, ha batallado con mi perfeccionismo, mi estrés. Nadie como Nuri para hablar de madrugadas frente a la computadora para terminar un informe de Literatura; nadie como Nuri para resumir una enciclopedia en una oración. Siempre la he definido con las palabras fiesta y alegría porque oye una lata sonar y se le desquicia el cuerpo, es una de las personas más campechanas que he conocido. Le gusta la televisión y desde ahora auguro que será una famosa realizadora de documentales audiovisuales. Me dice Carlili. A ella le robé su capacidad de síntesis y, sobre todo, su autenticidad.

Anabel (Any, Nanita) es una de las personas de mi año que más me ha inspirado, es uno de mis paradigmas. Nunca he visto a alguien tan maduro como esta trinitaria-santaclareña residente en Cienfuegos, a pesar de tanta juventud. Anabel es la seguridad, la “mejor presidenta de brigada que hemos tenido”, como siempre le digo por ser la única en asumir el cargo desde primer año. Any tiene el don del convencimiento, de inspirar confianza. No conozco a nadie capaz de mover cielo y tierra hasta conseguir una guagua para viajar a Viñales a precio de estudiantes. Lo que Any no consiga es porque resulta imposible. Sus ocurrencias son únicas, su voz te enamora; le gusta la radio, aunque yo le vaticiné que llegaría hasta la cadena multinacional Telesur. Ha sido mi modelo para fotografías en más de una oportunidad. Me dice Machi o Carlitín. De Any me llevo su madurez, su capacidad de asumir tantas responsabilidades como lo ha hecho y afrontar momentos difíciles, que ninguno de los otros ha pasado, con un temple envidiable.

Mairelys (Maire) es la loca más cuerda que he conocido. Maire es la transparencia, el optimismo y la devoción. Esta hija de Arroyo Blanco insiste en definirse como “la infiltrada” porque un día calificaron a las otras tres como “los ángeles de Charlie”, pero ella sabe que no es cierto. Yo tengo cuatro ángeles. Maire es la persona más suertuda que pudieran conocer. “Tu estrella tiene un grupo electrógeno para permanecer encendida en caso de apagón”, le digo porque siempre sale airosa de los avatares. De todas, quizá sea la más insegura en sí misma, la que menos cree en su talento; de todas, es la que ha debido enfrentar muchas miradas de reojo en el aula porque algunos la subestiman, y al final siempre sale victoriosa. Maire tiene un doctorado con honores en “coger botella”. Siempre le he dicho que yo quiero enamorarme como ella lo hizo de su esposo, un amor que no entiende de distancias y si había que viajar diario de Santa Clara a La Habana, tal cual sucedió en segundo año, solo para estar unas horas con el hombre de su vida, se hace y punto. Eso es amor. Me dice Charliri. De ella me llevo la perseverancia, la constancia aunque no crean en ti y la prueba que en estos tiempos convulsos es posible enamorarse perdidamente.

(…)

Espero ellas me perdonen por este asalto a mano armada, por robarle parte de sus esencias sin pedirles permiso, pero algo debía quitarles para llevarlas conmigo aunque
estemos lejos. A pesar de todo soy afortunado: tengo un hatajo de locos, dos musas y, para suerte mía, desde hace cinco años tengo cuatro ángeles que velan por mí.

Enseñar a volar

Enseñar a volarCuando llegó al aula, dispuesta a enamorarnos de la entrevista radiofónica, en segundo año de la carrera, supe que Alicia Elizundia no era una profesora normal. Nada sé de métodos adivinatorios, aunque no era necesario consultar una bola de cristal o las cartas del tarot para presagiar que con ella las clases rebasarían la teoría.

Al hablar de periodismo, se transformaba. Parecía una actriz entregada en el escenario, una bailarina dejando la piel en cada movimiento. Parecía estar poseída, arrebatada… y al mirarte a los ojos te contagiaba aquel delirium tremens,  te arrastraba a su trance.

De ella solo conocía las anécdotas de pasillo, cúmulo de experiencias de años anteriores que pueden ensalzar o destruir a un profesor en un santiamén. De a poco, durante los 90 minutos de conferencias, tres veces a la semana, construí mi propia Alicia.

Aun cuando me tilden de empalagoso, me tomo la libertad de presentárselas.

Alicia Elizundia, la mía, es la periodista que me ayudó a superar el trauma a la entrevista de personalidad, después de una amarga experiencia con un catedrático cuyo nombre debo callar por ahora. Es la profe con quien hablé de mi debilidad por la crónica periodística -considerada menor para muchos académicos, tanto el género como los cronistas-. Pero, por encima de todo, Alicia fue, es y será la reportera que me enseñó a volar, a escalar en el universo de los medios. “Siempre se los digo a mis alumnos: nunca dejen de soñar, pero no esperen sentados. A los sueños hay que ayudarlos a hacerse realidad”, decía siempre.

Y no lo hacía por presumir de filósofa, sino con pruebas contundentes de su quehacer. De no haberse atrevido, jamás hubiese entrevistado a la cantautora Teresita Fernández, José (Pepe) Alejandro Rodríguez, paradigma del periodismo cubano, y tantas otras figuras inalcanzables a nuestros ojos inexpertos.

Quizá porque me siento eternamente en deuda con ella es que me cuesta entender cómo su nombre no aparece en un reportaje publicado en el diario Granma, a propósito de los 80 años de la emisora villaclareña CMHW, una de las más famosas en Cuba. He releído palabra por palabra con la esperanza de haber perdido el hilo en un pestañazo, pero no: su nombre no figura, ni tampoco el de Frente al Espejo, programa de entrevistas que mantuvo a flote muchísimo tiempo.

Me desconcierta. Quisiera creer que tal descuido se debe a su ausencia del medio -está fuera de fronteras por compromisos laborales-, al espacio en página, al número de líneas y hasta algún corrector distraído que suprimió el párrafo donde se le mencionaba. Y aún así me cuesta entender que la Doctora Alicia Elizundia, voz reconocida en el gremio reporteril villaclareño y cubano, autora de libros de testimonio y entrevistas, merecedora de un arsenal de reconocimientos nacionales y extranjeros, Premio Anual de Periodismo Juan Gualberto Gómez (1996),  Premio Nacional de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro (2000), Distinción por la Cultura Nacional (2002)…haya pasado desapercibida, tanto su nombre como impronta en la W.

Imagino las miradas desleales que deben haberla circundado por cosechar éxitos, los susurros a sus espaldas…, pero los celos también rondan esta profesión.  Por eso este martes escribo para Alicia, la mía, dueña del don de conmover con las palabras; periodista que en tiempos donde la televisión y los medios digitales se imponen, ella defiende a mansalva el embrujo de la voz y las ondas de radio.