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La última página

la última páginaUna de las cosas que más me gusta de las libretas, las agendas, los cuadernos y todo cuanto huela a papel para dejar anotaciones es la hoja final.

En ese pedazo de papel, a veces mutilado, suelen mezclarse las catarsis cotidianas con la sensación de perder el tiempo, los datos personales con los números de teléfono, los dotes de artistas que muchos creen tener con las cuitas amorosas, la práctica de la caligrafía con chistes o chismes… hasta conformar un cuadro tan variado, tan garabateado, exponente puro del abstraccionismo.

Puede que en la portada rece: Libreta de Matemáticas, Libreta de Español, Libreta de Filosofía, Agenda de Trabajo…El contenido de la última página, sin embargo, dista mucho del nombre oficial.

Nada más socorrido que ese folio vacío para lidiar con una reunión infértil (como suelen ser todas las reuniones), una clase aburrida… y empezar a hacer trazos, escribir un chiste para el compañero de al lado, practicar la caligrafía (repetir hasta el cansancio tu firma, básicamente), jugar a los ahorcados, a los ceritos y, si estás en plena adolescencia, con las neuronas hirviendo, dibujar el corazón atravesado con una flecha y la promesa de amor eterno de Fulanita y Menganito en el centro.

Si no quedara espacio, apretamos en la esquina el número telefónico que nos acaban de dar, la dirección de correo electrónico. Incluso, hay quienes se las dan de poetas y pintores, y comienzan a componer versos o concebir obras maestras ahí.

Tiempo después, encuentras un cajón repleto de libretas, cuyos códigos solo tú conoces, con las últimas páginas saturadas de recuerdos. Le sacudes el polvo y vas directamente al final. Empiezas a viajar en el tiempo.

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Tiempo único

Tiempo ÚnicoEl cambio de horario revolucionaba el vecindario con la misma algazara que una noticia de último minuto. “Oye, acuérdate que el sábado cambian la hora”. El comentario viajaba de boca en boca. Hay hasta quien recuerda a la mujer que asociaba el fenómeno con cuestiones culinarias y cocinaba más temprano de lo habitual.

La noche anterior al día cero, cada familia movía las manecillas. Mas, nunca sucedió así en la vivienda 223 de la calle Mercedes, en Trinidad.

Con la misma vehemencia con que labró su futuro y el de su esposa, don Pedro, aquel hombre enjuto que nunca conoció otro abolengo que no fuera la decencia y el trabajo, sostenía a pie juntillas que el tiempo era único; por tanto, no había que caer en ese invento, cuyo único fin “era el de ahorrar electricidad”.

De modo que ni el reloj de la saleta ni el de la cocina conocieron jamás de otro movimiento de agujas que no fuera el asociado a devolverle la puntualidad cuando les daban cuerda. Lo contrario era considerado, mínimo, un sacrilegio de marca mayor.

Ya fuera horario de verano o de invierno los horarios de don Pedro resultaban un credo inviolable. De pie al filo de las 5:00 am, almorzar a las 11:00 am, dormir la siesta, comer a las 5:00 pm, esperar a que su esposa regresara de la misa de las 6:00 pm, acostarse a dormir.

“El tiempo es uno solo”, repitió hasta el último de sus amaneceres… Y el resabio habitó entre la madera tallada, los números romanos y el péndulo del reloj cuya procedencia todavía se desconoce porque a pocos años de la muerte de don Pedro, la máquina se detuvo para siempre.

Entronizado de cara al jardín de casa, cerca del verdor de las plantas (otra de las aficiones de don Pedro), el reloj (o lo que ha sobrevivido de él) muestra su corazón al descubierto. El péndulo no está. Solo quedan la esfera, el minutero y el horario, ubicados a exprofeso en las 5:45, la hora en decidí venir a este mundo, contraviniendo toda indicación de mi bisabuelo y su teoría del tiempo único.

La certidumbre de la espera

Juro que esta historia es real, por ilusoria que parezca.

No sé por qué, pero cuando reparé en ella me envolvió la serenidad de su rostro, la transparencia de su mirada y la dulzura de su voz.

Rondaba los 75 años. Parecía una abuelita de los cuentos infantiles, de esas sentadas al calor de la estufa, dispuestas a contar historias irreales a sus nietos mientras acaricia un gato dormido en sus rodillas. Libre de atavíos que pudieran ridiculizarla, vestía una blusa color mamoncillo, saya carmelita y zapatos cerrados; el color rosa pálido cubría los labios y el estilo de los años ´20 moldeaba el pelo canoso.

Su boletín señalaba el asiento doce, paralelo al mío; se dirigía rumbo a Trinidad y sobre las piernas llevaba una cartera de asas plásticas con cuerpo de tela. Nada más conocía fuera de esos datos intrascendentes, pero no podía evitar contemplar el  brillo de su mirada, puesta en la carretera.

Durante las tres horas de viaje exprimí mis neuronas hasta el agotamiento, en busca de una razón lógica para comprender por qué me conmovía aquella anciana nunca antes vista. Nada funcionó.

La Yutong llegaba a la Terminal de Ómnibus de la ciudad. Ella retocó el rosa pálido, peinó otra vez sus canas y caminó despacio hacia la puerta, antes que la guagua aparcara.

Dirigí mi mirada a lo lejos y advertí a un  señor de camisa a cuadros, entrado en años, como ella, ubicado justo donde el vehículo apagaría los motores.

Solo entonces empezó a desenredarse la madeja de ideas en mi pensamiento y entendí que la luz en las pupilas la provocaba la certidumbre de saber que, fuera de la guagua, alguien la esperaba.  

La puerta de la Yutong cedió. Ella bajó despacio por la escalera, tocó tierra firme y, con la lentitud de los años, ambos caminaron hasta encontrarse. Se abrazaron, se besaron en la mejilla, no como lo hacen primos o hermanos lejanos, sino con la pasión de quienes comparten su existencia desde hace mucho tiempo.

No pude confirmar si eran casados. Tampoco era preciso: solo del amor cultivado con el paso de los años podía dibujar aquella escena garciamarquiana.

La gente se agolpaba en el pasillo central de la guagua, recogía su equipaje, abandonaba la estación sin reparar en la versión humana de Florentino Ariza y Fermina Daza ante sus ojos.

Desde el cristal de la ventana recordé los 64 años del matrimonio de mis bisabuelos maternos-sin incluir tiempo de noviazgo-, quienes murieron mucho antes de yo nacer, pero las anécdotas familiares me permitieron conocerlos al dedillo. Al calor de los recuerdos mi piel se arrugaba, seducido, al mismo tiempo, por la ternura de esos ancianos cuyo nombre, pasado, secretos… desconozco y, quizá, nunca más los vuelva a ver.