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Carpintero de papel

Viaja con sus creaciones a cuesta, resguardadas en una caja de zapatos para protegerlas de los dobleces. Y nadie sabe que en la mochila lleva un cisne, un manojo de flores, una rana, un gato, un dragón. Solo cuando llega al destino, abre la boca del morral. Comienzan los asombros, como si fuera un mago, solo que no tiene conejos o palomas… o sí, pero de papel.

Apenas asoma a la adolescencia y ya Marcel Gómez Soria se confiesa esclavo del origami para toda la vida. En el mundo de los dobleces y el ensamblaje de piezas nacidas de las hojas levantó el esa suerte taller imaginario donde él constituye el carpintero principal.

“Esto me gusta más que jugar pelota, trompo o bolas. Todo empezó cuando estuve enfermo, hace tres años, en una silla de ruedas. Mi mamá me buscó videos que enseñaban cómo hacer origamis para que me entretuviera. Empecé a moldear las piezas para unirlas después, así hice mi primer cisne. Demoré dos o tres horas. Me gustó. Hice otra figura, y otra, y otra, hasta hoy”.

Aprendió que “existen dos tipos de origami: el clásico y el modular. El primero se hace a partir de una hoja de papel, el segundo consiste en empalmar piezas iguales. Parece fácil, pero, en el caso del modular, todas las piececitas deben ser exactas; tienes que saber cómo empalmarlas y combinar los colores para los detalles. Lo más difícil que he realizado fue otro cisne, de dos colas. Lo terminé a la una de la mañana, tenía alrededor de 2 000 piezas”.

“El origami también ha ayudado a Marcel a vencer la timidez —explica su madre, Maggie Soria Rodríguez—, hubo un momento en que borró todos los videos porque se sintió impotente por no realizar una figura, pero después lo retomó. Muchos amigos nos han enviado papel específico para hacer origamis y todas las personas que nos conocen nos regalan hojas, pliegos, lo que tengan, incluso un compañero de la imprenta nos ha facilitado mucha recortería para realizar los cursos de verano”.

De vez en cuando llega el cansancio, la fatiga por tantas horas de labor, asoman las inquietudes vocacionales, pero algo queda claro: Marcel no romperá la tradición de regalar grullas o búhos a sus amigos en los cumpleaños, una flor a su madre o abuela… y puede que algún día este adolescente trinitario conquiste a una muchacha con un corazón nacido de los dobleces.

La fábrica de papel que ha erigido a base de perseverancia nunca cerrará. Y viajará con sus criaturas a cuesta para siempre.

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Sin concesiones a la nostalgia

Sin concesiones a la nostalgiaDe vez en cuando Trinidad debe sacudirse los recuerdos y aceptar, aunque le pese, el transcurso del tiempo, la vorágine del siglo XXI, el nuevo prisma con que sus hijos la ven, la reinterpretación de lo que un día devino paradigma para Cuba. De lo contrario, cada año regresará el dejá vú, los paralelismos con la era dorada, acompañados de las evocaciones.

Todo será en vano: la tercera villa reacomoda sus tradiciones (aunque los expertos insistan que lo tradicional no cambia) ante los aprietos financieros y la dinámica de los nuevos tiempos.

Nada ayudan las remembranzas cuando la ciudad asoma a un nuevo cumpleaños, no por renegar del pasado (Dios libre al terruño de semejante sacrilegio), sino porque prefiere complacer a la mayoría de sus moradores y conformarse con que al menos sobrevive buena parte de su legado patrimonial, mutilado por momentos.

Hablar cada enero, durante la Semana de Cultura, de plataformas emblemáticas para el jolgorio, de balance entre las sonoridades para alimentar el espíritu y las que animan al esqueleto, de distinguir la diferencia entre cultura y feria pueblerina… resulta volver siempre al punto cero, con insatisfacciones sobre la mesa, cuya respuesta definitiva se rubrica con la escasez de recursos.

Tales descalabros solo parecen aquejarle a una minoría que, representación ínfima al fin, queda desdeñada ante la implacable cultura de masas, permeada de nuevas formas de asumir festejos tradicionales e interesada en anteponer el goce ante la cosecha intelectual por mucho ímpetu de ciertas instancias locales por revertirlo.

Tal vez sea mejor dejar las concesiones a la nostalgia, abrazar la reinterpretación que llega al calor de estos tiempos y aceptar de una vez lo que una trinitaria resumió de forma magistral en las inmediaciones del Parque Céspedes: “La cultura profunda tiene las horas contadas”.

Misterio de fe

Misterio de fe islanuestradecadadiaCuando llega la Semana Santa, Trinidad se transforma, se percibe un ajetreo distinto en las calles. La gente quiere saber si hay procesión, a qué hora. Desde el jueves empiezan a llegar turistas del rincón más improbable del planeta junto a los trinitarios bendecidos con la posibilidad del regreso -y también los medios económicos-.

Como en el resto de las iglesias del mundo, existen celebraciones litúrgicas a lo largo de la Semana Grande, pero el mayor misterio todavía yace en la Procesión del Santo Entierro, el Viernes Santo, en esas dos horas de recorrido donde se rememora la ruta del Gólgota. Eso es lo único que ha sobrevivido de las relaciones Estado-Iglesia por estas tierras de Dios, otrora dueña de unas festividades eclesiásticas tan majestuosas que siempre se decía que después de la Semana Santa de Sevilla, estaba la de Trinidad.

He aquí uno de los rostros más antiguos de la villa: el de celebrar la pasión y muerte de Jesús de Nazaret con una devoción popular sin límites; un evento donde confluyen creyentes, santeros, ateos, curiosos, extranjeros, visitantes de otras provincias, blancos, negros, mulatos, chinos, niños, adultos y ancianos en una suerte de ajiaco como los descritos por Fernando Ortiz, todos bajo el ingrediente de la tradición.

Aun cuando solo está permitida la procesión del Viernes Santo -del lobo un pelo, digo yo-; aun cuando el recorrido es el mismo, las imágenes, la música… cada año acuden miles de personas y cuando los tambores, clarinetes, trompetas y platillos de la banda municipal tocan la marcha fúnebre, los pelos se ponen de punta, la gente se pone seria, embebida por el misterio y el silencio.

Tres son las imágenes en el peregrinaje: el Santo Sepulcro, San Juan y la Virgen de la Soledad. Al primero lo carga el pueblo, las manos rudas del constructor, del ex presidiario; lo conducen los pies del vendedor en las esquinas, del que corre hacia el hospital… lo protege la mirada de quienes le siguen con sus velas encendidas, resguardadas en vasos plásticos o cartones.

Miembros de la comunidad acompañan al discípulo amado. Él le señala el camino al Calvario a María de la Soledad, cuyas manos sostienen la corona de espinas y su rostro desconsolado, lo envuelven las lágrimas. Los jóvenes custodian a la madre durante el recorrido y desafían las irregulares calles empedradas para moverla lentamente de un lado a otro -la «bailan», dirían los más viejos-, como si caminara por la ruta de la cruz.

Mientras este camino continúa por la calle Amargura, llega a las Tres Cruces, baja por la calle Real para llegar a la Iglesia Santísima Trinidad, punto de partida, otros deciden permanecer en la Plaza Mayor para rezar y aguardar por la salida del Cristo de la Vera Cruz, un símbolo de la ciudad, que sale a escuchar el clamor de sus hijos desde el arco central del templo.

Al regreso las tres imágenes descansan entre la iglesia y la plaza, alrededor del crucificado, en una escena sui-géneris, rodeadas por ese mar de luces tintineantes en las manos del pueblo. Entonces se escucha el canto del Miserere en latín -uno de los pocos lugares en Cuba donde se mantiene la costumbre- y el himno al Cristo de la Vera Cruz. No importa si no entiendes qué significa la plegaria: basta mirar los ojos de la gente mientras contempla las imágenes, les tocan el pelo, el manto, las manos… para cumplir promesas o pedir amparo; basta contemplar al padre con el niño en hombros, bañado en sudor, a la anciana con el rosario en la mano, a la joven con los collares de Ochún rezarle al Sepulcro para dejar de buscar explicaciones racionales y dejarse seducir por el misterio, al menos por una vez en la vida.

Arbolito, arbolito

ArbolitoSi no fuera por esta imagen en blanco y negro, mi memoria no tuviera recuerdo alguno de mi primer arbolito de navidad. Un amigo de mi padre captó aquel instante; gracias a él y su instantánea es que puedo contar esta historia.

El día exacto en que fue tomada es imposible de determinarlo porque las fechas se confunden en las remembranzas de mis padres. Lo único cierto es que tuve mi primer árbol de navidad a los dos años, después de bautizarme porque en aquellos tiempos mi abuelo materno, marxista por convicción y comunista a toda costa, no admitía colocar una planta vestida con algodón para simular la nieve y ataviada de andariveles de colores en un rincón de casa.

Siempre me han dicho que vine a este mundo, entre otros asuntos, a cambiarle el corazón a mi abuelo porque él me ha consentido lo que nunca le permitió a mi madre. Ya lo dijo en más de una ocasión el periodista cubano Luis Sexto: “Los abuelos generan el único cariño gratuito de la vida (…) Los abuelos miman, aplauden, amparan, y como clientes distraídos de la bodega, se marchan sin esperar el vuelto de su moneda”.

Así pues, aquel día mi abuelo no chistó cuando su yerno “sembró” en el jarrón de mi difunta abuela las desvencijadas ramas del arbolito de su niñez, las cubrió de algodón, bolas pintadas con esmalte de uñas, un rostro de Papá Noel de cartón y colocó encima del televisor ruso, marca Orizon, mi primer árbol de navidad.

Dicen que reí mucho, tal vez por el colorido, por el impacto de la cara de aquel hombre gordo con barba blanca y sonrisa exagerada, acaso porque mis padres me contagiaron su alegría o quizá porque desde entonces mi fe empezaba a crecer. No sé.

Mi primer arbolito no tuvo guirnaldas, en aquellos tiempos de austeridad no se conocía de los adelantos de las industrias capitalistas en cuestiones navideñas. Mi Belén, pesebre o nacimiento, como le decimos en Cuba, fue muy pequeño o al menos así me dijeron porque tampoco conservo memorias al respecto. Muchos años después fue que supe de lucecitas para los arbolitos, de María, José y el niño Jesús, y aprendí a disfrutar la Navidad.

Desde entonces han transcurrido más de dos décadas. Ahora no queda espacio en mi palacete decimonónico donde no cuelgue un ornamento de navidad; escuchamos villancicos y recordamos a los que no están con nosotros en estas fechas por distintos motivos.

Pero siempre recordaré con especial cariño mi primer arbolito de navidad, del cual todavía perduran adornos, a pesar del tiempo. Creo que aún sobreviven algunas motas del primer algodón, no exagero.

Con ese pinito verde comenzó la alegría de mis diciembres y el corazón de mi abuelo se llenó de luces navideñas, esas que justo hoy contemplaré con mi familia y en especial con él cuando me tome una foto a su lado con el pesebre y el arbolito de casa al fondo, una tradición iniciada por mí hace algunos años. Mi abuelo, sonriente, posa conmigo cada 24 de diciembre, a solo horas para recordar el nacimiento del Emmanuel.